28.3.07

Referido al peligro que implica jugar a ser Dios


Imaginaos un hombre esclavo de una obsesión que cual Tántalo le condena a una angustia sin fin. Imaginadle esclavo de aquella obsesión resultante de la obstinada insatisfacción del más hondo deseo. Hacedse la imagen de él famélico, sumido en el desesperado deseo de conocer y aprehenderlo todo, presuroso por profundizar su experiencia en esto y aquello pero siempre con la impresión de que se le escapa lo sustancioso. Imaginad precisamente a esa su cruz: la certeza de que lo que debe poseer está ahí afuera, pero disfrazado, amorfo, ingente, escurridizamente anónimo, irreductiblemente voluble. La insidia de sus grilletes tiene por naturaleza un oximorón, pues la certeza de su impotencia es consecuencia de una grosera y cuantiosa inseguridad que le acompaña desde siempre.
Aquellas cosas que ama son las que le sofocan. Y tanto más ama, mayor la aflicción. Pues ante el placer que siente al evocar a su familia, le arremete con violencia la consciencia de la infinidad de momentos en los cuales no ha estado con ellos. Le turba la convicción inevitable de no haber podido atestiguar ni mucho menos compartir pesares y alegrías, así como le inquieta saberse ajeno al conocimiento absoluto de cada uno de los pormenores de cada uno de ellos. Entended que le hiere con aguda ponzoña saberse vedado de conocer con profundidad la intimidad de los corazones, las mentes y los días de cada uno de sus seres queridos. Está convencido de haber aprehendido sólo fragmentos imperfectos de sus vidas, de sus ideas, de sus valores y de sus biografías. Pero comprended que su angustia troca en patética culpa que le perfora y vacía el alma cuando le penetra la convicción de haberles fallado y haber hecho lo propio consigo mismo a la vez. Le pesa como a Tántalo la certeza de que pagará las consecuencias y que por ello se desgarrará lastimoso su corazón.
Las bibliotecas y librerías son un infierno en el cual tanto se deprime como se irrita. Haced un esfuerzo y comprended como su congénita impotencia se hace tanto más evidente cuando cada título y cada escrito le grita «aquí, aquí, yo albergo mundos maravillosos, respuestas necesarias, metáforas y alegorías soñadas». Ved como otros le susurran y como aquellos se sonrién. Sentid como él el torbellino de gritos, risas y ruegos que le tienen por epicentro. ¡Sentid el vértigo, clamad ofuscados por piedad!
Cada goce nuevo llega como un mensajero venenoso y burlón que corre a contarle que como él hay infinitos más. ¿Como experimentarles a todos? ¿Cómo vibrar de placer alzándose feliz al cielo y no errar triste a través de bosques de incertidumbre, ignorando haber omitido o no en el tiempo y lugar correctos el disfrute de aquello sagrado? ¿Cómo convivir con el hecho de haberse perdido cosas maravillosas? Sabedle gritando con lágrimas ardientes y furibundas que brotan de sus ojos al temer que su impericia le haya conducido lejos de lo sublime.
Imaginadle sufriendo en su reflexión: «¿Cómo abordar lo inabarcable? ¿Cómo atestiguar la totalidad y eternidad del cosmos y no perder jamás porción alguna de la belleza que le es propia? ¿Cuál es la clave para identificar lo sustancioso? ¿Cómo evitar los desaciertos para que ya nunca se nos escape nuestro destino o lo que sea que estamos llamados a hacer pero privados de oportunidad? ¿Cómo romper nuestras cadenas y dar muerte a toda crisis, a toda revolución? ¿Cómo hacer absurda la necesidad de toda crítica?»
Vedle enredarse. Atestiguad su tragedia. Reíros de su infamia y sorprenderos de su insensatez.
Un hombre así no sólo es infeliz. Es además un rotundo estúpido.
¿Pero de qué sino de estúpido barro están forjados acaso los hombres?
La eterna insatisfacción persistirá allí donde la estupidez sea mayor a la ceguera. ¡Y cómo envidia en vergonzoso secreto el estúpido al ciego!

13.3.07

Revoluciones

I can't keep on watching forever
I give up this view just to tell her



Esa situación me resultaba en alto grado molesta. Y no digo que no me doliera saber que la misma perjudicaba el buen concepto que otros podían tener de mi persona pues eso implicaría mentir, pero la verdad es que mucho más me afectaba estar experimentando yo mismo - y juro que no sin resistirme - esas inquietantes dudas con respecto a mis capacidades y valía. Quizás por eso me veía tan afectado e inseguro cuando con vos. Y digo con vos si bien es cierto que jamás hasta ahora habíamos estado solos. Claro, deberías ya a esta altura saber que aquellos con quienes compartimos cada uno de nuestros encuentros se me ocurrían elementos irremediablemente necesarios y sin los cuales no podría haberte tenido cerca. Tan necesarios para como para vivir es el aire respirado. Una suerte de condición sine qua non, pero claro, pagada gustosamente.
Sin embargo, reconocidos ya como necesarios, es justo que sepas que según siempre entendí, el maldito corolario era que los mismos se convirtieran paralelamente en obstáculos que dificultaban incansablemente la intimidad tan anhelada, esa que deseaba me uniera felizmente a vos. ¡Cómo deseaba atesorar momentos de privacidad! Hacer de todo el mundo sólo nosotros dos y nuestro diálogo.
Mendigando tu atención en forma exclusiva, lo cual lograba angustiosamente sólo por segundos en ese caminar lado a lado, mirando cuadros, baratijas, fachadas, ventanas, jardines o cualquier cosa que, otra vez como excusa, sirviere de pretexto para reunirnos y deambular despreocupados... Mendigando tu exclusiva atención, decía, y cubriéndome paralelamente de hondo patetismo, ocultaba mi ansiedad lo máximo posible detrás de ese rostro que tan pálido y grave te habrá resultado con frecuencia, el mismo que balbuceaba sandeces y me hacía ver como alguien que espantado se hundía torpe en un pantano. ¡Qué esfuerzo contenerme y no montar en cólera en cada silencio, al antojárseme tan evidente lo paupérrimo de mi instrumental retórico! Consecuencia de mi impericia, derivada claramente de mi bloqueo emocional, me ponía incómodo de forma manifiesta... Y vos es evidente que también, si bien tanto intentabas dar la impresión de que todo fluía con naturalidad. No puedo dejar de agradecerte profundamente el tono maternal empleado, ese que aprendí a adorar, aquel que apacible y cariñoso servía de vehículo a tus considerados comentarios, esos que procuraban otorgarle un sentido a lo que pudiere haber dicho y rescatar nuestro accidentado diálogo cuando lo más sensato hubiese sido guardar silencio y dar lugar a otro tema de conversación, o mejor aún, a otro interlocutor, el cuál de todos modos sin ser llamado siempre llegaba. Y no importaba la dimensión de la prueba de la propia estupidez que éste nos diera, siempre habría de venir cargada de una frescura y autenticidad ajenas a mí. En algún punto, esa estupidez fresca me dejaba en evidencia. ¡Y vos! ¡Preciosa inteligencia! ¡Todos parecemos tan pequeños y viles a tu lado! En algún arrebato romántico, abiertamente, enfaticé que seres como nosotros te ofendemos al dirigirte la palabra o siquiera acercarnos a tu luz para abrigarnos bajo el manto de tu calor. Augusta princesita, jugando a ser uno de nosotros, por cariño desinteresado y solidaridad. ¿O quizás, acaso, sólo le escapas a la soledad?
Pero lo que quería decirte era otra cosa.
Quería que sepas que desde siempre tu enigma me ha agobiado. Tanto más cuanto me ha excluído.
Recuerdo que una vez, quizás la primer tarde que caminamos esquivando turistas de cámaras digitales gigantes y ruidosa presencia, observando pinturas en alguna exposición que muy a mi pesar me resultaba aburrida (como aquella del cubismo, ¿te acordás?), tu amiga y vos comenzaron a hablar sobre esa novela hasta entonces ignorada por mí. Puse toda mi atención a la tarea de capturar la idea detrás del texto, esa que todo buen estructuralista se apura en observar. Pretendía ganar terreno, pero a la vez me motivaba otra razón: tus ojos brillaban de emoción y no podía permanecer ignorante a la fuente de tu excitación. Cualquier cosa que te excitare a vos habría de ser por definición divina, digna de los dioses, como la ambrosía. Por vergüenza, también para evitar ubicarme fuera de la esfera en la que se encuentran aquellos que merecen tu respeto (lo cual me hubiese resultado nefasto) guardé un solemne silencio, fingiendo un aire pensativo, ausente, o al menos interesante, como el de aquel sabio que no conoce en profundidad la materia sobre la cual se diserta pero hurga en las profundidades de su inteligencia confiado de conocer la naturaleza de aquello sobre lo que se platica, o confía al menos en aprehenderla de un momento a otro. Pero aquellos nombres que mencionabas entusiasta, aquellas ideas desconocidas que implican la familiaridad con otras igualmente desconocidas, aquellas metáforas incomprensibles, aquello que generaba una risa explosiva y graciosa, todo resultaba enigmático e ininteligible. ¡Cuánta impotencia! Creeme que jamás en mi vida me sentí tan miserable, tan poca cosa. Sonará exagerado, lo sé, pero debés comprender que mi capacidad, si bien limitada, jamás habíame resultado tal de forma tan escandalosa como al atestiguar mudo esas conversaciones herméticas entre tu gente y vos. Lo hacía con el desconcierto propio de un cazador nómade y analfabeto vestido sin otra prenda que un rabo que ocultaba con poco éxito los hedientos genitales frente a dos perfumadas jovencitas de alta alcurnia en la Francia de la restauración. ¿Te reís? ¡Pero es que así me sentía! Un confundido bruto frente a quién con obstinada obsesión deseaba poseer para dejar así de atestiguar pasivo cómo sus horas eran consumidas por el misterio. Por tu misterio. Deseaba poseerte, al menos, y hago énfasis en este al menos pues depositar esperanzas en otra vía hubiese sido rídiculo, desde el conocimiento. Pero a la vez me avergonzaba sentirme un ridículo y grotesco florero, de sucios colores, ubicado en el medio de la mesa de la habitación rococó a la cual los comensales ignoraban más por respeto al goce estético y despreocupado de las palabras pronunciadas sobre el reconocido literato en cuestión y su obra que por ceguera o insensatez. Desesperado me arrojé sobre el texto tan pronto como pude y leerlo fue una pesadilla. Parecía escrito en arameo o algún dialecto mandarín antiguo y peor aún, versar sobre la relación existente entre la concepción ética de los fenicios y la producción artística medieval de ciertos monjes eslavos, si bien la autora había sido contemporanea a Sartre y otros intelectuales y escritores de la primera mitad del siglo pasado y la pequeña y atiborrada novela versaba sobre las desaveniencias de una mujer presa del hastío. En realidad no fue dificultoso identificar perfectamente a los personajes pero la trama era densa, los adjetivos ásperos y a mi apreciación, la cohesión del texto había sido deliberadamente eliminada, buscando así dotarle de ambigüedad y con ello atribuirle significaciones profundas y escondidas o procurando tal vez y paralelamente alimentar el ego de aquellos hermeneutas que pudieren sortear los obstáculos que imposibilitan a los comunes acceder al mensaje. Esa complicidad entre autor y lector, sectaria y excluyente, vanidosa y miserablemente pretenciosa, me aborrecía e indignaba violentamente. En especial cuando el fin del texto era una vinculación de esa naturaleza precisamente. El rancio olor a oráculo que emanaba de las páginas me inducían a sospechar, ¿por qué soy tibio?, ¡a aseverar!, que éste era otro de esos casos.
Me gustaría saber qué pensás, pero no, dejá, dejame terminar porque sino me pierdo. Me cuesta mucho mantener el hilo, pará.
Debés pensar que estoy loco, sentir compasión...
Bueno, quería decirte que anoche soñé con vos. Soñé en realidad que entendía el mensaje oculto detrás del texto y te lo decía. Te explicaba que hasta ese momento no había entendido nada, que había tenido una suerte de nudo emocional que me impedía entender lo evidente. Y a medida que te preguntaba en tono complice si tal como en la novela tu mundo estaba impregnado de gris polvo y oscuridad, la habitación en que nos encontrabamos mutaba de acuerdo a mi descripción: detrás nuestro danzaban cortinas llenas de polvo, un mundo de sombras mas no tenebrosas nos rodeaba. Se oían sólo el silencio y su zumbido suspendidos. Recuerdo las paredes de madera, su calidez y su textura. Mas algo me llenó profundamente de dicha. Esa misma sonrisa de luna llena que ahora mismo se dibuja en tu carita.

8.3.07

Mi vida es bella

¿Carne viva? No precisamente.
La herida no se muestra vulgarmente. Pareciera querer evitar ser evidente a los sentidos.
Este dolor podría asemejarse más a una hemorragia interna, pero me temo que la analogía tampoco le hace justicia a la verdad. Más bien pareciera ser una malformación inmanente, propia de mi esencia, de aquello que subyace a lo que en este mundo de velos y sombras aparento ser. Me convence la idea de que ésta es la consecuencia inevitable de la consciencia de mi impotencia.
Hay seres que sufren la castración y hacen del objeto del cual son privados el causal de todos sus lamentos, la materialización conceptual de la razón de su sufrimiento. Otros, como yo, experimentan la angustia como una responsabilidad nunca subsanable. No puedo maldecir un abandono como aquellos porque en realidad, me pesa más mi impotencia. La misma no es sino mi cruz. Y miserables de aquellos que alguna vez abrazaron la convicción de que la cruz que les tocó soportar ha sido toda su compañía.
¡Sea esa la condena de los seres orgullosos! Porque aquellos que reivindican incansablemente su Yo deberán sufrir a costa de sus limitaciones, de los abismos que se abren más allá del propio entendimiento, de la consternación que implica sentir el llamado de lo absoluto sin disponer de los medios para hacerse con ello, viviendo la eterna y frustrante imposibilidad de penetrarlo para luego en ello fundirse, de tomarlo para trascender sin renunciar jamás a la propia identidad, sin renunciar a la facultad de la propia consciencia. Pues, ¿cómo pretender ser más que uno sin dejar de ser uno mismo?. Superarse es suicidarse en cuanto la superación implica la supresión del superado. ¡Oprobiosa situación, oh, Vanidad! ¿Pero qué eres tú sino acaso aquel pestilente artificio llamado a garantizar la evasión del Nirvana, ya nunca fin de vida alguna, condicionándonos a entender a la rueda inmóvil como algo perteneciente al género de lo fantástico y en alguna medida de lo aborrecible?. Quién se ame a sí mismo habrá de sufrir profundamente su amor. Y quién no se ame, habrá de sufrir igualmente a costa de su propio abandono sin perder ocasión de responsabilizar a un tercero.
La vida es dolorosamente bella. Abrirse a la vida es abrirse al sufrimiento y semejante locura encuentra por única pero preciada recompensa a la belleza. Mas como las emociones fuertes no son para todos puesto que algunos no están dispuestos a las impetuosidades que ellas implican y los otros sencillamente adolecen de la incapacidad de recibir en magnitudes que rebasen estrechos límites, no todos persiguen una experiencia vital profunda. Dificil extrañarse entonces por cuán frescas resultan las sonrisas de los inocentes y cuan ligada la inocencia se encuentra a la necedad.
¿Transitarán belleza y felicidad sendas opuestas?
Cuánto más lejana mi infancia, cuánto más doloroso y nostálgico su recuerdo, más se tiñen sus juegos y risas de intensa belleza, más preciosas las tardes de otoño sin viento.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...