Then the bird said "Nevermore"
En un principio lo vivió con culpa, como algo que debía ser ocultado, y en consecuencia procuraba la mayor reserva posible al respecto. Se encerraba regularmente en su estudio bajo el pretexto de que las presiones económicas así lo exigían y poco le importaba que su compañera sintiera lástima al pensar que su verdadero móvil era su obsesión a cuenta del agravio que significaba para su amor propio el hecho de haber pasado a ser, a los ojos del mundo, un artista en franca decadencia. De alguna manera, en él mismo habitaba la certeza de que el escándalo suscitado por sus últimos aportes al mundo artístico eran bien fundados. Renegaba de su obra y podía reconocerse plenamente responsable de sus defectos, por más doloroso y conflictivo que le resultase. A esta altura, consideraba que era inútil derrochar energías tratando de reivindicar lo que sencillamente había sido un humillante fracaso y se centraba en comprender, pero de veras, que él no era ninguna de sus obras particulares, ni las excelsas ni las paupérrimas. Medir su valía en función de ésta o aquella era simplista, ridículo, un intento reduccionista y descontextualizado de someter a análisis crítico algo que de ser sometido a juicio, si ello fuera efectivamente necesario, incluso si fuese realizado por un tribunal digno de ser considerado, sólo podría ser hecho de forma retrospectiva, al momento de su perecimiento. "Juzguenmé sólo en mi lecho de muerte, no juzguen parcialidades!" habría gritado a los fantasmas que lo asediaban una noche, cuando todavía parecía ahogada y a punto de extinguirse la hoy vigorosa llama de su esperanza.
Ahora, la totalidad de sus energías vitales estaban centradas en una nueva escultura. Pero claro, él no se engañaba. No era sino la misma escultura de siempre, la misma inspiración y el mismo mensaje, sólo que nacida de manos no tan joviales, ya curtidas y ajadas. Difería de anteriores además en su significancia, en aquello que representaba, aquello a lo que remitía y por lo que valía, que era distinto, tan distinto como lo es un fruto maduro - con sombras, texturas y otras sutilezas que revisten de complejidad al todo - respecto del fruto inocente de quien peca por no haber aún transitado caminos y no conocer dolor alguno.
Habría pasado horas frente a la escultura y se regocijaba trabajando en pequeños detalles. Cada vez parecía más perfecta. Tenía la férrea certeza de que la misma era más valiosa que él mismo y lejos de sentirse afligido, ello le producía gran sensación de trascendencia. Al contrario de lo que uno podría suponer, su verdadero orgullo no radicaba en ser la causa eficiente de su existencia. No que ello fuera irrelevante, por el contrario. Las horas de esfuerzo y sufrimiento artístico le impulsaron a convencerse de que el único y verdadero límite de un hombre es el que le imponen sus motivaciones y que a partir de ellos había dado luz a lo excelso en la expresión más acabada que jamás hubiese atestiguado. Sin embargo, su verdadero motivo de orgullo era en cambio la profunda fascinación que sentía por aquella escultura, fascinación que sólo podía ser concebida como profundo e incondicional amor. Su verdadera dicha era amar. Ese amor lo definía, lo dignificaba.
Como todo enamorado, en especial aquellos que conocen el carácter polémico de su vinculación para con su objeto de amor, procuró defender su dicha del sabotaje que la incomprensión, la ignorancia o la envidia pudieren propiciar. Fue así como a fuerza de encerrarse emergieron una tras otra las rencillas con su compañera. Fue cuestión de poco tiempo para que entendiera que tenía que deshacerse de ella, no sólo porque no le satisfacía en nada, mucho menos cuando lo intentara con generosa entrega, sino también a cuenta de que era evidente que no había en él nada que pudiere ofrecerle. Esa suerte de abandono, de renuncia a una vinculación con seguridad más real pero lamentablemente imperfecta, le significó cierta sensación de alivio, pero también atizó profundamente su alienación en torno de su obra, una obra que era perfecta en belleza y simetría, en virtud y gracia, pero que al mismo tiempo más que una entidad era algo así como una promesa, una promesa arrojada al futuro, como velas que se izan festivas al llamado de un esperanzado viaje a un horizonte rosáceo, como una mirada luminosa que cómplice y feliz se posa sobre un corazón que cohibido y vulnerado vuelve a nacer al amor.
Con el tiempo comprendió que su amor no era tan etéreo y sublime como hubiese querido. Si su objeto de amor era más que objeto una promesa, su carácter de augurio respecto de un bien que habría de llegar pero aún ausente hacía imposible que su amor se consumara. Se trataba de una promesa de amor, no de un objeto de amor. Intentaba sortear sus crisis afirmándose que una vida plena probablemente fuera esa superposición incesante de emociones antagónicas, esa alternancia de desafíos y de tedio, de victorias y abatimiento. O que quizás sencillamente fuera el resultado de ese romántico coqueteo con la esperanza, que le seducía y le postergaba, que hermosa le sonreía e inasible se escabullía.
Pasaron los meses y se abandonó a si mismo. Su dicha, la cual en un principio le hubiere parecido incorruptible, impasible a la degradación de cualquier agente por sustentarse en nada que no fuere si misma, comenzó a ser vehículo de una ansiedad creciente, imposible de extinguir o satisfacer. Como un cáncer silencioso, comenzó a embargarlo la certeza de que su condición de artista no podría nunca suprimir totalmente su condición de hombre, salvo por lapsus cortos y extraordinarios como en el frenesí de aquellos primeros meses, y que cada vez sería más creciente la angustia por desoír el llamado de su virilidad, ajena totalmente a los derroteros románticos de lo etéreo y casto. Cada vez en más franco conflicto, sentía a la imposición biológica en tensión con su incapacidad de atenderla emocionalmente. Corrían los silencios y las agonías de horas vacías y más se convencía de que amaba una ficción y se frustraba. Le fue pareciendo cada vez más ridícula su obstinación al sostener que ello era más digno que confrontar el vacío, su vacío, aquel que le aterraba y al cual le escapaba.
"No todo es negativo, estoy en paz, si bien infeliz." Pero como rocas sus palabras se resquebrajaban.
"¡No amo lo suficiente como para dejar ir! ¡No puedo amar si no hay promesa! No puedo amar entregado enteramente a la pasión, ajeno al mandato utilitario y egoísta de una inteligencia que reclama para sí la posesión. Mi amor es un amor coartado, preso al mandato de un Ego que reclama para sí lo inexistente." Y entonces, luego de cientos de intentos desesperados e infructuosos, luego de reclamos inútiles e infundados, algunos dichos a viva voz, otros sólo pronunciados para sí, decidió dar la espalda a su escultura, aunque fuera imposible sostener su decisión e indecorosamente, a veces con soltura, otras veces con culpa, se volteara para contemplarla y acariciarla.
Cansado de revestirla de una vivacidad, de un candor y de una generosidad que le eran absolutamente ajenas, decidió un fatídico día librarse de ella. Pensó reiteradamente en abocarse a nuevos proyectos, pero le fue imposible. Procuró abandonarla a su suerte en algún anónimo lugar de la ciudad, pero el maltrato que un alma poco digna y sensible le pudiera dispensar le resultó insoportable. Enredado en pensamientos de esta naturaleza pasaba sus horas, afligido, cada vez más ansioso, cada vez más desavenido.
Luego de días de pensarlo, eventualmente sucedió. Tomó su maza con decisión y se abalanzó sobre ella para golpearla con violencia, con ira, directamente sobre la cabeza. La escultura no se deterioró en lo más mínimo pero, su cráneo, por el contrario, se fracturó en diez mil pedazos.