18.10.06

Tensiones - Apologías y rechazos

¿Sabés que sos vos? Sos un pobre idiota. Y no te lo digo de mala onda. Ni siquiera estoy enojado. Más bien estoy triste y quizás también algo decepcionado. Esperaba más de vos. No sé qué, nada en particular, pero más, ¿entendés?
Cierto es que resultaste ser tan sólo un arrugado y polvoriento oximorón, desabrido, sin mayor encanto. Sos inteligentemente estúpido, eso es innegable. Cuando te corresponde ser feliz, lo sos amargamente. Cuando la vida te doblega, te abrazás romántico y con una sonrisa incipiente a lo que sea, la primer nimiedad en tu camino. Pero no sólo eso, ojalá fuere sólo eso. Cuando deberías relajarte, la ansiedad te estresa. Cuando el viento te sacude, sentís paz. Cuando el frío es muy intenso, te hierven las orejas. Cuando la felicidad se te presenta, extrañas a tus ausencias. Cuando estás muy necesitado, huís del mundo y te refugías en la nada. Cuando te sentís atraído a alguien, no hablás, te quedás duro, momificado, con una piedra del tamaño de una cabeza en la garganta y las extremidades que te sobran junto al resto de tu cuerpo: el mundo te da vueltas y te mareas hasta la ceguera; o por el contrario, de tu boca no dejan de salir frases huecas, ininteligibles, inarticuladas. Te das vergüenza de vos mismo y ocultás los ojos o con ellos rogás perdón o ambas.
Ahora que lo pienso, es eso, sabés. Inarticuladas. Sos pretencioso y de tu cabeza no salen sino ideas inarticuladas, cuando no estrafalarias. Sí. Eso. ¡Cuándo carajo vas a lograr expresarte con claridad! ¡Cuándo carajo vas a tener algo interesante para expresar con claridad!
Pero te decía oximorón porque sos el que amaría poder amar, el que tiene miedo de quizás no sentir nada, porque lo único que lográs compartir es tu soledad, porque tu risa es triste y ausente como la de un fantoche por más que te acusen de flaqueza de ingenio para ese título honorífico. Sos oximorón porque sentís flotar en la nada y por ello mismo estar, según vos, tan preso. También lo sos por ser alto cuando tu nombre significa pequeño o flaco cuando comés como un cerdo. Sos oximorón porque te vestís de distintas telas y siempre te ves igual. Lo sos porque soñas despierto y vivís dormido. Sos una paradoja porque sos muchos y sólo uno. Sos muchos que piensan igual, sos uno solo que no se pone de acuerdo. Los sos cuando hablás sin decir nada. Y cuando mirás sin ver nada. Y cuando sentís sin sentir nada. Y cuando mentís y cuando callás y cuando estás como ausente y cuando dudás y cuando sonreís y cuando escribís y cuando vayanse todos a la concha de su madre.
No te permitís ser bombero pirómano, chabón, sino que te confortás siendo un pirómano bombero. O un pájaro con raices. O un árbol con alas. No sos un lobo estepario, sino un tierno corderito montañez. Sos oximorón porque sos un moron oxigenado y ese es tu fucking problema, man. Predicás sentencioso sobre la belleza en las pequeñas cosas y no te basta con una vida pletórica en lujos. Sos un reventado. Un limitado. Un resentido. Un escalador fracasado. Un ego ora filántropo, ora misántropo. En definitiva, un cobarde que alienta contra el arco atacado.
Sos diminuto. Infradotado. Vil. Pero lo suficientemente sensible como para darte cuenta de tu condición y sufrirla. Y lo suficientemente sensible como para envidiar y extasiarte a causa de la genialidad en el otro. Por suerte también lo suficientemente sensible como para aburrirte al escribir este texto.
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14.10.06

Antígona, mamá


Quizás este texto busque ser una descarada celebración narcisista. Por otro lado, no creo que a nadie que me conozca personalmente tome por sorpresa mi culto a la tragedia edípica y sus metáforas, como la ceguera necesaria a la hora del luto, justo a continuación de develada la verdad, corrido el velo ya. Es que hay verdades para las que uno nunca estará preparado. Fisiológica o emocionalmente. Y aún así deberán ser enfrentadas y perseguidas.
No oculto tampoco mi devoción para con Antigona, diosa del amor, virgen suicida. Aquella que al renunciar a su condición de mujer, con su vida, sacrifica su derecho a engendrar. Qué huevos. En serio. Romántica, consecuentemente ciega, decidís (¿decidís?) renunciar al mandato de tu carga filogenética, a la transmisión y perpetuación de tu gen, a la celebración de tu maternidad. Pero acaso, ¿hay madre mayor que vos? Ontológicamente originaria, quién sino vos, madre de tus antecesores; quién sino vos, la redención de tu estirpe.
Hace unos pocos días compartí la mesa con dos señoras increibles que discutían dando lugar a una idea que abracé inmediatamente: la única forma originaria y natural de amor es la que vincula a madre e hijo. Todas las demás son adaptaciones del mismo molde a un mundo de géneros, edades y roles; en definitiva, artificios. Pero allá atrás, antes de que la mujer sea mujer y de que el hombre sea hombre, antes de que estuviere claro quién nació antes qué quién; allá, en el foro íntimo y desnudo de toda esencia, todos somos madres e hijos. ¿Y no somos acaso hijos tan pronto como madres, los unos de los otros? Si se me acusara de reduccionista, jíbaro me confesaría, pués tan claro me resulta desde esta perspectiva cuántos padres son madres de sus hijos y cuántos son o se tornan en hijos de los suyos. ¿Qué celebra la pareja enamorada, sino el reencuentro con su madre y el regreso al utero y tierno abrazo de la infancia; sino el espacio donde y gracias al cual ser madre? Antes de aprovisionarnos de mil máscaras, en esa realidad tras la realidad que es la metafísica, allí tranquila, enceguecedora e inalcansable toda verdad.
Con anterioridad a ser Leopoldo, previamente a ser Aitor, siempre fui Edipo Rey: orgulloso esposo de Yocasta, gigantezco y tierno padre de Antígona. ¿Y quienes son estos dos polos, estos dos arquetipos de mujer, sino el punto en el cual fue cortado el circulo para convertirse en linea de dos extremos? Madre que es mujer, hija que es madre. En su exilio, el anciano Edipo, hasta la muerte incestuoso, marido de su hija-madre tanto por necesidad como por amor fue. Y como el péndulo de un reloj, la joven al enterrar a su padre-marido se tornó en madre de sus hermanos hijos, y así, en un arco desde ella a Yocasta, se construye una imagen en la cual una madre ve su reflejo invertido en las plácidas aguas de la mismísima fuente de Narciso.

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Mi vieja. Má. Mamá.
Les advertí en un principio que se me podría acusar de celebrar mi narcisismo en este texto. Habré de hacerlo con el pseudo decoro que le reviste el hacerlo de forma indirecta. Sin embargo, ésta será otra de esas tantas veces en que las palabras se me antojan enemigas; imperfectos y caricaturezcos vehículos de un mensaje, de una verdad, que no alcanzarán a permitirme expresar lo que amo, admiro y agradezco a mi madre. Quizás por eso me cuesta tanto escribirle a ella en particular.
Reconozco que soy un tipo egocentrico, un egoista. Muchas veces jodido como consecuencia de ello, porque independientemente de las culpas que después experimento, puedo perfectamente cagarme en otros. Como un caballero. Ahora, y condenado a ser leído con el rechazo que pueda provocarles mi fanatismo, les juro que no conozco persona más fiel, más honesta y más pura que mi vieja. En realidad, en cierta forma, me ha jodido la vida nunca haberle visto protagonizar ninguna muestra de crueldad, de egoísmo, ninguna pequeña maldad. ¿Cómo mierda no fracasar y exigir demasiado a la hora de buscar una pareja? ¿Cómo no entender a la realidad lástimosa e imperfecta cuando uno conocío al amor manifestándose de forma perfecta, de forma absoluta? ¿Cómo conformarse con menos?
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Mi madre es una persona con un corazón tan grande, tan grande, que casi no tiene otros organos. Y esto claramente le juega en contra. Pues es una persona que vive para quienes ama, y nosotros, pequeños y viles, con ombligos del tamaño de ese corazón del que hablaba, transitamos el día a día tratando de encontrar algo de estabilidad emocional, de cuidar nuestros jardincitos. ¿Y por ella, quién vive? Quizás su mayor pecado sea olvidarse de sí misma demasiado seguido. Pero para la realización de su crimen no le faltan complices.
Desde pequeño, desde siempre, e independientemente del desarrollo de sus distintas inteligencias que siempre tanto le he admirado, esa memoria “definitiva como el marmol” o su aguda perspicacia, lo que siempre me ha sorprendido ha sido su sentido común. Sentido común aliado a una sensibilidad que le hace fuerte, a una empatía que supera con amplitud a su amor propio, depositado en los suyos y no en ella misma. Es una persona libre. Sufre de su condición de madre mitológica, sí. Pero es libre porque ninguna estructura mental y generacional le limita. Pues ella es de esas clases de personas que, y entiéndase esto de forma literal y absoluta, pueden dialogar con cualquiera. De qué forma le admiro y envidio ésta y tantas cosas.
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Mamá es una persona trasnparente, honesta, con una hermosa sonrisa sincera e infantil. Es de esas personas que jamás hieren en una discusión para imponer su verdad o defender su causa. Ni con los ojos, ni con los gestos ni a través de palabras. No recuerdo conocer a nadie más con esta característica. Es, además, de esa clase de personas que las pocas veces que llora lo hace con los ojos abiertos, mirandote a los ojos. ¿Cuántas personas son tan fuertes para estar así de desnudas ante alguien? Mi vieja disfruta tanto de dar regalos... de darse al otro, de encontrar la forma de sorprender y acariciar al niño soñador dentro de uno, aquel con el cual siempre encuentra el diálogo, aquel al que, aún niño, trata como a un adulto, y le invita a dialogar de sus aspiraciones, de su percepción del mundo, de sus valores.
El amor de mi vieja es sin dudas uno de mis mayores estímulos para superarme. Todos mis logros siempre van dedicados a ella, cuando no tan sorprendentemente, todos mis logros son consecuencia de su amor, uno de mis motores, una de mis grandes seguridades. Pues mamá es axioma, es verdad desde la cual puedo cimentar un mundo, una de las pocas cosas definitivas en mi vida. Su mirada y sus manos son amor, su rostro es diálogo, sus brazos son hogar.
Ella es el puerto desde el cual parto y al cual siempre volveré.

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3.10.06

Waking life

Nuestro estadio emocional es el que condiciona nuestra percepción de la realidad, nuestra percepción del mundo. Vivimos allí donde nos ubicamos, de acuerdo a cómo nos sentimos. Es así como la belleza puede pasar frente a nuestras narices desapercibida, o como podemos descubrir un universo increible en el detalle más nimio.
Vivimos como en sueños, enredados, despertando de uno en uno.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...