19.11.13

Crimen y castigo

Me siento como Rodia sin tener en claro cual fue mi crimen. 
Bah, miento. Lo sé. 
Negar, negar desesperado. Negar y forzar las cosas. 
Claro que es un crimen de lo más trivial y no creo que ello me haga particularmente peligroso. No creo merecer mayor censura por ello. Efectivamente, es de lo más básico. Era evidente. El mundo y yo simulábamos que no era así, sólo por condescendencia, sólo por la certeza de que era una estrategia más sana y más digna que reducirme a un ser agonizante y morir, tal y como venía haciendo hasta entonces. ¿Acaso es censurable que el naufrago, al borde del delirio tras días de asarse al sol, aferrándose abatido a una balsa improvisada, decida renunciar al mandato racional y beba imbécil y desesperadamente el agua salada ante la ausencia de cualquier dejo de esperanza? En fin. Siempre es más fácil con el diario del Lunes, lo sabemos.
Lo cierto es que siento que llegó la hora. Estoy lo suficientemente entero para poder hacer frente a mis fantasmas. Cuando el ruido de mis días cesa, cuando en la quietud de mi intimidad el mundo pareciera ser un artificio al cual se le acabó el combustible, allí es cuando aparecen. Meses atrás, cuando ello sucedía, me sentía una jovencita con ataques de pánico. Sola, solísima. En esos momentos pasaba algo muy triste. Lejos de poder afirmar que me costaba pensar con claridad, lo hacía con una agudeza extraordinaria. Cedía el sopor y de repente era como si una fuerza inverosímil se hiciera de mi mente y le permitiera realizar piruetas y proezas sobrehumanas. Mis pensamientos volaban a velocidades siderales y laceraban el aire con un zumbido agudo y pernicioso. Era un viaje de espanto, innegablemente. Pero la sensación de poder era brutal. Y el vértigo era la certeza de saber que si había alguna hora en la que estuviere vivo, era precisamente entonces, cuando el dolor era insoportable y perdía el control frente a pasiones oscuras. El resto del tiempo dormía, nulo, apático y atrofiado. Hoy el escenario es distinto. Pero a no confundirse. No se trata de que ahora no sienta dolor alguno, de que no haya ansiedad y angustia cuando uno a otro se presentan temibles los espectros. Se trata de que cuando ello sucede, los espero con el rostro duro y sin pánico alguno. No me asalta el deseo de huir. Ya he comprendido que ello es inútil, infructuoso. Y entonces, por el contrario a lo que otrora, sostengo mi mirada en sus rostros todo lo que me es posible. En mi foro interno me aliento, me recuerdo que es cuestión de un momento, o de un par de horas, que poco importa que no concilie el sueño o que me asalte el deseo cobarde de encontrar un alguien que sirva de objeto que llene vacíos. 
Esos vacíos son y negarlos es negar las condiciones de posibilidad para que suceda lo que de alguna manera está sucediendo. No hay manera de erradicar el amor que siento. No es posible. Prendió tan fuerte a mi corazón, se arraigó tan tercamente, que extirpar ese amor es destrozarlo. Y no es que se trate de algo que me acabo de dar cuenta ahora. No, por el contrario, estaba clarísimo desde el principio. Aún así lo intenté, lo juro. Y no. Imposible. Sin embargo, sucede que ahora, en estos últimos días, caí en un hecho que arroja algo de luz frente a mí. En ningún momento estaba llamado a sacrificar a esa criatura que resultó ser mi amor por ella. La mejor estrategia, probablemente la única salida a este laberinto infernal, es fecundar una forma de amor que he dejado relegada por mucho tiempo y que se vió brutalmente agraviada con el devenir de los acontecimientos: mi amor propio. En esa senda creo ir. Eso es lo que siento cada vez que hago frente a mis fantasmas y salgo ileso, que no son todas las veces pero sí cada vez más.

13.11.13

Codicia y frustración

Dame todo lo que tengas, gritó lleno de odio a la vez que el cañón del arma se presionaba contra sus sienes. ¡No me mirés con esa cara de idiota, hijo de puta, y dame todo lo que tengas te dije!, gritó una vez más, esta vez presionando con cizaña el cañón del arma, como si apagara nerviosa y violentamente un cigarrillo sobre un cenicero.
Y vaya que algo de justicia había en sus dichos y que podía afirmarse que la expresión en su rostro era la de un idiota sorprendido e irreverente, por lo menos hasta que comenzó a hablar. En ese momento, en un tono que parecía entre resignado y paternal, comenzó la que parecía una respuesta largamente rumiada, quizás hasta ensayada.
Darte todo lo que tengo significaría darte lo más valioso que tengo pero también darte mis miserias. Lejos de hacerte un favor o sacar provecho alguno de la situación, probablemente te sorprenderías víctima del estupor y con ello, lejos de sentir que tomaste ventaja de mí a través de este acto, seguramente me odiarías aún más de lo que tus ojos dicen odiarme ahora mismo. Darte todo lo que tengo significaría entregarte una colección de sueños rotos, de fracasos. Cargar sobre vos las frustraciones resultantes del desengaño, consecuencia del convencimiento de un destino próspero y digno frente a mí que con el discurrir de mis yerros y pasiones se tradujo en una inmisericordiosa y cruenta guerra, la guerra de amarme más allá de cualquier ideal de mi mismo que haya alguna vez entronado.
Darte todo lo que tengo es darte a mis amigos y dudo que quisieras eso. Son mis mayores críticos, son los primeros en reírse de mis defectos, son los primeros en enojarse de mis desaciertos y desinteligencias, pero también son mi guardia real y no te perdonarían nunca lo que estás haciendo.
Darte todo lo que tengo sería confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos y sinceramente dudo que tu corazón soporte la violencia que eso significaría. No creas que te subestimo, que no lo hago. Pero la sinceridad es mi motor y me debo a la verdad. Nadie lo discute: confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos es confiarte mi dicha, mi verdadera fortuna. Pero no son pocas las veces en que este corazón, que se ha ido forjando en un músculo superdesarrollado y gigantezco a través de los años gracias a ellos, aún así experimenta una vez cada tanto serios problemas para soportar el esfuerzo y en esas ocasiones se para el tiempo; entre embriagado y aplastado soporto la sobrecarga, me falta el aire, me mareo, mis ojos se humedecen y siento una pequeña escisión, una pequeña herida, una pequeña muerte que no entristece ni a la que temo, porque sólo es momentánea, una interrupción a la que da fin la misma fuerza que la causa. Insisto en el hecho de que no quiero ofenderte ni subestimarte, pero me invade la convicción de que esa violencia, tiernito como te encontraría, te haría estallar por dentro y morirías desangrado.
Darte todo lo que tengo es darte aplomo, darte angustia, darte una terca llama de esperanza, darte un cementerio de sueños, darte alegrías que no comprenderías, darte amor...y esas palabras permanecieron suspendidas en el aire, al tiempo que sus ojos se humedecían en una expresión indescifrable.
Antes de salir corriendo presa de una fría y sudorosa taquicardia, antes de tropezar, caer imbécil e incorporarse como quien huye del espanto, quien ahora parece una bestia ciega que huye por su vida, en un ademán lleno de odio, sintiéndose de alguna manera timado y agraviado, jaló resoluto el gatillo y baño de sangre y sesos el rancio y oscuro pasillo.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...