Las luces se apagan, se cierra el telón y el mundo se calla. Entonces, silencio. Un silencio ensordecedor que tiene tanto de pacífico como de vacío sucede a las declaraciones sentidas pero teñidas de espectacularidad, pergeñadas para cerrar un acto, para complacer el sentido de teatralidad. Pero sólo por un momento, porque suspendido el espectáculo, fuera de la vista de terceros, lejanas y acercándose, desde profundidades insondeables, brotan emociones sin voz pero lo mismo estruendosas.
Ellos, lo mismo que vos, carecen de lucidez, inteligencia o gallardía suficientes para poder concebir a una historia por fuera de las categorías de comedia o tragedia. Comprenden, también como vos, que la variable que definirá que esta o aquella historia sea una tragedia o una comedia es el telón. Cuándo se abre, cuándo se cierra. La más feliz de las comedias eventualmente puede adquir tonalidad sombría y angustiante si el telón se rehusa a caer. La más trágica de las historias, de suceder lo mismo, será donde eventualmente florecezcan sonrisas y lagrimas, sí pero de emoción y alegría. Pero... ¿qué sucede cuando el telón se cierra y uno queda solo, cuando cesan los esfuerzos por revestir a ese material esencialmente neutro que es una vida sin la mirada intencionada y expectante de un otro o de uno mismo? ¿Qué sucede cuando se interrumpe el espectáculo y ya no hay intenciones ni fuerzas para montarlo? ¿Qué sucede cuando sólo queda silencio, cuando la palabra es extraditada y sólo hay lugar para lo inmoldeado, para las emociones profundas y ambiguas que escapan a la voluntad intencionada de un alguien que relata, de un alguien que interpreta?
Silencio allá afuera. Un rumor ininteligible aquí, detrás.
Ellos, lo mismo que vos, carecen de lucidez, inteligencia o gallardía suficientes para poder concebir a una historia por fuera de las categorías de comedia o tragedia. Comprenden, también como vos, que la variable que definirá que esta o aquella historia sea una tragedia o una comedia es el telón. Cuándo se abre, cuándo se cierra. La más feliz de las comedias eventualmente puede adquir tonalidad sombría y angustiante si el telón se rehusa a caer. La más trágica de las historias, de suceder lo mismo, será donde eventualmente florecezcan sonrisas y lagrimas, sí pero de emoción y alegría. Pero... ¿qué sucede cuando el telón se cierra y uno queda solo, cuando cesan los esfuerzos por revestir a ese material esencialmente neutro que es una vida sin la mirada intencionada y expectante de un otro o de uno mismo? ¿Qué sucede cuando se interrumpe el espectáculo y ya no hay intenciones ni fuerzas para montarlo? ¿Qué sucede cuando sólo queda silencio, cuando la palabra es extraditada y sólo hay lugar para lo inmoldeado, para las emociones profundas y ambiguas que escapan a la voluntad intencionada de un alguien que relata, de un alguien que interpreta?
Silencio allá afuera. Un rumor ininteligible aquí, detrás.