22.8.12

No llegás a los treinta

Doble cordón en el cuello
y nacer fue una condena a muerte de la que se zafó no sin trauma, 
a fuerza de lucha, a fuerza de maña.
Doble cordón en el cuello
y el proceso de individuación, signado, gesta épica,
 un relato sofocante de instinto y supervivencia.
Doble cordón en el cuello y,
con anterioridad a la conciliación de los opuestos, 
el igual debe asumir la responsabilidad de poner en riesgo la vida del todo
el hígado debe abrirse paso a través de la carne para, 
una vez afuera y a como de lugar, gestar su propio cuerpo.

Yo lo cuido, mamá,
y a la orfandad hay que mirarla a la cara.
Yo lo cuido, mamá,
y renuncias y ausencias, tradición familiar,
lugar común en el que las distintas generaciones se encuentran y se reconocen.  
Yo lo cuido, mamá,
y el rival se convierte en objeto de protección,
vacío de confrontación,
vehículo de redención,
resorte para la construcción de sí mismo desde el vaciamiento de sí.

Si me dejás, me mato,
y donde hubo fuego
cenizas quedan.   
Si me dejás, me mato,
y sobre mis trémulos brazos un gigantezco cuerpo de hojas afiladas,
ciego y doliente, rencoroso y penitente.
Si me dejás, me mato,
y la etérea y danzante ninfa trabuca a un diposo monstruo dispuesto a engullirme,
un bebé prematuro abandonado a su suerte.

No llegás a los treinta,
sentencia en forma de oráculo
y lo que nace con aires jocosos un oscuro designio parece.  
No llegás a los treinta
es ícono, gastada, sinsentido,
una bandera, una denuncia, una manifestación de deseo.  
No llegás a los treinta
y el tren fantasmal a punto de embestir
a quien sólo sabe gritar, histérico e iracundo.  
No llegás a los treinta
y los ojos ora tristes ora espantados
de quien parece espectador de lujo,
de quien se sabe condenado por lo irremediable de las circunstancias,
un doble cordón en el cuello. 

17.8.12

Cuestión de género - parte I

Con qué derecho viene este tipo a dictarnos cómo debemos ser padres, pensaba para sus adentros Rubén, como una forma de rebelión para soportar lo violenta que le resultaba toda la situación, incluyendo el frío húmedo del ambiente, la luz mortecina que descendía de las altas paredes y el eco funerario que  recorría de un lado a otro la enorme nave. ¡Charlatán de feria! pensó con desprecio, impotente tras una correcta y respetuosa cara de servilismo, más por respeto a sus familiares y a lo que la institución representaba para el resto de los presentes que por respeto a la embestidura de párroco o de mal llamado "hombre de Dios".
Guillermo cumplía un año en unos días. Se encontraba profusamente arropado como medida de protección contra las frías temperaturas. Sobre prendas de quizás mayor valor económico que las que su padre llevaba en ese momento, las cuales tendrían un sólo uso y serían utilizadas sólo en aquella ocasión, se encontraban dos o tres mantas sucesivas que lo cubrían en su totalidad. Coronaba su cabecita un pasamontañas blanco y pomposo. Al contrario de lo que sucedía con los otros dos bebés que estaban siendo bautizados en simultáneo, Guillermo no se había acovachado producto del frío. Por el contrario, estaba molesto, frustrado, encabronado y de ninguna manera habría de disimularlo. El llanto profundo e irritado de su hijo le invitaba a Rubén a caer en la tentación de sentirse como Casandra, la profeta dada por loca. Hay una inteligencia detrás de ese llanto, una inteligencia que se opone a este acto estúpido y cobarde, pensó Rubén autocondescendiente.
El bautismo había sido un tema polémico incluso desde el momento de gestación de su hijo. Desde entonces Rubén había manifestado en reiteradas ocasiones que no quería que hubiere uno. La primera vez fue conversando a solas con su señora.  
¡Mirá que no lo vamos a bautizar! dijo ella en tono jocoso.
Él, firme, con aplomo y resolución, explicó que independientemente de su posición atea, consideraba que su propio bautismo había sido producto de una convención, un acto no voluntario, un sin sentido. Que no estaba en contra de que su hijo se bautizase si esa era su voluntad pero que no iba a ser complice de un absurdo. Sostuvo que celebraba la idea del bautismo bíblico, a los treinta y pico de edad, como acto voluntario, de conversión, de compromiso, y lo hacía porque celebraba las pasiones auténticas. Le señaló que con su familia sólo había pisado la Iglesia tres o cuatro veces en su vida, hecho que demostraba que la filiación no era ni había sido sino aparente. Que si bien consideraba que era importante que su hijo se formara respecto de los distintos cultos y en particular del más importante en nuestra cultura, también habría de educarse respecto de por qué su padre y otras personas ven en la Iglesia una institución que encarniza lo contrario del que dice ser su discurso. Al principio, Marta objetó sistemáticamente cada cosa que dijo, no tanto con argumentos sino más bien con caras. Luego, cuando la embestida pareció ser monolítica, esas caras parecieron irse apagando y el tema se agotó. Rubén estaba contento. El que podría haber sido un tema sensible que significase grandes dolores de cabeza sostenidas en el tiempo parecía haberse resuelto con total civilidad, mucho más rápido de lo esperado.
Meses después, en medio de una de esas conversaciones felices en las cuales se proyectan eventos o situaciones especiales del bebé por nacer, en particular en una conversación que su madre y Marta habían entablado observando fotografías de la infancia de ésta última, surgió nuevamente el tema del bautismo, tal y como si la negativa que el padre manifestare tan fehacientemene con anterioridad no hubiese existido.
Rubén, indignado, puso el grito en el cielo. Era un tema ya hablado. Le relató a su madre la conversación que habían tenido hace unos meses junto a su mujer e insistió, un tanto más pasional, como si se tratase de un proceso escatológico, sobre cada uno de los puntos. Marta se apartó, como quien entiende que es su momento de no involucrarse en una confrontación abierta. Su madre, en cambio, adoptó una actitud que en nada le gustó a Rubén: lo reprendió como a un niño y se propuso a explicarle que la asistencia perfecta a la Iglesia no significa mayor o menor apego a los ritos católicos, cosa que el percibió como un débil intento de justificación y más débil aún como argumento a favor del bautismo.
Las discusiones se repitieron y algunas fueron más acaloradas que otras. Su vehemencia y taxatividad a la hora de defender su posición le valieron a su prédica progresista y a él mismo la adjetivización de "cerrado", hecho que le indignó profundamente. No podía concebir de ninguna manera que siendo su discurso una invitación a romper con tradiciones vacías,sostenidas por la tradición o impuestas por el mercado, se mereciese ser castigado con ese mote. Luego, un poco menos acalorado, consideraría la posibilidad que el mismo haya sido el resultante de defender apasionadamente su posición. Todavía no había aprendido la necesidad de al menos simular que cedía tal o cual cosa en aras que la otra parte también lo hiciere, muy probablemente también sólo discursivamente.
Y allí estaban ahora todos, ahora, escuchando al párroco invitar a los padrinos acercarse con sus ahijados.
Luego de demasiadas discusiones que lo habían enfrentado siempre a mujeres que terminaron siempre dolidas "por sus tonos", aunque mucho más por su tajante negativa, Rubén, finalmente, accedió . Lo hizo luego de batallar solo sin lograr jamás más que un tímido respaldo de sus hermanos y su padre, que le asignaban exactamente el mismo valor al bautismo que él pero que prefirieron no participar de una guerra que seguraente les pareció ajena, inútil o estéril.
Allí estaba Rubén, tratando de convencerse de que no se había fallado a sí mismo, de que lo suyo había sido un fruto, un acto de amor o al menos una inteligente maniobra, un batida signada por la genialidad especulativa, la retirada que algún día sería la clave para explicar cómo había ganado "una guerra".

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...