30.9.24

Interregno

"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos. Pero a menudo, el viaje es una larga espera."


El sol se ponía una vez más. 
Desconocía exactamente qué hora era, y los ecos del sonido de actividades puerta adentro eran cada vez menos recurrentes. En la calle, la gente volvía a sus hogares o realizaba las últimas tareas del día, como la compra de algún vituendo que permitiera resolver una cena o la busqueda de sus hijos al finalizar actividades extraescolares. Todos parecían resolutos, signados por un sentido. Algunos vivaces, otros taciturnos, pero todos en tránsito franco hacia un objetivo. Algunos iban acompañados y se los escuchaba platicar entre ellos. Otros, por cuenta propia, pero ni así parecían prestarle atención al desgarbado hombrecito que como tantos días antes había permanecido espectante, obediente, en el umbral de esa casa de piedra de persianas cerradas.

Algunos vecinos habían presenciado su llegada aquel día, corriendo detrás de ella pero llegando demasiado tarde, para sólo ser primer testigo del portazo elegante y sordo con el que dió por terminada la persecución. En aquel momento, Ernesto la llamó insistentemente por su nombre. Golpeó animosamente la puerta. Se tomó la cabeza, giró sobre sí con la mirada ciega y ansiosa, como buscando en su mente la mejor estrategia o tratando de sopesar lo ocurrido y sus consecuencias. Los minutos pasaron, el ocaso llegó como una sombra, y después nada. Silencio y espera.

Los primeros meses, ante la novedad, los vecinos lo miraban y conversaban entre sí, especulando las razones de su ruptura o de su obstinada intención de aguardar ante la puerta a que ella abriera y saliera a hacer las pases, o insultarlo, o siquiera a echarlo. Pero nada. La vieja casa de piedra con molduras y ribetes de madera permaneció cerrada, casi como abandonada, aunque bien se adivinaba actividad dentro de la misma. Si hay alguien que podía dar fe de ello era él mismo, que escuchaba pasos, murmullos y eventualmente sollozos y hasta risas. Al principio, aguardaba estoico. Unas pocas veces no pudo contenerse y detrás de dichos sonidos en el interior golpeaba con énfasis la puerta y volvía a llamarla, infructuosamente. Y cada vez que lo hacía, transeuntes y vecinos lo observaban, algunos con una mueca de desaprobación, otros con cierta desazón o peor aún, con atisbos de lástima. Eso bastaba para que él, entre avergonzado y ofendido, cesara en sus intentos y volviera a optar por el silencio y la espera.

Con el tiempo, la falta de novedad y el acostumbramiento llevaron a que cada vez menos gente le prestara atención. Hubo dos o tres instancias en las que alguna vecina se acercara a ofrecerle algo para tomar o le hablara del clima, o cualquier otro tema, pero las acartonadas interacciones ahogaron rapidamente a dichos gestos.

Llegaba la noche limpia, con muchas estrellas y una luna que si bien aún no era llena se mostraba radiante e intensa. En un juego sin sentido aparente, recorría con las yemas de sus dedos ribetes, cortes e irregularidades de la puerta al tiempo que balbuceaba para sí cosas ininteligibles. Como si se tratara de un paleógrafo leyendo jeroglíficos, o un curandero leyendo una mano. Era un proceso hipnótico, casi un desvarío.

Absorto en el proceso, la presión de su mano ejerció un leve movimiento en la puerta, y con él, un también leve sonido al ceder la presión. Pasos fuertes y decididos se escucharon desde dentro en dirección a la puerta. Y la misma se abrió, de par en par. No lo recibió nadie, por lo menos nadie tangible. Pero sí sintió su presencia, distinta a como la recordaba, pero su presencia de cualquier manera. Rapidamente metió un pie en el umbral, como para evitar que la misma se cierre, pero se sorprendió sin poder ingresar. Dubitó unos segundos, sin entender si había allí adentro alguien esperándolo. Por las dudas dijo "hola", y ante el silencio, ahora sí primero al apoyar el brazo en la puerta abierta, después con el restro del cuerpo, ingresó.
La casa olía rara.Una fragancia a flores flotaba en el polvo en suspensión. Parecía haber alguien en living. Arrimó la puerta con delicadeza, y decidió ingresar con movimientos predecibles. Confundido, no tenía muy en claro qué es lo que iba a decir. Había pasado tanto tiempo y todo esto parecía tan ridiculo. No dejaba de sentir que de alguna manera su presencia era un atrevimiento, una acción ilegítima. Nadie le había invitado a ingresar, nadie lo había recibido. De cualquier manera, avanzó hacia el living y constató que había allí al menos una persona, sentada en un sillón, con la mirada perdida, haciendo caso omiso a su presencia.
Se acercó un poco más y dijo nuevamente "hola", en un tono respetuoso y un poco más decidido. Nada. Quien se hallaba sentado no parecía verlo ni oirlo. Parecía en un transe autista, perdido en su propia cabeza.

Un poco más cerca en el penumbroso salón y entonces pudo confirmar, no sin pavor, lo que había intuido milésimas de segundo antes sin dar crédito a sus sentidos. Sentado sobre ese sillón, mascullando broncas, con la mirada furiosa clavada en la nada, se vió a si mismo. Su otra versión parecía perdido en una emoción sin objeto, una emoción doliente que le ofendía, con los ojos encendidos y los dedos crispados.
Hola dijo nuevamente, mientras sentía a su propio corazón palpitar con golpes anormales que parecían secos y lentos martillazos. Y la garganta que se le cerraba. Pero a esto, el Ernesto en el sillón no habría de registrarlo. 
Se quedó parado allí un par de minutos, observándolo, esperando que eventualmente le respondiera o hiciera algún tipo de mueca, pero nada. Y era tanto el miedo y el sentido de confusión que tenía, que no podía decidir su próximo movimiento. Qué clase de pesadilla es ésta, finalmente se atrevió a preguntarse.

Portazo a sus espaldas. Leve carrera y portazo a sus espaldas. La puerta que daba a la calle. ¿Habrá sido ella? Corrió angustiado, para gritarle algo y al menos verla otra vez, así sea de espaldas y huyendo, esta vez no para esconderse dentro de la vieja casona, sino hacia la calle, con destino incierto. Pero en el fondo ya sabía lo que iba a suceder. Al intentar abrir la puerta no pudo hacerlo. La misma no cedía. Hizo fuerza. Luego más fuerza. Finalmente se colgó y empujó con una pierna contra la pared para hacer palanca mientras jalaba con todas sus fuerzas. Nada. 
Se dió vuelta con prisa, con el objetivo de encontrar una ventana o alguna salida alternativa. Pero todas las ventanas estaban cerradas tras vencidas y pesadas persianas de madera. Ninguna parecía ceder, y la penumbra parecía ahora todavía más espesa. Pero no sólo eso. Sorpresa. Donde segundos antes se hubiese visto sentado a si mismo, masticando emociones negativas, ahora no había nadie. Un sudor frío le empapaba la frente y la nuca. El silencio se convirtió en un silvido hiriente y luego se apagó. Estaba encerrado. Estaba encerrado y solo allí dentro. 
Primero buscó dentro de la casa para ver si efectivamente se encontraba solo, cosa que confirmó. Luego intentó encontrar la forma de salir. Llaves, algo para hacer palanca, patadas a la puerta, todo infructuoso.
Eventualmente el cansancio y el dolor de cabeza le vencieron. 

Decidió sentarse, recuperar la compostura, pensar mejor. Se acercó al sillón donde anteriormente se había visto a sí mismo. Le pareció ligeramente cínico ocupar el mismo lugar en el que poco tiempo antes había visto a esa versión de sí que tanto disgusto y repulsión le había generado. Pero también sintió que ese cinismo podía ser entendido como un guiño, como una oportunidad, y decidió jugar su papel.

Se sentó lenta y pesadamente. Afuera de la casa escuchaba a alguien golpear y llamar. ¿Era su propia voz? Quizás. ¿Llamaban al nombre de ella o al suyo propio? Cómo saberlo.
Estaba abatido. No podía ni quería levantarse. Lentamente se apoderaba de él una emoción profunda e irresistible. Era tristeza. Era desesperanza. Y su mirada comenzó a perderse en dichas emociones, empantanándose en una piscina negra e infinita. Su energía vital lo abandonaba y su cuerpo vencido se anquilaba sobre dicho sillón. 

En un último momento de lucidez lo comprendió. 

No había cambiado nada. Otra vez le tocaba esperar.


8.5.24

La inteligencia que siente

Nuestra más profunda inteligencia no piensa. Siente. 

No por primitiva es menos noble, sagaz, valiosa o certera.

La inteligencia que siente es ciega a condicionamientos sociales, a nuestra opinión de nosotros mismos, a escenificaciones, cosméticas y fines utilitaristas. Es nuestra racionalidad y nuestra condición de seres racionales la causa por la que caemos en tantas trampas. La causa por la que nos perdemos, nos confundimos. Lejos de obrar como una luz que todo lo aclara y hace evidente, como rezaban el iluminismo, el rescindirlo o el positivismo, la razón tiende a confundirnos, enredarnos, hacernos obrar con vehemencia en contra de nuestros verderos intereses, en contra de la verdad. 

Paradojalmente, hemos convenido en acusar a las pasiones y sus pulsiones, caracterizadas como "irracionales", de ser responsables de nuestros desvaríos y sinsentidos. Una cobardía y un error de comprensión total. Las pasiones son inclinaciones que surgen del procesamiento racional (aunque no consciente) que hacemos de información que recibimos de estimulos externos e internos. Las pasiones no son estrictamente irracionales. Y poco tienen que ver con la inteligencia que siente.

La inteligencia que siente no es práctica. Es meramente contemplativa. Es el vehículo más perfecto a la verdad. Verdad que es simplificada y vaciada de contenido cada vez que tratamos de convertirla en algo maleable, transaccionable, moral y positivo, a través del lenguaje, la ciencia y sus decálogos.

La inteligencia que siente es metahumana. Es inaprehensible como tal. Sólo podemos sentir su calor. Sólo podemos intuirla a fogonazos. La inteligencia que siente no es un mérito nuestro como individuos. Nos trasciende. Es universal. Es divina. Su calor y su constatación subjetiva quizás sea el indicio más concreto y más perfecto de que hay una fuerza innombrable que nos une con el todo, de la que poco podemos saber y entender, porque sería como querer sentirle el sabor o el color a un sonido.

La inteligencia que siente se lleva mejor con el arte que con la ciencia. Se lleva mejor con la parábola y la metáfora que con la teoría y los axiomas.

La inteligencia que siente es un vehículo y una fuerza ciega. Tiene un hambre insaciable. Tiene hambre de verdad.

Sólo hace poco tomé verdadera dimensión de lo que si antes era una idea celebrada, es ahora para mí un mantra:

Nos merecemos la verdad.

Todo lo demás es accesorio y complementario. Y si nos negamos la verdad, o nos extraviamos, o erramos el rumbo, la verdad nos atrae con su fuerza irresistible. Porque resistirla es resistir lo irresistible. Un acto inútil, un desencuentro. 

5.5.24

El silencio y la autocontemplación

Silencio en la calle. 
Finalmente. 
Parece absurdo que los vehiculos transiten la noche como bestias que estruendosas y apuradas buscan embestir a un enemigo allí abajo y que sólo ahora, al salir el sol, en la penumbra preñada de neblina, sea cuando la calle está en silencio. 
La pava de aluminio anuncia a través de su sutil silvido que ya es momento. La yerba es vertida sobre el mate y el agua caliente ingresa en el termo. Balcón. Inspiración profunda mirando al horizonte y a las copas difusas tras el velo de neblina, allende los techos y tejados y los pocos edificios. Linda mañana.
Es curioso que el silencio y la compañía de nadie sino de uno mismo signifique cosas tan distintas dependiendo de las circunstancias. A veces un tesoro, apreciado. Otras, una carga pesada y asfixiante, como un tesoro, sí, pero presionando sobre el pecho cansado. 
¿Será cuestión de tiempo? 
El sentido. El para qué. El por qué hago lo que hago, por qué transito lo que transito. Esa clave que condiciona la interpretación y significación de lo que transitamos. La soledad, fugaz o como estado, pasible de ser vivida de tantas maneras. Y la clave es siempre uno mismo. El sentido que nos atraviesa, el horizonte que perseguimos, el lugar en que nos percibimos parados dentro de un relato que nos tiene ora por héroes, villanos, personajes de reparto, o estrategia literaria para dar lugar a desarrollos que poco o nada tienen que ver con nosotros.

- Tercer mate. - Sacale una foto. - El agua quedó un toque tibia.

El enriedo en reflexiones metafísicas, existencialistas. ¿Es el cerebro que se despereza, como cuando bostezamos y extendemos los brazos hacia arriba al estirar el torso? ¿Tiene sentido caer en el vicio olvidado de la construcción de estos abstractos castillos de arena en la propia mente? 

Me imagino a mi mismo como uno de esos personajes en las pantallas de carga, perfectamente definidos y de espalda flotando en la nada, pero incapaces de ver donde están situados, y en consecuencia, de entender perfectamente quiénes son, qué es lo que tienen que hacer, en qué mundo se encuentran situados, cuál es el argumento de su historia. Porque no hay identidad ni ética ni sentido sin pasado, presente y futuro, sin entorno, sin contexto, sin interlocutores. Y nuestras cabecitas, adaptativamente diseñadas para comprender la vida sólo desde la causalidad, desde el "si esto, entonces esto", construyen su relato desde un presente que se teje con dos agujas, una llamada pasado, otra llamada futuro. Pero también construye el pasado desde el presente y el futuro, como construye el futuro desde el pasado y el presente.
- Vengo de allí y voy para allá, por tanto soy este
- Soy este y voy para allá, por tanto mi pasado fue aquél
- Vengo de allí y soy este, por tanto voy para allá
Como un escalador que ancla piernas y un brazo en distintos puntos, para desde allí definir el próximo paso. Porque no hay cómo saber cuál será próximo punto de agarre sino desde la definición previa de esos tres puntos de apoyo, que no es otra cosa que significado y valoración.

Es en la contemplación en silencio con uno mismo que este proceso de reescritura de nuestra propia historia puede darse con mayor facilidad. Es en esa pausa que podemos resignificar las piezas. O no. Depende de si hay un sentido fuerte y definido que nos atraviesa, o si por el contrario, nos sentimos incómodos o inciertos.

Una recurrente cita de Kierkegaard sentencia que la vida sólo puede ser vivida hacia adelante pero también sólo puede ser entendida hacia atrás. Esto es cierto. Pero no agota el fenómeno. Porque si bien es cierto que somos esencialmente sujetos que entienden su entorno y su propia vida desde la construcción de narrativas, de historias, el futuro y el presente son también claves para entender el pasado, para elegir una versión del pasado que nos permite arribar a cierta consistencia literaria.

Lo sugerido es que somos eso, sujetos literarios, hermeneutas en busca de sentido. Y la soledad es la oportunidad que tenemos de resignificar las hojas escritas en tinta cambiante, echando mano a los fragmentos dispersos en distintas hojas, algunos olvidados, otros dificilmente legibles o hasta absurdos y por ello mismo descartados.
¡Cuánto poder en la posibilidad de cambiar el pasado, el presente y el futuro! Genera vértigo saber que la comedia puede convertirse en drama tan fácil como el drama puede convertirse en comedia. Quien entendíamos por héroe puede pasar a convertirse en villano o en un error, un intrascendente actor de reparto, tan fácil como escogemos distintas piezas con los cuales armar nuestro rompecabezas, piezas asimétricas y de diversos tamaños, que sólo adoptan color y tono cuando las miramos en conjunto, condicionadas por nuestra intención, todo hay que decirlo.
Hay otras variables que introducen caos en el relato, y quizás de mayor peso sean las condicionadas por la mirada del otro, de los otros, de los propios afectos, de nuestros referentes, de aquellos de quienes queremos distanciarnos. La validación de nuestra propia historia por otros sujetos puede pesarnos más o menos, dependiendo de nuestro humor, nuestras seguridades, nuestro interés. Pero es su condición de narradores, tal y como lo somos nosotros, la que les confiere un peso dificilmente omitible y peligrosamente condicionante.
¡Si tan sólo lograramos dominar el arte de asignar sentido, de constuir los relatos que queremos transitar, de ponernos como personajes de la historia que queremos vivir! 

Por supuesto que no simpre podemos darnos el lujo de resignificar el relato, de resignificarnos. Es agotador. Poco eficiente. Es en las crisis en que esto ocurre con mayor vehemencia. Y si bien somos en parte una sucesión de crisis que vamos resolviendo como podemos, creo que en mayor medida aspiramos a vivir vidas llenas de sentido, cargadas de dignidad, gloria, para nosotros y para los demás, en un marco de continuidad. Si Spinoza tenía razón y la alegría es la constatación de que somos más poderosos, de que estamos más cerca de lograr nuestras metas, no basta con tomar las riendas del sueño que transitamos y redefinir sus condiciones... El sueño hay que transitarlo, hay que perseguirlo, hay que disfrutarlo.


4.5.24

La espera

Los duelos son embarazos que se gestan en la mente. Son procesos inabortables.

Prolijamente vestido, perfumado, con un saco abrigado en tonos marrones y beige, y una gorra escocesa, aguardaba en el umbral de la puerta luego de haber llamado con suave firmeza en la mañana otoñal. La calle se vestía de tonos aureos al atravesar el sol los árboles y sus copas doradas. El frescor de la mañana mordía su rostro y sus manos, pero esa generalmente era una sensación bienvenida. 

Se oyen pasos dentro, que se arriman a la puerta. Finalmente se abre.

- No.

Es lo que oye. Esas mismas palabras expresan un rostro contrariado.

- Hoy no es.

Un texto de Kafka que viene a la cabeza. La del hombre que aguardaba en la recepción frente a la puerta de "El Proceso". Esa puerta que nunca se abrió para él, quizás porque él nunca decidió abrirla, o quizás fue eso lo que le dijeran sobre el final para hacer más absurda la resignificación de toda su espera.

Una tras otras, puertas cerradas, expectativas, esperas en balde.

Una tras otras, instancias en las que se interpretan ridiculas ceremonias en las que se asiste a horario, con un aura de paciencia y buena predisposición, para nada y por error propio.

El proceso es el comienzo del duelo, aquel en el que el afán de jugar bien las propias cartas, interpretar con displicencia y elegancia el propio rol de individuo que aguarda el reconocimiento por parte de terceros de la dignidad que considera que objetivamente merece. Pero la dignidad es otra cosa. No es al algo que nace del reconocimiento de terceros.

Allende el absurdo, la farsa develada, no hay enojos, no hay reproches, no hay llanto por el tiempo perdido. Quizás sí, un poco, malestar por no haber aprendido la lección anteriormente. Por exponerse.

En fin. A cambiarse con prendas más cómodas y a salir a transitar las calles.

6.4.24

Intuiciones puras

No es tan sólo una analogía de los fenómenos físicos que rigen la naturaleza y la cosmología. Efectivamente, somos cuerpos en movimiento. Y nuestro movimiento no es tanto a través del espacio, sino a través del tiempo. Somos cuerpos en movimiento en constante transformación. Somos cuerpos en movimiento atravesados por una historia y un dinamismo afectado por variables internas y externas. Somos dinámicos cuerpos en movimiento que cargan sobre sí con la maldición y el milagro de contar con autoconciencia, pero una autoconciencia limitada por nuestros propios sentidos, nuestros propios marcos teóricos, nuestra ideología, y los resortes e inclinaciones en tensión, porque muchas veces operan en sentido contrario, que nos condicionan a autopreservarnos, a identificarnos como individuos, a aspirar la comunión con un colectivo o un ente superior, a perseguir objetivos cambiantes, a soñar sueños absurdos.

Es sólo una cuestión de perspectiva histórica, que reduce y simplifica lo complejo para hacerlo entendible en el marco de nuestra naturalmente limitada condición de animales racionales. Somos simultáneamente ese cometa que ora es un bebé lactante, ora un rumiador con la mirada puesta hacia atrás, trabajando en el balance y la reconstrucción de una narrativa que se nutre de las varias décadas transitadas y sus frutos. Somos y hemos sido infinidad de sujetos sucesivos. Pequeñas variaciones. Una sucesión de fotogramas que emiten destellos, fogonazos, chispazos, y con ello, dan lugar a nuevos y distintas versiones de nosotros mismos. Todos convencidos y empecinados en sostener el necesario axioma epistemológico: “Pienso, siento, deseo, y en consecuencia existo. Todo lo que me antecede ha sido montado, por mí o por un ente superior, para que hoy decida, sienta, disfrute, o transite las pasiones que me tocan y que elijo.”.

Sin embargo, detrás de todo el espectáculo montado y tejido en la maraña caprichosa del entramado del tiempo y el espacio, intuimos lo que existe y no perece, no se corrompe, no deja de existir nunca.
Las fugaces intuiciones que nos permiten ver aquello que existe de verdad, nos hablan del amor, de los vínculos, de nuestros afectos. Ellos no perecen nunca. Ellos existieron siempre, incluso antes de que el tiempo y la circunstancia nos hayan permitido “reconocerlos”. Ellos seguirán ardiendo como un fuego divino que abriga, ilumina e inspira, incluso cuando las órbitas que parecieran alejarnos a los unos de otros en este transitar lineal de nuestra experiencia humana pongan una distancia insalvable entre nosotros. Porque ojo, no hay eterno retorno. Lo que hay es un eterno existir y un muy lineal, terrenal y engañosamente superficial discurrir. Basta mirar con el corazón para darse cuenta.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...