2.4.08

Desprendimientos

Hay una estética discursiva que ya no me es propia ni me es lícito utilizar. Por eso mismo me cuesta tanto sentarme a escribir sobre estas cosas, como si determinadas estéticas sólo pudiesen estar ligadas a ciertos contenidos sin perder credibilidad. Porque escrito este testimonio me veo a mi mismo como aquel que busca forzosamente repetir el éxito de ayer para sortear la crisis de hoy. Algo así como lo que pasa a los artistas decadentes que cargan con el peso de su propia obra y ahora, en la competencia consigo mismos, parecieran caricaturas de lo que alguna vez fueron. Porque con la expresión espontánea que lograron ayer, con ese volcarse hacia el afuera de sí mismos, fueron madre parturienta, criatura recién nacida y partera al mismo tiempo, los gestores de su propia identidad, consecuencia del eficaz esfuerzo por dotar de sentido al sinsentido, una entidad que luego hizo pasibles de ser comparados a sus antecesores y predecesores.
Creo que una majestuosa forma de éxito es encontrarse a sí mismo. Cuando ello apareja simultáneamente una intervención en el mundo, como la del artista o el sujeto ético, confundo al éxito con la belleza. Escapar de las crisis es alcanzar la belleza, un premio divino que excede la sensación de paz o la satisfacción de saberse en armonía con el cosmos. Entonces, así como ayer mi espontaneidad significó en cierto sentido una armonía, una consistencia y poética reciprocidad entre mi discurso, mi comportamiento y mi sentir, así como ayer mi identidad logró ser unidad sintetizadora, hoy me paro ante aquella versión monolítica de mi mismo y me descubro muy distinto. Diferente ya no sólo por los fines perseguidos, sino también diferente en las sensibilidades detentadas, en las tradiciones percibidas. Otro es el propio relato, pues no se trata de la misma historia un par de capítulos más adelante sino que, lejos de ello, ha habido un quiebre y el que se narra ahora es otro libro, escrito por otro autor, en el contexto de un mundo diferente.
Quería decir que albergo en mí un sin fin de cadáveres, como capas geológicas que sirven de evidencia de la existencia de mundos sucesivos. Y si bien me parece una proposición precisa y hasta de cierto valor poético, siento que esa forma de exponerlo no me es propia, no es fresca e incluso peca de forzada, porque quien la piensa, inmediatamente después de hacerlo sonríe; quiso escribirla muchas veces y todas menos esta se aburrió antes de hacerlo; al rumiarla ya no siente ni tristeza ni melancolía, no piensa qué desperdicio ni se entretiene murmurando condicionales frente a un espejo. No llegué a ninguna meta e incluso es probable que haya perdido algo en el camino. Sin embargo me siento más libre.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...