24.9.06

Roze Perzikbomen

Vincent Van Gogh me gusta por distintas razones. No sólo por la expresividad de sus cuadros, ni por los motivos sobre los cuales trabaja. No es tampoco tan sólo por la elección de colores donde predominan los amarillos y azules. Reconozco que le envidio esa simpleza que logra comunicar de forma directa, pero tampoco es tan solo por eso que lo admiro. Podría señalar también que su nombre me evoca facilmente a esta tierra que ahora visito y donde tuve la suerte de vivir un año, la bella y prolija Holanda, con sus recuerdos y sus (mis) afectos. Su amor por los paisajes franceses, sí, también. Pero no. Hay algo más. Admiro de ese hombre el coraje y la determinación de ser quién fue, cómo fue. Vincent Van Gogh me recuerda siempre que uno puede y debe ser lo que es, un ser único, original, auténtico, preso de la bella facultad de poder hacer una propia interpretación del mundo. En su vida no vendió pinturas sino a su hermano, Theo, quién le proporcionó de los medios para poder dedicarse a su gran pasión. Y bajo la aflicción de la enfermedad, el rechazo por parte de algunos de sus pares por su "excentricidad", los miedos y fantasmas propios del artista, vivió y murió fiel a sí mismo. En este sentido, quiero que mi obituario sea algún día parecido al de él.

19.9.06

What is not and what will never be

Curioso cuan retorcidas pueden ser las vueltas que se empecine en dar la providencia para hacernos pagar por el pecaminoso atrevimiento de querer disfrutar de la vedada felicidad. Y si no curioso, por lo menos sí llamativo. Pues pocos como él, con los ojos húmedos tras el cristal ahora, tan en vano han anhelado para sufrir luego con mayor fiereza la privación percibida. El cielo gris y la humedad que espumante el follaje cubría; allí su vista perdida tras irrumpir y avanzar la angustia, justo al despertar. A sus espaldas, la cama aún se encontraba caliente.

¡No...! Esto es un sueño - se habría recordado a sí mismo, desconociendo, o queriéndolo hacer tal vez, a aquellas fuerzas que a uno le resultan francamente irresistibles. Y como una polilla hacia la vívida llama, víctima de la fascinación enamorada que renuncia a toda razón e instinto de autoconservación, tal y como los bravíos navegantes que se lanzaban en orgiástico transe a las sirenas, así él fue con vehemencia seducido por toda ella.

Esto es un sueño, y ella no es humana, ni espectro, ni nada. Augusta, casi divina, su sonrisa, su mesura, sus ojos que alumbran, su presencia que perfuma y acaricia, su madura y delicada femineidad, todo en ella me hace feliz. Cuánto quisiera que esta dulce embriaguez fuese mi eterna alegría. Me siento desfallecer, ¡y de qué forma!, de sólo imaginar cómo sería consumar aquello que en pretendido secreto anhelo con exceso. Tomarla en mis brazos y decirle, insensato, que la amo, y que no sé ya de razones. Besarla con pasión y dejar de ser hombre para ser sólo intenso beso apasionado. ¡Ah, infeliz y torpe de mí, cuánto quisiera!
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El regreso a la realidad es el florecimiento de la herida, la mejor hora de la tragedia. Cada silencio, una agonía. Cada bello recuerdo, un violento y traicionero golpe. Cada noche aún por vivir, el terror siempre temido. Cada risa, una burla. Cada díalogo, impotencia.
Curioso cuán retorcidas pueden ser las vueltas que se empecine en dar la providencia para hacernos pagar por el pecaminoso atrevimiento de querer disfrutar de la felicidad. Especialmente cuando se ha encaprichado en escarmentarnos de la manera más insidiosa. En concreto, maldita providencia, retorcida eres en especial cuando conduces a un hombre a enamorarse de una habitante de uno, y tan sólo uno, de sus tantos sueños, de sus tantas realidades.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...