Do I contradict myself?
Very well, then I contradict myself.
I am large, I contain multitudes.
Walt Whitman
En 1949, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial y cuando el posmodernismo se hacía presente para teñir a su antojo la vida del hombre, Albert Einstein publicó un escrito político, un simple análisis aunque en extremo agudo. En el mismo sostuvo que, a su entender, la esencia de la crisis de nuestro tiempo se refería a la relación del individuo con la sociedad:
«El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida.»
La individualidad enfrentada contra nuestra inherente condición de seres sociales. Sencillo. Certero. E interpreto en esta idea una significativa síntesis de mi propia crisis. Aunque creo que la mía, reviste paralelamente otro eje: la imposibilidad de conciliar mi mundo interno con el externo a mí.
A partir de los nueve años comencé a observar que mis estructuras, mis códigos, mis valores, mis juicios, o sencillamente todo lo que emanaba de mí solía no ajustarse armoniosamente a las estructuras, los códigos, los valores y los juicios de quienes me rodeaban. Claro que entonces no alcanzaba a entender muy bien esto y sólo pude sentirme absolutamente confundido. Confusión ante la cual lo más cómodo y seguro resultó encerrarme. Encerrar paulatina y progresivamente en mi interior todo aquello que sólo me produciría frustraciones de ser exteriorizado. Durante mucho tiempo mi mejor amigo fui justamente yo. Mi más acérrimo crítico. Mi mayor confesor. Mi más grande compañía. Mi mayor cómplice. Por suerte pasaron los años y Matías junto a un par de muy buenos amigos me salvaron del autismo.
No obstante, tuve que sufrir un par de veces por mi tendencia a la idealización, fiel a mi estructura egocéntrica, aunque no por ello egoísta, pues bien sé yo qué enorme necesidad tenía - y aún tengo - de compartir, de aprender, de crecer. El objeto que en mí sufrió la mayor idealización, consecuencia de largos viajes introspectivos, fue el amor. Y como pasaría inevitablemente, ese abstracto tan absoluto y determinante en mi mundo, necesitó encontrar un objeto a través del cual representárseme. Necesitaba encontrar una mujer que fuera la puerta a ese mundo. Ahí comenzó una serie de bochornosas desventuras, dignas de una comedia romántica británica, la cual aún no estoy seguro que haya terminado. Pobres quienes tuvieron que soportarme.
Cuándo, aún en la vorágine "idealizar, acosar, golpearme contra una pared" surgió la posibilidad de irme de intercambio a Holanda, o más aún, cuándo esa oportunidad se convirtió en un hecho, y encontrándome preso de una enfermiza oscilación entre dos polos enfrentados que reclamaban mis partes mutiladas, entendí que esa experiencia significaba para mi una posibilidad increíble: la posibilidad de determinar quién era o quién quería ser. Hasta entonces, había entendido que mi fracaso en conciliarme con el mundo que me rodeaba y aquello que explicaba en parte mis fracasos sentimentales, radicaba en una inseguridad básica: debía yo ser fiel a quién era, en este caso con mi personalidad cuasi paternal, condescendiente e intelectualoide, o por el contrario adaptarme al medio en el cuál me encontraba y comenzar a utilizar los recursos, recursos que odiaba, pero que a muchos parecían funcionarles. ¿Debía aceptar las que parecían ser las reglas de juego o fiel a la mías arriesgarme a perder?
Claro que fui a Holanda, fui quién quise ser, que en definitiva fue ser quién era, me elegí a mí, y al hacerlo elegí mayor amor propio y mayor seguridad en mí mismo. Ese fue un pasito muy significativo en el cual logré conciliar un poquito mi mundo interno y el mundo externo. Significativo resultó el hecho de que en Holanda conociera a dos argentinas hermosas. Ambas quilmeñas, adorables y muy simpáticas. Pero totalmente distintas. Identifiqué inmediatamente una parte mía que se sentía atraída hacia M. Antinori, y otra que lo hacía con tanta intensidad a C. Indarramendi. Largas horas, otra vez, analicé el por qué de este fenómeno. Lo que me atraía en una estaba ausente en la otra, aunque no siempre. Las dos eran hermosas. Dos angelitos. Pero hasta sus bellezas eran arquetipicamente distintas.
Ya entonces estaba obsesionado con el nombre Aitor, y era ese efectivamente mi nick en el ICQ y en el MSN Messenger. Ese nick era mi puerta a ser un poco más impulsivo, un poco más osado. Ese nick fue mi puerta hacia más seguridad al relacionarme. Y ese nick, una vez nuevamente en Río Gallegos, me condujo a mi ex. ¡Pero si lo amé tanto por eso!
No obstante esto, aún habitaba en mí una gran perplejidad hacia quién era yo, qué buscaba, cómo debía mostrarme. Mi identidad aunque más definida, aún verde se encontraba. Fue entonces que, aún reflexionando sobre aquellas antagónicas presencias dentro mío, y con la excusa de escribir algún día una novela, nacieron finalmente en un hoy borroso parto, Aitor Indarramendi y Leopoldo Antinori.
Aitor Indarramendi, atraído a su homónima, resultó ser el más mundano, realista, impulsivo, espontáneo, agresivo, orgulloso, claro a la hora de definir sus intereses y sus objetivos. El hedonista, quién proyecta una imagen de seguridad.
Leopoldo Antinori, también atraído por su homónima, era el más idealista, el de mayor tendencia a la introspección, a la conciliación, el soberbio pero culposo, el estoico, el de la disciplina y el esfuerzo, quién exteriorizaba sus miedos e inseguridades.
Aitor es el individuo, Leopoldo el ser social. Uno es seguro justo allí donde el otro flaquea. Claro que en mi mundo interno siempre me sentí más identificado con Leopoldo, y asocié a Aitor a aquello que admiraba de gente en mi entorno, y a aquellos elementos que quería en mi personalidad. Mi ex, mi tío, mi hermano. Esa ausencia de culpas, esa frontalidad y carencia de eufemismos para decir verdades (que zonzamente tan agresiva me parecía entonces), esa facultad de poder putear cuando les duele algo a quién se lo merezca, sin miramientos, que las disculpas o el perdón se inventaron para ser pedidos y la boca su hizo para hablar y escupir verdades.
Con el tiempo y un par de frustraciones en el plano sentimental-emocional, y en la necesidad de seguir entendiendo, doté a Leopoldo y Aitor de parejas. Leopoldo estaba destinado a Elena, si bien a ésta una turbia historia la vincula a Aitor. Por su parte, Aitor, fiel a su esencia, sufre sin saber claramente por qué desatendió totalmente a Mariana. No sólo eso, también la engañó. Luego la perdió, aunque no está él seguro de lamentarlo.
Mucha gracia me causó el último verano leer Rojo y Negro de Stendhal y observar que Julián Sorel se divide entre dos amantes, dos ideales disímiles de mujer. No sólo eso, al igual que yo muchas veces, tiene una concepción "militar" de la conquista amorosa. La interpreta una lucha. Luego entendí que si vivo la conquista así es por cuestiones sencillas. No hay necesidad de violencia donde no hay amenaza contra mis intereses. La amenaza para mí es la posibilidad de ser rechazado. El punto vulnerado, mi propio amor propio, mi seguridad. Quizás por ese fracaso que recuerdo cada vez que veo a mi ex es que es tan estresante para mí hoy verla.
Elena es esa mujer retorcida que me obsesiona, que me apasiona, que tan perjudicial puede ser para mí. Mariana, en cambio, también me ama, pero ella y su amor son mucho más sencillos, menos rebuscados, dulces, pero demasiado suaves. Mariana es aburrimiento. Elena es sufrir. Pero también es el más idílico elixir.
Aitor y Leopoldo son mis cómplices en ésta búsqueda interminable detrás de las pistas de Elena. Dios sabe cuán locamente obsesionado estoy por ella. Lo triste del asunto, es que han pasado los años, y mis idealizaciones no han mermado. Cada tanto creo reconocer rasgos de Elena en alguien, o busco los incondicionales brazos de Mariana en momentos aciagos. Es duro, y no sólo para mí, sino porque arrastro a gente conmigo, y les hago sufrir cuando caigo en la realidad. Cómo duele saberse uno víctima de sus propios juegos enfermizos.
Lo paradójico y triste de mi desafortunada y hueca búsqueda a través de las calles de ésta mastodóntica ciudad es que Elena no habita en Buenos Aires, sino que al igual que Leopoldo y Aitor, claramente lo hace dentro de mí.