29.12.06

Ardorosa pasión

Debo reconocerlo. Sentí un morboso placer al quemar esas hojas. De pronto, soy consciente de que esas palabras ya no existen más y eso me estremece. Perecieron ahogadas en un mar ardiente, sin poder dar cuenta de su existencia y de su sentido más que a su creador. A ese mismo que se erigió en dios destructor y las suprimió. ¡Me corre una risita perversa por todo el cuerpo! ¿Qué es esto?
Les proveí condescendiente de un tiempo para agonizar, de la miserecordiosa posibilidad de atestiguar su propia defunción y bellamente transmutar primero como por obra de un efluvio proveniente de los misterios de un mundo de ultratumba, un mundo cuyo portal fuere la vívida llama del fuego; transmutar por obra del efluvio en un negruzco y voraz color, que avanzaba consumiendo las letras, tiñendo el papel. ¡Qué tierno espectáculo el tímido pero decidido abrazo del manto negro con las letras! ¡Abrácense mis pequeñas querubinas, abrásense! Finalmente, el oscuro crepúsculo, como un cáncer, daba muerte al tejido en el cual las palabras habrían germinado justo después de que la pluma las sembrara. Y qué cosa podrán ser sino ceniza, polvo, alimento del viento o mugre. ¿¡Qué cosa sino nada después del fuego!?
¡Oh perversa satisfacción! ¡Qué dulce suicidio dar muerte a mis palabras! ¡Qué trágico placer! Crear para destruir. ¡Qué lisonjera y económica forma de trascender! ¡Qué estimulante poder saberme dueño de una voz que calla, para siempre, por mi caprichosa voluntad! ¡Toma, posteridad, di muerte a uno de tus hijos! Y nadie sino yo conservará su recuerdo, celosamente, como un tesoro, como otra cosa más que se irá conmigo cuando tú, perversa, hayas de darme muerte. Esa mi venganza. Ese recuerdo, el eterno rehén cuya vida está ligada irremediablemente a la mía.

25.12.06

Artemisa de la estepa

Otra vez corriendo bajo la lluvia. Mas ahora, la ansiedad y el pánico se enredaban torpemente en risas nerviosas, en un placer lúdico, pero sólo por momentos. Jamás un hombre corrió tan rápido. Jamás alguien, abrazando como él con su brazo izquierdo un paquete envuelto en papel madera, atado éste con un grueso y resquebrajado cordel marrón, supo correr así, en fuga y sin hilvanados pensamientos.
O tal vez sí, una y mil veces.
Las gotas densas y frías corrían pesadas entre su piel y la ropa. La maleza entorpecía su huir, preñando de humedad sus pies. El suelo arcilloso y chapotero, inestable, dificultaba su equilibrio. Y cada brinco era un riesgo temerosamente aceptado, cada viraje escapando a un arbusto, una osada temeridad.
Los alamos se batían a causa del viento en concertado ánimo y allá atrás, a unos metros, seguramente divisaría la vieja casona de madera y techo de chapa. De entre la maleza, el olor putrefacto daba cuenta de algún pequeño cadáver, el cuál ahora sospechaba detrás de las aves carroñeras que impasibles bajo la lluvia le observaban a la vez que desperezaban las alas. La más pequeña y vigorosa le miró directamente a los ojos. Su mirada oscura y lasciva parecía más amenazadora cuanto una pequeña víscera aún colgaba del punzante pico del animal. La carrera angustiada puso a las aves a sus espaldas y un lozano graznido pareció darle caza por detrás.
El agua se agitaba ruidosamente entre las suelas y los pies, molestando. El barro había cubierto al calzado en su manto y el frío insensibilizó a sus moradores, anulando la existencia de aquellos que ahora le conducían por entre los árboles, qué aún más violentamente parecían sacurdirse al aproximarse. Alzó los brazos junto al paquete a la altura de la cabeza, pero ni esto pudo evitar que las ramas le azotaran y arañaran su rostro y espalda. Una rama larga y elástica le dió un agresivo latigazo a la altura de los riñones justo después de soltarla. El agudo dolor casi lo tumba. Trastabilló, haciendo enorme esfuerzo por lograr respirar y no ahogarse en su propia y espesa saliva en el grito ahogado de dolor.
Trás la alameda, sabía se encontraba la huella. Entre los surcos erosionados por cubiertas de camionetas pesadas y pretéritas encontró suelo estable sobre el cual correr, sin obstáculos, hasta el viejo y sombrío casco de estancia abandonado. Corrió los últimos metros con el ardor en la espalda que crecía y crecía, a la vez que un seco dolor ya se había depositado punzante en su garganta hinchada, lugar por donde el enmohecido aire de la tarde lluviosa transitaba. Su angustia creció al aproximarse a la puerta, la cual cerrada, no soportó la embestida de su hombro izquierdo. El rechinar de la madera le provocó un escalofrío intenso y expedito cerró y atracó a la misma con un pequeño y pesado modular. Sobre la mesa depositó el paquete, junto a un florero vacío sobre un mantel polvoriento. La estufa de carbón aún estaba tibia y desde la misma brotaba la oscura luz rojiza de algunas brazas agonizantes. Introdujo en la misma, sin sacarse aún ninguna de las pesadas prendas húmedas tercamente pegadas a su cuerpo, un par de maderas que arrancó de un enclenque cajón traído otrora de alguna proveeduría de algún pueblo cercano, y separó inmediatamente luego dos o tres tronquitos de carbón. Con mucho esfuerzo comenzó a sacarse la campera, tarea dificultosa, pues las fuerzas parecían abandonarle del cuerpo. Viró para cerciorarse que el paquete aún permanecía sobre la mesa cuando escuchó a la madera del suelo rechinar a su izquierda. Al observar en dirección a la habitación, con la puerta entreabierta, no le sorprendió el grisaceo azúl que teñía todo. La cama con la pesada colcha se le antojaba su próximo e inmediato destino, si bien lamentó que se encontrara tan lejos de la estufa. Otro ruido, siempre presente hasta entonces pero que ahora le parecía poderosamente amenazador, se escuchaba a sus espaldas. La ventana de los vidrios sucios por el polvo acumulado tras las sucesivas tormentas de viento se encontraba abierta. A través de la misma el viento empapaba las cortinas y permitía que un chiflete helado penetrara en la vivienda. Fue hartamente dificultoso lograr cerrar la placas hinchadas de la ventana. Pero el determinado empeño, junto a un par de golpes, a veces sobre el ángulo superior, muchas otras sobre el inferior, permitieron dar por terminada la tarea.
Se quitó la campera y lo mismo hacía con la camisa, desabrochada en sus tres botones superiores y en sus mangas, cuando tomó los leños de carbón y los introdujo en la tímida llama dentro de la estufa. Renegó por haberlos humedecido al sujetarlos, y otra vez, ansioso, volteó para cerciorarse que el paquete se encontraba donde lo había dejado. ¡Azorada su expresión al no verlo sobre la mesa! Confundido, histérico, corrío rápidamente su vista por toda la habitación. Gritó angustiado un «pero... cómo?» y casi corriendo, no sin dudarlo varias veces entre paso y paso, se adentró violento en la habitación. Dío un portazo y gritó tirando de sus cabellos. Miró a través de la ventana y nada. Corrió hacia la otra. Sólo lluvia, viento y los álamos que se estremecían al unísono, allá, a unos 60 metros.
Ingreso temblando a la sala principal, se acercó a la mesa, miró en derredor, y nuevamente el crujir de la madera lo obligó a rotar sobre sí violentamente.
Su rostro se puso pálido. Sintió que la sangre dejaba de palpitar a través de sus venas y que su corazón se estremecía de un gélido golpe. Ella era tan solo una niña, si bien milenaria mujer. Sus ojos fosforescentes le presaron la mirada, y su andar contundente y suave le acercaban más y más a él. La pared a sus espaldas, luego de golpear la mesa y tumbar el florero, que rodando se estrelló finalmente en el suelo para hacerse añicos, le impidió proseguir su espantada huída. La jovencita en su camisola, con sus pies preciosos y límpidamente descalzos, se aproximó más y más. La exigua tela que cubría su vigorosa y virgen femeneidad permitía adivinar la más bella de las vedadas promesas. Su cabello rojizo y pletórico, vagamente ensortijado, parecía unas veces fuego, otras sanguíneo caoba. Su rostro argüía un maléfico propósito detrás de una sonrisa en apariencia abandonada y apacible. Su piel, singular pétalo lunar, se le presentaba la más bella jamás concebida, si bien denunciaba una espectral y platinada naturaleza. Sin dejar de clavarle hipnóticos sus ojos fosforecentes, acercó sus brazos angelicales al pecho del hombre, pozándolos sobre el mismo, a la hora que entre sus manos tomaba el rostro de quién se convulsionaba nervioso, con los ojos desorbitados. El frío de su cuerpo atestiguó lo imposible. El contacto con la piel de la jovencita significó el abraso gélido sobre la superficie por sus extremidades alcanzada. El escalofrío violento, las convulsiones, el vértigo y la vista que se nublaba, salvo sus ojos, fosforecentes y lozanos.
Los brazos de quién hasta hace poco había huído colgaban junto a su cuerpo. La pared evitó que el mismo se derrumbara. Su mirada, nublada, nada podía distinguir, salvos esos ojos de otro mundo.
«Permíteme que te bese» ella suspiró con una voz lejana y profunda, acompañada de un aliento ártico. Y acercó su boca a la de él, que ya nunca jamás pudo atestiguar dicho beso.


Inspirado en la escena de la muerte de Iván Savélievich Verenuja
en El maestro y Margarita
de Mijaíl Bulgakov

9.12.06

Reencuentros

Una distinción muy aguda, ya realizada por los griegos, me ayuda a entender el por qué de ciertas cosas. Siempre se es antes de ser. Pues siempre la ontología subordina a la cronología.

Así, en crudo, no digo nada. Es verdad.

Se es antes de ser. Y con esto significo que hay verdades y esencias que son tales con antelación a que la concatenación de los hechos las hagan existentes a nuestros ojos. Desde esta perspectiva, el tiempo no es más que el escenario donde finalmente se manifestará aquello que necesariamente ha de ser. Pues lo que es, lo es antes del tiempo, más allá del mismo e independientemente de él. En realidad, es el tiempo el que es posterior a lo que es, quién está más acá y quién depende de lo que existe. Por eso no erran quienes aseguran que todo está escrito. Some things are meant to be. O en realidad, everything is meant to be.

Esta verdad no nos resulta del todo evidente debido a nuestras limitaciones, consecuencia lógica de nuestra finitud como sujetos cognocentes. Estamos condenados al conocimiento imperfecto, relativo, teñido de emociones. Por esta razón la experiencia humana es tan bella y angustiante, digna y dolorosa. Nuestra finitud es tragedia. Y las comedias no son sino fraccionamientos conscientes y deliberados de ésta.

Sin embargo, lo que busco señalar es lo siguiente. Muchas veces reprochamos el sinsentido que como un sopor avanza sobre las cosas. La anarquía que impera, el nihilismo que adviene. Situaciones que duelen, ausencias que angustian, el fuego interno que mengua con esporádicos estallidos que sacuden y abrasan pero no alimentan la llama, todo en el tránsito de un hambriento sin fin de deseos renovados. ¿Y qué no implica un deseo sino una insatisfacción de algún tipo?

Mi experiencia me llevó a buscar paz y armonía dentro de mí. Jugué a imitar a Dios y cual una pequeña versión de él, lograr en mi la perfección. Al no alcanzarla jamás, pretencioso de mi, entendí que quizás la perfección como tal era sencillamente perseguir a la misma de forma sostenida. Quise explorar la infinitud dentro de mi mismo para de esa forma romper con la finitud humana. Busqué cerrarme para ordenarme. Porque, ¿cómo acercarme a otros sin estar preparado? ¿Cómo acercarme a otros siendo imperfecto? Siempre los intentos fueron grandes desilusiones, perniciosos desencuentros. Y el historial de los mismos indicaba claramente que hay cosas que no se fuerzan, que las buenas intenciones no vinculan y que quizás el problema habría de radicar en mi interior. Otra vez, más profundo urgaba y con mayor ansiedad procurando dar solución al eterno problema, resolver el viejo enigma. Everything that you need is inside of you. Frase de cabecera. Pero en mi vanidad o en mi desesperación muchas veces me ví tentado a velar por mi estabilidad en el retiro del mundo, en la autosuficiencia, tomando dicha frase literalmente. Todo lo que necesito está dentro de mí. Claro, pero, ¿para qué? ¿Todo lo que necesito para qué? Para estar bien seguramente. Pero olvidé preguntarme cómo estoy bien, asumiendo lo evidente de la respuesta. ¿Estoy bien en la soledad? ¿Estoy bien con el otro? ¿Estoy bien en el otro? A veces me sentía inclinado a pensar que en la soledad todo dependía de mí y las desestabilizaciones o desencuentros eran por ello menos probables pero, ¿puedo estar bien en la soledad? Everything that you need is inside of you repetía la voz monóacorde y porfíada. Y algo en mí sabía que eso era cierto. Sin embargo...

Hay cosas que son antes de ser, decía. ¿Pero qué hacer cuando percibís que el tiempo se te consume y sentís trágicamente que no sos? ¿Cómo excusarse ante uno mismo cuando uno no sabe realmente quién o qué es? ¿Cómo lograr ser? ¿Cómo lograr encontrarse con uno mismo?

Las cosas son antes de ser. Las cosas son antes de ser en el tiempo. Experimentan siempre una tensión hacia su perfección. Y hacía allí irresistiblemente son conducidas. Entonces, al reconocer esos ojos hacia los cuales te sentís con celeridad impulsado a sumergirte, al desear con contundente e irrevocable afán la fusión con ellos, para ser en ellos, entonces entendés que lo divino no está en vos, sino que lo divino está entre vos y ella. Entendés que sos para el otro o no sos. Sos en tu vinculación con lo externo a vos, o no sos. Sos en el amor, en el afecto, en la concertación de las voluntades, o no sos. Sos en tus roles, en tus relaciones, en tu diálogo, o no sos. Everything that you need is inside of you. Y estar bien es posible cuando destinás todo eso en tu interior para vincularte con el otro. Cuando apostas por abrirte. Cuando renuncias un poco a tu individualidad para dar nacimiento a una individualidad compartida. Sos al ser hijo, padre, novio, amigo, hermano, anfitrión, artista, laburante, compañero. Sos al ser para el otro, responsablemente, con amor. Sos al amar.

Se es antes de ser. La chispa divina es y está en todo. La chispa divina está entre vos y yo. Por eso nos reconocemos. Por eso nos despersonalizamos en el amor y a la vez, somos heroes, cual un dios griego. Por eso uno puede amar desde siempre y para siempre. Por eso uno es multitudes, en sus vinculos con el mundo. Por eso la aceptación es sabia y el amor irresistible. Por eso amarte es reencontrarnos, reencontrarme. Somos antes de ser y ya no podremos nunca no ser.

13.11.06

El amenazado

Estoy feliz y tengo miedo.
Uno a fuerza de desilusiones ha aprendido que con los grados de felicidad pasa lo que con los pecados en la Divina Comedia: hay un círculo cada vez más temible y horroroso en el infierno de acuerdo al grado de perjuicio cometido por alguien a los valores establecidos por el creador que impone las leyes que signan el acontecer humano. ¿Será realmente éste un mundo donde la felicidad es injuriosa, pretenciosa y lasciva?
Una felicidad como ésta, que irrumpe violenta, inesperada y abrumadora tal y como es, generará siempre y naturalmente muchísima ansiedad. En todos los casos, como ahora, vencerá a los incrédulos, y les confirmará que sus certezas esperanzadas y sus escepticismos desesperanzados siempre fueron y serán relativos y perecederos.
Allí como ahora, cuando la felicidad sea tan superlativa que el propio dominio del lenguaje o quizás el lenguaje mismo se presenten como inexpertos duplicadores cuyas obras son poco fidedignas y raramente fieles a aquello que buscan duplicar, tan inexactas e incoherentes como la crónica de un testigo intoxicado y delirante. Allí cuando lo que se viva sea tan intenso que uno sienta como lo desborda y lo tensiona. Allí cuando la felicidad sea confusión e inutilice todo intento racional por comprender y obrar de acuerdo a ello. Allí cuando la misma genere dependencia física y sepamos - ¡con horror! - que su continuidad depende de factores ajenos a uno. Allí cuando la continuidad dependa de factores propios de los caprichosos dominios irracionales de uno mismo. En todos aquellos casos en que la felicidad sea tan grande que ingrese en la categoría de lo absurdo e irrepresentable, allí será natural que uno sea invadido por miedos y tema a la presencia de las sombras.
Cuando colosal, la felicidad es una embarcación de cristal surcando mares, estrechos y costas inexploradas sin timonel. Pero también, cuando se presenta como ahora, uno es omnipotente, es un dios. ¡Y cómo embriaga la ambrosía, señores, cómo embriaga!
Se me presenta otra vez una cadena de preguntas conocidas: ¿Es la felicidad un abusivo crédito que uno debe pagar en coutas de dolor con intereses de escándalo? ¿Es la felicidad no el fin de la vida, sino un desequilibrio en la misma? ¿Es lo más sabio descomprometerse de la vida y sus reglas de juego?
Es claro a esta altura, amor, que como vos, tengo miedos. Ojalá coíncidamos en que finalmente, la razón de ser de los mismos no es otra que la de ser superados.


18.10.06

Tensiones - Apologías y rechazos

¿Sabés que sos vos? Sos un pobre idiota. Y no te lo digo de mala onda. Ni siquiera estoy enojado. Más bien estoy triste y quizás también algo decepcionado. Esperaba más de vos. No sé qué, nada en particular, pero más, ¿entendés?
Cierto es que resultaste ser tan sólo un arrugado y polvoriento oximorón, desabrido, sin mayor encanto. Sos inteligentemente estúpido, eso es innegable. Cuando te corresponde ser feliz, lo sos amargamente. Cuando la vida te doblega, te abrazás romántico y con una sonrisa incipiente a lo que sea, la primer nimiedad en tu camino. Pero no sólo eso, ojalá fuere sólo eso. Cuando deberías relajarte, la ansiedad te estresa. Cuando el viento te sacude, sentís paz. Cuando el frío es muy intenso, te hierven las orejas. Cuando la felicidad se te presenta, extrañas a tus ausencias. Cuando estás muy necesitado, huís del mundo y te refugías en la nada. Cuando te sentís atraído a alguien, no hablás, te quedás duro, momificado, con una piedra del tamaño de una cabeza en la garganta y las extremidades que te sobran junto al resto de tu cuerpo: el mundo te da vueltas y te mareas hasta la ceguera; o por el contrario, de tu boca no dejan de salir frases huecas, ininteligibles, inarticuladas. Te das vergüenza de vos mismo y ocultás los ojos o con ellos rogás perdón o ambas.
Ahora que lo pienso, es eso, sabés. Inarticuladas. Sos pretencioso y de tu cabeza no salen sino ideas inarticuladas, cuando no estrafalarias. Sí. Eso. ¡Cuándo carajo vas a lograr expresarte con claridad! ¡Cuándo carajo vas a tener algo interesante para expresar con claridad!
Pero te decía oximorón porque sos el que amaría poder amar, el que tiene miedo de quizás no sentir nada, porque lo único que lográs compartir es tu soledad, porque tu risa es triste y ausente como la de un fantoche por más que te acusen de flaqueza de ingenio para ese título honorífico. Sos oximorón porque sentís flotar en la nada y por ello mismo estar, según vos, tan preso. También lo sos por ser alto cuando tu nombre significa pequeño o flaco cuando comés como un cerdo. Sos oximorón porque te vestís de distintas telas y siempre te ves igual. Lo sos porque soñas despierto y vivís dormido. Sos una paradoja porque sos muchos y sólo uno. Sos muchos que piensan igual, sos uno solo que no se pone de acuerdo. Los sos cuando hablás sin decir nada. Y cuando mirás sin ver nada. Y cuando sentís sin sentir nada. Y cuando mentís y cuando callás y cuando estás como ausente y cuando dudás y cuando sonreís y cuando escribís y cuando vayanse todos a la concha de su madre.
No te permitís ser bombero pirómano, chabón, sino que te confortás siendo un pirómano bombero. O un pájaro con raices. O un árbol con alas. No sos un lobo estepario, sino un tierno corderito montañez. Sos oximorón porque sos un moron oxigenado y ese es tu fucking problema, man. Predicás sentencioso sobre la belleza en las pequeñas cosas y no te basta con una vida pletórica en lujos. Sos un reventado. Un limitado. Un resentido. Un escalador fracasado. Un ego ora filántropo, ora misántropo. En definitiva, un cobarde que alienta contra el arco atacado.
Sos diminuto. Infradotado. Vil. Pero lo suficientemente sensible como para darte cuenta de tu condición y sufrirla. Y lo suficientemente sensible como para envidiar y extasiarte a causa de la genialidad en el otro. Por suerte también lo suficientemente sensible como para aburrirte al escribir este texto.
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14.10.06

Antígona, mamá


Quizás este texto busque ser una descarada celebración narcisista. Por otro lado, no creo que a nadie que me conozca personalmente tome por sorpresa mi culto a la tragedia edípica y sus metáforas, como la ceguera necesaria a la hora del luto, justo a continuación de develada la verdad, corrido el velo ya. Es que hay verdades para las que uno nunca estará preparado. Fisiológica o emocionalmente. Y aún así deberán ser enfrentadas y perseguidas.
No oculto tampoco mi devoción para con Antigona, diosa del amor, virgen suicida. Aquella que al renunciar a su condición de mujer, con su vida, sacrifica su derecho a engendrar. Qué huevos. En serio. Romántica, consecuentemente ciega, decidís (¿decidís?) renunciar al mandato de tu carga filogenética, a la transmisión y perpetuación de tu gen, a la celebración de tu maternidad. Pero acaso, ¿hay madre mayor que vos? Ontológicamente originaria, quién sino vos, madre de tus antecesores; quién sino vos, la redención de tu estirpe.
Hace unos pocos días compartí la mesa con dos señoras increibles que discutían dando lugar a una idea que abracé inmediatamente: la única forma originaria y natural de amor es la que vincula a madre e hijo. Todas las demás son adaptaciones del mismo molde a un mundo de géneros, edades y roles; en definitiva, artificios. Pero allá atrás, antes de que la mujer sea mujer y de que el hombre sea hombre, antes de que estuviere claro quién nació antes qué quién; allá, en el foro íntimo y desnudo de toda esencia, todos somos madres e hijos. ¿Y no somos acaso hijos tan pronto como madres, los unos de los otros? Si se me acusara de reduccionista, jíbaro me confesaría, pués tan claro me resulta desde esta perspectiva cuántos padres son madres de sus hijos y cuántos son o se tornan en hijos de los suyos. ¿Qué celebra la pareja enamorada, sino el reencuentro con su madre y el regreso al utero y tierno abrazo de la infancia; sino el espacio donde y gracias al cual ser madre? Antes de aprovisionarnos de mil máscaras, en esa realidad tras la realidad que es la metafísica, allí tranquila, enceguecedora e inalcansable toda verdad.
Con anterioridad a ser Leopoldo, previamente a ser Aitor, siempre fui Edipo Rey: orgulloso esposo de Yocasta, gigantezco y tierno padre de Antígona. ¿Y quienes son estos dos polos, estos dos arquetipos de mujer, sino el punto en el cual fue cortado el circulo para convertirse en linea de dos extremos? Madre que es mujer, hija que es madre. En su exilio, el anciano Edipo, hasta la muerte incestuoso, marido de su hija-madre tanto por necesidad como por amor fue. Y como el péndulo de un reloj, la joven al enterrar a su padre-marido se tornó en madre de sus hermanos hijos, y así, en un arco desde ella a Yocasta, se construye una imagen en la cual una madre ve su reflejo invertido en las plácidas aguas de la mismísima fuente de Narciso.

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Mi vieja. Má. Mamá.
Les advertí en un principio que se me podría acusar de celebrar mi narcisismo en este texto. Habré de hacerlo con el pseudo decoro que le reviste el hacerlo de forma indirecta. Sin embargo, ésta será otra de esas tantas veces en que las palabras se me antojan enemigas; imperfectos y caricaturezcos vehículos de un mensaje, de una verdad, que no alcanzarán a permitirme expresar lo que amo, admiro y agradezco a mi madre. Quizás por eso me cuesta tanto escribirle a ella en particular.
Reconozco que soy un tipo egocentrico, un egoista. Muchas veces jodido como consecuencia de ello, porque independientemente de las culpas que después experimento, puedo perfectamente cagarme en otros. Como un caballero. Ahora, y condenado a ser leído con el rechazo que pueda provocarles mi fanatismo, les juro que no conozco persona más fiel, más honesta y más pura que mi vieja. En realidad, en cierta forma, me ha jodido la vida nunca haberle visto protagonizar ninguna muestra de crueldad, de egoísmo, ninguna pequeña maldad. ¿Cómo mierda no fracasar y exigir demasiado a la hora de buscar una pareja? ¿Cómo no entender a la realidad lástimosa e imperfecta cuando uno conocío al amor manifestándose de forma perfecta, de forma absoluta? ¿Cómo conformarse con menos?
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Mi madre es una persona con un corazón tan grande, tan grande, que casi no tiene otros organos. Y esto claramente le juega en contra. Pues es una persona que vive para quienes ama, y nosotros, pequeños y viles, con ombligos del tamaño de ese corazón del que hablaba, transitamos el día a día tratando de encontrar algo de estabilidad emocional, de cuidar nuestros jardincitos. ¿Y por ella, quién vive? Quizás su mayor pecado sea olvidarse de sí misma demasiado seguido. Pero para la realización de su crimen no le faltan complices.
Desde pequeño, desde siempre, e independientemente del desarrollo de sus distintas inteligencias que siempre tanto le he admirado, esa memoria “definitiva como el marmol” o su aguda perspicacia, lo que siempre me ha sorprendido ha sido su sentido común. Sentido común aliado a una sensibilidad que le hace fuerte, a una empatía que supera con amplitud a su amor propio, depositado en los suyos y no en ella misma. Es una persona libre. Sufre de su condición de madre mitológica, sí. Pero es libre porque ninguna estructura mental y generacional le limita. Pues ella es de esas clases de personas que, y entiéndase esto de forma literal y absoluta, pueden dialogar con cualquiera. De qué forma le admiro y envidio ésta y tantas cosas.
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Mamá es una persona trasnparente, honesta, con una hermosa sonrisa sincera e infantil. Es de esas personas que jamás hieren en una discusión para imponer su verdad o defender su causa. Ni con los ojos, ni con los gestos ni a través de palabras. No recuerdo conocer a nadie más con esta característica. Es, además, de esa clase de personas que las pocas veces que llora lo hace con los ojos abiertos, mirandote a los ojos. ¿Cuántas personas son tan fuertes para estar así de desnudas ante alguien? Mi vieja disfruta tanto de dar regalos... de darse al otro, de encontrar la forma de sorprender y acariciar al niño soñador dentro de uno, aquel con el cual siempre encuentra el diálogo, aquel al que, aún niño, trata como a un adulto, y le invita a dialogar de sus aspiraciones, de su percepción del mundo, de sus valores.
El amor de mi vieja es sin dudas uno de mis mayores estímulos para superarme. Todos mis logros siempre van dedicados a ella, cuando no tan sorprendentemente, todos mis logros son consecuencia de su amor, uno de mis motores, una de mis grandes seguridades. Pues mamá es axioma, es verdad desde la cual puedo cimentar un mundo, una de las pocas cosas definitivas en mi vida. Su mirada y sus manos son amor, su rostro es diálogo, sus brazos son hogar.
Ella es el puerto desde el cual parto y al cual siempre volveré.

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3.10.06

Waking life

Nuestro estadio emocional es el que condiciona nuestra percepción de la realidad, nuestra percepción del mundo. Vivimos allí donde nos ubicamos, de acuerdo a cómo nos sentimos. Es así como la belleza puede pasar frente a nuestras narices desapercibida, o como podemos descubrir un universo increible en el detalle más nimio.
Vivimos como en sueños, enredados, despertando de uno en uno.

24.9.06

Roze Perzikbomen

Vincent Van Gogh me gusta por distintas razones. No sólo por la expresividad de sus cuadros, ni por los motivos sobre los cuales trabaja. No es tampoco tan sólo por la elección de colores donde predominan los amarillos y azules. Reconozco que le envidio esa simpleza que logra comunicar de forma directa, pero tampoco es tan solo por eso que lo admiro. Podría señalar también que su nombre me evoca facilmente a esta tierra que ahora visito y donde tuve la suerte de vivir un año, la bella y prolija Holanda, con sus recuerdos y sus (mis) afectos. Su amor por los paisajes franceses, sí, también. Pero no. Hay algo más. Admiro de ese hombre el coraje y la determinación de ser quién fue, cómo fue. Vincent Van Gogh me recuerda siempre que uno puede y debe ser lo que es, un ser único, original, auténtico, preso de la bella facultad de poder hacer una propia interpretación del mundo. En su vida no vendió pinturas sino a su hermano, Theo, quién le proporcionó de los medios para poder dedicarse a su gran pasión. Y bajo la aflicción de la enfermedad, el rechazo por parte de algunos de sus pares por su "excentricidad", los miedos y fantasmas propios del artista, vivió y murió fiel a sí mismo. En este sentido, quiero que mi obituario sea algún día parecido al de él.

19.9.06

What is not and what will never be

Curioso cuan retorcidas pueden ser las vueltas que se empecine en dar la providencia para hacernos pagar por el pecaminoso atrevimiento de querer disfrutar de la vedada felicidad. Y si no curioso, por lo menos sí llamativo. Pues pocos como él, con los ojos húmedos tras el cristal ahora, tan en vano han anhelado para sufrir luego con mayor fiereza la privación percibida. El cielo gris y la humedad que espumante el follaje cubría; allí su vista perdida tras irrumpir y avanzar la angustia, justo al despertar. A sus espaldas, la cama aún se encontraba caliente.

¡No...! Esto es un sueño - se habría recordado a sí mismo, desconociendo, o queriéndolo hacer tal vez, a aquellas fuerzas que a uno le resultan francamente irresistibles. Y como una polilla hacia la vívida llama, víctima de la fascinación enamorada que renuncia a toda razón e instinto de autoconservación, tal y como los bravíos navegantes que se lanzaban en orgiástico transe a las sirenas, así él fue con vehemencia seducido por toda ella.

Esto es un sueño, y ella no es humana, ni espectro, ni nada. Augusta, casi divina, su sonrisa, su mesura, sus ojos que alumbran, su presencia que perfuma y acaricia, su madura y delicada femineidad, todo en ella me hace feliz. Cuánto quisiera que esta dulce embriaguez fuese mi eterna alegría. Me siento desfallecer, ¡y de qué forma!, de sólo imaginar cómo sería consumar aquello que en pretendido secreto anhelo con exceso. Tomarla en mis brazos y decirle, insensato, que la amo, y que no sé ya de razones. Besarla con pasión y dejar de ser hombre para ser sólo intenso beso apasionado. ¡Ah, infeliz y torpe de mí, cuánto quisiera!
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El regreso a la realidad es el florecimiento de la herida, la mejor hora de la tragedia. Cada silencio, una agonía. Cada bello recuerdo, un violento y traicionero golpe. Cada noche aún por vivir, el terror siempre temido. Cada risa, una burla. Cada díalogo, impotencia.
Curioso cuán retorcidas pueden ser las vueltas que se empecine en dar la providencia para hacernos pagar por el pecaminoso atrevimiento de querer disfrutar de la felicidad. Especialmente cuando se ha encaprichado en escarmentarnos de la manera más insidiosa. En concreto, maldita providencia, retorcida eres en especial cuando conduces a un hombre a enamorarse de una habitante de uno, y tan sólo uno, de sus tantos sueños, de sus tantas realidades.

31.8.06

El sueño como causa

A ver.
O me vendieron gato por liebre, o he entendido todo mal. También puede ser que sea el mío un caso atípico. No lo sé. Pero, ¿No era que el sueño era el estadio en el cual nuestro inconsciente lograba expresarse, ex-presurizarse, por qué no, el lugar donde lograbamos la redención?
De seguro entendí todo mal.
Suelo convencerme de que el sueño es musa; en cierto sentido, la experiencia de soñar es la experiencia creativa por excelencia, esa que sujeta a quién sueña, permitiéndole (determinándole) la exclusiva e intimida vivencia dual de ser artista y testigo de la propia obra. Nos vemos liberados de la obsesión gnoseológica del sujeto racional ensañada en detectar relaciones causales, y aflora plenamente el poeta ingenioso de las analogías, las metáforas y las semejanzas, reacio a las estructuras, los esquemas y las categorías rígidas.
¿Pero no era éste un mecanismo que nos liberaba de presiones, cual valvula de escape en olla a presión?
Mi experiencia me dice que no. De ella infiero las razones por las cuales se llama sueños también a las construcciones utópicas racionales. Pues los sueños han oficiado en mí como catalizadores, y también, mediatamente, como motivos. Porque, al cerrar los ojos y liberarme del cuerpo, sus sentidos y sus categorías intuitivas, al practicar la muerte del filósofo, del chamán y del artísta, emprendo el viaje que tiene por fin acceder al mensaje criptado del oráculo. La premonición y la explicación de males pasados, de pecados ajenos que nos hacen herederos de castigos por filiación, como a Edipo, o Cronos, o quién fuere, allá en Delfos, a posteriori de fumar hachís en algún paraje alejado o de beber sangre áun caliente de un gallo decapitado.
Luego de soñar, especialmente cuando estos sueños han logrado lanzarme tras la resolución del misterio al despertar, en pos del abrazo amoroso y desesperado con el sentido, me veo impelido a la acción, profundamente motivado. Siento que el fuego se aviva, y por tanto, se intensifica, a partir de esa busqueda particular, la experiencia total de mi vida. Encuentro otra pieza del infinito rompecabezas que tiene por imagen al sentido total de mi existencia.
Los sueños me han motivado acá, acá y acá. Podría decirse que procuran, desde su lugar y con sus propios métodos y herramientas, salvar todo aquello que en el plano consciente hemos desechado, no sólo por represión originada desde lo emocional, sino por las limitaciones propias del sujeto racional.

18.8.06

Notturno Op. 27 n. 1

Cualquiera que no sea un imbécil se da cuenta que todos los días, especialmente aquellos que en apariencia son los más teñidos de cotidaneidad, están plagados de pequeñas tragedias. Más bien, peor aún si son cotideanos. Me consta inclusive que a más de un imbécil esto no le es extraño.
Eran las cuatro y pico de la tarde y caminaba por Santa Fe, Peña, Juncal y Laprida. Me venia vanagloriando de mi elección músical para la jornada, pavoneandome en mi foro íntimo de mi exquisito paladar, convenciendome un ratito de que soy realmente something else, como tantos deben hacer cada tanto, cada uno por sus razones particulares. Repasaba mentalmente lo leído a las 8 de la mañana con respecto al origen de las piezas "nocturnas", procurando asimilar dicha información para, llegado el momento, decir algo más que un desabrido «me gusta mucho Chopin, especialmente las nocturnas».
Sin embargo, no todo eran sueños de petulancia. Ese piano era realmente exquisito y vaya que sí lo disfrutaba. Le imponía, porque no era cuestión de sugerir y nada más, no, le imponía un paso despreocupado a mi andar que gracias a esto contrastaba, para mi fortuna, con la agitación de las gordas señoras cabello de paja que arrastraban de la mano a hijos o nietos; o con la gente que corría de acá para allá y los vehículos verborrágicos, Díos me libre. Detrás de mis felices mejillas frías la melodía me acariciaba, cada nota era como ese primer calorcito al pasar de la sombra a la luz del sol, el beso aureo en esos días especialmente fríos en los cuales la luz calórica es el más bello de los abrigos que llevamos encima. Estaba como ausente de mi cuerpo, o más bien, como parcialmente alejado de él. Sentía algo así como que el mismo me era útil, sí, me era instrumental, pero que por un momento se había olvidado de esclavizarme en sus ansiedades, en sus prisas, en sus dolores de espalda, de pies, o malestares terrenales. Mi cuerpo me había liberado, o mejor aún, era ahora mi siervo, tal y como ese sol de Julio que atravezaba jocoso y apacible los árboles pelados procurando mi alegría, servicial él también. Sentía esa atmósfera europea, de algún siglo pretérito, de cuento o de película, para nada porteña, o sí, pero porteña en su vanidad de ser la más europea de las ciudades latinoamericanas, porteña en la negación de una parte su ser, porteña en el sentido de su querer ser.
En fin, era una tarde como otras, con una de esas pequeñas alegrías irremediablemente finitas, imposibles de ser recordadas individualmente sino en conjunto, «desindividualizadas», pero sin las cuales la monotonía y la cotidianeidad nos conducirían con violencia a la depresión.
No expongo nada novedoso si me esmero en explicar cómo nuestra experiencia del paso del tiempo es totalmente asimétrica. En mi caso particular, en general percibo al tiempo como un enemigo declarado, el cual rápidamente se me agota y nunca me es suficiente cuando considero las múltiples empresas que quiero emprender, siquiera dentro de un día, pues en las mezquinas veinticuatro horas que posee dificilmente uno pueda trabajar, cursar, estudiar, distenderse, leer, comer, escuchar música, viajar de un lado a otro, cagar, estar al pedo, dormir, ducharse, estar con amigos, aprender un idioma, buscar una mina, practicar un deporte, ir a hacer compras, limpiar el baño que lo vengo posponiendo desde el fin de semana pasado, escribir aquel mail. Es sabido que el día se pasa y uno no logró hacer satisfactoriamente, sin importar el esmero dedicado a la tarea, ninguna de todas las tareas que uno hubiese querido y se había propuesto. Peor aún. Para colmo de males, a la impotencia que a uno le invade consecuencia de esto, debemos sumarle la ansiedad, la angustiante ansiedad de sentir que no pasa realmente nada relevante en tu vida, nada importante, y uno debe cruzarse de brazos a esperar que suceda, que eso que tiene que pasar, finalmente suceda. Para que no pase nunca. Ves. Ahí si. Esos momentos son infinitos, los muy hijos de puta. Aquellos momentos en los cuales quisieras dialogo en serio, y no mero palabrerio con el pretexto de socializar, esos también son infinitos. O las putas esperas a aquellas generalmente desconsideradas, aunque también los hay masculinos, que encuentran muy divertido cagarse en el otro y llamar así la atención, un combo, dos en uno. Todo para que encima, al llegar te tiren alguna idiotez del tipo «¡¿ves!? ¡¿ves que para algunas cosas sirve un celular!?» ¿Pero por qué no te vas a lavar un poco el orto, me hacés el favor?
Entre a desvariar. En definitiva, sólo quería señalarte que pienso que el tiempo es asimétrico, que nuestra percepción del tiempo es asimétrica, y que siempre sentí que en determinados momentos el tiempo deja de fluir en torno a mí, deja de escaparseme o de azotarme (en la experiencia de los momentos infinitos de espera o ansiedad), para atravesarme, para abrirse paso a través de mi cuerpo y mi conciencia. En esos momentos el tiempo se hace denso y nuestros sentidos dejan de percibir mecánicamente; comienzan a hacerlo de una forma mucho más pura, casi insoportable, pero por Dios, cuánto más significativa. Esos momentos en los cuáles pasa algo realmente importante, algo que vas a recordar, entendés?
Bueno, venía caminando, muy contento y gozoso sobre el puente psicodélico de notas de piano que se había generado out of the blue desde mi trabajo hasta mi departamento y entonces pasó. Observado a la distancia, ese día será, en su todo, difuso, anulado en la superposición de miles como él, salvo ese momento particular que más que momento fue otra cosa, trascendiendo la finitud a la que están condenados otros instantes en la sucesión infinita de los mismos que es nuestra vida y convirtiendose así, si no en eterno, si en sempiterno. Sí, soy un exagerado. ¿Y qué?
Levantaste tu mirada, fijándola a la mía, y todo el mundo por un momento dejo de ser farsa. Violentamente el velo fue jalado, la materializada ilusión estalló, se difumó y se abrió bajo nuestros pies y sobre nuestros cuerpos el abismo, el vacio. Esa tormentosa y subsumida realidad que los sentidos y la falta de entendimiento muchas veces nos niegan, brotó de todas partes y fue entonces que fuimos, vos y tus ojos y mi sorpresa y la tuya y esa luz que quemaba o encendía algo y todas las preguntas que encontraban respuesta cuando las mismas respuestas encontraban razón de ser; y sí, me sorprendí mucho más que simple testigo de nuestro encuentro, pues sintiendome actor, y casi creyendome autor, tal que mi mano pulsionada a la tuya de mi cuerpo se alejaba, ya no entendía ni de vidrios ni de prudencia ni de qué pensarás de mi osadía ni de leyes físicas que pudiesen resistirse a mi voluntarismo. Ese glimpse. No tengo palabras. Fue fantástico. Todo un puto universo de sensaciones. Una explosición de universos posibles. Claro que entonces todo murió. Mi mano, inerte junto a mi cuerpo, no se molestó en excusarseme. Mi paso me arrastró fuera de tu vista, y a vos fuera de la mía. Volviste a tu diario y a tu cortado en jarrita y a tus cuarenta y tantos y tus hijos y tu marido y yo seguí caminando con el corazón constreñido - como asustado - y los ojos dilatados, y ese piano, ahora sí, tan triste.

18.6.06

Pater familis



Esto intenta ser un breve homenaje de uno de esos tres que se enorgullecen de ser y sufrir a tu imagen y semejanza.

17.6.06

Sobre la necesidad de la (auto)crítica

«En lo unilateral de las grandes filosofías se expresa del modo más inequívoco la relación entre las infinitas posibilidades de significación del mundo y nuestras limitadas posibilidades de interpretación.»

Fragmento extraído de
Intuición de la vida
Georg Simmel
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Para tener en cuenta (y escupir defensivamente, de ser necesario) cada vez que alguien busca instruirte sobre cómo son las cosas y cómo deben serlo, pues cree saberlo y por ello autorizado a juzgar(te).

16.6.06

Horizontes


Varias de las imagenes trabajadas por Sábato en su obra me han resultado atractivas, obsesiones (ahora) propias, inducidas por él o no. Creo que dificilmente algo cale tan hondo en uno si no se está predispuesto de alguna u otra manera, no obstante. Algunas veces pienso que su obra me pertenece más a mí que a él.
Lo cierto, en todo caso, es que me fascina como imagen o recurso artístico la metáfora de la contemplación del mar y el efecto pseudo hipnótico que el mismo provoca en uno, en ese transe cuasi místico en el cual uno le mira la cara al infinito, a su devenir, a su estatismo; transe en el cual uno comprende cuan agnóstico se nos presenta ese infinito y descubre, en el ejercicio de la autoconciencia, nuestra propia y trivial finitud.
Cada tanto la recuerdo a Maria Iribarne, sentada sobre un médano observando el mar, en aquella última estadía en la estancia de su primo, momento de uno de los últimos dialogos entre ella y Castel; tampoco puedo evitar verla a Alejandra Vidal Olmos en sus recuerdos de temprana adolescencia en Mar del Plata: imaginarla desnuda y erguida, temblando de frio, mirando al infinito desafiante y con desprecio.
Entender al mar como fuente original de vida y como testimonio y prueba de que nuestra existencia tiene tanto de accidental como de necesaria. El mar como madre; como bella madre. Pero también como eso que activa nuestra religiosidad de forma trágica e infranqueable; pues mueve hilos invisibles y le canta a nuestro adormecido espíritu, nos acaricia el rostro en un salado rocio y nos abre el pecho, liberándonos irresistiblemente del embotamiento de nuestra conciencia, prometiéndonos un paraíso confuso pero mucho más real que cualquier vana mundanidad.

11.6.06

Telarañas racionales

«El animal nunca puede apartarse mucho del camino de la naturaleza, pues sus motivos residen tan sólo en el mundo intuitivo, donde sólo cabe lo posible o más bien lo real: por contra en los conceptos abstractos, en los pensamientos y palabras cabe todo lo meramente imaginable, o sea, también lo falso, lo imposible, lo absurdo, lo disparatado. Como la razón forma parte de todos, pero el discernimiento sólo de unos pocos, la consecuencia de ello es que el hombre queda expuesto a la ilusión, al hallarse a merced de todas las quimeras imaginables que le infundan, las cuales actúan como motivos de su querer y le pueden llevar a todo tipo de necedades, a las más inusitadas extravagancias y a las acciones más contrarias a su naturaleza animal. La auténtica formación, en la que se dan la mano el conocimiento y el discernimiento, sólo puede procurarse a unos pocos y todavía menos son los capaces de asumirla.»
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Fragmento extraído de
El Mundo como Voluntad y Representación
Arthur Schopenhauer
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Y qué sugerente es la imagen de la araña que se empeña en tejer, sistemática y tenaz, una compleja y densa telaraña... ¡Qué trágica su suerte al quedar ella misma presa en su telar!
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«...la vida espiritual no puede hacer otra cosa que exponerse en formas cualquieras: en palabras o hechos, en creaciones o en general en contenidos en que eventualmente se actualice la energía anímica. Pero esas formaciones posteriores de sus creaciones tienen ya en el momento de nacer una significación propia real, una solidez y lógica interna, con la cual se oponen a la vida que las configuró...»
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Fragmento extraído de
Intuición de la vida
Georg Simmel

9.6.06

La filantropía como una forma de suicidio

Los Discursos que hablan de la exclusión de individuos que detentan ciertas características consideradas no deseadas, patéticas u ofensivas son vividas por quienes las practican como el ejercicio de un acto de reivindicación de la propia identidad. Por otra parte, quienes emiten estos Discursos en general experimentan un placer morboso en la práctica excluyente, pues significa ejercicio de poder, detentación de las facultades de juez, es decir, de quién está embestido por el mandato de la justicia. A la vez vincularán y confundirán a la Justicia - como elemento objetivo - y la propia Voluntad - como elemento subjetivo y razón de la individualidad, soporte básico de la identidad- .
Siendo portador de dicho Discurso, difícilmente un individuo se muestre crítico al mismo, pues allí hasta donde él puede percibir, éste sólo le significa satisfacciones. Consecuentemente se liberará a las mismas sin mayor consideración.
Por tanto, es muy probable que el acriticismo sea quebrado recién una vez uno se haya convertido en sujeto pasivo de la practica excluyente, es decir, en excluído. Sucedido esto, se desarrollará algún tipo de empatía - en términos relativos - y podrá el individuo percibir al dolor ajeno como propio.
Hay algo que me interesa señalar. En una dimensión relacionada, el filantropismo como práctica y convicción ético-moral muchas veces atenta paradojalmente contra aquel que lo adopta. No es cierto que el filántropo siempre sufre de su condición, pues existe algo que es como un límite, una línea imaginaria y muy distante, que una vez rebasada, y por tanto suprimido el Ego, y habiendo cedido en el espíritu de tal manera el amor a los demás como una fuerza mucho más poderosa y valiosa que la propia finita existencia, una vez allí, es muy difícil que quién haya llegado a esa instancia pueda sentir de alguna manera que el filantropismo atenta contra su persona, pues ha renunciado a la misma. Tal y como existe un tipo de enamorado que permite de aquella a quién adora todo tipo de aflicciones, y aún sufriéndolas la ama, así el Filántropo no permitirá que su amor al hombre se vea perjudicado por el abuso que éste pueda hacer del mismo. Esa persona ha renunciado a su propia existencia y sólo vive para los demás y en pos de un fin exógeno y ulterior que rebasa a la misma, tanto porque la atención la fija ahora fuera de sí, en los otros, como por cuanto la fija en torno a un futuro cualitativamente distinto, providencialmente mejor.
Pero al común de los mortales, este abrazo decidido pero no absoluto al filantropismo le conduce a entender las prácticas excluyentes como algo que duele, algo que no sólo es mezquino, sino además estúpido, y también le significa una tensión insoportable, en la cual el vapuleado y olvidado Ego cada tanto se subleva a causa de la agresión a la cual se lo está sometiendo. No siempre, pero en ocasiones las consecuencias de esta rebelión son nefastas: no sólo por sus efectos en el mundo exterior, sino además por la culpa que siente este Filántropo que se quiere a sí mismo.
Algo es cierto: no se puede desconocer la utilidad relativa de esa suerte de exclusivismo que es el particularismo. Pues su antagónico, el universalismo, es decir, la apertura total del sujeto a una instancia superior, estimuladas su porosidad y permeabilidad para el eficiente ejercicio del intercambio, habrá de significar con eventualidad la subsumisión voluntaria a una fuerza demasiado poderosa, que devorará impasible. La indefinición, la volubilidad, el anonimato, lo opuesto al sentido de pertenencia: todas consecuencias de perseguir un fin noble, pero extremadamente presuntuoso.

7.6.06

I feel tragic like I'm Marlon Brando

Hay un momento sublime y orgásmico - de un placer que trasciende lo físico pero a la vez lo involucra - el cuál consiste en la vislumbración de aquella idea que rumiabamos hace tiempo, quizás desde siempre, y con la cual no dabamos, quizás por incapacidad, quizás por confundirla con un múltiple número de otras ideas y preocupaciones. Lo cierto es que este "alumbramiento" es lo mismo placentero cuando uno lo hace por su cuenta que cuando viene de ser su instigador alguien a través de un texto. Una vez aprehendido, esos conceptos pueden luego parecernos tan familiares y sencillos, que nos sorprendemos al recordar nuestra vida sin haberlos manejado ni dominado, sin que nos hubieren pertenecido.
A continuación transcribo un texto que me regaló una sonrisa y alumbró el por qué de ciertas características que siento muy mías.
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«...Déjese a esto cuanto tiene de innegable exageración. Se trata precisamente de exagerar, puesto que se trata de comprender. La plena comprensión comienza por reducir a conceptos o, lo que es lo mismo, a palabras la irreductible realidad. Todo concepto es por su naturaleza una exageración y, en ese sentido, una falsificación. Al pensar dislocamos lo real, lo extremamos y exorbitamos. Pero esta violencia que le hacemos nos permite inyectarle luz y tornarlo comprensible. Frente a las cosas fabricamos modelos excesivos que nos sirven para entendernos a nosotros mismos en nuestro trato con ellas. ¿No es grotesca la representación topográfica de una tierra? Y, sin embargo, nos sirve el mapa para caminar seguros por ella. Este carácter de ficción que tiene el concepto, esta su consciente falsedad es su virtud mayor. Quien no perciba la ironía nativa de todas nuestras ideas que renuncie al ejercicio del intelecto. La exageración es el momento de creación que tiene el pensamiento. En él inventamos un mundo exacerbado, esquemático, compuesto de gritos - todo hombre es grito, mito, leyenda - pero lleno de dramática claridad. La verdad resulta cuando al trasluz de ese mundo ficticio miramos la realidad. Nos basta entonces con restar nuestra propia exageración.»
José Ortega y Gasset
Fragmento extraído de La Pampa... promesas

6.6.06

The number of the beast


El mundo es un lugar jodido.

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Y las huestes del día maldito han arribado.

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Es momento de enfrentar nuestros miedos y aceptar lo inevitable.

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La bestia está aquí y tiene hambre.


1.6.06

Del ocaso a la aurora

Todo está dado para que estés satisfecho, en apariencia. Un primer análisis de un imaginario saldo actual de tu vida indica explícitamente, en afán convincente, que no tenés de qué quejarte. Lo verdaderamente importante está ahí, alrededor tuyo, a tu alcance. ¡Si hasta por momentos desconfias de la generosidad de la vida! Sin embargo, la angustia subyace.
«Como debajo de aguas que parecen serenas y apacibles se pueden ocultar fuertes y violentas corrientes impetuosas». El tiempo se convierte en algo extremadamente denso y en él, de él, por y para él, esa náusea que te embarga y la erupción de algo que busca abrirse paso desde el interior de tu cuerpo hacia la superficie parecen brotar. El sudor corre por tu frente y reconocés en vos a un paranoico ante la mirada entre compasiva y azorada de quienes ven a un Quijote que pelea con sus molinos de viento más por seguir una estrategia que procura esquivar al tedio que por un impulso nacido del sufrimiento.
Llegaste, sí, llegaste. Pero te das cuenta que el conocimiento en sí y por sí solo no es un valor, al menos no de la forma que se te antojaba. Te das cuenta que el conocimiento no es ni siquiera un fin. Concluyes felizmente en que es sólo un medio. Y que la satisfacción de la aprehensión enciclopédica es efimerísima. Entonces sí, loco, entonces sí. La verdadera satisfacción, el motivo de verdadera algarabía no está en saber y acumular respuestas, sino en haber aprendido o descubierto cómo formular nuevas preguntas. Ahora sí la erupción es completa; nuevamente la angustia cede; uno celebra la verbalización de esa pregunta indecible e inidentificable hasta hace poco. De pronto, ese mundo insustancial - esas arenas movedizas y voraces, esa tensión que te implotaba y explotaba - encuentra en el horizonte de su existencia otra nueva estrella que orienta, que conduce, que obliga. Otra vez el mundo está en armonía, pues otra vez quién busca respuestas encontró sus preguntas.

27.5.06

Sobre la necesidad de los límites

Hay un jueguito que me gusta mucho pero que no practico muy asiduamente; cualquiera que esté familiarizado con el concepto de asociación libre no tendrá problemas en entender en qué consiste. Es tan sencillo como partir desde un término, un término cualquiera, y desde el mismo, de la forma menos consciente posible, ir formando una cadena de en la cual los mismos se asocian subjetivamente el uno con el otro, sin una lógica explícita. Claro que lo divertido es reconstruir esas relaciones, algunas muy sencillas, otras un tanto confusas, algunas muy recurrentes, otras por primera vez descubiertas.
El último que realicé me llevó a perderme en una serie de consideraciones que partieron desde mi experiencia subjetiva, mis miedos y preocupaciones, para luego finalmente identificar cuantas de las características por mí detectadas no me son exclusivas sino que son universales y propias del ser humano.
Una pregunta asaltó mi mente al releer los términos asociados; quizás la pregunta en que se ha su fundado la crisis de esta semana, la última crisis en esta sucesión de crisis que tengo por vida: ¿Dudo de mí? «No lo creo. Es la maldita ansiedad que me confunde, entonces ansiedad y confusión como madre e hija me obligan a sondear, a buscar sólidos, a alcanzar logros materiales, postpotencias, seguridad. ¿Dudo de mí? No lo creo. Poco me preocupo en dudar de mí. Dudo de lo externo. Dudo del devenir. Dudo de la justicia. Le temo a la justicia. Le temo al destino. Si todo en mi vida estuviese destinado a permanecer estático menos yo, quizás sentiría menos vértigo. Puede que haya entendido al ascetismo avolitivo como una oportunidad de lograr artificialmente ese imposible cuando decidí que el mismo era la respuesta. Claro. Flor de fábula que ahora no compro. No quiero estatismo. Quiero sólidos. Quiero compañía. Quiero contención y contener, y por eso contención. Quiero desafíos. Quiero destrozar paredes, transgredir límites. Pero quiero alguien a quién dedicarle cada logro. Quiero alguien que destroce rutinas, o que por el contrario, las haga maravillosas».
Hay una serie de constantes en mi vida que creo que son más o menos las mismas constantes que en la vida de cualquiera. Lejos de ese miedo al cambio tan necio y presente en los adolescentes, entiendo al mismo desde chico y por situaciones de fuerza mayor como una oportunidad, una grandiosa oportunidad de hacer honor a lo vivido y crecer, aprovechar ese espacio nuevo ahora otorgado, utilizar al máximo nuestros conocimientos e imaginación y desarrollarnos... ¡Sí, crecer!. Este es el punto donde se articulan una serie de teorías que me resultan muy esclarecedoras. Porque la voluntad de poder, esa pulsión que Nietzsche ubicaba asimétricamente distribuida en los sujetos, en términos cuantitativos o cualitativos, es aquel apetito voraz y nunca aplacable que nos atraviesa a todos. Teniendo en claro que lo importante es poder, es crecer, es ser más, ¿cómo ser conscientes de nuestros progresos, de estar efectivamente siguiendo nuestro designio? El estadio del espejo, la teoría popularizada por Lacan y que convierte al otro, al sujeto ese que no soy yo pero que como yo da significado a las cosas, da valor a las cosas, será entonces la forma más eficiente, inmediata o fidedigna de comprender la naturaleza de nuestros logros. Él nos platicará de distintas maneras sobre nuestros logros.
Pero esa no es la única forma de corroborarlo, así como tampoco será la aceptación o el reconocimiento del otro nuestro único incentivo a superarnos. Hay otro importantísimo elemento y que no se confunde necesariamente con sujeto alguno, y ese elemento que incentiva es el límite. Creo con mucha fuerza que esta naturaleza de los límites, naturaleza que provoca y estimula, naturaleza que nos condiciona a entender que en la violación, en la transgresión del límite podemos con seguridad identificar un movimiento, un avance, un cambio de situación, es tan importante como la existencia del otro. Así la transgresión del límite no sólo es entendida como sinónimo de logro o de poder sino también de libertad. El placer de haber ejercido el derecho de enfrentar lo impuesto y haberlo superado. La exaltación del yo que supera lo que parecía insuperable. Hay algo muy retorcido en la naturaleza humana, una suerte de fatalismo pernicioso, una suerte de desviación de la cual pocos y muy inteligentes individuos logran apartarse: el placer de la transgresión - que quizás debería conducirnos únicamente a superarnos, a ser mejores - nos puede llevar a la autodestrucción, o en una versión minimalista, a la autoflagelación. La confusión puede ser mayor o menor dependiendo del caso, pero ¿cómo entender acaso el abuso de cualquier tipo que signifique daños psíquicos o físicos sino como la asociación de la transgresión de un límite con algo placentero o beneficioso?. Quizás llevado al extremo es más fácil observar lo que intento iluminar: ¿cómo entender que un sujeto accede felizmente, con cierto vanidoso y pretencioso orgullo al consumo de drogas o alcohol sino es considerando que ese individuo se cree imponiendo su voluntad, superando un límite?. ¡Atentar contra su propia vida, su propia salud, su propia integridad es entonces una muestra de su poder! ¡Puede él más que el instinto de supervivencia! Eso es poder, estúpido. Muestras más horribles y extremas de cómo un enfermo puede confundir la superación de un límite con el poder, con la exaltación del yo y el placer que implica la superación, quizás sean los casos del pedófilo, del asesino o del torturador. Y toda explicación no se reduce a una cosificación del otro, en la transmutación del mismo en límite a ser superado sin más. No. A la morbosidad, presente en todos los casos o no, debemos sumar el hecho de que quién comete tal acto de barbarie, encuentra en el dolor y el impacto psicológico del otro el mayor límite posible. ¿Qué límite más claro que ese? Ante una lógica unidimensional, ¿qué placer mayor que ese? ¿Qué mayor logro qué ese?
Pero no hay necesidad de ser un enfermo a esa escala para ser culpable de la confusión de aquellos dos significados que puede tener un límite al ser evaluado: el límite como estímulo para crecer, el límite como protección de la propia integridad y de la de terceros. Y puede que esa confusión haya sido la que me ha motivado dolores de cabeza últimamente.

22.5.06

In dubio pro reo

¿Qué debe hacerse cuando a un sentimiento, a una pulsión amorosa, le amputan de toda realidad? ¿Dónde habrá de manifestarse? ¿Está destinado a morir en cuestión de tiempo, a veces más, a veces menos? ¿O por el contrario, su voluntad de existencia podrá en algunos casos ser tan fuerte que subyugue a la realidad y rija en su afán por proveer al individuo disputado de un contexto donde el amor aún viva, aún duela, aún honre, aún dialogue, aún contenga? ¿Será que el amor es tan cobarde que no quiere irse solo? ¿Será que uno lo consiente? Entonces podría decirse que uno es territorio de batalla y premio disputado por sentimiento y realidad. Podría decirse que uno es arrastrado irresistiblemente por el sueño al tiempo que es golpeado con afán para ser despabilado. Despavado. Despabloado. ¿Será que aquello de lo que carezco es de aceptación? ¿Será que desconozco el verdadero significado de lo que ello significa? ¿Será que muy por dentro me resisto a madurar el duelo? ¿Puede que todo el esfuerzo sostenido estos años haya sido trunco, que lo haya aplicado ineficientemente? ¿Seré acaso embriagado por mis preguntas, por mis inseguridades? ¿Se deberá el vértigo que siento a ello? Pues, ¿no he dudado tanto acaso que ya muchas veces no sé ni que siento? ¿Qué es lo que siento? ¿Qué es lo que siento? ¿Le tengo miedo a esa pregunta? ¿O quizás le tengo miedo a la respuesta? Si la respuesta es la temida, si después de tanto tiempo, estoy parado justo donde comencé, ¿Cómo enfrentar la realidad, cómo aceptarla, cómo superarla? ¿Cómo conciliar sentimiento y realidad? ¿Cómo no perderse en laberintos de preguntas, de recuerdos, de reconstrucciones? ¿Cómo entender que abrazar ausencias es abrazar la propia ausencia? ¿Cómo perdonarme? ¿Cabe perdonarme? ¿No he sido injusto, no he sido egoísta, no he sido perverso? ¿No he sufrido en el trayecto? ¿Puedo perdonar? ¿Sé qué es perdonar? ¿Perdonar es aceptar? ¿Perdonar es enterrar? ¿Dónde acabará este absurdo?
Estoy angustiado y te extraño.
Que falta que me hacés.

20.5.06

Ficciones

Lucy Honeychurch: I have to go. They trust me.
Mr. Emerson: Why should they, when you deceived everyone,
including yourself?
Somos constructores de significados.
Construimos significados de la percepción de esa múltiple realidad fragmentada que nos azota como el viento, nos empapa como el agua, nos quema como el fuego. Mejor sería decir acaso que sentimos que nos azota, sentimos que nos empapa y sentimos que nos quema. Tal y como al despertar de nuestros sueños, al recordar, es decir, luego de preguntar y respondernos ese donde estoy - estás acá - y dedicarnos a recordar un de donde vengo, no podemos evitar otorgarle sentido a imágenes y sensaciones anárquicas e inconexas, de forma tal que ahora son articuladas. De esa maraña de elementos que se contradicen y que viola el orden - la esclavitud - impuesto por la ley de causalidad, lógica articuladora del tiempo y el espacio, tiempo y espacio que en el sueño son caprichosos, de esa multiplicidad de elementos a la cual aplicamos al recordar un antes y un después y con la temporalidad también una vinculación de causa y efecto, obtenemos una reconstrucción del sueño todo lo articulada, todo lo cerrada, todo lo nítida posible. Y en ella se expresa el significado.
En cierto sentido, los sueños se convierten en la clave para entender aquella otra instancia que es la vigilia - ¿sinónimo excluyente de vida? - pues ellos expresan claramente cómo nos comportamos ante "realidades" que se nos presentan y como consecuencia la construcción - o deformación - que se da entre el objeto conocido y el sujeto que conoce. Así como el sujeto está atado a sus sentidos, a sus vías de percibir el objeto conocido, a sus limitaciones temporo espaciales y de tipo sensibles - cualitativas y cuantitativas - que le vedan la omnisciencia, así el sujeto interpreta su pasado. ¡Y vaya importante papel el del pasado del sujeto! La respuesta al "¿de donde vengo?" que surge desde el presente e impacta en el futuro es aquella que condiciona toda respuesta a la pregunta "¿quién soy?". No se "es" sin pasado, sea el que fuere, y al ser, por obra de la interpretación - construcción - del pasado, respondo a la pregunta "¿hacia donde voy?". Entonces, este obsesivo indexador que es el sujeto, como un frenetico e incansable bibliotecario, al encontrarse con aquello objetivo que percibimos a través de las vías propias - sentidos y razón - que por sus naturalezas "subjetivizan" la realidad - lo objetivo - decide no sólo qué es lo que percibimos, cómo denominarlo, cómo entenderlo, sino aún más importante, cuál es su importancia. La memoria, presupuesto indispensable para la construcción del pasado, es el depósito de aquello que el sujeto consideró importante conservar.
Este articulado proceso, complejo y dinámico, cuenta con numerosas instancias que se retroalimentan, donde la subjetividad condiciona qué es lo que percibimos y ante lo percibido, qué es lo importante de acuerdo a quién es el individuo, pregunta que encuentra su respuesta en el pasado, pasado que no nace sino de la interpretación subjetiva de aquello alojado en la propia memoria - la cual es dinámica y así como salvó elementos antes, ahora puede desecharlos, tanto como puede crear con respecto a un fin específico recuerdos falsos.
La importancia relativa de lo que nos sucede, límite que nos prohibe el conocimiento pleno pero que nos salva de la nada, es condicionada en fuerte medida por dos aspectos importantísimos en el ser humano: nuestros valores y nuestra sensibilidad.
Los valores, lejos de ser algo a priori, son tales al individuo por cuanto construcción empírica, construcción social. Son mamados, internalizados en el proceso de aprendizaje. Y determinarán de qué forma se parará el sujeto ante el mundo, crítico de qué ha de ser, cuáles serán sus obstáculos.
La sensibilidad, recelosa de toda universalidad, es la que determina el grado de impacto que tendrá lo externo en el sujeto. El impacto variará de acuerdo al tipo de eso que impacta - qué es aquello que impacta - y el estado o la madurez del sujeto.
Pero todo esto no venía a cuenta de nada.
Lo que me preguntaba teniendo en cuenta todo lo desarrollado hasta aquí, aquello a lo cual aún busco respuesta es a qué debe uno pensar de aquellas situaciones en las cuales los sujetos modifican abusiva y compulsivamente su pasado para encontrar paz en un presente, suprimiendo realidades, negando realidades. ¿Es sano o es correcto hacer eso? ¿No es peligroso? ¿No es injusto? ¿No es escapar y por ello propio de cobardes? ¿Es escapar propio de cobardes? Así como para Sócrates el injusto cura su alma a través del castigo y por tanto éste es beneficioso, creo que preferiría ser odiado por algo que pasó a no serlo a raíz de una ficción. La verdadera redención está en el fuego. No en las flores de plástico.

16.5.06

Mulholland Drive


Dream Theater
Space-dye Vest Lyrics
.
Falling through pages of Martens on angels
Feeling my heart pull west
I saw the future dressed as a stranger
love in a space-dye vest
Love is an act of blood and I'm bleeding
a pool in the shape of a heart
Beauty projection in the reflection
Always the worst way to start
.
"But he's the sort who can't know
anyone intimately, least of all a
woman. He doesn't know what a woman
is. He wants you for a possession,
something to look at like a painting or an ivory box.
Something to own and to display. He doesn't want you to be real,
or to think or to live. He doesn't love you, but I love you.
I want you to have your own thoughts and ideas and
feelings, even when
I hold you in my arms. It's our last chance... It's our
last chance..."
.
Now that you're gone I'm trying to take it
Learning to swallow the rage
Found a new girl I think we can make it
as long as she stays on the page
This is not how I want it to end
And I'll never be open again
.
"...I was gonna move out...ummm...get,
get a job, get my own place, ummm,
but... I go into the mall where I
want to work and they tell me, I'm,
I was too young..."
.
"Some people, gave advice before,
about facing the facts, about
facing reality. And this is, this
without a doubt, is his biggest
challenge ever. He's going to have to face it.
You're gonna have to try, he's gonna to have to try and,
uh, and, and, and get some help here. I mean no one can
say they know how he feels."
.
"That, so they say that, in ya know
like, Houston or something, you'd
say it's a hundred and eighty degrees,
but it's a dry heat.
In Houston they say that?
Oh, maybe not. I'm all mixed up.
Dry until they hit the swimming pool."
.
"...I get up with the sun... Listen.
You have your own room to sleep in,
I don't care what you do. I don't
care when. That door gets locked,
that door gets locked at night by nine o'clock.
If you're not in this house by nine o'clock, then you'd
better find some
place to sleep. Because you're not going to be a bum in
this house.
Supper is ready..."
.
There's no one to take my blame
if they wanted to
There's nothing to keep me sane
and it's all the same to you
There's nowhere to set my aim
so I'm everywhere
Never come near me again
do you really think I need you
I'll never be open again, I could never be open again.
I'll never be open again, I could never be open again.
And I'll smile and I'll learn to pretend
And I'll never be open again
And I'll have no more dreams to defend
And I'll never be open again

5.5.06

Sobre el ascetismo

Life is what happens to you
while you're busy making other plans.
John Lennon

Creo fehacientemente que todo individuo convive con tensiones dentro de él y dudo que quién en apariencia deja entrever no cobijarlas en efecto lo haga. Ciertamente no discuto que muchas veces algunos de nuestros referentes parecieran ser poseedores de esa impasibilidad que tan atractiva suele presentársenos, pero que sin embargo, como correctamente señalan las voces sabias, al proponerlos como suprahumanos, como cuasi divinos, como seres con una convicción imperturbable que no puede ser debilitada por ningún género de duda o inseguridad, al ser presentados así, decía, se les roba cobardemente todo mérito. ¿Cómo no recordar al evocar a un referente que este era tan humano como vos, yo o cualquiera de nosotros? ¿Cómo no recordar que padecía dolores, se sentía tentado por vacíos deseos, era violentado por pasiones que debía doblegar, tal y como nosotros? El mérito de un Jesús, de un Sócrates, de un Gandhi como lideres tiene como elemento necesario la humanidad de estos y de ninguna manera puede decirse que es en desmedro de la misma.
Sin embargo estas tensiones que son propias de nuestra condición de individuos pueden llegar a hacerse insoportables; y tanto pueden llegar a serlo que es probable que adoptemos medidas desesperadas y violentas en nuestra necesidad de contenerlas, de apaciguarlas, de sofocarlas.
Hallándome en busca de respuestas y preso de mi necesidad fui fuertemente impresionado tras mis lecturas de varios filósofos o intelectuales, incluso en algunos casos por referentes que parecieran contradecirse los unos con los otros, y hasta hace poco amasaba con buenos ojos transcribir en éste espacio un fragmento de Frederick Nietzsche que vinculaba el ascetismo con cuestiones como el matrimonio, la familia, o la sencilla experiencia de ser humanos.
Hace años la idea del ascetismo como un modelo de vida era vista por mí con muchísimo asombro, cual proeza sólo al alcance de unos pocos y augustos individuos. Con el tiempo y las experiencias, con un par de lecturas y vicisitudes que me llevaron a sentir a todo hedonismo corto de vista como lastimoso, a la vez que me hice de la idea de que otro tipo de hedonismo, el de horizontes infinitos, ese que no buscaba un placer inmediato sino uno trascendental, no placeres sensibles o físicos sino placeres que identifiqué exclusivamente en el ámbito del Aprendizaje y del culto al Conocimiento, decía, con el correr de unos años y lo experimentado en ellos, comprendí que el ascetismo no estaba vedado a unos pocos, sino que era «la respuesta».
Regresemos al fragmento de Nietzsche del que hablaba anteriormente: el mismo sostenía, en ese tono tan sarcástico y electrizante que tanto me gusta de él, que en todo filósofo conviven el desprecio por la sensualidad y el abrazo al ascetismo; "Ambas cosas forman parte del tipo, como hemos dicho; y si una u otra faltan en un filósofo, entonces éste no pasa de ser - estése seguro de ello - un filósofo «por así decirlo»". Al justificar su afirmación, aseguraba que el filósofo, al considerar el matrimonio, presentía en el mismo un obstáculo hacia el optimun, su mejor Yo posible. "¿Qué gran filósofo ha estado casado hasta ahora? Ni Heráclito, ni Platón, ni Descartes, ni Spinoza, ni Leibniz, ni Kant, ni Schopenhauer lo estuvieron; más aún, ni siquiera podemos imaginarlos casados. Un filósofo casado es un personaje de comedia..." Y así Sócrates se presentaba para él como un simulador, un sarcástico bromista. "Todo filósofo diría lo mismo que dijo Buda en una ocasión, cuando le anunciaron el nacimiento de un hijo: «Me ha nacido Ráhula, una cadena ha sido forjada para mí»." Expuesto así, todo aquello que nos prive de dedicarnos exclusivamente al perfeccionamiento del propio alma, que consuma nuestro tiempo, eso se erige en obstáculo.
Últimamente me encontraba convenciéndome de que el ascetismo, es decir, una vida de esfuerzo y sacrificio solitario, paciente y obstinado, era la senda correcta sobre la cual transitar. Mis inseguridades eran así fácilmente ridiculizadas y aceptadas como un mal que iría, con un poco de esfuerzo y suerte, cediendo con el tiempo. Es por ello que Waking Life significó para mí, junto a un renovado encomio a la obra de Schopenhauer, también una bofetada que buscaba despertarme. ¿Cómo ser tan insensato de entender al ascetismo como algo disociado del más bello humanismo? El compromiso con la experiencia humana, con el universo mágico que es en potencia cada una de nuestras vidas, no puede ser entendido nunca como algo fuera de cualquier ascetismo. He venido subyugando sistemáticamente aquello de humano y de bello en mí o en la experiencia de vivir. Como habitualmente lo hace, entonces, la luz me permite ver nuevas sendas, nuevas posibilidades.

30.4.06

Not fair

Aitor y Leopoldo discutían sus puntos de vista en lo atinente a las pretensiones iraníes de ejercer su derecho a llevar a cabo políticas de energía nuclear soberanas cuando Mariana entró sonriente con su bufanda jaspeada y rulitos castaño claro a la confitería. Luego de darle un beso a Aitor, giró entusiasta hacia Leopoldo y le ofreció algo con alegría.
.
Mariana - Aca está. Tomá, lo que te prometí.
Leopoldo - Hola hermosa. ¿Qué es? ¡Ah! ¡Cierto! Muchas gracias. Me había olvidado que me lo ibas a traer. Hoy mismo empiezo a leerlo.
Mariana - Vas a ver que te va a encantar. Posta. Yo cada tanto lo releo porque es increíble.
Leopoldo - Uy, muchas gracias en serio che. Lo leo y te cuento que me pareció.
Aitor - ¿Qué es eso?
(Leopoldo le mostró la portada del libro a Aitor y luego se puso a leer la contratapa del libro)
Mariana - Es uno de mis libros preferidos. Bue, en realidad ella es una de mis poetizas favoritas.
Aitor (con un tono algo irritado) - Sí. Lo sé.
Mariana - ¡Ah! ¡Me olvidé de contarte! ¿Te acordás de la clínica de poesía de la que te había hablado? Bueno, hoy recibí un mail... ¡Y quedé! ¡Estoy feliz!
(Aitor sonrío ácidamente)
Aitor - Lo que faltaba. Que un grupito de loosers se junte para garabatear versos o en su defecto discutir sobre los versos que otro desequilibrado con tiempo al pedo escribió. Eso en nada va a solucionar el hambre de nadie, eh. Ni el de ustedes mismos.
.
Leopoldo odió ese momento. La sonrisa de Mariana, tan fresca como estaba, se marchitó agresiva e irremediablemente. Su cara se puso pálida y luego erupciones coloradas sobre su cutis dejaron entrever que el agravio no mutó sólo en pena, sino también en un odio que crecía.
.
Aitor - Jé. No te pongas así. Era un chiste nomás. ¿No tenés sentido del humor ahora? Era un chiste.
.
Qué tipo de mierda que es este Aitor pensó Leopoldo. Ahora quería hacerle sentir rídicula o desubicada a Mariana su indignación. Qué cobarde manipulador.
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Mariana - ¿Sabés que es lo que más me jode, Aitor? Es el hecho de saber que si yo o cualquiera te hace algo como esto, sos el primero en indignarte y montarte en tu falso moralismo. ¿Sabés qué? Andate a la mismísima concha de tu reputísima madre, forro del orto.
.
Acto seguido se levantó y se fue. Leopoldo quedó como hipnotizado mirándola cruzar la calle en dirección a ninguna parte y Aitor sólo dijo algo así como histérica de mierda. Y luego de un par de segundos dió fin al silencio incómodo con un voy al baño.
Leopoldo, angustíado por lo que había pasado y no sin pena, miró a su amigo subir la escalera con cara de "todo está bajo control" a la vez que le decía mentalmente Sos sorete, y ella tiene razón. Te hubieses vestido de sensiblón malherido en una situación donde se hubiesen invertido los roles, como tantas veces lo has hecho. La hubieses hecho sentir muy miserable por un comentario así. Y sin embargo pretendés que cuando se te antoja sea simplemente gracioso, un chiste, algo que hay que aceptar porque tu doble, triple o cuadruple estándar se ajusta a aquello que indican tus veleidades. Pues cuando sos el agredido, tus juicios y tu discurso se encargan de hacer sentir miserable al otro. Sin embargo cuando el agredido es aquel que vos querés que sea, exigís que el otro lo acepte con naturalidad, que se someta a lo que merece. Uno no deja de quererte. Pero andate a la mismísima concha de tu reputísima madre. Amén.

28.4.06

What is and what should never be

Mi mano torpe sobre la taza impactó y la vía de cafeina ante mis ojos abriose;
ociosos y vanos mis esfuerzos hubieren de ser si el oliva noventa y dos, en su andar ufanaso,
sabio y diligente hacia el Olimpo su periplo, no hubieseme hasta allí conducido...


Aitor - ¿Qué es esta mierda? ¿Para qué me pedís que la lea?
Leopoldo (sonrojándose) - Es algo que escribí. Trataba de imitar en plan cómico el estilo de Parménides y describir una rara ensoñación que me resultó graciosa. Esa de la que algo te conté, ¿te acordás? Pero ya veo que no gusta. Jé. Creeme que me esmeré en tratar de darle un dejo del tono poético que se supone que tienen los textos en verso de los antiguos griegos como él, Homero o Hesíodo.
Aitor - ¡Claro, y de puro resentimiento porque no te salió me lo encajás a mí para que lo lea! ¡Qué piola que sos! (Riéndose y devolviendole las hojas) Después lo leo, Leo.
Leopoldo (aún sonrojado pero ahora riéndose) - No, no hay necesidad, maricón. No debería habertelo mostrado desde un primer momento. Así y todo acepto que apesta. Pero la idea estaba buena. Lamento no poder llevarla a cabo.
Aitor - ¿Y cual era la idea? Te subías intoxicado en cafeina al 92 rumbo a Puán como Parménides sobre su carro rumbo a la Diosa que lo instruiría sobre como conocer aquello que es y la naturaleza de lo que no es, ¿y luego?
Leopoldo (entusiasmado como un nene) - Bueno, la idea era que el chofer del colectivo era hijo de italianos, el tano, ¡Parménides!. ¿Entendés? Entonces, con mala onda me decía que la única razón por la que me dejaba subir fuera de regla - estaba esperando que el semáforo cambiara - era porque le parecía un nene. Entonces Jesús, que estaba sentado en el primer y asiento, ese que está solito adelante junto a la puerta, comenzaba a decir autómata, como de memoria "Bienaventurados sean los niños pues de seres como ellos es el reino de los cielos". Pármenides sonreía con un dejo amargo, con las comisuras que parecían sostener cada una mil kilos, y me decía desaprobando en un gesto a Jesús: recordá pibe, vos no opinás, no sabés nada. Sólo tenés permitido preguntar, preguntar y querer saber. Ahorá andá y luego clavaba sus ojos en el culo de una piba particularmente fea pero ¡Qué culo! y le tocaba bocina, no sin cierto brillo pervertido encendido en esa sonrisa de su rostro.
Aitor - Y sí, hay culos que eximen de cualquier culpa o pecado.
Leopoldo - Bueno, la cosa es que a medida que avanzaba hacia atrás todo se tornaba totalmente surrealista, pues el 92 ya no parecía colectivo sino otra cosa, como el rincón oscuro y polvoriento de una casa abandonada con suelos de madera y gruesos cortinados púrpuras, objetos de mármol, el sónido de agua que caía de cierta altura... Aún viajabamos y buscaba un lugar donde ubicarme. Mi cara de piedra lograba disimular la sorpresa que las caras que veía me provocaban. Procuraba evitarme recibir una mirada de censura, pero no podía no mirar con los ojos enormes.
Aitor - ¿Qué veías? Contame.
Leopoldo - Parejas insólitas. ¡Situaciones insólitas! Imaginátelo a Jorge Luis Borges tomando del brazo a su compañero de asiento, Homero, y solicitándole que le avise el momento en el cual estuvieremos bordeando el Parque Centenario. Y detrás de ellos a Heráclito y Sábato cuchicheando, riéndose de los primeros con malicia. Ciegos de mierda: babosos y arrastrados. Las simpatías de Heráclito por Homero no eran mayores.
Aitor - ¿Eran todas parejas literatas grecoargentas?
Leopoldo - No che. En otro momento me los cruzaba a Calicles discutiendo avivadamente con Nietzsche. Por momentos reían y parecián coíncidir felizmente, pero luego alguno de los dos se irritaba y las venas de cuellos se hinchaban. Fogosos discutían. Luego ni se hablaban. Pero tan pronto como esto pasaba, encontraban otra excusa para fraternizar. Ahora que lo pienso, me extraña no haberte visto entre ellos.
Aitor - Já. ¿Y no andaba por ahí Platón? ¿Platons de albóndigas?
Leopoldo - Sí, creo que coincidían con Schopenhauer en su anmadversión por los sofistas. Platón parecía más moderado, pero Arthur no se molestaba en disimular. Le nombraba insistentemente y con toda clase de imaginativos insultos a gente de su época. Pero pronto el primero pareció aburrirse y creo que andaba con la cabeza por las nubes.
Aitor - ¿Sabés? Hay una cosa que me llama terriblemente la atención.
Leopoldo - Qué.
Aitor (cagándose de risa y palmeándole la espalda) - ¡Qué olor a pelotas debía haber en ese colectivo, papá!
Leopoldo - Es verdad, no recuerdo haber visto a ninguna mujer en él... ¡Pero sí a la más bella de las diosas en cuánto arribamos a Puán! Por dios, esa mina me puede tanto. ¿Sabés? Beyoncé era Venus. Venus era Beyoncé. Tan bella, tan sensual. Esa voz dulce, esas curvas generosamente femeninas, esa femineidad, ora inocente, ora agresiva. ¿Qué mejor Venus que ella? Te juro que la recuerdo y me estupidizo. Como amo a esa diosa mujer.
Aitor - Pasamelo así lo leo después. Quiero reirme un rato. Che, ¿y qué pasó al final?
Leopoldo - No te pienso contar. Ya vas a ver cuando accedí al 5to piso de Puán. Creo que te vas a reir... (luego de rumiarlo un rato) O quizás no.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...