31.8.06

El sueño como causa

A ver.
O me vendieron gato por liebre, o he entendido todo mal. También puede ser que sea el mío un caso atípico. No lo sé. Pero, ¿No era que el sueño era el estadio en el cual nuestro inconsciente lograba expresarse, ex-presurizarse, por qué no, el lugar donde lograbamos la redención?
De seguro entendí todo mal.
Suelo convencerme de que el sueño es musa; en cierto sentido, la experiencia de soñar es la experiencia creativa por excelencia, esa que sujeta a quién sueña, permitiéndole (determinándole) la exclusiva e intimida vivencia dual de ser artista y testigo de la propia obra. Nos vemos liberados de la obsesión gnoseológica del sujeto racional ensañada en detectar relaciones causales, y aflora plenamente el poeta ingenioso de las analogías, las metáforas y las semejanzas, reacio a las estructuras, los esquemas y las categorías rígidas.
¿Pero no era éste un mecanismo que nos liberaba de presiones, cual valvula de escape en olla a presión?
Mi experiencia me dice que no. De ella infiero las razones por las cuales se llama sueños también a las construcciones utópicas racionales. Pues los sueños han oficiado en mí como catalizadores, y también, mediatamente, como motivos. Porque, al cerrar los ojos y liberarme del cuerpo, sus sentidos y sus categorías intuitivas, al practicar la muerte del filósofo, del chamán y del artísta, emprendo el viaje que tiene por fin acceder al mensaje criptado del oráculo. La premonición y la explicación de males pasados, de pecados ajenos que nos hacen herederos de castigos por filiación, como a Edipo, o Cronos, o quién fuere, allá en Delfos, a posteriori de fumar hachís en algún paraje alejado o de beber sangre áun caliente de un gallo decapitado.
Luego de soñar, especialmente cuando estos sueños han logrado lanzarme tras la resolución del misterio al despertar, en pos del abrazo amoroso y desesperado con el sentido, me veo impelido a la acción, profundamente motivado. Siento que el fuego se aviva, y por tanto, se intensifica, a partir de esa busqueda particular, la experiencia total de mi vida. Encuentro otra pieza del infinito rompecabezas que tiene por imagen al sentido total de mi existencia.
Los sueños me han motivado acá, acá y acá. Podría decirse que procuran, desde su lugar y con sus propios métodos y herramientas, salvar todo aquello que en el plano consciente hemos desechado, no sólo por represión originada desde lo emocional, sino por las limitaciones propias del sujeto racional.

18.8.06

Notturno Op. 27 n. 1

Cualquiera que no sea un imbécil se da cuenta que todos los días, especialmente aquellos que en apariencia son los más teñidos de cotidaneidad, están plagados de pequeñas tragedias. Más bien, peor aún si son cotideanos. Me consta inclusive que a más de un imbécil esto no le es extraño.
Eran las cuatro y pico de la tarde y caminaba por Santa Fe, Peña, Juncal y Laprida. Me venia vanagloriando de mi elección músical para la jornada, pavoneandome en mi foro íntimo de mi exquisito paladar, convenciendome un ratito de que soy realmente something else, como tantos deben hacer cada tanto, cada uno por sus razones particulares. Repasaba mentalmente lo leído a las 8 de la mañana con respecto al origen de las piezas "nocturnas", procurando asimilar dicha información para, llegado el momento, decir algo más que un desabrido «me gusta mucho Chopin, especialmente las nocturnas».
Sin embargo, no todo eran sueños de petulancia. Ese piano era realmente exquisito y vaya que sí lo disfrutaba. Le imponía, porque no era cuestión de sugerir y nada más, no, le imponía un paso despreocupado a mi andar que gracias a esto contrastaba, para mi fortuna, con la agitación de las gordas señoras cabello de paja que arrastraban de la mano a hijos o nietos; o con la gente que corría de acá para allá y los vehículos verborrágicos, Díos me libre. Detrás de mis felices mejillas frías la melodía me acariciaba, cada nota era como ese primer calorcito al pasar de la sombra a la luz del sol, el beso aureo en esos días especialmente fríos en los cuales la luz calórica es el más bello de los abrigos que llevamos encima. Estaba como ausente de mi cuerpo, o más bien, como parcialmente alejado de él. Sentía algo así como que el mismo me era útil, sí, me era instrumental, pero que por un momento se había olvidado de esclavizarme en sus ansiedades, en sus prisas, en sus dolores de espalda, de pies, o malestares terrenales. Mi cuerpo me había liberado, o mejor aún, era ahora mi siervo, tal y como ese sol de Julio que atravezaba jocoso y apacible los árboles pelados procurando mi alegría, servicial él también. Sentía esa atmósfera europea, de algún siglo pretérito, de cuento o de película, para nada porteña, o sí, pero porteña en su vanidad de ser la más europea de las ciudades latinoamericanas, porteña en la negación de una parte su ser, porteña en el sentido de su querer ser.
En fin, era una tarde como otras, con una de esas pequeñas alegrías irremediablemente finitas, imposibles de ser recordadas individualmente sino en conjunto, «desindividualizadas», pero sin las cuales la monotonía y la cotidianeidad nos conducirían con violencia a la depresión.
No expongo nada novedoso si me esmero en explicar cómo nuestra experiencia del paso del tiempo es totalmente asimétrica. En mi caso particular, en general percibo al tiempo como un enemigo declarado, el cual rápidamente se me agota y nunca me es suficiente cuando considero las múltiples empresas que quiero emprender, siquiera dentro de un día, pues en las mezquinas veinticuatro horas que posee dificilmente uno pueda trabajar, cursar, estudiar, distenderse, leer, comer, escuchar música, viajar de un lado a otro, cagar, estar al pedo, dormir, ducharse, estar con amigos, aprender un idioma, buscar una mina, practicar un deporte, ir a hacer compras, limpiar el baño que lo vengo posponiendo desde el fin de semana pasado, escribir aquel mail. Es sabido que el día se pasa y uno no logró hacer satisfactoriamente, sin importar el esmero dedicado a la tarea, ninguna de todas las tareas que uno hubiese querido y se había propuesto. Peor aún. Para colmo de males, a la impotencia que a uno le invade consecuencia de esto, debemos sumarle la ansiedad, la angustiante ansiedad de sentir que no pasa realmente nada relevante en tu vida, nada importante, y uno debe cruzarse de brazos a esperar que suceda, que eso que tiene que pasar, finalmente suceda. Para que no pase nunca. Ves. Ahí si. Esos momentos son infinitos, los muy hijos de puta. Aquellos momentos en los cuales quisieras dialogo en serio, y no mero palabrerio con el pretexto de socializar, esos también son infinitos. O las putas esperas a aquellas generalmente desconsideradas, aunque también los hay masculinos, que encuentran muy divertido cagarse en el otro y llamar así la atención, un combo, dos en uno. Todo para que encima, al llegar te tiren alguna idiotez del tipo «¡¿ves!? ¡¿ves que para algunas cosas sirve un celular!?» ¿Pero por qué no te vas a lavar un poco el orto, me hacés el favor?
Entre a desvariar. En definitiva, sólo quería señalarte que pienso que el tiempo es asimétrico, que nuestra percepción del tiempo es asimétrica, y que siempre sentí que en determinados momentos el tiempo deja de fluir en torno a mí, deja de escaparseme o de azotarme (en la experiencia de los momentos infinitos de espera o ansiedad), para atravesarme, para abrirse paso a través de mi cuerpo y mi conciencia. En esos momentos el tiempo se hace denso y nuestros sentidos dejan de percibir mecánicamente; comienzan a hacerlo de una forma mucho más pura, casi insoportable, pero por Dios, cuánto más significativa. Esos momentos en los cuáles pasa algo realmente importante, algo que vas a recordar, entendés?
Bueno, venía caminando, muy contento y gozoso sobre el puente psicodélico de notas de piano que se había generado out of the blue desde mi trabajo hasta mi departamento y entonces pasó. Observado a la distancia, ese día será, en su todo, difuso, anulado en la superposición de miles como él, salvo ese momento particular que más que momento fue otra cosa, trascendiendo la finitud a la que están condenados otros instantes en la sucesión infinita de los mismos que es nuestra vida y convirtiendose así, si no en eterno, si en sempiterno. Sí, soy un exagerado. ¿Y qué?
Levantaste tu mirada, fijándola a la mía, y todo el mundo por un momento dejo de ser farsa. Violentamente el velo fue jalado, la materializada ilusión estalló, se difumó y se abrió bajo nuestros pies y sobre nuestros cuerpos el abismo, el vacio. Esa tormentosa y subsumida realidad que los sentidos y la falta de entendimiento muchas veces nos niegan, brotó de todas partes y fue entonces que fuimos, vos y tus ojos y mi sorpresa y la tuya y esa luz que quemaba o encendía algo y todas las preguntas que encontraban respuesta cuando las mismas respuestas encontraban razón de ser; y sí, me sorprendí mucho más que simple testigo de nuestro encuentro, pues sintiendome actor, y casi creyendome autor, tal que mi mano pulsionada a la tuya de mi cuerpo se alejaba, ya no entendía ni de vidrios ni de prudencia ni de qué pensarás de mi osadía ni de leyes físicas que pudiesen resistirse a mi voluntarismo. Ese glimpse. No tengo palabras. Fue fantástico. Todo un puto universo de sensaciones. Una explosición de universos posibles. Claro que entonces todo murió. Mi mano, inerte junto a mi cuerpo, no se molestó en excusarseme. Mi paso me arrastró fuera de tu vista, y a vos fuera de la mía. Volviste a tu diario y a tu cortado en jarrita y a tus cuarenta y tantos y tus hijos y tu marido y yo seguí caminando con el corazón constreñido - como asustado - y los ojos dilatados, y ese piano, ahora sí, tan triste.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...