"Uno debe erigirse en acérrimo guardián de las virtudes de sus padres tanto como en esmerado redentor de sus miserias."
Di a luz a esa sentencia cuando leía las últimas estrofas referidas a Aliosha en el epílogo de Los Hermanos Karamazov, un poco impulsado por la necesidad de darle un sentido, una moraleja, a esa fantástica experiencia que acababa de vivir, otro poco porque era el fruto genuino de haber atestiguado las grandezas y miserias en el seno de una familia de varones y por observar en qué grado el padre como figura, como interpelación, había signado la vida de sus hijos, quienes pugnaron por forjar su identidad en un diálogo manifiesto con aquello que su padre les representaba.
El rescate de la virtud
experimentada en el seno de mi familia paterna y el deseo - la
necesidad - de redimir los errores ha condicionado no sólo mi forma de
relacionarme con el mundo y con las mujeres que he amado sino además, y
principalmente, con mi paternidad como tal.
Parece ser que ser que al
convertirme en padre lo hice signado por el modelo propio del universo de representaciones de la
infancia. Para un niño, el padre es el superhombre nietzscheano. En el imaginario infantil ser padre es ser superlativo, ser suficiente, ser autónomo, ser autarquico, ser superhéroe. De repente, mi hija era fuente de sentido, de confianza, de calor, de fuerzas. Pero a su vez, ser padre ha significado para mí, en alguna medida, el nacimiento de una gran vulnerabilidad.
En el momento en que mis superpoderes se encargaban de compensar un pasado de timidez, tibiesa, confusión y angustia nacía el horror, nacía el Miedo. Quizás porque ningún relato épico es tal sin obstáculos monstruosos, ningún héroe lo es tal sin que haya verdadera necesidad de él. Hay heroismo porque hay villanos, obstáculos e injusticia. Y sí. Soy víctima de mis propias categorías.
Perder a mi hija, es decir, ver reducida mi participación en su vida afectiva, cognitiva y recreativa, tener vedada la pertenencia a su cotidianeidad, amainado mi derecho de ingerencia en la toma de decisión respecto de las cuestiones sustantivas - o no - referidas a su tutela, a su protección, a su formación, a su salud, a su identidad, son, desde el embarazo, además de un miedo, la razón de mi malestar. Mucho más cuando mis modelos afectivos y mis traumas heredados ubican a la cuestión del espacio de la paternidad como un campo de batalla, una guerra definitivamente asimétrica que pesa a ambos bandos pero que es inevitable, no subsanable, irrevocable.
"Tu espacio es hasta acá. De gauchada. Por naturaleza. Pero de lo que hoy te aparto será de lo que te reclamaré que te hagas cargo mañana, sin permitirtelo. Con lágrimas, con dolor, con mucho dolor."
No son palabras mías, pero las he adoptado inmediatamente como propias: una y otra vez, tuve la necesidad de preservar el espacio de papá, para él, para mí. Luego, luego sólo queda asistir, como un testigo impotente, a la escena que se repite; observar como se desarrolla el guíon ya escrito, irresistible y determinante; interpretar mi papel, espantado, dando lugar con mis tonos, mis gestos y mis arrebatos a la concreción de la profecía que sufro de manera anticipada; permitir que el miedo germine y dé sus frutos, primero en forma de ira, luego en forma de frustración, finalmente en forma de angustia, tristeza y dolor. Cronología y relato de una profecía autocumplida, como Cassandra, loco, desequilibrado.
La paternidad ha sido para mí algo a ser defendido, un espacio que inexpugnablemente sería avasallado. Mi inteligencia emocional ha rengueado y he cometido el mismo crímen del que dije ser víctima: no he sido hombre para mi mujer. He sido padre. Padre ofendido. Padre ultrajado. Padre resentido. Padre en actitud marcial. Taxativo. Resuelto. Inflexible. Dolido. Pero no he sido contención.
Sinceramente, me creo guardían de las virtudes de mis viejos. A veces mejor, a veces peor, pero creo que he podido mamarlas y digerirlas sin mayores inconvenientes. Sin embargo, observo ahora que, al menos en mi intención de no cometer los mismos errores, en mi ademán exagerado e inexperto al intentar evitar las situaciones horribles que ellos tuvieron que atravesar y de las cuales inevitablemente fui testigo, he corrido en la dirección contraria para descubrir la redondez de la Tierra y arribar al mismo lugar del que quería escapar. No es poca cosa entenderlo y por eso mismo me siento en paz, liberado. Siento que con el entendimiento me libero del odio, de la necesidad de depositar culpas aquí o allí. Con el entendimiento están dadas las condiciones para que todos los esfuerzos sean productivos, sean un crecimiento. Y ese que veo allá es el Sol que se asoma, una vez más.
"Tu espacio es hasta acá. De gauchada. Por naturaleza. Pero de lo que hoy te aparto será de lo que te reclamaré que te hagas cargo mañana, sin permitirtelo. Con lágrimas, con dolor, con mucho dolor."
No son palabras mías, pero las he adoptado inmediatamente como propias: una y otra vez, tuve la necesidad de preservar el espacio de papá, para él, para mí. Luego, luego sólo queda asistir, como un testigo impotente, a la escena que se repite; observar como se desarrolla el guíon ya escrito, irresistible y determinante; interpretar mi papel, espantado, dando lugar con mis tonos, mis gestos y mis arrebatos a la concreción de la profecía que sufro de manera anticipada; permitir que el miedo germine y dé sus frutos, primero en forma de ira, luego en forma de frustración, finalmente en forma de angustia, tristeza y dolor. Cronología y relato de una profecía autocumplida, como Cassandra, loco, desequilibrado.
La paternidad ha sido para mí algo a ser defendido, un espacio que inexpugnablemente sería avasallado. Mi inteligencia emocional ha rengueado y he cometido el mismo crímen del que dije ser víctima: no he sido hombre para mi mujer. He sido padre. Padre ofendido. Padre ultrajado. Padre resentido. Padre en actitud marcial. Taxativo. Resuelto. Inflexible. Dolido. Pero no he sido contención.
Sinceramente, me creo guardían de las virtudes de mis viejos. A veces mejor, a veces peor, pero creo que he podido mamarlas y digerirlas sin mayores inconvenientes. Sin embargo, observo ahora que, al menos en mi intención de no cometer los mismos errores, en mi ademán exagerado e inexperto al intentar evitar las situaciones horribles que ellos tuvieron que atravesar y de las cuales inevitablemente fui testigo, he corrido en la dirección contraria para descubrir la redondez de la Tierra y arribar al mismo lugar del que quería escapar. No es poca cosa entenderlo y por eso mismo me siento en paz, liberado. Siento que con el entendimiento me libero del odio, de la necesidad de depositar culpas aquí o allí. Con el entendimiento están dadas las condiciones para que todos los esfuerzos sean productivos, sean un crecimiento. Y ese que veo allá es el Sol que se asoma, una vez más.