Federico caminó lentamente por el pasillo y se sintió un poco como en la casa de sus abuelos. La ocasión anterior, por los nervios y también por despistado, no había reparado en las paredes cubiertas de madera hasta la altura del hombro ni en el tapiz verde oscuro con pequeños ribetes, razón por la cual, en conjunción con el amueblamiento de roble, podía percibir esa atmósfera oscura, ordenada y apacible tan asociada a las tardes de su infancia. Una vez sentado en el banquito de madera, algo angosto para un hombre de su estatura, se sorprendió al observar no sólo que la puerta del consultorio estaba entreabierta, sino además que se escuchaba como hablaba una paciente desde adentro. No debía tener más que 8 o 9 años de edad, si bien hablaba con una fluidez poco común para alguien de su edad. Desde su ubicación se inclinó un poco hacia la izquierda y la pudo ver perfecta e impunemente. Se encontraba recostada sobre el diván con comodidad, vistiendo un amplio y pesado vestido azul oscuro y sobre él un chalequito rojo de hilo. Su cabello, cuidadosamente arreglado, lucía unas colitas también rojas que la hacían ver más pequeña aún.
Al principio pensó en acercarse y cerrar la puerta, excusándose al hacerlo o en total anonimato, pero la indecisión se apoderó de él al considerar que ello podía ser leído como una de esas acciones llamadas a señalar la propia presencia y ejercer cierta presión para que den por concluída la entrevista con la hermosa criatura. Además, por regla general evitaba la exposición. Y como tampoco tenía mucha prisa y agradecía unos minutos menos de sesión, sumado al hecho de que le provocaba algo de curiosidad y admiración la elocuencia con la cual la pequeña se refería a su vida personal utilizando para ello un alto registro, decidió quedarse muy quieto en su ubicación y pretender que no oía nada, cuando en realidad las características acústicas del consultorio facilitaban que ocurriera exactamente lo contrario.
No estoy segura de que sea su culpa. Él siempre se comportó así, fue educado para ser así. Sin lugar a dudas, Graciela, a Aitor le satisfacería enormemente saber que desde que comencé a venir a tratarme con vos el 90 % de nuestras conversaciones lo tienen a él por objeto. Justamente a eso es a lo que me refiero, es su entorno el que le ratifica constantemente que él es centro, que el mundo gira en torno a él.
Es un tipo muy astuto. Juega constantemente con las culpas que uno pueda llegar a sentir y las aprovecha a su favor. Generalmente lo hace desde un discurso rigidamente moralista y emplea en él unas formas totalmente violentas. Se cree un Zeus que truena y al cual los mortales debemos temer, hecho que queda patente cuando alguien osa desafiar su voluntad o sus formas. En esas ocasiones puede ser decididamente impío. No he conocido a nadie tan vengativo. Claro que como tampoco es mala persona sino tan sólo un déspota que personifica la persistencia del patriarcado en nuestros días, también es capaz de sentir culpa y reconsiderar sus hechos, cosa que sucede generalmente unos pocos metros antes del límite y que pasa por lo regular desapercibida porque su orgullo impide que sea de otra forma. Entre él y yo se han sucedido varias veces estas situaciones, pero obviamente muchas más entre él y mi madre.
Creo yo que ella no se da del todo cuenta de esto. Tiene tanto miedo de perderlo como a mi padre, siente tanta culpa de que él nos haya dejado aunque se jacte de que ese fue su gran logro, que es algo así como un juguete ciego, víctima de las pasiones y humores de Aitor. Y yo que ya lo he pensado mucho, se lo planteé de dos o tres maneras diferentes, haciendo para ello un esfuerzo porque me molesta que me subestimen por mi edad, cosa que ella hace generalmente, como si yo no tuviese la oportunidad de tener mis propias opiniones y perspectivas, pero siempre fue inútil. No quiere escuchar. No quiere entender que las cosas podrían ser mucho mejor y que no hay necesidad de que viva con miedos, llorando en silencio, en un mundo de fragilidad en el cual no puede moverse por miedo a que se derrumbe todo. Pero es una necia, y como dice Aitor, no hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Estas son las razones por las cuales con el correr del tiempo me convencí de que ella se merece lo que le toca. Al principio me angustiaba su ceguera, me desesperaba ver cómo ella perpetuaba su esclavitud, pero luego de mucho sufrir decidí que si bien la quiero mucho, yo no soy como ella. Si ella no se ayuda, nadie lo hará, y aceptar eso me ha resultado difícil pero también muy liberador.
Es cómico, ¿sabés?, pero es un poco la filosofía de vida de Aitor la que he adoptado. Los otros dias discutiendo de política le dijo a un señor algo así como "el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que se merece". Terrible, ¿no?. Mamá enseguida se mostró en desacuerdo, diciendo "mirá la barbaridad que decís", "vos querés que vuelvan los milicos" y qué se yo cuanta otra cosa. La discusión se puso acalorada y me perdí el final porque me mandaron a la cama. Pero me quedé pensando y creo que es muy interesante plantearse las cosas así. Creo también que Aitor hablaba de mucho más que de política y que mi mamá no se dió cuenta otra vez. Y sabés qué, Graciela, creo que mi mamá se merece lo que vive hasta tanto no haga méritos para merecer otra cosa. Aitor es insoportable, eso no dejo de cuestionarlo, pero me parece que no es tan distinto a mi hermanito o tantos otros nenes que buscan que les presten más atención poniéndoles límites. Creo que Aitor avasalla y se impone esperando chocar con otra voluntad, con alguien que le ponga un límite, justo aquello que desde chico no ha tenido y que creo tiene asociado con la ausencia de su propio padre en su casa. Y estoy convencida de esto por lo siguiente. Como yo le pongo límites, como yo cuestiono aquellas decisiones que considero arbitrarias hasta el punto que perdemos horas discutiendo, estoy segura que él me quiere más a mi que a mi mamá. Mucho más si consideramos al respeto como una forma sofisticada de amor en Aitor. Lo que me han terminado de confirmar esto han sido los celos y las pequeñas maldades que mamá ha tenido para conmigo ultimamente, en especial por las claras diferencias que hace con mi hermanito.
Desde una habitación contigua al consultorio se escuchaba la voz de Graciela llamando a Dolores. Cuando ingresó desde una puerta lateral a la pequeña habitación en que se encontraba Federico se mostró sorprendida porque no sabía que él ya estaba allí esperando su turno y algo molesta por el hecho de que cuestiones cotidianas y hogareñas quedaran expuestas ante un nuevo paciente, pero ya sabía que ese era el precio de tener el consultorio en el propio domicilio.
La pequeña sonrió, se despidió de su madre y del desconocido, corrió en busca de sus útiles escolares y tan pronto como los levantó, corrió hacia la puerta que daba a la calle y salió a través de ella cerrándola con violencia.
Pasá al consultorio Federico, por favor, enseguida estoy con vos, dijo Graciela dirigiéndose nuevamente a la puerta que daba a su hogar y por la cual había ingresado buscando a su hija.
