Hay un jueguito que me gusta mucho pero que no practico muy asiduamente; cualquiera que esté familiarizado con el concepto de asociación libre no tendrá problemas en entender en qué consiste. Es tan sencillo como partir desde un término, un término cualquiera, y desde el mismo, de la forma menos consciente posible, ir formando una cadena de en la cual los mismos se asocian subjetivamente el uno con el otro, sin una lógica explícita. Claro que lo divertido es reconstruir esas relaciones, algunas muy sencillas, otras un tanto confusas, algunas muy recurrentes, otras por primera vez descubiertas.
El último que realicé me llevó a perderme en una serie de consideraciones que partieron desde mi experiencia subjetiva, mis miedos y preocupaciones, para luego finalmente identificar cuantas de las características por mí detectadas no me son exclusivas sino que son universales y propias del ser humano.
Una pregunta asaltó mi mente al releer los términos asociados; quizás la pregunta en que se ha su fundado la crisis de esta semana, la última crisis en esta sucesión de crisis que tengo por vida: ¿Dudo de mí? «No lo creo. Es la maldita ansiedad que me confunde, entonces ansiedad y confusión como madre e hija me obligan a sondear, a buscar sólidos, a alcanzar logros materiales, postpotencias, seguridad. ¿Dudo de mí? No lo creo. Poco me preocupo en dudar de mí. Dudo de lo externo. Dudo del devenir. Dudo de la justicia. Le temo a la justicia. Le temo al destino. Si todo en mi vida estuviese destinado a permanecer estático menos yo, quizás sentiría menos vértigo. Puede que haya entendido al ascetismo avolitivo como una oportunidad de lograr artificialmente ese imposible cuando decidí que el mismo era la respuesta. Claro. Flor de fábula que ahora no compro. No quiero estatismo. Quiero sólidos. Quiero compañía. Quiero contención y contener, y por eso contención. Quiero desafíos. Quiero destrozar paredes, transgredir límites. Pero quiero alguien a quién dedicarle cada logro. Quiero alguien que destroce rutinas, o que por el contrario, las haga maravillosas».
Hay una serie de constantes en mi vida que creo que son más o menos las mismas constantes que en la vida de cualquiera. Lejos de ese miedo al cambio tan necio y presente en los adolescentes, entiendo al mismo desde chico y por situaciones de fuerza mayor como una oportunidad, una grandiosa oportunidad de hacer honor a lo vivido y crecer, aprovechar ese espacio nuevo ahora otorgado, utilizar al máximo nuestros conocimientos e imaginación y desarrollarnos... ¡Sí, crecer!. Este es el punto donde se articulan una serie de teorías que me resultan muy esclarecedoras. Porque la voluntad de poder, esa pulsión que Nietzsche ubicaba asimétricamente distribuida en los sujetos, en términos cuantitativos o cualitativos, es aquel apetito voraz y nunca aplacable que nos atraviesa a todos. Teniendo en claro que lo importante es poder, es crecer, es ser más, ¿cómo ser conscientes de nuestros progresos, de estar efectivamente siguiendo nuestro designio? El estadio del espejo, la teoría popularizada por Lacan y que convierte al otro, al sujeto ese que no soy yo pero que como yo da significado a las cosas, da valor a las cosas, será entonces la forma más eficiente, inmediata o fidedigna de comprender la naturaleza de nuestros logros. Él nos platicará de distintas maneras sobre nuestros logros.
Pero esa no es la única forma de corroborarlo, así como tampoco será la aceptación o el reconocimiento del otro nuestro único incentivo a superarnos. Hay otro importantísimo elemento y que no se confunde necesariamente con sujeto alguno, y ese elemento que incentiva es el límite. Creo con mucha fuerza que esta naturaleza de los límites, naturaleza que provoca y estimula, naturaleza que nos condiciona a entender que en la violación, en la transgresión del límite podemos con seguridad identificar un movimiento, un avance, un cambio de situación, es tan importante como la existencia del otro. Así la transgresión del límite no sólo es entendida como sinónimo de logro o de poder sino también de libertad. El placer de haber ejercido el derecho de enfrentar lo impuesto y haberlo superado. La exaltación del yo que supera lo que parecía insuperable. Hay algo muy retorcido en la naturaleza humana, una suerte de fatalismo pernicioso, una suerte de desviación de la cual pocos y muy inteligentes individuos logran apartarse: el placer de la transgresión - que quizás debería conducirnos únicamente a superarnos, a ser mejores - nos puede llevar a la autodestrucción, o en una versión minimalista, a la autoflagelación. La confusión puede ser mayor o menor dependiendo del caso, pero ¿cómo entender acaso el abuso de cualquier tipo que signifique daños psíquicos o físicos sino como la asociación de la transgresión de un límite con algo placentero o beneficioso?. Quizás llevado al extremo es más fácil observar lo que intento iluminar: ¿cómo entender que un sujeto accede felizmente, con cierto vanidoso y pretencioso orgullo al consumo de drogas o alcohol sino es considerando que ese individuo se cree imponiendo su voluntad, superando un límite?. ¡Atentar contra su propia vida, su propia salud, su propia integridad es entonces una muestra de su poder! ¡Puede él más que el instinto de supervivencia! Eso es poder, estúpido. Muestras más horribles y extremas de cómo un enfermo puede confundir la superación de un límite con el poder, con la exaltación del yo y el placer que implica la superación, quizás sean los casos del pedófilo, del asesino o del torturador. Y toda explicación no se reduce a una cosificación del otro, en la transmutación del mismo en límite a ser superado sin más. No. A la morbosidad, presente en todos los casos o no, debemos sumar el hecho de que quién comete tal acto de barbarie, encuentra en el dolor y el impacto psicológico del otro el mayor límite posible. ¿Qué límite más claro que ese? Ante una lógica unidimensional, ¿qué placer mayor que ese? ¿Qué mayor logro qué ese?
Pero no hay necesidad de ser un enfermo a esa escala para ser culpable de la confusión de aquellos dos significados que puede tener un límite al ser evaluado: el límite como estímulo para crecer, el límite como protección de la propia integridad y de la de terceros. Y puede que esa confusión haya sido la que me ha motivado dolores de cabeza últimamente.

