18.10.06
Tensiones - Apologías y rechazos
14.10.06
Antígona, mamá

Quizás este texto busque ser una descarada celebración narcisista. Por otro lado, no creo que a nadie que me conozca personalmente tome por sorpresa mi culto a la tragedia edípica y sus metáforas, como la ceguera necesaria a la hora del luto, justo a continuación de develada la verdad, corrido el velo ya. Es que hay verdades para las que uno nunca estará preparado. Fisiológica o emocionalmente. Y aún así deberán ser enfrentadas y perseguidas.
No oculto tampoco mi devoción para con Antigona, diosa del amor, virgen suicida. Aquella que al renunciar a su condición de mujer, con su vida, sacrifica su derecho a engendrar. Qué huevos. En serio. Romántica, consecuentemente ciega, decidís (¿decidís?) renunciar al mandato de tu carga filogenética, a la transmisión y perpetuación de tu gen, a la celebración de tu maternidad. Pero acaso, ¿hay madre mayor que vos? Ontológicamente originaria, quién sino vos, madre de tus antecesores; quién sino vos, la redención de tu estirpe.
Hace unos pocos días compartí la mesa con dos señoras increibles que discutían dando lugar a una idea que abracé inmediatamente: la única forma originaria y natural de amor es la que vincula a madre e hijo. Todas las demás son adaptaciones del mismo molde a un mundo de géneros, edades y roles; en definitiva, artificios. Pero allá atrás, antes de que la mujer sea mujer y de que el hombre sea hombre, antes de que estuviere claro quién nació antes qué quién; allá, en el foro íntimo y desnudo de toda esencia, todos somos madres e hijos. ¿Y no somos acaso hijos tan pronto como madres, los unos de los otros? Si se me acusara de reduccionista, jíbaro me confesaría, pués tan claro me resulta desde esta perspectiva cuántos padres son madres de sus hijos y cuántos son o se tornan en hijos de los suyos. ¿Qué celebra la pareja enamorada, sino el reencuentro con su madre y el regreso al utero y tierno abrazo de la infancia; sino el espacio donde y gracias al cual ser madre? Antes de aprovisionarnos de mil máscaras, en esa realidad tras la realidad que es la metafísica, allí tranquila, enceguecedora e inalcansable toda verdad.
Con anterioridad a ser Leopoldo, previamente a ser Aitor, siempre fui Edipo Rey: orgulloso esposo de Yocasta, gigantezco y tierno padre de Antígona. ¿Y quienes son estos dos polos, estos dos arquetipos de mujer, sino el punto en el cual fue cortado el circulo para convertirse en linea de dos extremos? Madre que es mujer, hija que es madre. En su exilio, el anciano Edipo, hasta la muerte incestuoso, marido de su hija-madre tanto por necesidad como por amor fue. Y como el péndulo de un reloj, la joven al enterrar a su padre-marido se tornó en madre de sus hermanos hijos, y así, en un arco desde ella a Yocasta, se construye una imagen en la cual una madre ve su reflejo invertido en las plácidas aguas de la mismísima fuente de Narciso.

Mi vieja. Má. Mamá.
Les advertí en un principio que se me podría acusar de celebrar mi narcisismo en este texto. Habré de hacerlo con el pseudo decoro que le reviste el hacerlo de forma indirecta. Sin embargo, ésta será otra de esas tantas veces en que las palabras se me antojan enemigas; imperfectos y caricaturezcos vehículos de un mensaje, de una verdad, que no alcanzarán a permitirme expresar lo que amo, admiro y agradezco a mi madre. Quizás por eso me cuesta tanto escribirle a ella en particular.
Reconozco que soy un tipo egocentrico, un egoista. Muchas veces jodido como consecuencia de ello, porque independientemente de las culpas que después experimento, puedo perfectamente cagarme en otros. Como un caballero. Ahora, y condenado a ser leído con el rechazo que pueda provocarles mi fanatismo, les juro que no conozco persona más fiel, más honesta y más pura que mi vieja. En realidad, en cierta forma, me ha jodido la vida nunca haberle visto protagonizar ninguna muestra de crueldad, de egoísmo, ninguna pequeña maldad. ¿Cómo mierda no fracasar y exigir demasiado a la hora de buscar una pareja? ¿Cómo no entender a la realidad lástimosa e imperfecta cuando uno conocío al amor manifestándose de forma perfecta, de forma absoluta? ¿Cómo conformarse con menos?

Mi madre es una persona con un corazón tan grande, tan grande, que casi no tiene otros organos. Y esto claramente le juega en contra. Pues es una persona que vive para quienes ama, y nosotros, pequeños y viles, con ombligos del tamaño de ese corazón del que hablaba, transitamos el día a día tratando de encontrar algo de estabilidad emocional, de cuidar nuestros jardincitos. ¿Y por ella, quién vive? Quizás su mayor pecado sea olvidarse de sí misma demasiado seguido. Pero para la realización de su crimen no le faltan complices.
Desde pequeño, desde siempre, e independientemente del desarrollo de sus distintas inteligencias que siempre tanto le he admirado, esa memoria “definitiva como el marmol” o su aguda perspicacia, lo que siempre me ha sorprendido ha sido su sentido común. Sentido común aliado a una sensibilidad que le hace fuerte, a una empatía que supera con amplitud a su amor propio, depositado en los suyos y no en ella misma. Es una persona libre. Sufre de su condición de madre mitológica, sí. Pero es libre porque ninguna estructura mental y generacional le limita. Pues ella es de esas clases de personas que, y entiéndase esto de forma literal y absoluta, pueden dialogar con cualquiera. De qué forma le admiro y envidio ésta y tantas cosas.
Mamá es una persona trasnparente, honesta, con una hermosa sonrisa sincera e infantil. Es de esas personas que jamás hieren en una discusión para imponer su verdad o defender su causa. Ni con los ojos, ni con los gestos ni a través de palabras. No recuerdo conocer a nadie más con esta característica. Es, además, de esa clase de personas que las pocas veces que llora lo hace con los ojos abiertos, mirandote a los ojos. ¿Cuántas personas son tan fuertes para estar así de desnudas ante alguien? Mi vieja disfruta tanto de dar regalos... de darse al otro, de encontrar la forma de sorprender y acariciar al niño soñador dentro de uno, aquel con el cual siempre encuentra el diálogo, aquel al que, aún niño, trata como a un adulto, y le invita a dialogar de sus aspiraciones, de su percepción del mundo, de sus valores.
El amor de mi vieja es sin dudas uno de mis mayores estímulos para superarme. Todos mis logros siempre van dedicados a ella, cuando no tan sorprendentemente, todos mis logros son consecuencia de su amor, uno de mis motores, una de mis grandes seguridades. Pues mamá es axioma, es verdad desde la cual puedo cimentar un mundo, una de las pocas cosas definitivas en mi vida. Su mirada y sus manos son amor, su rostro es diálogo, sus brazos son hogar.
Ella es el puerto desde el cual parto y al cual siempre volveré.

3.10.06
Waking life
Nuestro estadio emocional es el que condiciona nuestra percepción de la realidad, nuestra percepción del mundo. Vivimos allí donde nos ubicamos, de acuerdo a cómo nos sentimos. Es así como la belleza puede pasar frente a nuestras narices desapercibida, o como podemos descubrir un universo increible en el detalle más nimio.Vivimos como en sueños, enredados, despertando de uno en uno.
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