Ya eran las 3 y media de la tarde y verdad es que hubiese deseado no dormir tanto. Con los ojos hinchados y el pelo como pegado a la cara, arrastró los pies hasta el sillón, acomodó el cenicero, se recostó y mirando por la ventana la grisácea penumbra que bañaba el patio del que parecía un día nublado encendió el primer cigarrillo del mismo. Se rascó la cabeza como para desperezarse a la vez que arqueaba la espalda y luego hundió la palma de su mano en su mejilla.
Recordó el planteo de esa nena la noche anterior y se rió burlonamente, pero con un dejo de amargura. ¿Ahora de repente actuás como si no te acordaras de mí? Cualquiera haya sido la respuesta, lo cierto es que mucho no la satisfizo, pues luego de un tenso intercambio de palabras en tono alto de voz, ella se fue con sus ojos cuales represas que procuraban detener las lagrimas hasta encontrarse fuera de la vista de Aitor.
- Esa nena me tiene como objeto de su idealización y ahora me quiere hacer pagar los platos rotos - le dijo a Leopoldo en algún viaje sobre el 92 -. No sé por qué la necesidad de darme un lugar tan importante en su vida, cuando nada hice para merecerlo. No cuando nunca fuimos novios. No cuando nunca le di lo que a Mariana.
- Creo que es así, que ella ha depositado en vos un montón de esperanzas y de frustraciones. Has sido algo así como un recipiente dentro del cual ella eligió vertir, no sin cierto festejo vanidoso tuyo, muchas cosas. Pero eso es algo de lo cual no la podés culpar al extremo, es algo totalmente natural y que todos en mayor o menor medida hacemos, ¿verdad?
Puede ser dijo Aitor con la voz profunda y pastosa de las dos primeras palabras de la mañana mientras hundía pacientemente la colilla del cigarrillo en el cenicero. Puede ser, aunque ella tendría que haber entendido que nunca estuve totalmente con ella, que siempre estuve en parte como ausente, que esa distancia no es natural en mí. Bah, quizás ahora después de tanto tiempo ya haya dejado de ser algo temporal y accesorio para ser algo que ha calado en mis huesos, algo que forma parte de mí. Quizás, ojalá que solo quizás, esté destinado a estar de aquí en más algo así como ausente.
Entonces como murciélagos que en la oscuridad del túnel le asaltaban y revoloteaban sobre su cabeza y rostro, desde el recuerdo llegaron algunas frases que habían sido enterradas hace tiempo pero cada tanto regresaban de sus tumbas. El sollozo, las lagrimas rojizas y brillosas y el gemido de un "nunca me sentí más sola en mi vida". El punzamiento en el corazón de Aitor mermaba con una catarata de autojustificaciones aunque no tanto como quisiera. La cara de Mariana que se agigantaba, que adquiría un tamaño monstruoso, una deformidad dolosa para que entonces de su boca brotara como un rasguido un "me hacés sentir muy miserable".
Encendió otro cigarrillo. Había identificado una historia que se repetía y Aitor no creía mucho en las casualidades. Podía recordar claramente una apertura al principio, identificar su afán por hacer sentir a la otra persona el centro del universo, encontraba la construcción de puentes de comunicación que obnubilaban al otro. Sin embargo la dicha siempre habría sido seguida de la tragedia.
¿Cómo no recordar la noche en que Mariana desnuda sobre él se le había antojado un ser abominable, un monstruo liposo y amorfo que deseoso de él parecía querer engullirlo todo, causándole no poco asco? La confusión de esa noche en la cual Aitor físicamente en esa cama, terminó a la vez ausente de la misma, se esfumó cuando detectó que el objeto de su aprehensión habría sido la materialización en Mariana de esa "necesidad enfermiza" que percibiere y que tanto le agobiaba, hasta el punto de impedirle respirar.
Recordó el planteo de esa nena la noche anterior y se rió burlonamente, pero con un dejo de amargura. ¿Ahora de repente actuás como si no te acordaras de mí? Cualquiera haya sido la respuesta, lo cierto es que mucho no la satisfizo, pues luego de un tenso intercambio de palabras en tono alto de voz, ella se fue con sus ojos cuales represas que procuraban detener las lagrimas hasta encontrarse fuera de la vista de Aitor.
- Esa nena me tiene como objeto de su idealización y ahora me quiere hacer pagar los platos rotos - le dijo a Leopoldo en algún viaje sobre el 92 -. No sé por qué la necesidad de darme un lugar tan importante en su vida, cuando nada hice para merecerlo. No cuando nunca fuimos novios. No cuando nunca le di lo que a Mariana.
- Creo que es así, que ella ha depositado en vos un montón de esperanzas y de frustraciones. Has sido algo así como un recipiente dentro del cual ella eligió vertir, no sin cierto festejo vanidoso tuyo, muchas cosas. Pero eso es algo de lo cual no la podés culpar al extremo, es algo totalmente natural y que todos en mayor o menor medida hacemos, ¿verdad?
Puede ser dijo Aitor con la voz profunda y pastosa de las dos primeras palabras de la mañana mientras hundía pacientemente la colilla del cigarrillo en el cenicero. Puede ser, aunque ella tendría que haber entendido que nunca estuve totalmente con ella, que siempre estuve en parte como ausente, que esa distancia no es natural en mí. Bah, quizás ahora después de tanto tiempo ya haya dejado de ser algo temporal y accesorio para ser algo que ha calado en mis huesos, algo que forma parte de mí. Quizás, ojalá que solo quizás, esté destinado a estar de aquí en más algo así como ausente.
Entonces como murciélagos que en la oscuridad del túnel le asaltaban y revoloteaban sobre su cabeza y rostro, desde el recuerdo llegaron algunas frases que habían sido enterradas hace tiempo pero cada tanto regresaban de sus tumbas. El sollozo, las lagrimas rojizas y brillosas y el gemido de un "nunca me sentí más sola en mi vida". El punzamiento en el corazón de Aitor mermaba con una catarata de autojustificaciones aunque no tanto como quisiera. La cara de Mariana que se agigantaba, que adquiría un tamaño monstruoso, una deformidad dolosa para que entonces de su boca brotara como un rasguido un "me hacés sentir muy miserable".
Encendió otro cigarrillo. Había identificado una historia que se repetía y Aitor no creía mucho en las casualidades. Podía recordar claramente una apertura al principio, identificar su afán por hacer sentir a la otra persona el centro del universo, encontraba la construcción de puentes de comunicación que obnubilaban al otro. Sin embargo la dicha siempre habría sido seguida de la tragedia.
¿Cómo no recordar la noche en que Mariana desnuda sobre él se le había antojado un ser abominable, un monstruo liposo y amorfo que deseoso de él parecía querer engullirlo todo, causándole no poco asco? La confusión de esa noche en la cual Aitor físicamente en esa cama, terminó a la vez ausente de la misma, se esfumó cuando detectó que el objeto de su aprehensión habría sido la materialización en Mariana de esa "necesidad enfermiza" que percibiere y que tanto le agobiaba, hasta el punto de impedirle respirar.
Llegaba el momento de preguntarse si esa necesidad enfermiza no era de alguna manera creada por él.


