25.1.13

Juego de luces


Si bien el jardín era lo suficientemente grande y la fiesta estaba lo suficientemente concurrida como para que no tuvieren que cruzarse más que para decir hola y sonreir cordialmente un par de veces, y si bien había pasado ya un tiempo prudencial como para que cada uno aceptara su parte y pudiere seguir adelante sin más que un vago sentimiento de nostalgia y el recuerdo difuso de un fracaso y de un cariño, Mauro decidió afrontar momentaneamente el tumulto interno y ausentarse a un lugar apartado. La luna llena brillaba serena en un profundo, limpio y azulado cielo. Complices se agrupaban cientas o miles de estrellas, mucho más intensas y vívidas en aquel lugar, apartado de los asentamientos urbanos y su contaminación lumínica. Se dirigió a un punto cercano al arroyo, a aquella pendiente donde imperaban los sauces llorones y el canto amatorio de una cantidad indecible de insectos, allí donde la magia de la luna preñaba todo de un regio argento.
Con las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza levemente alzada, observaba a la luna y pensaba en Endimión, aquel mortal, nieto de Eólo, que enamorado de Selene dormía durante el día para amarla furtivamente, de noche, como un ladrón. O por lo menos así eligió recordarlo. 
Se resistió a renegar de su suerte. Era natural y hasta necesario que se cruzaran en fiestas como esa. Era natural y necesario que enfrentara su frustración y que volviera a urgar en su propio corazón. La sanación solo sería posible y fructífera a base de enfrentar esas situaciones, con madurez, con integridad, con aplomo y valentía.
Era una hermosa noche de Febrero. El calor intenso del día había cedido y ahora se estaba a gusto. El aire en el campo siempre había sido de su agrado y esa noche aún más. Inspiraba profundamente y sus pensamientos parecían deslizarse como si respondieran a una nostálgica canción, la balada del amor que no fue pero que aún es.
En un momento se sintió observado desde atrás y se puso tenso. Marina había dudado largamente si acercarse a hablar con él o respetar su momento. También había considerado que esa irrupción podía llegar a confundirlo. Peor aún, podría dar que hablar al resto de los invitados y a quienes la acompañaban. Finalmente había respondido al llamado, con una osadía no propia de ella, no en este tipo de circunstancias. Hacía ya un tiempo que se sentía dueña de sí y hacía gala de su valentía. Antes de que él se diera vuelta, con un tono que buscaba ser tranquilo y amistoso, objetivos que logró exitosamente al punto que Mauro hubiese jurado que tras ella Eólo suspiraba tiernamente una bocanada cargada de sedosos pétalos, Marina le dijo Hola.
Mauro viró sin mover sus piernas para devolver el saludo e inmediatamente volvió sobre sí, sus ojos guarecidos en el tibio resplandor de la luna. Ella estaba hermosa, con el pelo parcialmente suelto que caía ondulado sobre sus hombros, vistiendo un hermoso y holgado vestido que permitía gozar de la desnudez de sus hombros. Trató de contener el estrimecimiento que le generaba su belleza, indivorciable hoy de la prohibición de la caricia, del abrazo amoroso. ¿Cómo andás? le preguntó él, anticipadamente, tratando de tener algo de control o procurando evitar dejar en evidencia cuánto le había perturbado que se hubiese acercado, algo que de alguna manera no se había atrevido a desear más por cobardía y por voluntad de autopreservación que por no hacerlo con cuerpo y alma.

Ella se acercó y se puso a su lado, de cara a la luna y su reflejo en el arroyo. Encendió un cigarrillo y cruzó su brazo izquierdo sobre su pecho, de forma tal que con él sostenía su codo derecho para que dicho brazo permaneciera erguido, alto en el cielo, sosteniendo una estrella roja y humeante. Mauro acababa de apagar uno pero decidió encender otro. Un poco porque seguramente disfrutaría más de este, el compartido, con ella. Otro poco para esconderse tras él.

Conversaron un par de minutos, sobre cuestiones triviales, sobre las familias y los afectos de uno y otro lado, sobre lo concurrida que estaba la fiesta y cuán ideal era la noche para una celebración de esas características. Eventualmente comenzaron a conversar sobre el duelo, sobre los propios proyectos, sobre las dificultades que uno y otro tenían. Mauro confesó extrañarla. Y lo confesó tanto para ella como para sí. Ella no supo que responder. Tan solo sonrió.

Sus ojos se humedecieron y comenzaron a brillar como dos voluminosas y tiritantes estrellas en el firmamento. Ella se acercó y le acarició el rostro, limpiando maternalmente sus lagrimas tan pronto desbordaron. Tomó una de sus manos y le sonrió. Le dijo algo. Palabras de aliento, una pequeña humorada de la cual rieron los dos, descomprimiendo la seriedad propia de la congoja. Luego de un hermoso silencio compartido que duró sólo unos segundos pero que fue más intenso que los últimos cinco o seis meses vividos ella dijo Me tengo que ir.  
Entiendo, dijo él, concediendo. Andá, agregó.

Marina tomó ahora también su otra mano y acercó ambas a su rostro. Las besó tiernamente y sin soltarlas aún lo miró a los ojos. Te amo, le dijo. Luego las soltó y sonrió, más bella que nunca, como Artemisa. A continuación, viró y comenzó el ascenso, el camino de regreso. Él, suspiró. Lo sé, pensó. Como también sabía que el amor que uno y otro se profesaban era de naturalezas absolutamente disímiles. Volvió a introducir sus manos en sus bolsillos, volvió a guarecerse en la platinada y vívida luna, sus ojos se cargaron de candente humedad otra vez. Y a viva voz, en un tono profundo y sincero, dijo finalmente Yo también te amo, bebé.

24.1.13

Juego de sombras



Desconfío del silencio interno. Me hace bien, me es placentero, me genera sosiego y finalmente puedo suspirar en paz. Pero luego de tanto dolor, luego de transitar durante tantos meses el infierno, con muchos duelos aún por delante, con la certeza de que el mismo tan sólo ha comenzado, pero además, con esa predisposición tan mía a la nostalgia, ese apego a las idealizaciones y, sí, mi romanticismo autoindulgente por estandarte, siento que cuento con los atributos de personalidad que van a condicionar la regurgitación de las pequeñas muertes y agonías. En función de todo ello, el silencio interno podría ser, francamente, tan solo un recurso literario al que ha hechado mano el autor del guión, para generar atmósfera, para propiciar la emergencia de la tensión que exaspera a quién atestigua y a quién viste, por el gozo de quién dispone a voluntad de los elementos que habrán de dar lugar al momentum, aquel en el que el dolor se recicla y aparece maduro, como una flor sombría y bella, irresistible, como una caprichosa manifestación de la vida que se yergue orgullosa y perfecta sobre las agonías pretéritas de las cuales se nutre. ¡Cuántas muertes debieron ser soportadas para que esta hermosa flor sea!, podría decir cualquier testigo imparcial al embelezado observarla. Y qué importa que la misma se alce al cielo a costa de dolor, muerte y descomposición. Poco importa que insectos ciegos y viscosos, lo mismo que el amargo moho, sean condición necesaria de su existencia. Sólo sé que esta flor es un milagro. Y el mérito de su belleza bien vale cualquier precio, cualquier sufrimiento.

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Comienza el nuevo día. 
El sol asciende impostergable y su halo áureo todo lo ilumina; el manto oscuro, furtivo, retrocede y se encienden los colores, se despereza la vida. El húmedo y frío rocío, a cuenta del calor, lentamente se disipa y en onduladas olas ascendentes se da a la fuga. 
De pie, orgulloso y vulnerable, enciendo un cigarrillo de cara a Amateratsu. Le ofrendo el primer te amo del día. Inspiro profundamente y observo con placer el tono dorado de las nubes más difusas ubicadas en naciente. Expiro vigorosamente y me mentalizo por hacer de este también otro día menos, otro paso más.

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¿Qué sentido regresar el tiempo cuando aún nos queda el mañana? ¿Cuán astuto desenmarañar el pasado si no al servicio de la alegría por venir? ¿Quién quisiera anclarse al pasado y despreciar a los vientos y a la mar y refrenar al ímpetu viajero, privándole de sensualidad, despreciando la oportunidad, la del encuentro, la del afecto, la de los besos, cuando es claro que la tormenta y la tiesa bóveda celeste no son sino una y la misma cosa, variables impuestas y veleidosas que el espíritu alegre habrá siempre de saber amar?

¿Qué sentido llorar un llanto si no se llora con afán telúrico, si no se lo llora para regar el cuerpo que se aferra a la esperanza, aceptando con templanza, comprendiendo que el esfuerzo no es en balde, no es estéril, no es un transe penitente? Por el contrario, resulta evidente que se trata de una chance, de un umbral, de tan solo un estadio más para que germinen nuevos frutos, nuevas flores, para transitar nuevos aprendizajes, para agradecer por lo vivido, para reconocer lo por vivir.  El llanto es oportunidad, es fertilizante, es lechosidad que brota y que alimenta al corazón, que si lo digiere, si lo acepta, habrá de crecer fuerte, habrá de latir macho, habrá de amar aún más. 
  

21.1.13

Raíz

Violencia es mentir

No sin sorpresa, identifico un elemento común, un paralelismo entre la ex pareja y el progenitor, en la ontología del vínculo que une. Un paralelismo algo forzado, quizás. Un paralelismo que responde a este momento en particular, quizás. Un paralelismo que se ve enraizado en traumas lejanos y deformados por los avatares de mi vida y que sirve de resorte a través del cual busco evadir responsabilidad, quizás. Y digo quizás, porque es probable que dicho paralelismo responda a la necesidad de externalizar culpas. Pero incluso si fuese así, es pertinente preguntarse hasta qué punto no hay coraje detrás de un estratagema semejante. Porque es verdad que el mismo intenta, con torpeza y no exento de cierta nobleza, ser un mecanismo de defensa, un artilugio ideado para sobrevivir, para hacer asible lo inasible, para que el espanto tome forma, se materialice y finalmente pueda ser atacado, enfrentado, comprendido, digerido.
El elemento común denunciado, aquel que se hace inteligible y más evidente a medida que lo pienso, es el abandono.
¿Cómo se quiere a sí mismo el sujeto abandonado? ¿A qué recursos hecha mano un ser humano para sobrevivir a la convivencia con el abandono? ¿A la soberbia, a la introspección, a la consecución de méritos que simbolicen la limosna de la aprobación o de la propia reivindicación? 
Probablemente a todos ellos, por lo menos en mi caso.

Mi autoestima está destrozada.

- Los pies sobre la tierra! Los pies sobre la tierra!
Y aparentemente desconectado, desvinculado, una incongruencia, o quizás no, el astronauta continúa:
- Eso ya se terminó!

Y a continuación, el reclamo, lícito:
- Hacete cargo, boludo, treinta años. Hacete cargo.

Los mazazos en la cabeza no vienen desprovistos de efectos que, en función del escenario y sólo a posteriori, pueden ser concebidos como beneficiosos. Es verdad que a los reclamos los intuía. Es verdad que para mí la farsa condescendiente venía preñada de un zumbido, de un rumor insoportable. Es verdad que en algún punto la sinceridad brutal me dignificó. Si me preguntasen ahora, afirmaría sin titubear que es preferible una verdad inmisericordiosa a la condescendencia que dificilmente se sostiene de sí y que en consecuencia es rica en dudas y miedos, ya que la misma, en definitiva, conlleva a una mayor alienación, a una mayor desconexión, a una sensación más definitiva de soledad.
Un mazazo en mi cabeza y estoy en shock.
Un mazazo en mi cabeza y no discuto su sentido de la oportunidad ni tampoco su necesidad. Quizás sirva mucho. Me encantaría que fuese así.

El dolor sigue siendo indecible. Pero por primera vez en algún tiempo me siento protegido, acá adentro, por algo. Siento que hay paredes que protegen.

Este texto quizás sea injusto. Es probable que me arrepienta de haberme desnudado hasta estas profundidades, las profundidades amorfas y caprichosas de lo evanescente, de lo incomprensible, de lo que de ninguna manera puede ser expresado en términos taxativos, los únicos que existen. Pero también es verdad que responde a la belleza poética del acto de justicia que acabo de exaltar, el acto digno de la verdad cruda y arrepentible.

Si me preguntan hoy, prefiero que me insulten genuinamente a que me ignoren, a que me abandonen. Hay más violencia en la mentira o en la falsa piedad que en el puente que se alza entre los dos sujetos que se agravian movidos por la sinceridad, ese acto de amor.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...