20.2.13

Soy sucesivos, soy discurrir


Cuántas vidas encierra una vida, cuántas revoluciones se atraviesa al andar. Cuán distantes e impropios los sucesivos, cuán familiares y autónomos los ancestros del yo. Uno sobre otro yacen apilados, en una fosa común en la que superpuestos, adyacentes y colindantes, se entraman los retraídos y los vivaces, los soñadores y los apáticos, los pasionales y los racionales, los inseguros y los templados. Solidarios y complices, como en un juego de reflejos invertidos infinito, como incontables antítesis secuenciadas, en coloridos juegos se amalgaman.
A la distancia, ajenos a la lógica de las crónicas, en un gesto que observa imparcial, esa danza, la alternancia, movimiento en espiral. Aquí adentro, en el centro, inercia y gravedad. ¡Violenta cada curva, inclemente su fatalidad! En giros ascendentes y descendentes, con la gracia de un rulo, así se desenvuelve la historia, así se manifiesta, somos esa complejidad.
Un camello, un león, un niño y un eterno retornar. Me construyo con afán lúdico a mí mismo. A continuación, cargo obstinado y orgulloso mi cuerpo. Y luego, necesariamente, con la ferocidad de una bestia amenazada, con el goce de quien siente detentar un poder que sólo es placentero al ser ejercido, me urge la necesidad de aquel cuerpo derrocar. De liberarme de su mandato obsoleto, de renunciar a su forma de andar.
Y uno tras otro, los cadáveres se resisten. Agonizan, parturientos, dando a luz a quien la vida les quita. Se retuercen, se lamentan y lloran una canción dolosa y resentida,  pues no justo ser desecho, nadie quiere no ser más. Y cada vez a aquel que nace, inseguro, cuerpecito frágil y doliente, la vida se le presenta un desafío imposible. Y cada vez, aquel que llora, indefenso, criaturita inmadura e inocente, se sorprende abandonado a su suerte, como el protagonista de una brutal desventura.
Sucesivos, recurrentes y en sentido ascendente nacen los nuevos niños, crecen y luego perecen. Uno sobre otro, sedimentados, tornan inexorablemente en vestigios de un camino transitado, se acumulan los cuerpos pasados, inertes y cristalizados.
Y yo aquí, testigo necesario, imposibilitado de excusarse, soy vehículo, soy continente, soy universo de polvo y fuego, soy pasiones, soy envase, soy el cosmos, quien contempla, alteridad y semejanza, soy quien es y quien no es, soy ciclos, soy dialéctica, soy entramado. Y pendulo desde la soberbia de creer saber lo que hay que saber a la inseguridad acuciante de sentir que no sé como ser. Soy forma que contiene pero que no puede contener. Soy vida que trasciende, movimiento, soy muerte y soy nacer. Soy futuro, soy ayer.
Soy ese flujo que se solidifica, que en su superficie se endurece, revistiéndose de una corteza, de un exoesqueleto, como el magma que al entrar en contacto con el frío aire se endurece, pero que en su constante emerger, en su brotar optimista, resquebraja lo solidificado y vuelve a discurrir, vuelve a expandirse, vuelve a mostrarse incontenible, candente e indomable.
Es en el umbral, al momento de tener que recrearme, ahora que tengo la necesidad de reinventarme, cuando más frecuentes se hacen las visitas al múseo de los ancestros del yo. Los observo con ternura, les reprocho cosas injustas, los admiro y les envidio cierta frescura, cierta inocencia, virtudes cercenadas o amainadas. Pero también me siento en deuda con ellos. Les debo la trascendencia. En un gesto respetuoso, me debo a la necesidad de lograr que todos sus esfuerzos y todos sus padecimientos no sean en balde y den lugar a una nueva pieza, más justa, con mayor templanza, más feliz. Pero también me invade una indecible ansiedad, un tímido frenesí, que viene acompañado de cierta resistencia, claro está, pues si crecer es gozar y sufrir y si uno se agobia ante la perspectiva del vértigo del movimiento, es natural que nos seduzca la quietud, el silencio, el quiebre divino y escapista a las leyes del tiempo y del espacio. Aún así, me regocijo pensando en los numerosos Yo aún por venir. Los imagino, héroes del futuro, amantes de sus amores, íntimos y paternales, mirándome con nostalgia, leyéndome con aprobación, reprochándome, otra vez, cosas injustas. Los imagino, otra vez, amándome.
Será cuestión de ser artista cuando haya que serlo, ser caballero templario cuando las batallas lo ameriten y ser aún más audaz cuando el espíritu necesite liberarse y alegre danzar, una y otra vez. Será cuestión de transitar esta eterna dialéctica bailando, feliz. Será cuestión de entender que la más digna forma de rendir culto es construyendo mejores versiones sucesivas de mí. Será cuestión de, efectivamente, transitar el camino que me conduce a ser ese que estoy llamado a ser aún sin serlo.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...