El concubinato mismo ha sido
corrompido por el matrimonio.
F. Nietzsche
corrompido por el matrimonio.
F. Nietzsche
Abelardo quizás sea más conocido por su relación con Eloísa que por su producción filosófica. Sin ir más lejos, yo mismo nada sé de su aporte a la filosofía pero fui cautivado por el relato de la trágica relación de amor que los unió. Basta saber que siendo él un hombre de Dios y abocado a la docencia, le es confiada la joven Eloísa de tan sólo 15 años para su tutelaje por el tío de ésta, Fulberto, canónigo de la Catedral de París. La historia de ellos es trágica, con una castración de por medio, toda una vida de distancia y de cartas teñidas de amor y nostalgia, y el ansiado reencuentro en el sepulcro.
Se me hace inevitable representarme The Fallen Priest teniéndolos tanto a Eloísa como a Abelardo como protagonistas, expresando sus emociones al momento en que el amor que los une se ha hecho evidente y es para ellos un deseo irresistiblemente trágico. Creo que están expuestas maravillosamente las tensiones que un hombre de Dios que ha jurado una vida de renuncia y ascetismo podría llegar a sentir por lo que es en sí una paradójica alegría: el amor que destruye un mundo, el amor que destruye el mundo con el cual nos habíamos comprometido.
Esa idea me sirvió de disparador para pensar la canción de otra manera, una quizás más cercana a la experiencia de todos, una que hemos presenciado directa o indirectamente en nuestras vidas. La de la persona que se ve impulsada por el amor a renunciar a una familia. Dos formas de amor. Una nueva y espontánea, maliciosa quizás, sin dudas culposa. La otra, una convención, desgastada, pero quizás más correcta, más casta, más segura, menos controvertida. Dos situaciones respecto al amor que lo ubican a uno ora como un representante ejemplar del deber ser, ora como el egoísta vil y traicionero que no solo atenta contra la institución matrimonial, sino también contra sus frutos.
No sé quién fue el que caracterizó originalmente a la modernidad como la etapa histórica en la cual las distintas esferas de significaciones del hombre comenzaron a autonomizarse, pero sin lugar a dudas la fórmula resultó atractiva y haré uso de ella extrayendo sólo la caracterización para un fin distinto. Pero antes, me interesa señalar otra brillante idea, esta vez de Georg Simmel. Según él la vida es una paradoja que consiste en que se expresa a través de formas pero que a la vez no puede expresarse en las mismas. De esta afirmación me interesa inferir que la vida es una sucesión en el tiempo de formas que jamás habrán de ser eternas, sino justamente lo contrario. Una fuerza dinamizadora atraviesa estas formas, una fuerza que es la que nos obliga a ir a por nuevos objetivos, a la reconstrucción de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestros afectos. Una fuerza que nos enemiga con el estatismo y nos castiga con el tedio cuando procuramos aferrarnos a él. Una fuerza que nos obliga conocer tanto el dolor como la lozana alegría.
El amor, cuando nace, lo hace encerrando un gran número de significados. Porque en un principio el amor es amistad, es compañía, es erotismo, es competencia, es alegría, es religión, es vocación, es un deber, es un placer, es un dolor. Es el tan anhelado sentido de nuestras vidas, hasta que el mismo, de alguna manera, deja de ser el fin y la consagración y se convierte en el suelo sobre el cual nos afirmamos para encararla con aires renovados. Sin embargo, acontece en gran número de casos que distintas esferas de significaciones en un principio subsumidas al amor pasan a luego a autonomizarse.
Si analizamos al marido infiel observamos que en su cosmovisión el erotismo se ha desligado del amor hasta tal punto que uno y otro pueden llegar ser abiertamente antinómicos. El libertino adúltero puede ser totalmente sincero al asegurar que ama a su mujer, pero, oh fatalidad, aquí no acaba su desventura, pues corre el riesgo de que el erotismo trunque luego en un significante que encierre progresivamente el significado amor. Atrapado en ese juego de subsumisiones dinámicas se encuentra el sujeto que ama un mundo en desmedro de la integridad de aquel con el cual hasta ese momento ha estado ligado de forma exclusiva.
Coíncido conmigo mismo: el amor, el erotismo, la amistad, el cuidado del otro, el cuidado de uno mismo, todos significados que deben permanecer ligados los unos a los otros para que un matrimonio persista saludable en el tiempo.
Se me hace inevitable representarme The Fallen Priest teniéndolos tanto a Eloísa como a Abelardo como protagonistas, expresando sus emociones al momento en que el amor que los une se ha hecho evidente y es para ellos un deseo irresistiblemente trágico. Creo que están expuestas maravillosamente las tensiones que un hombre de Dios que ha jurado una vida de renuncia y ascetismo podría llegar a sentir por lo que es en sí una paradójica alegría: el amor que destruye un mundo, el amor que destruye el mundo con el cual nos habíamos comprometido.
Esa idea me sirvió de disparador para pensar la canción de otra manera, una quizás más cercana a la experiencia de todos, una que hemos presenciado directa o indirectamente en nuestras vidas. La de la persona que se ve impulsada por el amor a renunciar a una familia. Dos formas de amor. Una nueva y espontánea, maliciosa quizás, sin dudas culposa. La otra, una convención, desgastada, pero quizás más correcta, más casta, más segura, menos controvertida. Dos situaciones respecto al amor que lo ubican a uno ora como un representante ejemplar del deber ser, ora como el egoísta vil y traicionero que no solo atenta contra la institución matrimonial, sino también contra sus frutos.
No sé quién fue el que caracterizó originalmente a la modernidad como la etapa histórica en la cual las distintas esferas de significaciones del hombre comenzaron a autonomizarse, pero sin lugar a dudas la fórmula resultó atractiva y haré uso de ella extrayendo sólo la caracterización para un fin distinto. Pero antes, me interesa señalar otra brillante idea, esta vez de Georg Simmel. Según él la vida es una paradoja que consiste en que se expresa a través de formas pero que a la vez no puede expresarse en las mismas. De esta afirmación me interesa inferir que la vida es una sucesión en el tiempo de formas que jamás habrán de ser eternas, sino justamente lo contrario. Una fuerza dinamizadora atraviesa estas formas, una fuerza que es la que nos obliga a ir a por nuevos objetivos, a la reconstrucción de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestros afectos. Una fuerza que nos enemiga con el estatismo y nos castiga con el tedio cuando procuramos aferrarnos a él. Una fuerza que nos obliga conocer tanto el dolor como la lozana alegría.
El amor, cuando nace, lo hace encerrando un gran número de significados. Porque en un principio el amor es amistad, es compañía, es erotismo, es competencia, es alegría, es religión, es vocación, es un deber, es un placer, es un dolor. Es el tan anhelado sentido de nuestras vidas, hasta que el mismo, de alguna manera, deja de ser el fin y la consagración y se convierte en el suelo sobre el cual nos afirmamos para encararla con aires renovados. Sin embargo, acontece en gran número de casos que distintas esferas de significaciones en un principio subsumidas al amor pasan a luego a autonomizarse.
Si analizamos al marido infiel observamos que en su cosmovisión el erotismo se ha desligado del amor hasta tal punto que uno y otro pueden llegar ser abiertamente antinómicos. El libertino adúltero puede ser totalmente sincero al asegurar que ama a su mujer, pero, oh fatalidad, aquí no acaba su desventura, pues corre el riesgo de que el erotismo trunque luego en un significante que encierre progresivamente el significado amor. Atrapado en ese juego de subsumisiones dinámicas se encuentra el sujeto que ama un mundo en desmedro de la integridad de aquel con el cual hasta ese momento ha estado ligado de forma exclusiva.
Coíncido conmigo mismo: el amor, el erotismo, la amistad, el cuidado del otro, el cuidado de uno mismo, todos significados que deben permanecer ligados los unos a los otros para que un matrimonio persista saludable en el tiempo.