14.3.06

Consideraciones sobre mi ideal de pareja

Seguramente hay tantas formas de amar como individuos. Por otro lado, teorizar sobre las relaciones de pareja, sobre relaciones que (en teoría) se deben basar en el amor que une a dos individuos, no sólo es una tarea difícil sino que además pasible de despertar un tedioso aburrimiento por la forma en que pienso tratar el tema. Sin embargo, fiel a mí, procuro encontrar la lógica que se esconde detrás de aquello que a los ojos de algunos debería ser librado al devenir de los sentimientos y los acontecimientos, librado a nuestra pasión, entendiendo a ésta como ese impulso donde la racionalidad y los cálculos utilitarios no encuentran su lugar.
Todo sujeto responde a una serie de necesidades que siempre habrán de encontrar dinámicamente su forma de representación temporal. Es decir, todos y cada uno de nosotros nos veremos impulsados a satisfacer necesidades, y para ello perseguiremos distintos objetos que irán cambiando con el tiempo. Una cosa sin embargo siempre permanece ligada a nosotros, y ésta es dicha necesidad. Digo sencillamente que todo sujeto se propone en el transcurrir de su existencia una serie progresiva de objetivos a los cuales persigue. Paralelamente, la necesidad de compartir nuestra existencia con otro sujeto, con otro individuo, encuentra su razón de ser (razón eficiente) en cuestiones de tipo biológicas (filogenéticas), espirituales, trascendentales. De ésta unión nace lo que podríamos analogar a una persona "jurídica": un nuevo sujeto, la pareja, con sus propias necesidades y fines (no necesariamente incompatibles con los de sus partes). Sin embargo, la unión que nace con el amor (o el cobarde escape a la soledad, según el caso), y sin necesidad de que genere gran trauma, habrá de complejizar el camino para llegar a un equilibrio o armonía en los individuos, dado que va a implicar la necesidad del diálogo eficiente que concilie fines y medios a emplearse en la persecución de los mismos (en qué proporciones, de qué características, con cuánta intensidad). Muchas veces estos diálogos, sin quererlo, se convierten en relaciones de poder, pues los sujetos procuran satisfacer los objetivos de la pareja con el menor menoscabo de aquellos que son estrictamente individuales. Por tanto muchas veces no basta el autocontrol en una de las partes para no imponer su voluntad más allá de lo equitativo, sino que es necesario un verdadero enfrentamiento o choque de fuerzas. Cada una de las partes debe demostrar tener elementos de fuerza a su favor para demostrar que aquellos objetivos estrictamente individuales son importantes, pues todo sacrificio siempre será en desmedro de aquello menos importante.
A raíz del enamoramiento, de la condescendencia para con el otro, de la debilidad de carácter o la falta de amor propio, muchas veces es una de las partes aquella que ve sus objetivos originales ceder, trabucados o anulados. Entonces, y cada vez de una forma más patente, surge una personalidad dominante, no exentos de las intrincadas redes que puedan erigirse entre los sujetos. Factores circunstanciales, como ser anímicos o aquellos provocados por la aparición de elementos provisionales que tengan consecuencias en las conductas de los sujetos, pueden variar la dinámica de la pareja.
Personalmente, busco desde siempre construir junto a alguien una pareja donde mis necesidades e intimidad sean respetados. Pretendo compensar a ese alguien con la misma moneda. Por otro lado, creo que lo ideal es que en el seno de la misma puedan nacer una serie de objetivos compartidos y propios de la pareja. Debe proveérsele a ésta de un espacio propio, de una intimidad, de objetivos comunes, de diálogo de calidad. Cada uno de los sujetos debe ser considerado un fin en sí mismo, pero a la vez la salud de la pareja debe ser considerada por ambos como un fin de sus fines. Quiero con alguien lograr, no obstante los dinamismos, una pareja destinada a perseguir tenazmente el equilibrio, es decir, el respeto por cada uno de los espacios individuales y compartidos. Y vaya que no es algo que parezca sencillo. Mucho menos debe ser lograrlo. Pero estar lograr un acuerdo en lo referido a esto desde un principio significa un punto a favor desde el cual comenzar, ¿verdad?
Ahora, no quiero omitir algo importantísimo: el amor. Siendo lo importante que es, no deja de complicar las cosas el que se nos presente como algo totalmente irracional, algo que impulsa a la fe, a los sacrificios más románticos. ¿Cómo encontrar el límite entre la honrosa entrega a la empresa común y el abnegado masoquismo? Dicho límite es tan relativo, tan plausible de distintas interpretaciones, que sin lugar a dudas complica enormemente el panorama. Cuando el amor se alza como el ideal que nos impulsa a vivir, y lo ubicamos incluso por encima de todo el resto de nuestra existencia, es común confundir a una de sus representaciones (un sujeto en cuyo rostro se nos presenta como tal) con el amor en sí. Confusión que se torna obstinadísima cuando quién confunde es partidario del único amor. Lamento resignarme a decir que en lo referente a éste último tópico, no hay respuestas absolutas. Cada uno descubre en su propio duelo hasta qué punto está dispuesto a desangrarse y morir con esa representación particular.
Sin embargo una cosa sé seguro. No quiero para mí una relación en la cual amor sea de ninguna manera sinónimo de dependencia. El amor debe siempre ser libertad. Debe ser una elección sostenida. Nunca una prisión, sino un lugar de encuentro, un lugar donde potenciar nuestras posibilidades, un lugar de crecimiento, un espacio abierto, una hermosa casa a la cual ingresar no sólo para descansar luego de tardes de caminatas introspectivas, sino en la cual compartir una comida, un diálogo; una casa a la cual se le debe atender el jardín, pintar las paredes, barrer los suelos, airear y perfumar.

13.3.06

Se vos

Al preguntársele cuál era la característica de los seres humanos más común en todas partes, aquel viajero que había visto muchas tierras y pueblos, y visitado muchos continentes, respondió: la inclinación a la pereza. Algunos podrían pensar que hubiera sido más justo y más acertado decir: son temerosos. Se esconden tras costumbres y opiniones. En el fondo, todo hombre sabe con certeza que sólo se halla en el mundo una vez, como un unicum, y que ningún otro azar, por insólito que sea, podrá combinar por segunda vez una multiplicidad tan diversa y obtener con ella la misma unidad que él es; lo sabe, pero lo oculta como si le remordiera la conciencia. ¿Por qué? Por temor al prójimo, que exige la convención y en ella se oculta. Pero, ¿qué obliga al único a temer al vecino, a pensar y actuar como lo hace el rebaño y a no sentirse dichoso consigo mismo? El pudor acaso, en los menos; pero en la mayoría se trata de comodidad, indolencia, en una palabra, de aquella inclinación a la pereza de la que hablaba el viajero. Tiene razón: los hombres son más perezosos que cobardes, y lo que más temen son precisamente las molestias que les impondrían una sinceridad y una desnudez incondicionales. Sólo los artistas odian ese indolente caminar según maneras prestadas y opiniones manidas y revelan el secreto, la mala conciencia de cada uno, la proposición según la cual todo hombre es un milagro irrepetible sólo ellos se atreven a mostrarnos al ser humano tal y como es en cada uno de sus movimientos musculares, único y original; más aún, que en esta rigurosa coherencia de su unidad es bello y digno de consideración, nuevo e increíble como toda obra de la Naturaleza y en modo alguno aburrido. Cuando el gran pensador desprecia a los hombres, desprecia su pereza, porque por ella se asemejan a productos fabricados en serie, indiferentes, indignos de evolución y de enseñanza. El hombre que no quiera pertenecer a la masa únicamente necesita dejar de mostrarse acomodaticio consigo mismo; seguir su propia conciencia que le grita: «¡Sé tú mismo! Tú no eres eso que ahora haces, piensas, deseas».
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Fragmento extraído de Schopenhauer como educador
Frederick Nietzsche

1.3.06

Bienvenido sea el nuevo día

(Los antiguos romanos dividían la noche - desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana - en cuatro partes - velas o vigilias - de tres horas cada una).
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Canta un coro de elfos:
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(Serenata)
Cuando se saturan los aires tibios en torno de la llanura ceñida de verdor, cuando el crepúsculo hace bajar perfumados efluvios y velos de neblina, emitís quedito un dulce susurro de paz; mecéis el corazón en una calma infantil, y cerráis las puertas del día a los ojos de este hombre rendido de cansancio.
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(Nocturno)
Ha descendido ya la noche; júntanse santamente la estrella a la estrella; grandes luceros, diminutas chispas brillan cerca y centellean a lo lejos; lucen aquí reflejándose en el lago, resplandecen allá arriba en la noche serena, y sellando la dicha del más profundo reposo, domina el resplandor de la luna.
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(Alborada)
Extinguiéronse ya las horas; huyeron el dolor y la felicidad. Sábelo con tiempo: vas a quedar curado de tus males; confía en la mirada del nuevo día. Verdean los valles; las colinas despliegan su exuberante vegetación para convidar con su sombra al descanso, y en fluctuantes olas argentinas, las sementeras ondulan hacia la cosecha.
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(Canto al despertar)
Para saciar deseo tras deseo, contempla aquel lejano resplandor. Débiles son los lazos que te sujetan; el sueño es una cáscara; arrójala lejos de ti. No tardes en cobrar osadía mientras la multitud yerra indecisa. Todo puede llevarlo a cabo el alma noble que sabe y pone resueltamente manos a la obra.
(Un rumor inmenso anuncia la proximidad del sol.)

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Fragmento extraído de Fausto
Johann Wolfgang Goethe

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...