5.12.07

Apología de la discriminación

Entre los muchos carteles publicitarios que empapelan las calles de Buenos Aires pude hoy identificar una serie que promociona unos recitales que se están organizando con gran cantidad de artistas de renombre y que tiene por título una leyenda similar a "contra la discriminación". Es sabido que el marketing responde a lógicas propias, marcadas a su vez por los costos de mercado, la psicología humana, el grado de exposición de los canales en los cuales el mensaje es transmitido, el grado en que una estética en particular pueda atraer a un segmento específico de acuerdo, a su vez, a las tendencias imperantes del momento, entre otras cosas. Sabemos, entonces, que los mensajes deben ser llamativos, sencillos de ser interpretados y deben quedar grabados en nuestro inconsciente. Quizás por todas estas razones sea injusto que me valga de esa leyenda para criticar un prejuicio arraigado en contra de la discriminación y me sirva de ella para emular a Nietzsche o a la reacción modernista de fines del XIX y haga una apología de dicho término. No obstante, aquí voy. Y lo hago porque abrazo una convicción: en nuestra sociedad en particular, donde a consecuencia de las heridas contraídas tras los distintos gobiernos de facto y las tristes experiencias democráticas subsiguientes, vemos que se dan en paralelo dos tendencias patológicas en los discursos sociales. Por un lado, la obsesión por no caer en los errores del pasado obligan a adoptar y practicar un discurso que tiene por objeto la "tolerancia", el cual no siempre pero sí muchas más veces de las que uno quisiera parece ser más apatía y una excusa para no expresar ni defender los propios valores que una muestra de madurez y respeto por la alteridad. Por otro lado, la supresión de la ciudadanía política unas veces, la corrupción, el discurso vacío y populista de quienes ostentan cargos políticos y la impresión en el denominador común de que las dinámicas políticas son autónomas de la participación democrática otras, han traído como consecuencia un desinterés respecto de la participación política a través de la discusión de ideas, de proyectos y de valores, desinterés que por otro lado puede ser comprendido como la consecuencia natural a la impotencia y desengaño consecutivos. El cuerpo social, alienado, se excusa de discutir política y ética. Y creo que, la excusa por un lado, y la intención subrepticia de evadir la discusión por el otro, son dos consecuencias palpables de esas patologías mencionadas.
Todos conocemos las injusticias a las cuales la discriminación como práctica puede dar lugar. Seguramente este es el objetivo de la campaña en cuestión. Pero olvidémonos de ella y centremos la atención en la discriminación como práctica, sin precipitarnos a juicio valorativo alguno aún. Observaremos inmediatamente, que tal como desde la antigüedad se argumentaba, la Naturaleza es la primera en discriminar. En la supervivencia del más apto, supervivencia garantizada por la provisión de recursos. Respecto de otros seres vivos, el hombre cuenta con una ventaja que implica a su vez nuevas dificultades, y esta es su capacidad de prever los riesgos y las necesidades futuras para obrar hoy en pos de objetivos que podrán ser alcanzados con el tiempo. Aquí nos encontramos con una proposición incuestionable: independientemente de lo que suceda en la naturaleza allende el hombre, para vivir y con ello, para subsistir, necesita al menos la más rudimentaria de las planificaciones. La experiencia le sirve para ir reconociendo una economía de esfuerzos, e impulsado a la eficacia y la eficiencia, necesariamente habrá de discriminar medios y, más aún, fines también. Ahora, tanto para la elección de fines como de medios, el sujeto que discrimina debe sopesar no solo esfuerzos y recursos, sino también costes. Estos costes no sólo significan la disminución de los recursos acumulados o disponibles, sino que, dado que vivimos en sociedad y nuestras acciones tienen impacto no sólo sobre otras personas (individuos, cuerpo social, generaciones futuras) sino también sobre nuestro medio ambiente (en forma extensiva, la Naturaleza toda), los mismos pueden significar la degradación de "objetos" que podríamos jerarquizar como más importantes que los fines perseguidos. Estos "objetos", según la fórmula kantiana, fines en sí y no sólo medios, son en esta definición discriminados. ¿Cómo? Jerarquizándolos, ubicándolos por encima de los simples medios, otorgándoles un valor superior al de otros objetos. Vemos entonces las siguientes relaciones. Primeramente, la discriminación necesaria para cualquier planificación, y no sólo ello, sino aún antes para escoger cualquier acción por sobre otra, implica inmediatamente (o a priori al gusto de un Lévinas) la presencia de un cuestionamiento ético. Luego, deducimos que la discriminación no es sólo respecto de los fines, de los medios y de los recursos necesarios para llevarlos a cabo, sino que además deben discriminarse cuáles son los valores que serán jerarquizados, elevados en forma de principios que regirán, autorizarán y juzgarán nuestras decisiones. ¿Qué deducimos de lo expuesto? Lo que está claro: tanto la política, la economía como también la ética se valen de la discriminación. Toda experiencia humana sería imposible sin hacer uso de la misma.
Preguntémonos entonces, ¿cuáles son los factores que determinarán la naturaleza y la pertinencia de nuestra capacidad y habilidad para discriminar? Rápidamente a uno le asalta la respuesta bien aprendida y propagada gracias al iluminismo. El bagage de conocimientos engrosa el abanico de opciones de entre las cuales podremos escoger la nuestra. Los afectos a un pensamiento más "duro" nos recordarán inmediatamente de la vital importancia de disponer de gran cantidad de recursos y de ser autónomos respecto de ellos, pues así es como debe medirse el verdadero poder, como independencia y competencia. Sin embargo, y sin desmerecer al conocimiento y al poder, hay una tercera instancia, una suerte de híbrido de estos dos pero que sin embargo les supera. Si bien parecerá tautológico que diga que la capacidad de definir cuales son los valores que perseguimos nos permitirá discriminar con mayor pertinencia, lo cierto es que para definir un valor, para consensuarlo en el foro interno o en el espacio público, debemos diferenciar los matices inherentes de los mismos de los que son contingentes. Pero además, un valor, en su misma definición y por su propia naturaleza, implica la jerarquización respecto a otros valores. Lo bueno se define simultáneamente con lo malo, en altitudes antagónicas, tal y como sucede con lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto, lo perdonable y lo imperdonable, lo triste y lo alegre, lo patético y lo apático. Entonces, para discriminar en las esferas de lo económico y de lo político, debemos primero discriminar en la esfera de lo ético, definiendo así cuales son los criterios posteriores para toda crítica.
Enseñarles a nuestros vehementes y dogmáticos jóvenes que la discriminación es una práctica detestable, sin descuido de que el mensaje busca procurar estimularlos para que no toleren atropellos sobre sí mismos o sobre terceros, puede provocarles una asociación poco feliz. El problema no es la discriminación. Todo lo contrario. El problema es que a la hora de discriminar imperan sobre unos y otros la falta de compromiso, el desinterés, el egoísmo, en los mejores de los casos. Lo cierto es que, otras veces, el problema es la pretensión de romper con las asimetrías y así ajusticiar al que no sufre tanto como uno mismo, conduciéndolo a la propia condición, como si se tratara de romper con cualquier posibilidad de jerarquía entre uno y el otro, imposibilitando la discriminación. Otras, todo lo contrario. La embestida busca colocar al otro por debajo de uno, para que de esta manera se inviertan los extremos valorativos percibidos.
Nos falta capacidad de discriminación. Nos falta el suelo sobre el cual germina dicha capacidad, el diálogo crítico, abierto, dialéctico, empático. Es injusto acusar al marketing de arma peligrosa para comunicar la pertinencia de adoptar ciertos valores. Quizás sea que su función se limita justamente a comunicar, a difundir, propagar y poner sobre la mesa una cuestión para su discusión. Quizás sólo sirva de catalizadora. Cierto es que, de ser así, el resto es responsabilidad nuestra.


2.12.07

El dinamismo de las instituciones sociales

Muchas de nuestras conductas están condicionadas por la cultura. Las pasiones que les dan origen y que nos impulsan a obrar de acuerdo a estas conductas son producto de la herencia cultural y responden a ciertas necesidades que lo que podríamos denominar el genio de la especie busca satisfacer. ¿Qué es el genio de la especie? Un equivalente a la mano mágica de A. Smith que se comporta como lo señalarían las teorías evolutivas de Darwin o Lamarck, la voluntad schopenhaueriana o el espíritu hegeliano. ¿Cómo son satisfechas estas necesidades por la herencia cultural? Precisamente, a través de la definición de conductas cuyo sustrato son las pasiones que les dan nacimiento. El objetivo, si podemos permitirnos hablar en términos de "fin perseguido", o para no pecar de un intencionalismo manifiesto, la consecuencia de estas formas sucesivas, pareciera ser la de proporcionar un orden en el cual se desenvuelva y manifieste la vida. Las implicancias entre cultura e instinto, como así también las que se dan entre pasión y conducta, son de dos vías, circulares, en continua transformación y retroalimentación.
Los celos han sido la respuesta en forma de pasión a necesidades culturales (y no sólo ni siempre naturales) que daban forma y sustentaban un orden histórico particular: el patriarcado. En este punto, es observable que, como en todo orden, el poder es distribuido y jerarquizado en el contexto de una sociedad; así, el patriarcado se encuentra ligado a una cosmovisión antropológica falocéntrica, donde la mujer no sólo es siempre y necesariamente "un otro" que permite la sustentabilidad del cuerpo social y del propio gen en su seno sino, además, un objeto, con todas las consecuencias derivadas de ello: objeto de posesión, objeto de status, servidora, subordinada, responsabilidad adquirida, persona sin libertad, sin voz propia, con derechos disminuidos. Volviendo al ejemplo de los celos, decíamos que los mismos buscaban, a través de la monogamia, establecer el marco para sustentar y legitimar el patriarcado. Pero, en dirección contraria, el patriarcado mismo, con sus pautas de distribución de poder inherentes, establecía rigideces diferenciadas en las conductas monogámicas de los géneros. En sociedades agonales, donde el culto al vigor y la valentía eran consecuencia de las guerras entre cuerpos sociales por la protección de recursos y la ampliación de los mismos, el hombre estaba llamado a practicar el poder desde el pináculo de la pirámide social. Con ello se veía beneficiario de la libertad del nómade. En cambio, la mujer lo estaba a preservar la integridad de la casa y de la estirpe. Consecuentemente, las pautas de la mujer y del hombre respecto del cumplimiento de la monogamia fueron distintas. La mujer, ocupada entonces en las tareas domésticas y la educación y protección de los niños, persona-objeto que desempeñaba una función específica para liberar al hombre a otras obligaciones, necesariamente debía ser provista de recursos, entre ellos también la seguridad. A cambio, y por una cuestión vinculada a que el propio esfuerzo no significase mantener y garantizar el crecimiento de hijos que no fueren los propios (economía de esfuerzos que procuraban la eficacia y la eficiencia respecto de un objetivo, la pervivencia del cuerpo social, pero por sobre el mismo, la pervivencia del propio gen en el cuerpo social), la mujer no podía tener relaciones sexuales con otro hombre que no fuera el que la proveía de recursos, es decir, el que la poseía. Este contrato de exclusividad dio lugar a rígidas pautas de comportamiento para las mujeres y significó la simultanea emergencia de un conjunto de símbolos e instrumentos que buscaban castigar a las infractoras, premiar a las que cumplían y educar a la sociedad. Afecto como soy a la cultura griega, me voy a servir de un una serie de ejemplos. Helena, su hermana Climnestra y la prima de ambas, Penélope, nos servirán de referentes. Las hermanas fueron infractoras del código de pautas establecido por el orden imperante. Helena provocó una plétora de tragedias a causa del justo reclamo del varón ultrajado. Climnestra tuvo una suerte semejante, pagando sangre con sangre, a manos de su propia sangre. Penélope, símbolo de castidad y de paciente reserva al regreso del ausente marido, suerte de deidad que se alza como la antítesis de sus primas, encuentra una justa recompensa a los años de espera y amoroso sacrificio. Si nos remitimos al Olimpo, las reglas eran representadas como las mismas. Hera, la diosa conyugal por excelencia, jamás buscó concebir con otro dios o mortal alguno que no fuese Zeus. Y no podemos conjeturar que esto estuviese prohibido por el crónida. Más significativo es entender que esto jamás fue percibido por ella como una opción. Producto de los celos, siguiendo el ejemplo de su marido que dio luz a Atenea él mismo, procuró engendrar a un hijo sin necesidad masculina alguna. El resultado fue Hefesto, a su entender, una decepción. Y esto porque Hera jamás se caracterizó por ser buena madre o por ser ícono de la maternidad. Por sobre Zeus, nada podía ser más importante. Sus celos, lejos de ser relatados como una respuesta de natural y justa reivindicación a la institución matrimonial, siempre fueron representados con suma crueldad y generalmente como infructuosos. No podía ser de otra manera; sus celos eran femeninos. Sin embargo, podemos observar excepciones a la regla, no carentes de una satisfactoria explicación: Artemisa y Atenea. La primera, referente de la caza (actividad propia del nomadismo, relacionada con una destreza masculina), apenas concebida le pidió a Zeus le concediera uno entre tantos deseos: no tener que casarse nunca. Vemos entonces como detrás de ella subyace una semántica particular, la de la libertad, la del nómade, la del indómito, la del predador, la de la mujer que no se sujeta a hombre alguno. Es importante retener algo sobre lo cual volveré luego: Artemisa es concebida como la diosa de la castidad, como una virgen. Sin embargo, es importante señalar lo siguiente. La virginidad entre los griegos, previo a la puesta en escena del simbolismo cristiano, no estaba emparentada con la preservación del himen ni con el ascetismo. Por el contrario, la virginidad en la mujer estaba emparentada con la no pertenencia a un hombre y, con ello, a algo cercano a la libertad. Sexo y virginidad no eran antagónicos. Esta es la explicación de sus relaciones amorosas con Adonis, muerto por ella involuntariamente. Por su parte, Atenea, diosa de la sabiduría y gestora de héroes, también vinculada a distintos aspectos de lo masculino (la valentía y la sabiduría), respondiendo ahora sí a otros logoi (lugares comunes), fue asceta y virgen en un sentido más vinculado con el propio del cristianismo.
¿Pero qué sucede con los hombres? En las obras homéricas queda muy claro y no tendremos la necesidad de recurrir a las prácticas de Zeus. En La Ilíada, parte de las justas satisfacciones que los griegos recibían fruto de los esfuerzos en las batallas era la posesión de una mujer para el goce y el descanso. El mismo Ulises en su regreso a casa pasó 7 años junto a la ninfa Calipso, quien le dio un hijo y, luego, compartió tiempo con la joven Nausicaa. Sin embargo, independientemente de estas compensaciones al desarraigo conyugal, Ulises es representación de la fidelidad masculina: ansía el regreso a casa, al lecho de su Penélope, a su trono. Ahora, presentemos la siguiente distinción. Era justo que el hombre tomara posesión de la mujer del enemigo derrotado, tal y como de todas sus otras posesiones. Pero la incordialidad y la traición eran reprobables. Así lo enseñan el final de un Paris o de un Egisto por haber hecho uso de los favores de Helena y Climnestra, ambas mujeres casadas, ninguna de ellas vírgenes.
Estos relatos, vinculados a la cultura y la religión griega, pueden ayudarnos a comprender lo señalado al principio. Los mismos eran respuesta a la necesidad de legitimar cierta estructura de poder y, con ello, ciertas prácticas. La legitimación no se agotaba en sí, sino que además educaba a las generaciones que se iban incorporando para sostener la propia cultura. Esta educación respecto de lo correcto y lo incorrecto, lo tolerable y lo intolerable, no se agotaba tampoco en sí. Por el contrario, generaba nuevas dinámicas relativamente autónomas, echando raíces y desarrollándose. Se nutren así los celos conyugales, se confunden la posesión de una mujer con el honor y no solamente con la necesidad de garantizarse la exclusividad de vientre, se consideran tolerables las visitas a higiénicas a otras entrepiernas femeninas en caso de que la distancia y el esfuerzo lo autoricen.
Sin contar con los suficientes elementos para hacer este análisis extensivo a otras culturas, confío en que la sola referencia a algunos ejemplos será suficiente para dar fuerza al mismo, como al reparar en las prácticas propias de sociedades de cierto nomadismo, como las árabes o las gauchescas, o al tener en consideración a aquellas donde la movilidad va vinculada a la simbología de lo masculino, como la de los pueblos conquistadores, o donde el patriarcado cuenta con fuertes matices locales, como en las sociedades de lejano oriente.
Ahora, lo expuesto no aplica perfectamente en las sociedades rurales, sedentarias de poca movilidad. A diferencia de las actuales metrópolis donde la movilidad desde el lugar de residencia a los lugares donde se desarrolla la formación o las actividades laborales y con ello implica una fragmentación entre lo que se representa como las esferas de la vida privada y la pública, en las pequeñas sociedades rurales, donde el sedentarismo era más fuerte, la monogamia prendía mejor y de forma equivalente para ambos géneros. Por un lado, las tentaciones eran menores y, por otro, la confusión entre las esferas de la vida pública y privada significaban mayores riesgos y mayores costes. No digo con esto que la rigidez a la hora de practicar la monogamia en estas sociedades fuere totalmente equivalente ni que esa mayor simetría se diere en todos los casos. Sin lugar a dudas, romper con condicionamientos fisiológicos y los estratos inferiores de la herencia cultural es imposible. Pero traer estos elementos a nuestro análisis es ilustrativo y clarificante.
Habíamos mencionado anteriormente a Artemisa y las interpretaciones que podíamos hacer de su castidad y de su libertad. Su condición era divina, no humana. Pero, además, su condición de diosa indómita ha generado en los hombres tanta atracción como deseos de privarla de la misma. Podemos hacer esto extensivo a Atenea, aunque la relación de sosiego que ella puede llegar a provocar no es sensual sino más bien intelectual o thymótica. Ahora, en las sociedades industriales modernas, en las cuales la puja por la igualdad de géneros y las necesidades del mercado han generado nuevas necesidades, allí donde la mujer se desprende paulatinamente del hogar y pasa a ser mano de obra y puja por relaciones de poder con el hombre, cada vez con mayor éxito, en definitiva, en sociedades donde el sedentarismo y el nomadismo se confunden tanto para hombres como para mujeres, los celos ceden, la monogamia se flexibiliza al gusto de un Ulises y las pautas sociales de conducta mutan, se adaptan y transforman.
Lo interesante del contexto actual es que, debido a la igualdad de condiciones desde las cuales dialogar, se sientan las bases para que en el seno de una pareja se dé la posibilidad de discutir las pautas que se aplicarán para el cumplimiento del compromiso conyugal, independientemente de que el diálogo sincero sea llevado a cabo y de que el contrato resultante sea posteriormente respetado por quienes lo suscriben o no. No obstante y sin lugar a dudas, al menos así lo entiendo yo, es éste un motivo para celebrar.


20.11.07

Épica de la identidad

Hay al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Previamente, no está de más aclarar lo que ya está de implícito en la anterior afirmación. Por un lado, la identidad es algo que no está dado, no es algo que se adquiere al nacimiento ni tiene existencia concreta en el "allá afuera" de nosotros. O por lo menos, no se agota con la herencia ni es un producto terminado que nos es colado por la cultura en la cual estamos insertos para que lo asimilemos o lo adoptemos. Pero además, la identidad no es ahistórica, no está cerrada, sino que es algo que se gesta, algo que creamos y que se desarrolla en nosotros. Mejor aún, es nuestro propio desarrollo, en el sentido de que la identidad es el lugar en el cual vivimos y a la vez es aquello que somos. Somos depositarios de nuestra identidad y a la vez tenemos una cuota parte de la capacidad (y la responsabilidad) de moldearla.
Pero volviendo a la oración inicial, decíamos que se pueden identificar al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Estas dos vías, que parecieran antagónicas unas veces, complementarias y codependientes otras, son las de la crítica y la imaginación creadora. Independientemente de la intención que podamos asignarle a la crítica, es decir, ya sea que la misma fuere aguda y profunda o despreocupada y superficial, sin importar que la misma se manifieste partidaria de la defensa reaccionaria o constructiva, o lo haga atacando de forma anarquizante o superadora, la misma siempre tiene por objeto la identificación de elementos que definen la fortaleza y las debilidades de la identidad analizada, lo beneficioso o perjudicial de ciertos aspectos de la misma.
La imaginación creadora, a mi entender, consiste en una vía un tanto más despreocupada de los modelos identitarios de la cultura (en el allá afuera) y de la sucesión de identidades atravesadas por uno mismo (en el acá adentro). Esta vía busca crear un valor agregado, aportar elementos novedosos, arrojar una semántica distinta de las que se perciben como dadas. No procura una nueva síntesis, un híbrido, un colorido y llamativo collage de elementos preexistentes. Su pretensión es lograr la novedad ex nihilo, desde la nada, como un pequeño acto de creación divina, aunque sin lograrlo nunca seguramente. Porque aquello que se rumia y moviliza en las profundidades, allende la ya de por sí compleja conciencia, es inaccesible a otra cosa que no sea lo liberado a la superficie. Lo oculto no nos es permitido conocer sino conjeturalmente y a través sus consecuencias, es decir, a través de la impronta que le concede a lo que producimos. Con esto digo que la imaginación creadora se percibe, tal y como el inocente artista, autora de su obra desde la nada, y por ello deudora o instrumento de nadie/nada. Sin embargo, si bien es ella quien da a luz a una nueva criatura, queda en evidencia que ésta se ha gestado en ella previo ser preñada por un algo masculino, oscuro, escurridizo e inasible.
Se puede observar una diferencia clara entre la crítica y la imaginación creadora. Mientras que la primera centra su atención en la discriminación valorativa de elementos relativos a una identidad o cultura particular, ya sea para desacreditarla o para construir algo valorado superior a ésta, la segunda es relativamente autónoma de las identidades dadas y desde dicho alejamiento busca construir. Es decir, mientras que la crítica puede ser destructiva o constructiva y con ello puede adoptar alternativamente una faz negativa o positiva, la imaginación creadora sólo se expresa de forma positiva, en el aporte de lo distinto, de lo novedoso. Lo dicho no le garantiza, a priori, ninguna superioridad respecto de la crítica, pues la imaginación puede crear tanto lo posible como lo imposible, lo oportuno como disparatado, lo eficiente como la excentricidad que condena a la extinción.
Es fácil observar en el día a día ejemplos de sujetos que practican la crítica destructiva. Quizás en nuestro país esa práctica le dispute al fútbol el mote de deporte nacional (lo cómico es que diciendo esto, cometo el pecado que estoy condenando). La reiteración sistemática de este tipo de crítica a instituciones culturales, más allá de señalar un disconformismo respecto de lo que se observa y de pasar por discurso moralizante, pareciera indicar la intención de quién critica de distanciarse de lo criticado. Algo así como afirmar discursivamente "yo no soy ni quiero ser eso". Cuando la crítica destructiva no es volcada fuera sino que recae sobre uno mismo atestiguamos sujetos paralizados y fracturados, incapaces de producir, en definitiva, sujetos infelices.
La crítica constructiva significa dar un paso más allá en pos de la conciliación, en pos de un objetivo. Quizás signifique un grado de inteligencia superior. Quizás sea tan sólo que no vislumbra ningún provecho en la destrucción de lo dado. Esta crítica pareciera afirmar "yo creo y quiero eso porque sus fines me son caros, pero lo quiero mejor, más puro, más beneficioso, consistente". La crítica constructiva es la forma en que los perfeccionistas del espíritu aspiran a una mejor identidad, a desarrollarse y acercarse más a los propios ideales.
Finalmente, la imaginación creadora, previamente asociada al artista, hace al arte de vivir. Es el arma de los románticos, de los que se embarcan en la aventura épica de ir modelándose a sí mismos, es decir, ir dando lugar a una nueva forma de ser, una nueva identidad. Quienes practican la imaginación creadora parecieran gritar a viva voz "Freedom!". Corren graves riesgos, están dispuestos a morir por un ideal. Son los artistas de la identidad, los artistas de la vida.
No quiero dejar de mencionar un último tipo de comportamiento respecto a la definición de la propia identidad y éste es el de quienes practican la apatía, los débiles que no ejercen con suficiencia ni la crítica ni la imaginación creadora. Estos son aquellos que van improvisando alternativamente las identidades que más violentamente les impresionan, cuando no se aferran dogmática y desesperadamente a una sin interesarles jamás cuestionarla.
No niego que los esquemas son simplistas y éste en forma de tipología quizás lo sea más que otros. Está fuera de discusión que todos alternamos estas distintas formas de definir quienes somos en distintos momentos de nuestras vidas, incluso en el transcurso del mismo día. Pero mi convicción es firme al afirmar que creo que en algún lugar entre la crítica constructiva y la imaginación creadora se encuentra la experiencia humana más plena y gratificante.


17.11.07

El juicio, esa tragedia


Si hay algo que atrae de la mitología griega es su riqueza literaria, su apertura infinita para ser interpretada de distintas maneras. Si se la contrapone con aquella otra gran fuente cultural de la cual somos herederos, es decir, el catolicismo, vemos como primer diferencia relativa la irreductibilidad de la compleja tradición griega, rica en aristas, surcos y recovecos de distintas texturas y colores, y la pretensión absolutista y con ello forzosamente reducible a la unidad del catolicismo. En la tradición cristiana, ese principio absoluto que es Dios no logra ser jamás matizado por la desagregación en la santa trinidad ni por la incorporación a la tradición de la joven María y los numerosos apóstoles. Uno se ve tentado a afirmar que lo que más valora y aquello que con mayor fuerza es perseguido por este sistema religioso de valores es, junto con la unidad, el Orden. Ese mismo que paradojalmente el Leviatán hobbesiano buscaba legitimar en desmedro de la religión. Un Dios concebido como el principio explicativo del universo y como el organizador, suerte de arquitecto omnipotente de la creación, remite siempre al orden y con ello a un grado de certeza absoluto respecto de lo que es y de lo que debe hacerse.

Sin embargo, la mitología griega, rica en poesía y pletórica en significaciones, responde a una lógica distinta. No es de extrañar que justamente cuando los hombres dejaron de negar todo aquel legado histórico cultural allende la biblia y los relatos y discursos dejados de lado volvieron a ver la luz y fueron releídos se introdujera en Europa el cuestionamiento del dogmatismo religioso en forma de guerras de religión impulsadas por el protestantismo.

Los distintos relatos de los mitos corresponden a tradiciones distintas. Fueron gestados en tiempos y lugares diversos y no brotaban de una fuente única como las sagradas escrituras sino que los mismos fueron progresivamente construidos por el imaginario social griego, en un proceso de sedimentación continua, abierto a los nuevos giros y elementos que el colectivo pudiera ir aportando. No era poco frecuente que a las deidades autóctonas les fueran sumadas algunas importadas desde las orillas del Nilo o que procedieran de Persia, ni tampoco que distintos poblados abrazaran explicaciones distintas respecto de los hechos relatados y los atributos de los actores involucrados. Así, por ejemplo, algunas fuentes indican que Paris luego de ser abandonado a muerte por sus padres fue criado por una osa mientras que otras dicen que lo fue por una pareja de pastores. Tampoco es clara la etimología de los nombres de muchos dioses, héroes y vocablos. A este hecho un gran número de filólogos, historiadores y filósofos deben muchas páginas escritas. Saludan agradecidos.

Vista a la distancia que nos permiten los siglos transcurridos, la ambigüedad presente en los objetos culturales griegos (hombres, dioses, instituciones y las manifestaciones artísticas en general), que también debe ser entendida como multivocidad pues estos significantes intencionalmente disparaban a una multitud de significantes disociados en tradiciones posteriores, no sólo hacía de los dioses seres que podían tanto el bien como el mal, la sabia templanza como la ira arrebatada, sino que además establecía una fluctuación en las relaciones de parentesco o afinidad que unía a unos con otros, y a estos con los mortales.

Permítaseme, brevemente, traer otro elemento que me ayudará llegar al punto al cual deseo llegar. La armonía de los contrarios era, para Heráclito, la razón del devenir. Según el filósofo de la antigüedad, fuerzas antagónicas sostienen el universo, pero no lo hacen en el estatismo, sino en el movimiento, en la historicidad. La dialéctica, como quiera que la queramos comprender o concebir, nos remite siempre en justa medida a aquel cuyo grito de un ¡todo fluye! aún repiquetea como un persistente y obstinado eco sobre el río del tiempo. Y creo que esta dialéctica abierta de fuerzas antagónicas explica de manera de alto grado satisfactoria la historia de nuestros valores, de nuestra cultura y de nuestra identidad.

Accedemos a ese mundo de significados en el cual cada uno de nosotros vive a través de la experiencia fenoménica. Cada uno de los episodios que vivimos y cada uno de los objetos (y sujetos) con los cuales interactuamos nos remiten a un universo paralelo, el de los significados a los cuales ellos sirven de significantes. Aquel individuo frente mío producirá estímulos distintos en mí dependiendo de los significados a los cuales me remite. Estar expuesto a una escena particular significará pasiones distintas en mí dependiendo de qué logra significar para mí. Por tanto, nuestra vida frente y dentro del mundo exterior es un puro remitir a significados. Estos, por exponerlo de alguna manera, albergados en ese mundo propio y relativamente autónomo que cargamos en nuestro interior, se rigen por una jerarquía de valores heredados y transmutados en la (feliz) experiencia individual. Es decir, ese mundo de significados en el cual se define quienes somos y qué significa lo que el mundo nos ofrece, se rige por una aristocracia de valores, los cuales a su vez, lejos de ser algo dado, son a su vez significados. Cuando, por ejemplo, la utilidad es entendida como un valor superior a otros, aquellos objetos que nos remiten al goce y el placer pueden ser, llegado el caso, menospreciados. En cambio, cuando la gallardía es entendida como un valor superior a otros, las actitudes conciliadoras o los objetos que remiten al cálculo prudente pueden resultar repulsivos y degradantes.

Esto, que se antoja una digresión más en un texto cargado de ellas, busca un propósito que trataré de explicitar a continuación. Creo que en distintos momentos de nuestras vidas nos pasa que el mundo de semánticas en el cual vivimos se repliega, resistiéndose a modificaciones que le quieran ser impuestas o entra en crisis por la introducción de elementos desarmonizantes. Creo que esa es una tensión que nunca se resuelve de forma definitiva. Más bien, creo que la vida consiste en atravesar esas transmutaciones. De alguna manera busqué mostrar la tensión mencionada al hacer aquella interpretación un tanto forzada de lo que pueden representar la mitología griega y el catolicismo como tradiciones opuestas en el sentido de que una es multívoca y abierta y la otra unívoca y reductible. Pero más importante aún, me interesa que quede evidente que a la lógica de lo expuesto una resigna el orden y la consistencia para obtener un cuadro vivo y rico en matices mientras que la otra resigna los matices para alcanzar la reconciliación de todas las esferas y con ello el orden y la consistencia.

A veces me siento como Paris al momento de realizar su famoso juicio. Forzado a escoger una diosa, un valor, para de esta forma excluir a las otras diosas, símbolos de otros valores. Forzado a cometer necesariamente un crimen. Ignorante protagonista de una tragedia que, en la búsqueda de la respuesta que dé por finalizada la contienda interna que significa la deliberación, persiguiendo con ello el mayor beneficio, sufre luego las consecuencias de la elección de un valor en desmedro de otros sin entender totalmente que el favor de una diosa puede significar el desprecio de dos.


18.10.07

La desagregación del Eros

El concubinato mismo ha sido
corrompido por el matrimonio.
F. Nietzsche






Abelardo quizás sea más conocido por su relación con Eloísa que por su producción filosófica. Sin ir más lejos, yo mismo nada sé de su aporte a la filosofía pero fui cautivado por el relato de la trágica relación de amor que los unió. Basta saber que siendo él un hombre de Dios y abocado a la docencia, le es confiada la joven Eloísa de tan sólo 15 años para su tutelaje por el tío de ésta, Fulberto, canónigo de la Catedral de París. La historia de ellos es trágica, con una castración de por medio, toda una vida de distancia y de cartas teñidas de amor y nostalgia, y el ansiado reencuentro en el sepulcro.
Se me hace inevitable representarme The Fallen Priest teniéndolos tanto a Eloísa como a Abelardo como protagonistas, expresando sus emociones al momento en que el amor que los une se ha hecho evidente y es para ellos un deseo irresistiblemente trágico. Creo que están expuestas maravillosamente las tensiones que un hombre de Dios que ha jurado una vida de renuncia y ascetismo podría llegar a sentir por lo que es en sí una paradójica alegría: el amor que destruye un mundo, el amor que destruye el mundo con el cual nos habíamos comprometido.
Esa idea me sirvió de disparador para pensar la canción de otra manera, una quizás más cercana a la experiencia de todos, una que hemos presenciado directa o indirectamente en nuestras vidas. La de la persona que se ve impulsada por el amor a renunciar a una familia. Dos formas de amor. Una nueva y espontánea, maliciosa quizás, sin dudas culposa. La otra, una convención, desgastada, pero quizás más correcta, más casta, más segura, menos controvertida. Dos situaciones respecto al amor que lo ubican a uno ora como un representante ejemplar del deber ser, ora como el egoísta vil y traicionero que no solo atenta contra la institución matrimonial, sino también contra sus frutos.
No sé quién fue el que caracterizó originalmente a la modernidad como la etapa histórica en la cual las distintas esferas de significaciones del hombre comenzaron a autonomizarse, pero sin lugar a dudas la fórmula resultó atractiva y haré uso de ella extrayendo sólo la caracterización para un fin distinto. Pero antes, me interesa señalar otra brillante idea, esta vez de Georg Simmel. Según él la vida es una paradoja que consiste en que se expresa a través de formas pero que a la vez no puede expresarse en las mismas. De esta afirmación me interesa inferir que la vida es una sucesión en el tiempo de formas que jamás habrán de ser eternas, sino justamente lo contrario. Una fuerza dinamizadora atraviesa estas formas, una fuerza que es la que nos obliga a ir a por nuevos objetivos, a la reconstrucción de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestros afectos. Una fuerza que nos enemiga con el estatismo y nos castiga con el tedio cuando procuramos aferrarnos a él. Una fuerza que nos obliga conocer tanto el dolor como la lozana alegría.
El amor, cuando nace, lo hace encerrando un gran número de significados. Porque en un principio el amor es amistad, es compañía, es erotismo, es competencia, es alegría, es religión, es vocación, es un deber, es un placer, es un dolor. Es el tan anhelado sentido de nuestras vidas, hasta que el mismo, de alguna manera, deja de ser el fin y la consagración y se convierte en el suelo sobre el cual nos afirmamos para encararla con aires renovados. Sin embargo, acontece en gran número de casos que distintas esferas de significaciones en un principio subsumidas al amor pasan a luego a autonomizarse.
Si analizamos al marido infiel observamos que en su cosmovisión el erotismo se ha desligado del amor hasta tal punto que uno y otro pueden llegar ser abiertamente antinómicos. El libertino adúltero puede ser totalmente sincero al asegurar que ama a su mujer, pero, oh fatalidad, aquí no acaba su desventura, pues corre el riesgo de que el erotismo trunque luego en un significante que encierre progresivamente el significado amor. Atrapado en ese juego de subsumisiones dinámicas se encuentra el sujeto que ama un mundo en desmedro de la integridad de aquel con el cual hasta ese momento ha estado ligado de forma exclusiva.
Coíncido conmigo mismo: el amor, el erotismo, la amistad, el cuidado del otro, el cuidado de uno mismo, todos significados que deben permanecer ligados los unos a los otros para que un matrimonio persista saludable en el tiempo.


4.10.07

Artilugios emocionales del instinto de conservación

Sus sueños petulantes de alcanzar la máxima virtud en cualquier arte habían sido siempre manifiestos para quienes le conocían y por ello se sentía avergonzado. Estos siempre traían como necesario corolario el reconocimiento de otros a la propia excelencia, y ante un panorama semejante, se le ocurría pensar que se liberaría de toda ansiedad. Tiempo después su terapeuta le hizo entender que esa ansiedad de la cual decía huir era producto de un cuestionamiento ético y natural de todo ser humano. Alcanzar la virtud y el reconocimiento para él significan dar por entierro a las miradas inquisitivas de quienes le rodeaban, aquellas que preguntan quién sos. Pero por otro lado, ser alguien que por ser reconocido no debe presentar credenciales de ningún tipo ni a terceros ni a sí mismo, implicaba por otro lado olvidarse de todo cuestionamiento a la hora de actuar o decidir, pues nada resulta más fácil al momento de hacerlo que obrar determinado por la propia condición, de forma irresistible e irrecusable. Como de vez en cuando ocurre, ese comentario le resultó inquietante y permaneció latente hasta que finalmente Julián un día se percató de que su terapeuta, con él, le había dicho de una manera muy agradable y diluída que era un cobarde que no pretendía otra cosa que escudarse en una identidad inmóvil e inmutable, cualquiera que fuera aquella que dictara su virtud. Entonces, luego de putearlo con una sonrisa, entendió que la lógica escondida detrás de esa idea era convincente y hasta aguda: ¡qué solución más conveniente para deshacerse de sus inseguridades y titubeos humillantes!
A propósito de eso recordó un escrito. Lo buscaba entre los muchos que tenía tachados y borroneados en distintos cuadernos, carpetas y hasta en hojas sueltas, jurando por septuagésima vez que en algún momento habría de ordenarlos o pasarlos a una computadora. Hacía tiempo que, más por facilidad que por seguir metodología premeditada alguna, utilizaba sus sueños de inspiración para escribir o pintar. Le era tan provechoso obrar de esta manera que sentía una suerte de culpa jamás reconocida ante nadie, la cual residía en el hecho de que a nivel consciente y en estado de vigilia jamás se le ocurría idea alguna. Se sentía algo así como un espía o un ladrón furtivo que por las noches se incursionaba en territorios no resguardados para arrebatar un testimonio crucial, un objeto preciado y ajeno. Algo le reconfortó enterarse por accidente que el mismo Borges decía hacer lo mismo. Finalmente encontró el texto. El mismo había sido la transcripción de un diálogo imaginario que jamás se había animado a sostener realmente y en el cual narraba un sueño. Entonces, se sentó cómodo sobre el piso, al costado de la cama, y comenzó a leer.

Como suele suceder, no recuerdo con exactitud el comienzo del mismo, sino que, como el sonido de un tren que se acerca a toda velocidad pero desde lejanas distancias se va haciendo más y más nítido al acercarse a nosotros, a medida que más intento recordar el comienzo, más inaprehensible parece todo...
Pero sí me recuerdo a mí mismo, un día al aire libre, en una quinta o algún lugar similar. Recuerdo haber comido bien y estar rodeado de mucha gente desconocida, pero junto a quienes me sentía muy cómodo y feliz. En algún momento me encontré a mi mismo jugando al basquet o algún deporte similar. Tengo muy presentes las corridas, el sudor caliente que brotaba de los poros de mi frente y que se deslizaba lenta pero decididamente por el contorno de mi cara. Recuerdo también sonrisas y carcajadas, alguna que otra gastada que me tenía por centro, la predecible réplica, pero todo nunca con saña. Puedo verme cinematograficamente reír tal y como un nene, como sucede cuando las gastadas no buscan sino manifestar apertura y confianza, es decir, como sucede cuando la gastada es una señal de que la fraternidad emerge...
En un momento una pelota se escapa fuera del juego y me arrojo intentando salvarla... Yaciendo aún en el suelo y sin figurarme cómo, apareciste vos y te acurrucaste al lado mío, dándome la cara... Pero fijate vos qué curioso. Desde este punto en adelante, todo lo recuerdo en blanco y negro, siendo que rara vez sueño en blanco y negro. Más extraño aún, dos objetos llamaron fuertemente mi atención... Y ellos fueron tus ojos. Eran distintos, vívidos, de un color profundo. Tal y como oís. Esos ojos marrones tuyos en mi sueño eran verdes. Y eran lo único que se veía a color, en un tono pálido, que por ello mismo no era intenso, sino más bien sutilmente verde. No eran verde esmeralda, tampoco verde loro. Entendeme. No soy un erudito en colores. Apenas distingo los del arcoiris.
Sonreías como una nena, con esa excitación tan linda que se tiene cuando uno es chiquito y está pasándola bien, divirtiéndose... Esa risita nerviosa tan linda e infantil, generosa en dientes y acompañada de un nervioso temblor, ¿entendés?
Me inspiraste tanta ternura que atiné sin miedo a abrazarte, dándome cuenta a la vez que lo hacía que estabas con el torso descubierto, totalmente desnudo. Me sorprendí especialmente no por tu desnudez que no era tal dado que tenías puesto un pescador, sino porque tu torso era el de una nena chiquita, todavía impúber. Eso creo que me consternó. Quizás por la culpa de saber que mis intenciones no eran del todo pías al querer acariciarte. Eran algo así como un mandato que traía por el que había sido hasta entonces mi deseo encubierto pero que a la luz de las circunstancias me ubicaban en una posición francamente detestable.
Con clara sorpresa y en un grito te pregunté qué hacías semidesnuda, a lo cual vos muy suelta de cuerpo respondiste que estabas cómoda y en familia y no veías la razón para no estarlo. ¡Belleza! ¡Con qué gracioso y convincente tono infantil lo dijiste! ¿Necesito aclararte que eso me gustó muchísimo y hasta me generó un poco modesto orgullo?
Acaricié tiernamente tu cabecita, los dos sonreíamos, y mientras cedía al influjo hipnótico de tus ojos desperté.

El texto estaba inconcluso. La idea original era en algún momento tomar a éste y a otros tantos y en una suerte de collage, en un ambicioso experimento frankensteiniano, procurar hacer de ellos una novela sin que nadie notara los retazos en el resultado final.
Ahora, a la distancia, podía observar como aquel sueño había tenido algo de oracular, algo de confesional.
El deseo que la tuvo a ella por objeto jamás había sido otra cosa más que una muy segura vía de escape. Una suerte de bastón con el cual apoyarse pero a la vez con el cual espantar a los lobos. Pues el deseo de un amor imposible e irreal fue la mejor forma de evadir otros amores, los potenciales y terriblemente reales, los que un corazón destrozado no puede siquiera ver sin llorar.


24.9.07

La tensión entre el ser y el estar

Pesquiso mi pasado, me asombro y sobresalto en el aquí y ahora, me confundo en los horizontes en dirección a los cuales transito. Todo se mueve. Como figuras de joven acuarela, tan pronto como parecieran adoptar forma alguna se ven violentadas por una nueva explosión de color líquido que redefine sus formas, los espacios entre ellas, el sentido que las atraviesa.
Me siento perplejo. ¿Realmente todo se mueve? Con cierto desdén, en un reproche sin destinatario, me pregunto si realmente vez alguna al menos fui yo el que se movió, si puedo dar crédito de mis recuerdos. Pues creo haber caminado largas horas, deteniéndome muchas veces a descansar, platicar o lo que fuere que haya hecho, pero siempre para volver a caminar. La génesis de mi aquí y ahora me indica que sí, es cierto, ¡he transitado tantos caminos! No pocos a través de seguras huellas, otros tantos inexistentes hasta que los forjara mi excitado andar. Sin embargo, no sé, qué se yo. Si no le presto atención al hecho de que el pasado cambia cada vez que se sedimenta el tiempo o sucede algo significativo, darle crédito a mis impresiones no parece una cobardía ni tampoco propio de un haragán. Pero evitar percatarse de la ebullición de tonos acuarela es ya una tarea titánica.
Sirve de algún consuelo saber que nadie escapa a mi condición. Hablo del miserable consuelo de no sentirse tan solo a causa de nuestra intima igualdad. Lo perjudicial del caso es que esto dificulta más aún la tarea de las manos que se buscan las unas a las otras. Compartimos una misma condición. Somos soñadores navegando océanos de significados, significados cambiantes, multívocos, con alguna cuota de misterio intrigante, pero por sobre todas las cosas, océanos de significados que se alían tan pronto como se enemistan con múltiples significantes a los cuales hacen referencia, significados que conocemos imperfectamente pero que gravitan sobre nosotros y nos sirven de mar.
Padre, Madre, Amor, Seguridad, Libertad, Privación, Dolor, Límite, Hermano, Hijo. Generación y corrupción, luego, Trascendencia. ¡Cuánta tela para cortar! Nuestra relación con ciertas esferas de significados pareciera siempre una y solo una, no en desmedro de las mil máscaras con las cuales se nos presentan danzando. Sírvame de apoyo la célebre frase shakespeariana, pues al igual que Próspero y tantos otros, me convenzo de que somos del material del que están hechos los sueños.
¿Cuántas vidas caben en una vida? ¿Cuántas veces fui héroe, cuántas otras fui villano? Qué excitante se me presenta la idea de sentar a dialogar a tres o cuatro de mis anteriores vidas, no sólo por el goce estético que ello supondría en una suerte de vouyerismo, sino principalmente para responder una vez más a la pregunta ética por excelencia. ¿Qué hacer? Y por añadidura, ¿quién soy? Pero realmente. ¿Quién soy?
La pregunta mil veces respondida. Sólida respuesta que jamás soporta la crítica embestida del tiempo y sus propuestas. Eterno mármol cincelado por la contingencia.


11.8.07

Canción desesperada

Cuando la filosofía deja de ser estimulante y da lugar a groseros conflictos de identidades, enfrentamientos de belicosos egos, posiciones dogmáticas o mero nihilismo petulante, decimos entonces que pierde todo sentido. Uno se convence del absurdo de ciertas discusiones, de los argumentos construidos y atacados que se propagan como una descolorida nebulosa de barrocos tecnicismos que no buscan alumbrar destino alguno, sino dejar en evidencia el juego vanidoso de una voz que se ama a sí misma, o busca convencerse de ello.
Cuando la filosofía deja de ser estimulante uno busca refugio en las artes. El brillo caluroso de las mismas quizás sea el lugar más seguro al cual recurrir en busca de amparo, pues ellas, desde un primer momento, humildes nos ofrecen sus sensuales caricias, como representaciones siempre novedosas, singulares e íntimas, y no como fórmulas que pretenden imponérsenos con la solidez inquebrantable de un teorema que peca por no ser aquello que dice ser.
Cuando la filosofía deja de ser estimulante y se objetiviza en academia, tal y como la religiosidad en religión, la fe en dogma o el amor, el cuidado y la guía en Iglesia, nuestros corazones se estremecen y tiritan, nuestras miradas se nublan y nuestras voces repiten mecánicamente un discurso sin sentido. Esa hermosa deidad que es la Crítica deja de ser aquellas alas que nos elevaban en graciosos vuelos alegres y se convierte en un enemigo del cual no solo hay que defenderse sino aquel al cual también hay que dar caza.
Cuando la filosofía deja de ser estimulante el mundo se me viene abajo y me siento triste y perdido, confundido en un baile de máscaras del cual no quiero ser participe.
Cuando la filosofía deja de ser estimulante y se convierte en una obligación, como otras convenciones que violentan la muy estimada libertad, la autorealización parece una utopía y se alzan impertérritos muros entre uno y los bellos jardines del paraíso.
Y es que cuando la filosofía deja de ser estimulante le embarga a uno la sensación de que no sólo Dios ha muerto. Ella lo ha hecho también.


5.8.07

Las caras del Yo

«Así eran las cosas para el Lobo Estepario y es fácil imaginar que Harry no llevaba una vida cómoda y dichosa. Pero con eso no queremos decir que era un infeliz en un grado muy especial (aunque a él mismo sí le parecía, así como todas las personas suelen considerar que los males que les aquejan son los más graves). Eso no se debe decir de ningún ser humano. Quien no tenga un lobo dentro tampoco tiene que ser, por eso, feliz. Y aún la vida más desdichada tiene sus momentos de luz y sus pequeñas flores entre la arena y las rocas. Por lo general era muy desdichado, eso no se puede negar, y también podía volver desdichados a otros, sobre todo cuando él los amaba y viceversa. Porque todos los que se encariñaban con él sólo veían uno de sus lados. Algunos querían al hombre fino, inteligente y original, y se horrorizaban y desilusionaban cuando, de pronto, se veían obligados a descubrir al lobo que había en él. Y no les quedaba otra opción, porque igual que todos, Harry quería ser amado entero y, justamente por eso, no podía esconder o negar al lobo delante de aquellos cuyo amor le importaba. Pero también estaban las personas que amaban específicamente al lobo en él, lo libre, salvaje, indomable, peligroso y fuerte, y para ellos, de nuevo, era en extremo decepcionante y deplorable que el lobo malo y salvaje fuera también un ser humano que albergaba nostalgia de bondad y ternura, que encima quería escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales humanos. Éstos, sobre todo, solían quedar especialmente desilusionados y enojados; así, el Lobo Estepario también introducía su duplicidad y ambivalencia en todos los destinos extraños que rozaba.»

...

«Llama "lobo" a todo lo salvaje que tiene dentro y lo percibe como malo, peligroso, como el terror del burgués... pero él, que cree ser un artista y poseer sentidos delicados, no es capaz de darse cuenta de que además del lobo, detrás del lobo, viven muchas otras cosas que tienen nombres diferentes, que también están el zorro, el dragón, el tigre, el mono y el ave del paraíso. Y que todo este mundo, este jardín del edén repleto de seres nobles y terribles, grandes y pequeños, fuertes y suaves, se encuentra ahogado y preso por culpa del cuento del lobo, así como el hombre verdadero dentro de él se ve ahogado y encerrado por el burgués.
Hay que imaginarse un jardín con miles de árboles, flores, frutas, hierbas. Si el jardinero de este lugar no conoce otra diferenciación botánica que la que existe entre "comestible" y "mala hierba", entonces no sabrá que hacer con el noventa por ciento de su jardín. Arrancará las flores más maravillosas, tirará abajo los árboles más nobles o, como mínimo, los odiará y los mirará mal. Eso es lo que hace el Lobo Estepario con las miles de flores que hay en su alma. Lo que no cabe bajo la rúbrica de "hombre" o "lobo", no lo ve. ¡Y cuántas cosas es capaz de incluir bajo el título de "hombre"! Todo lo cobarde, simiesco, tonto y pequeño, si no es claramente lobuno, pasa a formar parte del hombre. Y todo lo fuerte y lo noble pasa al lobo, sólo porque aún no logró dominarlo.»


El lobo estepario
Herman Hesse

2.8.07

Tensiones genealógicas

- ... lo cierto es que hago lo mejor a mi alcance al mismo tiempo que gano plata para que todos la pasen bien dilapidándola. ¡Que fácil es ser romántico, new age o rebelde cuando hay un pelotudo que le garantiza la seguridad económica a uno! Sin embargo las cosas no son tan sencillas.
- Ricardo, ¿pero sos boludo vos acaso? Estás desviviéndote por una falsa iglesia mientras tu familia se muere. ¿No te das cuenta que no conocés a tus hijos?
- ¡Pero dejate de joder, papá..! ¿Vos te pensás que porque ahora te hacés el comprensivo con el pajero de tu nieto que no sabe más que gastar la plata del padre para vestirse de bohemio, invitar a salir a atorrantitas e irse de vacaciones con los aún más vagos de los amigos a la costa o la Patagonia vas a enmendar todos los errores que tuviste como padre? Vos no sos ningún ejemplo de nada. Y me parece vergonzoso que apoyes su decisión de dejar Contabilidad para dedicarse a su guitarrita y su banda de piojosos. ¿De qué mierda piensa vivir? Tiene 24 años y no trabajó más de 6 meses en ningún lugar y cuando lo hizo, destinó la guita a pelotudeces. No fue culo ni de comprarle un regalo para el cumpleaños a la madre. Hay cosas que son imperdonables.
- Ricardo, me duele que seas tan ciego. Tu hijo necesita que dejes de ponerte en el papel del dedo acusador, especialmente cuando no sos a sus ojos ejemplo de nada. Te has desvivido por sacar adelante esa empresa, sí, bien. Lo lograste hijo y por ello te felicito. Pero te has perdido de verlo crecer y hablás de tus hijos como si fuesen tus proyectos de instalar una nueva planta en Venado Tuerto o en Rosario. Tu hijo se da cuenta de eso y le duele, Ricardo, ¿no te das cuenta? Necesita que te sientes a charlar con él, pero charlar en serio. Necesita sentir que lo tratás humanamente, necesita sentirte humano. No que busques que te de un informe del estado de situación de su vida. Textualmente me ha dicho que se le dificulta pensarte como algo más que un nudo de prejuicios y ambiciones y le duele sentir que cuando lo mirás, no buscás conocerlo, descubrir que siente, que aspira y por qué, sino que sólo te desilusionás, angustiás y resignás, porque buscás que todo se ajuste a esas putas ideas preconcebidas de qué es lo que debe ser el hijo del exitoso empresario que hace lobby y aspira a un cargo de legislador en las próximas elecciones luego de haberse hecho amigote de dos o tres de esos hijos de puta.
- Mirá viejo, qué hago o dejo de hacer debe tenerte realmente sin cuidado, no me rompas las pelotas. El día que dejes de predicar como si fueras un buen samaritano te voy a tomar un poco más en serio. Lo poco que te dejó tu viejo lo perdiste por hacerte el romántico e invertir en esas obras de teatro de mala muerte. Todo sea por el amor al arte. Cuando tu nieto tenga mi edad y ya esté idiota por las drogas con las que se da va a tener por único horizonte, si no se muere antes de tan hecho mierda que esté, a una puta jubilación de 600 pesos como la tuya. ¿Es eso lo que realmente querés, viejo delirante? Desde los 19 años tiene vehículo propio cuando yo recién y después de romperme mucho el culo trabajando a los 31 años pude comprarme uno. Porque vos no me dejaste nada, viejo moralista, cero, ninguna otra cosa más que terror a las privaciones y muchas ganas de salir de ese barrio de mierda en el cual me criaste. Quizás lo único por lo cual deba agradacerte sea eso. En cambio cuanto más les das, peor pareciera. Si por lo menos Rodrigo la hiciera bien como Micaela la cosa seria distinta. Pero ni eso.
- ¡Que equivocados tenés los tantos hijo, me da pavor! La mocosa esa es una malcriada, totalmente asquerosa y lo suficientemente zorrita como para saber cómo tratarte y qué venderte para contar con tus favores. Porque no te quepa duda que estudia Diseño Gráfico para complacerte y obtener todo lo que quiere sin tener que dar explicaciones... Por cierto que son horribles las diferencias que hacés entre ella y Rodrigo. Es tristísimo, pero queda claro que lo que comprás desde hace un tiempo no es otra cosa que adulación. ¡De tus propios hijos! Está clarísimo. Solo que uno de ellos decide rebelarse a esa representación patética y la otra no. Me consta que Micaela es bien atorranta y abusa de las drogas más que su hermano, quién por otro lado muestra claras intenciones de abrirse de ellas pues voluntariamente ha decidido rehabilitarse...
- Pero por favor... ¡no seas ridículo!. Quién compra adulación a quién, idiota. ¿Te creíste el show que montó con lagrimitas tu nieto? La vida privada de Micaela no es asunto tuyo, y por otro lado, parece ser que te han hecho la cabeza. El sorete envidioso de Rodrigo no se cansa de tratar de poner a su hermana a su nivel y al de las atorrantitas de sus amigas para ganarse la simpatía del primer crédulo con el que se encuentra. Y por otro lado, ella identifica a un desgraciado en cuanto lo ve y por ello no es de extrañar que no le interese mostrarte el mínimo respeto. ¡Me hacés reír! Vos y la madre de los chicos parecen cortados por la misma tijera. Salvo que ella no tiene reparos en gastar dinerales en su basura new age o planear vacaciones en Punta o el Caribe. ¡Pero si hasta me pareciera estar discutiendo con ella!. Mirá, no me jodas más y ahora andate que tengo cosas importantes que hacer antes de salir a almorzar con Villafañe. Con Rodrigo voy a hablar. Que haya pensado que mandándote a vos iba a conseguir algo me parece una idiotez. Y si persiste en su idea de dejar la carrera, que se vaya buscando un laburo y donde vivir porque me cansé de sus pendejadas. Ahora dejame, tengo que hacer, andate por favor.
El viejo murmuró algo con los ojos tristes y bien abiertos, mirando al vacío y angustiándose en la reconstrucción de la respuesta a una sencilla pregunta, ¿por qué?. Caminó con pasos cortos mientras Ricardo lo acompañaba empujándolo con la mano izquierda en su espalda a la vez que sujetaba con la derecha la puerta.
- Sos un monstruo hijo...
- Está bien, soy tu hijo, qué se podía esperar. Mandale saludos a mamá por favor. Adiós.


1.8.07

No siempre el amor es madre

Hacen linda pareja dijo y se fue del café dando un portazo. Con desdén la observó cruzar la calle a la vez que revolvía dentro de la cartera buscando no sé qué y luego tomó la botella, observó la etiqueta con una concentración aparente y sonriendo irónicamente, con los insultos contenidos, se sirvió una vez más. La señora de la mesa de enfrente, quién sin dejar de torturar al santo de su silencioso marido con su chillido monótono había prestado especial atención a la discusión que él y Anabella habían tenido desde el momento en que ella le tiró el anillo sobre la mesa con lágrimas furiosas y le exigió las llaves de su departamento, lo miraba con desaprobación, como espantada. Levantó la copa de vino mirándola a los ojos y le sonrió con una mueca de desprecio. Ella apartó su vista rápidamente, fijándola primero en su marido y luego en su tacita de café, y entonces dijo con manifiesta alteración, pues le temblaba la voz, ¿te parece a vos? Qué tipo descarado. Marcos volvió su vista a la calle y mientras se llevaba la copa a la boca y dijo en voz baja, como hablándose a sí mismo, vieja de mierda.
Del otro lado de la sala, detrás de la caja registradora, el encargado del bar le dijo al más corpulento de los mozos, un morocho grandote, medio gordo y canoso con el rostro feo, los dientes muy blancos y los granos muy rojos, que invitara al fulano ese a marcharse.
- Le parece Gerardo, mire que es cliente de la casa, es rara la tarde en que no lo tenemos por acá.
Lo cierto es que poco le importaba al grandote el respeto a la asiduidad de cliente alguno. Sí, en cambio, las importantes propinas que le dejaba el beodo una vez el alcohol hubiese hecho el efecto necesario como para que se desinhiba y le dieran aires de magnanimidad.
- Ya lleva casi un litro de vino y son las cinco de la tarde. Además, su estado ya era lamentable cuando entró por esa puerta. No son pocos los clientes que me han llamado la atención por su desubicación en reiteradas ocasiones. A esta hora el café se llena de jubiladas y sus nietos, lo que sale son submarinos, cafés con leche, tostadas y medialunas. Si quiere emborracharse que venga después de las nueve y lo haga a la hora que lo hace todo el mundo, y si no le gusta que lo haga en otro lado. No voy a perder a los mocosos del colegio religioso de la esquina porque sus abuelos se espanten por un borrachín de cuarta. Si me dijeras que al menos gasta en compensación de los dolores de cabeza que puede llegar a provocar, pero ni siquiera, con el vino berreta que pide.
Resignado, al morocho no le quedó otra. Se acercó al tipo y lo tuvo que llamar dos o tres veces, pues miraba ausente hacia afuera y con una mueca de dolor. Cuando finalmente viró al escucharlo, notó que tenia los ojos llorosos y rojos, pero que aún así hacia un esfuerzo por sonreirle despreocupadamente.
- Sí, dígame...
Ya intuía de que se trataba.
- Señor, con todo el respeto que le tengo, no me queda otra que pedirle que se retire.
Detrás del grandote de camisa blanca que de tan percudida parecía amarilla, la señora del episodio anterior se limpiaba las comisuras de los labios con una servilleta y sonreía vengativa. Luego, como si se tratara de un secreto, le susurró algo a su marido. Sus ojos brillaban.
- Está bien Roberto, ya me iba. Termino la copa y me voy. Vaya nomas.
- Bien, le ruego que no se demore o voy a tener que volver y quisiera evitarnos a los dos ese feo momento.
Marcos hizo una mueca como diciéndole entendido, esperó que diera media vuelta y volvió a mirar hacia afuera. Una estampida de guardapolvos blancos le hizo recordar su infancia, sus travesuras y con ello a su padre, a quién ya no odiaba. Recordó una paliza que recibió sin merecerla, por defender a su hermano. Los mocosos con guardapolvos blancos siempre lograban retrotraerlo a aquellos días. Hoy hubiese sido el cumpleaños del viejo pensó y brindó tragándose de una lo que quedaba en la copa. Cierto es que no lo extrañaba o al menos no creía hacerlo. Cierto es también que su recuerdo era como aquella pieza del rompecabezas que termina dando sentido al resto de las piezas, aquel que uno descubre como la clave para entender el orden de cada una y el significado final del mismo.
Tomó sus cigarrillos y los metió en la campera. Sin mirar a nadie en particular, se la puso y la abrochó, dejó 4 pesos de propina, encaró hacia la puerta, regresó, dejó dos o tres moneditas más que encontró en los bolsillos del pantalón de corderoy al meter allí sus manos y finalmente partió.
Al cerrar la puerta del bar a sus espaldas, inspiró profundamente el aire húmedo de la tarde y acomodándose la bufanda pensó: ella volverá, como siempre. Lo curioso es que ya nunca lo hizo.


10.7.07

Relato heraclíteo del Antiguo Testamento

En el principio era sólo Él y fuera de Él, ni siquiera la nada. Situado fuera del tiempo y del espacio, no hallaba manera de conocer. ¿Conocer qué cosa? Sólo podría haberse conocido a sí mismo, y como queda expuesto, eso le resultaba imposible. Por ello, no podía adjetivarse; ¿cómo hacerlo sin contar con algún otro con el cual compararse? Cosa sabida es que el adjetivo remite siempre, una vez aplicado, a otros cuyas propiedades, al contrastar con la señalada, definen el significado de la primera. Queda claro entonces que sin un otro menos poderoso, Él no podía ser más poderoso que nada. Peor aún, no podía representarse el poder ni tampoco qué habría de ser éste. Tampoco podía conocerse respecto de lo bueno, de lo bello, de lo malo, de lo importante, de lo irrelevante, de lo insignificante. Pensarse a sí mismo era imposible. Pensar algo fuera de sí también. Siendo, no era de ninguna manera. Su existencia, si se puede hablar de ella, no tenia sentido, pues no había un antes ni un después, un más o un menos, un fin o un principio.
Sin embargo y sin ser claro cual fuere la causa que lo motivara (quizás sea ese el misterio por antonomasia), se haya tratado sencillamente de angustia o quizás de aburrimiento, lo haya ocasionado la voluntad de liberarse de sus límites o lo haya hecho la necesidad de concebir un sentido articulador que respondiere a vaya a saber uno qué inquietud, sucedió el milagro. La duda emergió espontáneamente y finalmente intentó pensarse a sí mismo. Para hacerlo, sin embargo, no tuvo otra opción que tomar distancia de sí, alienarse, objetivarse. Fuera de sí pudo Él construir progresivamente complejas geografías.
Duda y pensamiento nacieron hermanas. También lo hicieron, siguiéndolas inmediatamente la belleza y la insatisfacción, que como caras antagónicas de los mismos fenómenos fueron siempre intentando diferenciarse más y más la una de la otra, pero que en la progresiva autonomización nunca dejaron de remitirse mutuamente.
Desde un principio, además, conocer y construir fueron caras distintas de la misma acción. Construyó y conoció polvo, sedimentación y rocas. Conoció al construir oceános de aire y agua. Iluminó y al hacerlo dio nacimiento a la oscuridad, a las sombras, los tonos y los colores. Conoció el calor y con ello construyó el frío. Pensó la vida y con ello la antagonizó a la ausencia de ella. Pensó en la génesis y con ello dio lugar al desenvolvimiento y a los ciclos, a los eslabones en que se irían propagando de forma multiplicada y cada vez más compleja las distintas formas de las cosas.
Sin embargo, y luego de su prodigioso accionar, se sintió abatido. Lejos de satisfacerse, se percató de que todo lo pensado, todo lo construido, le agradaba por cuanto era su obra pero, simultáneamente, le era ajeno y como tal le excluía. "Eran" fuera de él y tenían sentido por sí solos. Él ya no era más parte de aquello. No podía observar su creación desde adentro siendo en el seno de ella, ni tampoco aún conocerse a sí mismo. Aquello parecía, paradojicamente, una suerte de una traición autoejercida. Pero por el contrario, lo que por el momento se experimentaba como un problema habría de resultarle beneficioso y funcional puesto que ahora sí tomaba forma y se hacia clara una necesidad hasta entonces desconocida y por ello mismo también de alguna forma inexistente: pues ahora era evidente que deseaba, deseaba con angustiosa necesidad conocerse a sí mismo, reencontrarse, entenderse. Y como conocer fue construir, decíamos, desde un principio, con ello presente entendió que para conocer qué era, tendría que "crearse": para tenerse por objeto debería poder conocer aquello que un "otro" viese en él. Sin poder crearse a sí mismo, ideó a un objeto que pudiera representarse al mundo, y con él, a Él. Un objeto capaz de representación pero también, un objeto capaz de emoción, puesto que el conocimiento sólo es tal cuando crea y sólo crea cuando lo resultante produce un efecto emocional: emoción y sentido son ineluctablemente fenómenos hermanos, como ya lo había entendido Él por propia experiencia. Y ello porque se había percatado que dudarse fue angustiarse. Consecuentemente, conocerse sería gozoso. Dudar significaba aún no haber creado, conocer significaba haberlo hecho.
Pero ese objeto, que ahora también sería sujeto dado que podría representarse objetos y entre ellos, a Él, debería significar algún tipo de perfección. Procuró entonces, por pura vanidad, pues a esta altura su deseo de sí ya era un quererse a sí mismo, que este sujeto se le pareciera lo suficiente como para no ser superior a Él. Mejor aún, debía ser lo suficientemente diferente como para que este nuevo sujeto se obnubilara ante su presencia y no pudiere otra cosa que considerarlo magnánimo, divino e insatisfecho siempre que no se sintiere en dirección a él. Pero, además, debía ser bello, bello como nada jamás creado, bello como la más sublime utopía. Si habré de crear un sujeto, pensó, pues que su presencia sea un goce.
Ella abrió sus enormes ojos café y el paraíso cantó para ella. Las aves volaron una detrás de la otra en estrambóticas persecuciones, la brisa fresca se cargó de los perfumes de las flores en el despertar de la mañana, el agua que corría murmuró en un tono muy alegre y solemne. Desperezándose, arqueo su espalda hacia atrás y estiró los brazos. Inspiró profundo y sonrió. Sus cabellos castaño caían graciosos sobre sus hombros y espalda. El impacto fue inmediato. Él, embelesado, experimentó una alegría violenta, una emoción desconocida. Largo rato la observó azorado mientras estudiaba sus movimientos. Haciéndolo aprendió a reír, a gozar con cada movimiento, a disfrutar de lo imprevisto. Las geografías antes creadas, y con ellas todo lo que cabía allí, iban tomando un valor desconocido al ser para ella. De repente una simple roca del montón se tornaba un lugar de descanso o el punto último de la ágil carrera que culminaba en el salto y la zambullida al agua. Una curiosa mariposa era aquello que la hacía sonreír o aquello por lo cual viraba la cabeza de repente y sin previo aviso. Un árbol era el lugar elegido para jugar o recoger frutos. El cielo era el espectáculo más bello, el que le permitía ver sus ojos grandes y taciturnos, brillosos y conmovidos. Nada antes había tenido sentido. No al menos de esta forma.
Fue así como Él conoció el amor. A través de sus ojos, gracias a su presencia, todo resultó ser magnífico, todo comenzó a ser plenitud. No tardaron en reír juntos, tampoco en inventar un lenguaje para comunicarse, para ofrecerse versos, para jugar poniéndole nombres a las cosas, para discutir y para poner, en definitiva, algo entre ellos que los uniera pero sin cometer el oprobioso error de eliminarla, es decir, cuidando bien de no fusionarlos. Horas y horas hablaban y luego muchas otras callaban. Su felicidad era excelsa, dado que ahora sí el mundo entero tenía matices y tanto más maravillosos eran a cuenta del amor.
Luego de haber inventado mil formas de divertirse, luego de haber observado todo, luego de tanta emoción creciente, sobrevino la decadencia, que se expresó en una insatisfacción que llegó para invadirlo, tal y como cuando al haber inventado un mundo fuera de él aquella vez. Ahora sí sabía mejor qué era. El amor de ella, sus palabras, su risa se lo habían permitido saber. El amor, tan fuerte hasta entonces, tornó primero en insatisfacción y casi simultáneamente en hambre de ella. Ella era ahora un vacío en él, un objeto que necesitaba sofocantemente deglutir, un objeto que corría peligros de, una vez saciado ese hambre, ya no ser fuera de él. Fue así como una silenciosa noche ideó la sexualidad: la penumbra platinada hizo de sus curvas seducción, la caricia insistente e inocente de sus manos que lenta y pacientemente su cuerpo recorrían fueron azuzando la pulsión. Nunca la había visto así, jamás había tomado el deseo esa forma. Sus pechos sedosos y argentos, erguidos y punzantes, captaron su atención. A distancia poco considerable estaban su cuello, los carnosos pétalos que tenia por labios, el prístino paisaje de su espalda y las generosas caderas servidas en flor. En un hambre fulguroso y violento tornó el amor. El fulgoroso deseo así fue como nació. Descendió de las nubes y la cargó por sorpresa. Confundida, jadeante, transpirada, se resistió abrazándolo, le cuestionó besándolo, y con la respiración entrecortada, con sus ojos cerrados y la boca entreabierta, finalmente cedió, obediente y complacida. Como involuntariamente, se contorneó una y otra vez mientras Él como una fiera la tomaba hasta que en un punto, como en una erupción volcánica, sació su hambre expulsando el ardor de su deseo.
El llanto de la criatura recién nacida fue acompañado de mucho orgullo por parte de Él. Ella, incrédula, se sentía fuera de sí. Hasta que lo abrazó, lo besó, río, lloró, todo de una alegría indecible. Los motivos de la alegría compartida eran distintos: Él, por su parte, había logrado evitar satisfactoriamente perderla, pero por otro lado, se había proporcionado de un nuevo ser con el cual embelesarse, y además, había dado lugar a otro ser que le adorara, tal y como ella. Ella, a quién ahora Él había decidido llamar Mujer para evitar confusiones, veía en el Hombre, en su Hombre, muchos motivos para emocionarse, pues en él lo veía a Él, pero también se veía a si misma. Veía al fruto del amor incomprensible y fogoso de una noche de consumación, mas también a un nuevo ser, similar a ella, con quién compartir. Cuanto más tiempo compartían, cuanto más se desarrollaba la criatura y por ello más se parecía a ella, más comprendía que se había sentido, de alguna manera, sola o incompleta sin él.
La intensidad del amor entre el Hombre y la Mujer era tal que Él conoció un mar de sensaciones desconocidas. Sentía ahora celos del amor que se profesaban, a raíz primeramente del miedo de que el vínculo entre ellos fuere a sus ojos aún más significativo que el que sentían por Él. Sentía además envidia de que compartieran una misma condición (cosa que Él jamás con nadie) y al mismo tiempo, ira de sentirse así respecto de seres menos divinos que Él. Por esta razón, herido en su amor propio, ideó la mentira.
Son libres de hacer lo que gusten salvo una prohibición categórica, la de incurrir en el Mal. Para evitar que lo hagan y con ello os provoquéis mucho dolor, jamás habrán de probar el fruto prohibido. Mujer, tu eres para él, el fruto prohibido. Tu, Hombre, eres para ella, el fruto prohibido. El único fruto vedado a ustedes, él único que es patrimonio mío exclusivo por mi naturaleza superior, es el de la consumación del amor.
Iracundo, miserable, fue perdiéndose en sus violentas pasiones. Ellos, sin comprenderle, comenzaron a temerle. Le amaban, le amaban vigorosamente. Por ello procuraban complacerle siempre en la medida de sus posibilidades. Esta empresa los acercó más y más, y cuanto más esto pasaba, mayor temor Él les generaba, más los distanciaba de sí, más los unía el uno al otro.
La prohibición, desde entonces, fue acompañada del deseo. Y el deseo que uno sentía por otro, que se confundía con un profundísimo amor, era un deseo acompañado de culpa, elemento éste que disfuncionalmente más avivaba el fuego aún. Una noche en la cual Él estaba perdido, embriagado en las violentas pasiones que le turbaban, una noche fecunda en tormentas, el frío les obligó a recostarse juntos. El Hombre y la Mujer temblaban insoportablemente mas no precisamente de frío. Sintiéndose invitado por una caricia, la besó. Sin demoras, estrecharon sus cuerpos con ansiedad y se amaron torpemente, liberándose con angustia y placer de las cadenas que forzosamente se habían aplicado a sí mismos. Se amaron apasionadamente. Y lo hicieron resignados, aceptando lo que fuere que sucediese.
El castigo, ejercido con la violencia impía propia de quién está cegado por el dolor, fue desearles la corrupción. Por mandato divino, nacieron la muerte, las enfermedades, el silencio y el dolor. La fragilidad les cayó al hombre y la mujer como una condena que buscaba erradicarlos, eliminar la traición, hacerlos desaparecer y sufrir a cuenta de lo que Él mismo lo hacía. Sin embargo, desde ese día, Él se quebró y con ello su voluntad. Generación y corrupción son las consecuencias del amor que llama a permanecer y gozar a sus hijos, tanto como a perecer y sufrir. Son las consecuencias paradójicas de quién busca olvidar al Amor pero que al centrar sus fuerzas en ello, le recuerda más y con ello obra en contra de su intención.


13.5.07

El árbol del bien y del mal

Hoy es nuevamente un bello día, no es verdad, dijo él con una sonrisa de plástico. Ella lo miró y sonrió cordialmente, pero sin poder evitar cierto hastío, y en alguna medida también una suerte de aprehensión a la interpretación una y otra vez de la misma escena, los mismos tonos, las mismas sonrisas, las mismas palabras. Tanto se reiteraban que perdían ineluctablemente todo sentido y por ello, a su juicio, convertíanse en una estructura desabrida y absurda. Sin embargo, no podía salirse de sus lineas. Efectivamente era un lindo día, igual que el día anterior y el anterior a ese. El agua fresca y los frutos abundaban y además sabían bien. El clima era cálido y el sol no violentaba la sensibilidad de la piel. Las noches eran bellamente iluminadas por una plétora de estrellas y una luna siempre augusta. Abundaban lugares en los cuales echarse, cascadas en las cuales bañarse, valles de los cuales azorarse, senderos por los cuales pasear y coloridas flores de penetrantes y dulces aromas allí donde se las buscase. ¿Cómo sublevarse entonces al mandato de sonreír cordialmente?
Quieres que nos refresquemos un momento en el agua, preguntó él con un ademán exagerado. Ella dudo, dudo y dudo, mil veces en un segundo. Luego dijo, como dando con las palabras inconscientemente, adelantate tú, yo iré luego, y ante la ceja de él que se levantaba y su mano que se extendía hacia la de ella no pudo sino insistir adelántate, yo iré a por alimento, se me antoja un fruto.
Con sonrisa de estatua, lo despidió hasta luego y viró para ir hasta los frutales. Sonrisa que fue atenuándose con los pasos a la vez que sus ojos brillaban, vacíos. Sin terminar de comprender la naturaleza de lo que sentía y no sin desconocer si estaba experimentando una suerte de ingratitud, fue acercándose a los frutos. Uno tras otro, ciruelos, perales, manzanos, olivos, bananos, limoneros, guindos y cerezos cual un bosque tutti frutti. También podría escoger de entre tomates, frutillas, frambuesas y otros frutos en árboles y arbustos. Pero la verdad era que no tenía hambre. Había enunciado, por primera vez, algo que no concordaba con lo que sentía ni pensaba hacer. Al percatarse de ello se sorprendió. Ese quiebre le resultó excitante y no pudo evitar reír y sentir como su cuerpo se estremecía por la sensación descubierta. Emocionada, regocijada y orgásmica, comenzó a cantar y bailar, suave y graciosamente. Encontró por interlocutores a los árboles y tomándolos de las ramas danzó con un par. Fueron momento de risas y simulación. El goce de la nueva experiencia le resultó mayor que cualquier otra conocida.

Despertó de una agradable siesta y disfrutó de otra manera el dulce aroma. Algo en ella se había renovado. Incorporándose melosa, refregó suavemente sus ojos, arqueó su espalda y acomodó su pelo. Un intenso entusiasmo la impulsaba a algo, cualquier cosa, menos a correr a refrescarse al arroyo. ¿Cuántas cosas desconocidas le quedarían por conocer? No podía saberlo, pero de repente comenzó a dar con un sentimiento que no supo definir, pues no conocía vocablo para expresarlo, pero que podríamos conjeturar que no era otra cosa sino esperanza. La existencia estaba puesta ahora en la expectativa de disfrutar cosas en el futuro sintiendo placer en el acto de la espera, pero también en la reproducción del goce pretérito a través de la evocación.
Se preguntó que cosas no había hecho jamás y en que orden las haría, si debería ir a buscarlas o ellas se presentarían solas en su camino, si debía o no compartir su experiencia con él. Ahora que lo pensaba, se daba cuenta que respecto a él se encontraba resentida pues era aquello que la obligaba a la farsa. Pero luego de una dicotómica deliberación se afirmó que quizás él precisaba una transformación como la de ella, es decir, un volver a nacer, tal y como ella. Contenta con su conclusión, avanzó lentamente con ninguna dirección prefijada a través de los árboles conocidos, hasta que dejaron de serlo. Entre ellos, uno en particular llamó poderosamente su atención. Sus frutos eran distintos a los conocidos y sus hojas azuladas y ensortijadas, con graciosas terminaciones agudas. La apariencia del fruto inspiraba cierto desconcierto e incluso un tímido temor. Cuando cercenaba la duda apreció la aparición de una simpática y colorida serpiente. Los tonos púrpuras y brillosos de su piel resultaban muy seductores y sus ojos ejercían en ella un hipnótico transe. ¡Que sorprendente criatura!
La serpiente giró a lo largo de una de las ramas del árbol, y luego de sacar reiteradamente su vivaz lengua, se aproximó a uno de los frutos y le propinó una mordida. Sus movimientos cargados de un ímpetu extraordinario junto con la aparición de los incisivos dientes provocaron en ella una reacción instintiva e irresistible: dio un grito agudo e histérico de tal magnitud, que la serpiente, aterrada, perdió el equilibrio, cayó del árbol y huyó con la presteza con la cual había aparecido.
Recobrada la templanza en el ánimo, se acercó al fruto mordido y lo tomó. Las incisiones eran prácticamente inidentificables y el mismo se veía jugosamente atractivo. Como si de una pequeña niña se tratara, corrió riendo de regreso a parajes mejor conocidos y en ocasión de haber encontrado una roca sobre la cual acurrucarse, se dispuso a experimentar lo que en breve dejaría de ser desconocido.

Extrañado por su ausencia y con motivo del propio aburrimiento, consideró que el sol ya le había secado lo suficiente y se adentró hasta los jardines en los cuales estaba seguro que la encontraría. Pensó en llamarla en voz alta pero luego de hacerlo un par de veces se cansó y prefirió proseguir sin mayores violencias. Su cobriza piel no aparecía por ninguna parte y luego de meditarlo un momento comenzó a buscarla en aquellos lugares donde podría haberse recostado hasta quedar dormida. Luego de dos o tres fracasos, pudo divisar su cuerpo sobre una roca.
Gentil posó un brazo sobre su hombro y procuró despertarla. Nada. Lo hizo con mayor violencia. Luego acompaño al movimiento con la orden enunciada de que despertase, cada vez con mayor efusividad. Pero nuevamente nada. Perplejo, se sintió tosco. Intentó tomándola del rostro, abriendo sus párpados a la fuerza, gritándole en el oído, sacudiéndola con violencia. Junto con la confusión comenzó a invadirle una impotencia desconocida. Buscó desesperado y con ojos llorosos respuestas hasta que su mirada dió con los restos de un fruto desconocido en su puño, del que poco más que semillas quedaban.
Con aspaviento dijo: ¿Qué es esto? ¿Una fruta apretada entre los dedos de mi amada? Veo que el veneno ha sido la causa de su muerte prematura. Ay, egoísta, ¿te la comiste toda sin dejar una amistosa porción que pudiera servirme para acompañarte? Besaré tus labios, con la esperanza de que un poco de veneno quede en ellos y me haga morir reconfortado. Tus labios están tibios.
Las lágrimas acaudalas en los ojos quebraron el dique de contención de sus pestañas a medida que el veneno comenzaba a endurecer su vientre y paralizar su cuerpo. Tuvo fuerzas aún para recostarse junto a ella y abrazarla. Sonrió levemente. Y ya nunca sabremos si debemos atribuirle esa mueca a su alegría por haberla seguido para reencontrarla y así librarse de un futuro grotesco y doloroso o si, en otro sentido, debemos hacerlo a la vanidosa satisfacción de haber dado nacimiento a esa belleza que es la tragedia.

3.5.07

Ascenso desde la caverna

I seize the moment to hear a story no one's telling anymore
The worlds forgotten, the words forbidden


Salgo tomándome del cuello justo donde duele e inclino la cabeza a un lado y luego al otro. Camino unos pasos y llevo el cigarrillo a la boca, inclinándome hacia el encendedor a la vez que hago un innecesario reparo con la mano izquierda. Enciendo el cigarrillo e inspiro cinematográficamente. Luego de una pausa expiro y observo espantado al humo confundirse con los gases mucho más oscuros del colectivo. Vuelvo a inspirar y me sonrió al sentir nuevamente cuan fresco y puro resulta el aire en el bosque. Empiezo a meditar sobre las razones de las puntadas que en afán crónico palpitan en mi cabeza y reparo en el sistémico sonar de la alarma de la cochera anunciando a los peatones la salida de algún vehículo cuando me sorprende el murmullo de las hojas que dan cuenta de la brisa que como olas serpenteantes las hace ir y venir. Se tornan difusos los cortes agudos de los paneles de blindex que cubren el edificio de enfrente y en su lugar veo ahora alzarse una serie de árboles sobre la superficie irregular abundante en flores silvestres, pastos y rocas parcialmente cubiertas por simpático musgo. Los cielos violáceos a través de los cuales navegan nubes de un oscurísimo azul sirven de imponente manto y capturan en su hermosura mi total atención. Los tonos purpúreos y lila enriquecen el acuarela y a lo lejos, sobre mi izquierda, puede divisarse una tormenta torrentosa que da lugar a algún que otro tímido relampago. Tiempo después llega rezagado y en tono grave y profundo el trueno que solemne informa mas sin pecar de prepotencia.

Camino a través de un sendero improvisado pues lo último que quiero es enfermarme, cosa que sería inevitable de alcanzarme la lluvia. Las hojas de los árboles detentan un bellísimo verde azulado y se ven radiantes, aterciopeladas. Teñidas del color del cielo me inspiran un goce tan intenso que siento que no me puedo albergar tanto placer solo y quisiera compartirlo. Intento avanzar decidido, pues como ya expuse, no quiero enfermarme; pero resulta inevitable no romper con la prisa y detenerme cada tanto a contemplar embriagado. Por momentos la brisa, sin llegar a ser violenta, se intensifica. Un escalofrío recorre mi cuerpo y río nervioso. Mis pasos en el suelo también me ofrecen goce, pues el crujir de las ramitas que se quiebran, la acolchonada resistencia de los pastos, el zumbido vaivén que resulta del roce que provoco en los arbustos, todo me conmueve. Mas luego siento repentinamente ansiedad. Quizás sea producto del viento, pero percibo, sin verlas, sombras que se deslizan de un lado a otro que como espíritus corretean impunes, siempre a punto de ser descubiertas, pero sólo a punto. Esa situación me lleva a apurar mi paso, especialmente cuanto la vegetación se torna más frondosa.
No pasan muchos minutos hasta que recobro la tranquilidad. Frente a mí se abre un precioso valle. Tras él puedo observar un pequeño morro y allende algunas casitas de Río Turbio. Sé que no estoy lejos. Tan sólo debo descender con cuidado por las piedras, atravesar el valle de pastizales y tras el morro que viste de margaritas seré recibido por mi abuela Elena y sus té con leche, tortas y mimos. Afortunadamente la tormenta se va perdiendo en dirección norte y se encuentra ahora lejos. Es por esta razón que puedo sentarme sobre una roca a observar cómo los áureos rayos que penetran el manto de nubes bañan el valle, preñando de esplendor la etérea neblina que a la distancia se observa.
¡Cuánta belleza cabe en un paisaje! Que vergüenza no ser el mejor pintor, que lastimoso no ser inspirado poeta. La perfección estética de este instante se desvanecerá y es difícil que a uno no le invada una inquietante cuanto placentera nostalgia por ello. No que la naturaleza sea mezquina en este tipo de prodigiosidades, pero, sin embargo...

Me apresa rápidamente una fría convicción. Hay alguien detrás mío. Mis músculos se tensan mas no solo me mantengo rígidamente inmóvil, sentado sobre la piedra, sino que tampoco viro para observar; mis sentidos, no obstante, están todos enfocados a confirmar lo intuido. Un brazo se cruza detrás mío, desde mi izquierda hacia mi hombro, y una mano se posa suavemente sobre mi pecho. La presencia desconocida irradia una calidez familiar.

- Que hermoso valle, hijito. Realmente impactante.

Sonreí aliviado y con sorpresa no disimulada. Inmediatamente y efusivo grité.

- ¡Viejito! ¡No te vi! No sabía que estabas acá.
- Vasquito, siempre estoy y estaré donde sea que estés.

Sonreí como uno hace ante una obviedad que a uno le recuerdan y que le avergüenza haber pasado por alto, es decir, con un tenue resoplido. Los pájaros se muestran ahora activos y revolotean por todas partes. Tomo con mi mano derecha la mano del viejo, todavía sobre mi pecho, próxima a mi cuello, y la beso.

- Hola vasquito. ¿Cómo andás hijito? ¿Tus cosas?
- Bien Pá, bien. Todo tranquilo. Disfrutando del paisaje.
- Estos valles son hermosos. Me parece bien que te empaches de ellos
.

Mira con una sonrisa de satisfacción alrededor y luego a mis ojos. Su rostro muestra perturbación por un momento. Me sonríe y me pregunta como al pasar.

- ¿Y a qué se debe la melancolía de esos ojos, Pablito? ¿Por qué está triste mi hijo?

Por un lado me gustaría sacarme toda esta mierda de adentro, sin embargo también siento que no es el contexto. Peor aún, me encuentro seguro de que no produce nada positivo y a la vez me deja extenuado, cargado por la cólera a la que da lugar la desazón en cuanto lo permito. Sin embargo y no sé muy bién por qué, me decido.

- Nada viejo, lo de siempre. Sé que no soluciono nada con esto porque soy yo quién elije de última dentro de la medida de mis posibilidades pero realmente estoy harto de Buenos Aires. Harto de ir esquivando mierda de perro y pegajosos meos por las veredas de los barrios "bien". Podrido de viajar como el orto todos los días y de responsabilizar con mi odio a la gente que prepotente te pasa por encima o se enoja y te trata horriblemente por no hacer lo mismo que ellos y estorbarles el camino. Si supieras la cantidad de mujeres de avanzada edad que me han puteado por no pisotear a la gente amontonada para abrirme paso y con ello también a estas. Me gustaría saber que opinaría Sarmiento de ver que los vehículos cargados de ganado que viajaban diariamente al puerto o los mataderos en el bárbaro Buenos Aires del XIX aún lo siguen haciendo, solo que ahora con los inmigrantes e hijos de inmigrantes que el soñó como agentes civilizadores por ganado. Me da asco aferrarme a las barandas sudadas y pastosas en la hora pico. Me irritan las estúpidas bocinas de la gente que transita alienada, con prisa y multitudinariamente las calles de la ciudad. Me molestan sus hábitos. Me duele la gente que mendiga el pan o lo obtiene al revolver entre la basura ante la mirada despreocupada de quienes pasean riendo con su familia o amigos. Me duele ser uno de ellos. Odio reconocerme una y otra vez como uno de ellos. Cuesta tanto nadar contra la corriente viejo. Me molesta la gente loca y monstruosa... pero mía. Salgo por Arenales, lo de siempre en la calle, por dios. Me privaron del cielo, viejo, un horror. La humedad me sabe a aire expelido sobre mi rostro por una boca cuyos dientes se pudren y todo me resulta detestable y me tensiono intentando disfrutar, que motivos no me faltan, pero ni así. Me robaron el tiempo y ahora soy un payaso en una carrera de obstáculos. Me robaron el cielo esos edificios que parecieran a punto de caerse sobre uno si no se sostuvieran inclinados, los unos hacia los otros, justo sobre tu cabeza. Se yerguen por doquier y no queda más remedio que mendigar aire en una plaza improvisada en el punto de confluencia de pistas de carreras y autopistas. Repudio a Buenos Aires, viejo, y tan feliz que estaba el día que llegué a vivir acá hace ya 5 años. Y no deja de angustiarme saber que lo que siento, desde cierta perspectiva, no es su responsabilidad, sino mía. Sin embargo estoy como preso. Porque no sólo me han robado a la naturaleza y con ella mi salud sino además también mis sueños de autonomía. Porque, ¿dónde puedo realizar mi vida? ¿Dónde conciliar el estudio de aquello que amo con cierta autonomía económica - y no mera subsistencia - sin que ésta implique la renuncia de lo primero? ¿Cuáles son las herramientas de las cuales esta experiencia me ha proveído? Me convenzo de que es cuestión de tiempo, tan sólo para no deprimirme ante las actuales expectativas. Me aferro a la idea de que la esperanza debe ser considerada como una gran virtud pero más logra prenderse a mí la certeza de que mis ambiciones eran superlativas y sin ningún tipo de basamento en realidad alguna... Estoy podrido viejo. Pero bueno, que sé yo, calculo que ya lograré resolverlo.

Mi viejo me miró todo el tiempo a los ojos y sé que no dejó escapar un sólo gesto. Tampoco dejó de reparar en el tono de mi voz que más temblaba cuanto mejor exteriorizaba la angustia retenida. Hizo un breve silencio. Acarició mi cabeza y le dio ocasión al viento para que secara disimuladamente mis ojos.

- Buenos Aires es una ciudad magnífica hijo, pero a gente como nosotros nos devora. Es tan atractiva como nociva y quienes en ella habitan desde siempre, pobrecitos, no conocen otra realidad. Viven amontonados y se son hostiles los unos a los otros. Disponen de la libertad propia del solitario, del agente anónimo. No hay respeto por nadie, es la ley de la selva. Pero la culpa no es de ellos. Ya te digo, a mi me deslumbró, me idiotizó. En algún punto creo que no estaría mal compararla con las sirenas que tu astuto y prudente Ulises conoció en el viaje de regreso a casa. Buenos Aires es una sirena, bella y hambrienta. Es normal lo que vivís hijito.
- Pero por otro lado no me quiero ir viejo. No sé a donde. No tengo a qué. Estoy muy contento con lo que hago, ¿me entendés? A la vez, también es verdad, condiciona mucho la forma en que veo todo mi ansiedad. El año pasado fue muy duro. Los últimos años fueron muy duros, pero el pasado en particular. Tengo miedo de fallarme, de sentir que me fallo. Eso es muy cierto también.

- ¿Miedo vasquito? ¿Miedo...? ¿a fallarte? Hijo... Vos y los sinvergüenzas de tus hermanitos se ríen cada vez que el viejo repite una y otra vez lo mismo. Pero pecaré nuevamente. Recordá que como decía la inscripción en el anillo del Rey Salomón "esto también va a pasar". Es muy importante la aceptación en la vida de aquellas cosas que no dependen de uno, hijo. Uno debe siempre hacer lo mejor que puede, por quienes quiere y por agradecimiento a lo que la vida le da. La aceptación no se contradice con esta actitud hacia la vida, más bien la implica, pues en caso contrario no hablaríamos de aceptación sino de resignación. Ahora, es natural que uno se tropiece o que la suerte a veces nos sonría y otras nos muestre el culo. Pero no hay que tener miedo hijo. No hay día en el que no le agradezca a Dios por la suerte que he tenido por haberme acariciado así al poner en mi camino a mamá, a vos y tus hermanitos. A veces siento que ha sido demasiado bueno. Sin embargo me gustaría que entiendas que el exitismo es otra sirena Pablo. El verdadero éxito, lo mejor que nos puede tocar en suerte y que podemos ayudar a construir está vinculado con el amor, con el respeto y con el cariño. Si uno a consecuencia de lo que recibe encuentra la fuerza para dar siempre lo mejor de sí ya no puede pedir más nada. Tampoco lo necesita. Y lógicamente entonces uno no debe tener miedos que por otra parte son totalmente gratuitos e infundados. No hay que tener miedo de decidir, de pelearla, de caerse, ni siquiera de ser vulnerable. Y no te pongas mal por confundirte, Pablo. Son momentos necesarios. Pero no dudo de que tenés todo para sentirte pleno. No dejes que vanas ansiedades te consuman.

El sol se pone y ya pueden observarse, junto a la luna, algunas estrellas.

- El amor es el capital más valioso que uno puede acaudalar, si cabe el término. Pero por el contrario, los miedos son en cierto sentido ridículos e innecesarios. Los mismos deprimen nuestra potencia de actuar, nos paralizan ante la alegría frente a nosotros. Un tipo como vos, que ha recibido y recibe tantas muestras de afecto no tiene más que sentirse muy afortunado y en cierto punto permitirse devolver lo que le es dado, o mejor dicho, compartirlo. Es inútil preocuparse por la fortuna. En algún sentido, la fortuna ya está de tu lado y aquello que venga te recibe muy preparado. No existen posibilidades de que te equivoques porque no se espera nada de vos más que seas quien sos y como sos. Poco importan las contingencias de la vida. No me mal interpretes hijito: Ojalá todas tus empresas sean fructíferas pero más aún, quiera Dios que no pierdas de vista que lo importante ya los has recibido, tanto como lo has sembrado, tanto como lo cosechás en el día a día. Por ello mismo es una lástima que te cohíban los miedos pues estos no hacen, como te decía recién, sino amenguar tu potencia, tus posibilidades, pero más importante aún, lo hacen de forma gratuita, innecesaria e injustificada.

Alguna vez mi viejo dijo de Agustín que era una montaña de ternura. Creo que bien le vale también a él esa categoría. Su bella sensibilidad ha sido la causa culpable de que me criara convencido de la pertinencia del intelectualismo socrático: no existe la maldad en el mundo, en el peor de los casos sólo la ignorancia.
Dí la última pitada y arrojé la colilla haciendo palanca con los dedos mayor y pulgar de mi mano derecha. Sonreí orgulloso como siempre lo hago por mi habilidad para hacer esa estupidez. Caminé suavemente hacia la puerta de la oficina y viré sobre mí para despedirme:

- Gracias viejito. Gracias por recordarme cosas tan importantes. Muchas veces temo haberlas olvidado o que, peor aún, hayan caducado y no sean sino otras concepciones naives propias de la cosmovisión de la infancia. También sucede que me angustio en momentos de reflexión al desconocerme. Por eso, en serio viejo, muchas gracias.
- Vasquito...
- Muchas veces, tanto a vos como a gente linda que me ha honrado con bellos momentos de diálogo, los tengo por interlocutores, allí donde esté, sin importar ningún tipo de distancia. Cada vez me convenzo más de que lo más valioso que uno puede recibir de alguien es diálogo cargado de cuotas importantes de raciocinio crítico y mucho amor. Y vos me has dado en cuotas incancelables mucho dialogo rico en ambos elementos a lo largo de mi vida. Y no hay dudas de que lo seguirás haciendo...
- Claro que sí hijito.

Los ojos emocionados del viejo pueden decir lo inexpresable.

- Chau viejito. Te quiero mucho.
- Yo también a vos hijito.

Cuando daba media vuelta agregó.

- No haga macanas, eh... ¡Pícaro sinvergüenza!

Él se ríe cómplice. Yo, río y sonrío. ¡Que maravilloso que alguien pueda provocarnos una sonrisa de ésta naturaleza que tanto nos hace sentir como niños! En momentos como éste uno siente realmente que la vida es un milagro bello y maravilloso, digno de ser vivido.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...