“Gris es toda teoría y verde y dorado el árbol de la vida”
Johann Wolfgang von Goethe
Por ahí, no recuerdo bien donde, leí alguna vez que las mentes pequeñas discuten las personas, las de mayor tamaño discuten en términos de sucesos, y finalmente las superiores logran hacerlo en término de ideas. San Agustín con atino lo señaló: Lo esencial es invisible a los ojos.
Una idea muy interesante. Personalizar la política, las instituciones, los sentimientos, nos lleva a asociar, por ejemplo, a un movimiento que brega por los derechos sociales con personalidades que nada tienen de meritorio, ensuciándolo todo. O entender, siguiendo la misma lógica, que quien se llena la boca en la defensa del liberalismo con sus bolsillos llenos sólo pretende defender al sistema que le posibilita acumular egoístamente hundiendo a los demás, cuándo la individualidad es también algo a ser festejado. Asociar abstractos como el amor con un proyecto de pareja, una relación filial o una amistad para luego vivir una decepción suele llevarnos, en un primer momento y cegados por la herida, a despotricar contra ese abstracto. A pensar que el amor es una farsa. Sí. Muy triste. Por suerte uno tarde o temprano tiende a entrar en razón.
¡Vamos! Que no es tan complicada la idea... Es el odiar el pecado y no al pecador. Sin embargo muchas veces me cuesta no proyectar mi odio a la mediocridad, tanto a la propia como a la ajena, sobre las pobres víctimas de ésta.
Algo similar observo que pasa en todos los planos de la vida. Es más, creo que la ignorancia del hombre y su fracaso al intentar ser dueño de su destino se centra en no poder distinguir entre procesos y estadios. Eso que todos junto a Zarathustra, allí, sobre la montaña, deberíamos intentar comprender.
Hace poquito ví la Naranja Mecánica y realmente me gustó mucho. Entendí como mensaje central la idea de que no podemos cambiar la naturaleza de sujetos, de sucesos ni de cualquier cosa por medio de la violencia, de manera abrupta, en cortos términos de tiempo en obediencia a esa déspota caprichosa y alborotada llamada ansiedad. No querida, la gente sí cambia. Pero no lo hace de un día para otro. Tampoco lo hace si las circunstancias y su voluntad así no lo favorecen. Pues de ser modelada estoicamente, de ser educada, de dársele amor, que en términos fríos es lo mismo que decir: "de dársele las oportunidades para crecer", seguramente lo hará. Pues no aprendimos a hablar de un día para otro, y sin embargo pasamos de ni siquiera balbucear a poder comunicarnos utilizando símbolos y metáforas, porque el marco fue favorable para que así fuera y se respetaron los tiempos necesarios. Aprendimos a caminar. Aprendimos a decir que nos equivocamos. Aprendimos a pedir perdón. Aprendimos que tropezón no es caida. Abolimos la esclavitud. Llegamos al espacio.
A ver si cortamos con esa inocencia tan dañina de pensar que podemos solucionar los problemas de nuestras vidas de un día para el otro, o que los problemas de nuestro país, o de nuestro mundo, siendo tan complejos como son, tanto que escapan a nuestro completo entendimiento, pueden solucionarse en un abrir y cerrar de ojos. Mejor antes entender la dinámica de cada problemática en particular. Haciéndolo, entendiendo dicha dinámica, habremos de entender por consiguiente en que dirección hacer fuerza y en qué términos temporales esperar los resultados.
Debemos entender que muchas veces nuestro esfuerzo es parte de la solución. Que el estoicismo puede ser una suerte de hedonismo. Que el otro, el hedonismo peyorativo, es una cobardía. Que Aristóteles nos guiñó el ojo y nos sopló la respuesta cuando nos dijo que la felicidad es una actividad y no un estadio. Y que, tanto como individuos así como sociedad, vinimos a esta vida para no dejar de crecer nunca.