Leía el texto mecánicamente. Las palabras discurrían una tras otra como imágenes inconexas en un todo inarticulado. La mirada de Aitor se perdía allende el libro, en la piel muerta que viste la uña, en alguna ceniza del pucho sobre el papel o la ropa, en la evocación de alguna idea o suceso que emergían de forma involuntaria. Con un poco de esfuerzo los ojos navegaban otra vez el río de tinta negra sobre el papel, pero simultáneamente, como si Aitor se hubiese divido en dos y pudiese ahora estar en lugares distintos y distantes al mismo tiempo, transitaba recónditos senderos, en otro plano. Las palabras leídas sonaban como un eco lejano e ininteligible. Ejecutaba una vez más el rito de la lectura, sin leer, divagando.
¿De cuántas formas diferentes se abren ante nosotros los abismos? ¿Qué significan estos abismos más allá del vértigo qué sentimos en la conciencia de nuestra propia finitud, límite angustiante, que nos acobarda frente al Infinito amorfo y oscuro?
Al procurar reflexionar y comprender cómo actuar, qué esperar o hacia donde ir, bajo mis pies no encuentro seguridades.
Aitor suspiró y tiró el libro a un lado. Se acomodó nerviosamente el pelo de la frente, corriéndolo a los costados, detrás de las orejas y luego, no sin cierto enfado, tomó el texto otra vez para intentar amigarse con él. Procuró recordar donde lo había abandonado, dubitó perplejo y lejos de querer hacerse problemas, decidió comenzar otra vez desde el principio. Otra vez un río de palabras sosas e inarticuladas, otra vez una lectura a costa de mucha voluntad totalmente infructuosa.
¿Qué es esta ansiedad que nunca me abandona? Y vos que querés que la apacigue, verla mermar. ¡Mi reina...! Pero si la siento tan mía, tan hondamente arraigada, que creo no ser otra cosa que mi propia ansiedad. ¿Pero qué digo? ¿¡Tan hondamente arraigada!? Ahora que lo pienso, sería un error decir que la ansiedad echó raíces en mí vida, como si hubiese sido posterior a ésta, cuando lo cierto es que he sido yo quién con los ojos aterrados se abrazó a ella ya en la primer bocanada desesperada de aire, justo al ser expulsado del paraíso, expelido a través del canal de parto y obligado a abandonar el asfixiante y amoroso océano de placenta.
Levantó la mirada y se percató de que el tiempo se le había consumido entre la escapada al kiosco para comprar los puchos, la preparación de los mates, la llamada telefónica a un compañero para recordarle que le lleve el libro prometido y cumpla con la palabra empeñada más alguna otra distracción, como por ejemplo inventariar los dibujitos en las márgenes de los apuntes y recordar el tedio que ofició de partero de los mismos. No faltaron tampoco las espirales y aros con el humo del cigarrillo y su contemplación. Ya habían transcurrido 50 minutos y aún debía ducharse antes de salir. Se convenció de que tenía que aprovechar mejor el tiempo.
Pero aunque los orígenes y las inspiraciones de este tipo de regímenes reaccionarios fuesen más antiguos que los del fascismo, ¡y ahora lo recuerdo! ¡Cómo disfrutaste de ese error eh! No sé cómo mierda fui a darte de comer, salame. Qué tipo asqueroso con tu sonrisa soberbia. Y para colmo ahora tengo que estudiar tu materia de mierda, y decirte que la Iglesia Católica, profundamente reaccionaria en la versión consagrada oficialmente... Porque lo que más bronca me da es que gente tan oligofrénica como vos esté al frente de una clase y para colmo se piense que ese culo enorme que tiene por ego se encuentra apoyado sobre una butaca de mérito e idoneidad. Si pudiese tan solo escupirte la cara, o mejor aún, apretarla con mis manos hasta que las venas de tu rechoncha cabeza se hincharen y los ojos parecieren salir disparados en cualquier momento pero sin embargo, la doctrina del estado corporativo, que alcanzó su máxima expresión en países católicos, llenos de gente que como vos más afortunados y seguros de sí se sentían cuanto mayor era la distancia entre su clase y la de los trabajadores, cuanto menor era la movilidad social y más definitiva e inapelable la pertenencia a una aristocracia egoísta y vil, inhumana y petulante, pequeños cobardes con aires de superioridad, como vos, hijo de puta, reventado del orto y tu puta materia, la concha de tu madre.
Miró al vacío un momento. Prosiguió.El nexo de unión entre la Iglesia, los reaccionarios de viejo cuño y los fascistas era el odio común a la ilustración del siglo XVIII...
Sonrió. Recordó al Fausto que gustosamente ahora releería y luego a los franceses y alemanes enamorados de la razón, cegados, a la espera de las respuestas eternamente al caer, para no hacerlo nunca, ¡triste desengaño!. Recordó al individuo vacío de la modernidad. Y sonrió porque entendió que fue Mefistófeles, ese romántico, quién le dio el coraje a Fausto para no sólo romper en mayor o menor medida con las reglas que enarbolaba la triste y frígida moral que había mamado y le rodeaba, sino además porque le indujo a ser particular, individuo con alas propias, con criterio, presto a equivocarse, sí, a transitar el camino del pecado y por ello erigirse en culpable a los ojos de quienes ven en la culpa el oro que acumulan en sus arcas, pero también encontrando en una vida signada por el coraje la valentía para enfrentar una existencia finita. ¿Cómo podría Fausto haber llegado alguna vez a la redención si no hubiese nunca transitado su camino junto a Mefistófeles, permaneciendo en el gris mundo de la teoría, sin arriesgarse jamás a morder del fruto verde del árbol de oro de la vida? ¿Cómo hubiese conocido el amor? Los ángeles cantaron llevando la parte inmortal de Fausto: «Aquel que se afana siempre aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle». Pues el ideal no es algo que se mira embelesado y se espera perezosamente nos sea dado. El ideal es algo que se desea hasta el sufrimiento y se persigue valientemente, con total y lozana entrega. La historia de la humanidad es la historia de un hombre y su búsqueda por la verdad, que en el mejor de los casos, al correr frente a sus ojos el desenlace irremediable y definitivo, sólo besará y tras grandes sacrificios no los ardientes y carnosos labios de la Verdad sino la tersa y pálida frente de la Paz.
Mis demonios me endulzan el oído con promesas de tierras sin historias, sin actores mayores ni más importantes que yo. Me ofrecen sonrientes el ahistoricismo. Me ofrecen una nada donde existo sin riesgos y embriagado de gloria, un escenario en el cual no hay que interpretar personajes según el capricho del autor de la obra, siempre narcisista, eterno ausente en la linea de fuego. Una nada sin culpas, ni silencios, ni siquiera necesidad de palabras. Sin confusiones ni reproches. Una nada sin esfuerzos truncos ni nostalgias por cosas que no son. Universos de nada donde el reconocimiento de los necios es innecesario, estéril. Mejor aún. Universos donde no haya necesidad alguna de reconocimiento, muerta de vergüenza o aburrimiento la vanidad.
Sueño que mis demonios, aquellos de los cuales por momento creo enamorarme - con el asco que me da - habrán de resultarme como Mefistófeles a Fausto: aquella fuerza que simboliza el mal pero que siempre conduce hacia el bien, aquella fuerza a la cual resistirse para así redimirse, pero también, aquella fuerza sin cuya existencia el Bien como valor sería totalmente vacío, un sin sentido.