23.1.14

Pigmalión

Then the bird said "Nevermore"

En un principio lo vivió con culpa, como algo que debía ser ocultado, y en consecuencia procuraba la mayor reserva posible al respecto. Se encerraba regularmente en su estudio bajo el pretexto de que las presiones económicas así lo exigían y poco le importaba que su compañera sintiera lástima al pensar que su verdadero móvil era su obsesión a cuenta del agravio que significaba para su amor propio el hecho de haber pasado a ser, a los ojos del mundo, un artista en franca decadencia. De alguna manera, en él mismo habitaba la certeza de que el escándalo suscitado por sus últimos aportes al mundo artístico eran bien fundados. Renegaba de su obra y podía reconocerse plenamente responsable de sus defectos, por más doloroso y conflictivo que le resultase. A esta altura, consideraba que era inútil derrochar energías tratando de reivindicar lo que sencillamente había sido un humillante fracaso y se centraba en comprender, pero de veras, que él no era ninguna de sus obras particulares, ni las excelsas ni las paupérrimas. Medir su valía en función de ésta o aquella era simplista, ridículo, un intento reduccionista y descontextualizado de someter a análisis crítico algo que de ser sometido a juicio, si ello fuera efectivamente necesario, incluso si fuese realizado por un tribunal digno de ser considerado, sólo podría ser hecho de forma retrospectiva, al momento de su perecimiento. "Juzguenmé sólo en mi lecho de muerte, no juzguen parcialidades!" habría gritado a los fantasmas que lo asediaban una noche, cuando todavía parecía ahogada y a punto de extinguirse la hoy vigorosa llama de su esperanza.

Ahora, la totalidad de sus energías vitales estaban centradas en una nueva escultura. Pero claro, él no se engañaba. No era sino la misma escultura de siempre, la misma inspiración y el mismo mensaje, sólo que nacida de manos no tan joviales, ya curtidas y ajadas. Difería de anteriores además en su significancia, en aquello que representaba, aquello a lo que remitía y por lo que valía, que era distinto, tan distinto como lo es un fruto maduro - con sombras, texturas y otras sutilezas que revisten de complejidad al todo - respecto del fruto inocente de quien peca por no haber aún transitado caminos y no conocer dolor alguno. 
Habría pasado horas frente a la escultura y se regocijaba trabajando en pequeños detalles. Cada vez parecía más perfecta. Tenía la férrea certeza de que la misma era más valiosa que él mismo y lejos de sentirse afligido, ello le producía gran sensación de trascendencia. Al contrario de lo que uno podría suponer, su verdadero orgullo no radicaba en ser la causa eficiente de su existencia. No que ello fuera irrelevante, por el contrario. Las horas de esfuerzo y sufrimiento artístico le impulsaron a convencerse de que el único y verdadero límite de un hombre es el que le imponen sus motivaciones y que a partir de ellos había dado luz a lo excelso en la expresión más acabada que jamás hubiese atestiguado. Sin embargo, su verdadero motivo de orgullo era en cambio la profunda fascinación que sentía por aquella escultura, fascinación que sólo podía ser concebida como profundo e incondicional amor. Su verdadera dicha era amar. Ese amor lo definía, lo dignificaba.
Como todo enamorado, en especial aquellos que conocen el carácter polémico de su vinculación para con su objeto de amor, procuró defender su dicha del sabotaje que la incomprensión, la ignorancia o la envidia pudieren propiciar. Fue así como a fuerza de encerrarse emergieron una tras otra las rencillas con su compañera. Fue cuestión de poco tiempo para que entendiera que tenía que deshacerse de ella, no sólo porque no le satisfacía en nada, mucho menos cuando lo intentara con generosa entrega, sino también a cuenta de que era evidente que no había en él nada que pudiere ofrecerle. Esa suerte de abandono, de renuncia a una vinculación con seguridad más real pero lamentablemente imperfecta, le significó cierta sensación de alivio, pero también atizó profundamente su alienación en torno de su obra, una obra que era perfecta en belleza y simetría, en virtud y gracia, pero que al mismo tiempo más que una entidad era algo así como una promesa, una promesa arrojada al futuro, como velas que se izan festivas al llamado de un esperanzado viaje a un horizonte rosáceo, como una mirada luminosa que cómplice y feliz se posa sobre un corazón que cohibido y vulnerado vuelve a nacer al amor. 
Con el tiempo comprendió que su amor no era tan etéreo y sublime como hubiese querido. Si su objeto de amor era más que objeto una promesa, su carácter de augurio respecto de un bien que habría de llegar pero aún ausente hacía imposible que su amor se consumara. Se trataba de una promesa de amor, no de un objeto de amor. Intentaba sortear sus crisis afirmándose que una vida plena probablemente fuera esa superposición incesante de emociones antagónicas, esa alternancia de desafíos y de tedio, de victorias y abatimiento. O que quizás sencillamente fuera el resultado de ese romántico coqueteo con la esperanza, que le seducía y le postergaba, que hermosa le sonreía e inasible se escabullía.

Pasaron los meses y se abandonó a si mismo. Su dicha, la cual en un principio le hubiere parecido incorruptible, impasible a la degradación de cualquier agente por sustentarse en nada que no fuere si misma, comenzó a ser vehículo de una ansiedad creciente, imposible de extinguir o satisfacer. Como un cáncer silencioso, comenzó a embargarlo la certeza de que su condición de artista no podría nunca suprimir totalmente su condición de hombre, salvo por lapsus cortos y extraordinarios como en el frenesí de aquellos primeros meses, y que cada vez sería más creciente la angustia por desoír el llamado de su virilidad, ajena totalmente a los derroteros románticos de lo etéreo y casto. Cada vez en más franco conflicto, sentía a la imposición biológica en tensión con su incapacidad de atenderla emocionalmente. Corrían los silencios y las agonías de horas vacías y más se convencía de que amaba una ficción y se frustraba. Le fue pareciendo cada vez más ridícula su obstinación al sostener que ello era más digno que confrontar el vacío, su vacío, aquel que le aterraba y al cual le escapaba. 
"No todo es negativo, estoy en paz, si bien infeliz." Pero como rocas sus palabras se resquebrajaban.
"¡No amo lo suficiente como para dejar ir! ¡No puedo amar si no hay promesa! No puedo amar entregado enteramente a la pasión, ajeno al mandato utilitario y egoísta de una inteligencia que reclama para sí la posesión. Mi amor es un amor coartado, preso al mandato de un Ego que reclama para sí lo inexistente." Y entonces, luego de cientos de intentos desesperados e infructuosos, luego de reclamos inútiles e infundados, algunos dichos a viva voz, otros sólo pronunciados para sí, decidió dar la espalda a su escultura, aunque fuera imposible sostener su decisión e indecorosamente, a veces con soltura, otras veces con culpa, se volteara para contemplarla y acariciarla.
Cansado de revestirla de una vivacidad, de un candor y de una generosidad que le eran absolutamente ajenas, decidió un fatídico día librarse de ella. Pensó reiteradamente en abocarse a nuevos proyectos, pero le fue imposible. Procuró abandonarla a su suerte en algún anónimo lugar de la ciudad, pero el maltrato que un alma poco digna y sensible le pudiera dispensar le resultó insoportable. Enredado en pensamientos de esta naturaleza pasaba sus horas, afligido, cada vez más ansioso, cada vez más desavenido.
Luego de días de pensarlo, eventualmente sucedió. Tomó su maza con decisión y se abalanzó sobre ella para golpearla con violencia, con ira, directamente sobre la cabeza. La escultura no se deterioró en lo más mínimo pero, su cráneo, por el contrario, se fracturó en diez mil pedazos.


11.1.14

Wanderwall

If you are going through hell...

¿Me estás echando? ¿Me estás echando? ¿Sí? ¿No me respondés? ¿Significa eso que sí? Entonces me voy.
No soporto más este dolor.

Cruzo el umbral y lo hago llorando. Enojado por el desprecio inmerecido. Paradójicamente, lo hago alojando la certeza de mi insuficiencia cual cáncer en mi pecho. Si alguna vez viví la dicha de sentir que yo era para vos tan trascendental y axiomático como vos para mí, si alguna vez gocé de la divina fortuna de sentir que yo era para vos tan fundamental como vos para mí, la actual revelación me priva de fundamento, de dicha, de sentido. No me sentís digno de vos. Soy desecho. Me siento deshecho. Y que vos no me sientas digno de vos, que mi presencia te irrite, que mi ausencia sea la extirpación de un agente inhibidor, que sobrevengan a mi partida la liberación y el suspiro optimista, me conflictúan profundamente. Te amo tanto que es lo que me define como persona. Te quiero dichosa, feliz, desarrollándote según tus necesidades, según tus deseos. Tu desamor, sin embargo, que para mí no es otra cosa sino la voluntad homicida de quien hiere espuria y mortalmente con una desaprensiva estocada a aquél órgano donde se aloja la dignidad, me obliga a sentirme agraviado, despierta en mi pasiones horribles que me hacen sentir miserable. Ira y culpa se trenzan y serpentean dentro mío como un bestial demonio maléfico.
No soporto más este dolor.

De cara a la puerta, en el umbral de ingreso a nuestro hogar, lugar por el que dije salir decidido pero del cual me es imposible alejarme, lloro, blasfemo, me yergo como un fantasma que pide misericordia y amenaza indistintamente. Busco respuestas y sólo escucho el frío silencio primero, las también fantasmales risas, secretas y extrañas, desde dentro después. Llueve y hace frío. El sol se clava sobre mi cabeza y me asa inclemente después. El tiempo parece haberse suspendido, denso, en esta horrible sensación de abandono. El mundo parece haberse convertido en un cráter estéril, un desierto hostil. ¿Cómo puede ser que esta puerta esté sellada? ¿En qué momento esta costra de óxido la inutilizó? La puerta no es más puerta, es un muro.
No soporto más este dolor.

Decido dar la vuelta y caminar. Tengo ganas de morirme y me avergüenzo de mi mismo. Soy un discurso doliente y reivindicativo, soy el discurso del odio, y me avergüenzo de mi mismo. Estoy desesperado y no me basta conmigo mismo y me avergüenzo de mi mismo: ¡si hasta yo mismo me abandono!
No soporto más este dolor.

El primer paso es titubeante. Mis piernas parecen querer fallarme y renunciar al mandato de sostener el peso del resto de mi cuerpo. Que sirvan las emociones negativas como combustible, me digo, y avanzo decidido. Entro en crisis. Lloro como jamás lloré en mi vida. Soy un feto que yace en el sucio y frío suelo de una cocina. Que sirvan las emociones positivas como combustible, entonces. Vuelvo a entrar en crisis. Caen lágrimas ácidas y ardientes sobre el rostro duro de un cadáver de piedra. Tengo que moverme. Para nacer hay que romper un mundo. Para nacer hay que matar a la muerte. No puedo quedarme quieto. Debo caminar.
No soporto más este dolor.

Me abro. Trato de volver a confiar. Me reencuentro conmigo mismo, como hombre, como sujeto digno de amor. Hago lo que puedo. Parezco un torpe y temeroso principiante, trato de convencer a todo el mundo de lo contrario. Probablemente las acusaciones sean reales. No doy todo lo que debería. Soy mezquino. Tengo miedo, ¿está mal? ¿Sabés qué? Es verdad, no estoy listo para esto. No quiero esto. Basta.
No merezco este dolor.

Sigo caminando. Deben ser ya muchos kilómetros. Mis piernas parecen ahora vigorosas y decididas. La apatía cede. Me siento mejor, quizás por ello decido darme vuelta y observar el camino recorrido. Cierro los ojos, inspiro profundamente y junto valor. El camino por delante es especialmente empinado y peligroso. Estoy llamado a salir del cráter y al parecer no hay manera de hacerlo sino cuesta arriba. Uno, dos, tres... Doy media vuelta y me sobresalto. ¡Me encuentro parado aún en el umbral! ¿¡Patético caracol, será el final allí donde partiste!? ¡La puerta está abierta y sosteniéndola me mirás! Me mirás con ojos que reconozco. La costra dura que reviste mi piel se cae, me descascaro y transmuto en etérea pasión. La emoción me nubla la vista y a vos te asalta la angustia y el desconcierto. Sin mayor violencia y con aire ceremonial la puerta se vuelve a cerrar. Trato de digerir lo sucedido, me tomo un tiempo. Observo la puerta cerrada a un lado, observo las rocas porosas y cortantes en la escarpada e invisible senda del otro. Qué derrota lastimosa la de las causas hermosas, qué nostalgia obstinada la del amor suspendido, qué conflictiva revelación la del abrazo que quedará eternamente postergado, la de la espera incierta en el umbral. Me sigas o no, permanecer inmóvil no es una opción.
No merezco este dolor.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...