Los Discursos que hablan de la exclusión de individuos que detentan ciertas características consideradas no deseadas, patéticas u ofensivas son vividas por quienes las practican como el ejercicio de un acto de reivindicación de la propia identidad. Por otra parte, quienes emiten estos Discursos en general experimentan un placer morboso en la práctica excluyente, pues significa ejercicio de poder, detentación de las facultades de juez, es decir, de quién está embestido por el mandato de la justicia. A la vez vincularán y confundirán a la Justicia - como elemento objetivo - y la propia Voluntad - como elemento subjetivo y razón de la individualidad, soporte básico de la identidad- .
Siendo portador de dicho Discurso, difícilmente un individuo se muestre crítico al mismo, pues allí hasta donde él puede percibir, éste sólo le significa satisfacciones. Consecuentemente se liberará a las mismas sin mayor consideración.
Por tanto, es muy probable que el acriticismo sea quebrado recién una vez uno se haya convertido en sujeto pasivo de la practica excluyente, es decir, en excluído. Sucedido esto, se desarrollará algún tipo de empatía - en términos relativos - y podrá el individuo percibir al dolor ajeno como propio.
Hay algo que me interesa señalar. En una dimensión relacionada, el filantropismo como práctica y convicción ético-moral muchas veces atenta paradojalmente contra aquel que lo adopta. No es cierto que el filántropo siempre sufre de su condición, pues existe algo que es como un límite, una línea imaginaria y muy distante, que una vez rebasada, y por tanto suprimido el Ego, y habiendo cedido en el espíritu de tal manera el amor a los demás como una fuerza mucho más poderosa y valiosa que la propia finita existencia, una vez allí, es muy difícil que quién haya llegado a esa instancia pueda sentir de alguna manera que el filantropismo atenta contra su persona, pues ha renunciado a la misma. Tal y como existe un tipo de enamorado que permite de aquella a quién adora todo tipo de aflicciones, y aún sufriéndolas la ama, así el Filántropo no permitirá que su amor al hombre se vea perjudicado por el abuso que éste pueda hacer del mismo. Esa persona ha renunciado a su propia existencia y sólo vive para los demás y en pos de un fin exógeno y ulterior que rebasa a la misma, tanto porque la atención la fija ahora fuera de sí, en los otros, como por cuanto la fija en torno a un futuro cualitativamente distinto, providencialmente mejor.
Pero al común de los mortales, este abrazo decidido pero no absoluto al filantropismo le conduce a entender las prácticas excluyentes como algo que duele, algo que no sólo es mezquino, sino además estúpido, y también le significa una tensión insoportable, en la cual el vapuleado y olvidado Ego cada tanto se subleva a causa de la agresión a la cual se lo está sometiendo. No siempre, pero en ocasiones las consecuencias de esta rebelión son nefastas: no sólo por sus efectos en el mundo exterior, sino además por la culpa que siente este Filántropo que se quiere a sí mismo.
Algo es cierto: no se puede desconocer la utilidad relativa de esa suerte de exclusivismo que es el particularismo. Pues su antagónico, el universalismo, es decir, la apertura total del sujeto a una instancia superior, estimuladas su porosidad y permeabilidad para el eficiente ejercicio del intercambio, habrá de significar con eventualidad la subsumisión voluntaria a una fuerza demasiado poderosa, que devorará impasible. La indefinición, la volubilidad, el anonimato, lo opuesto al sentido de pertenencia: todas consecuencias de perseguir un fin noble, pero extremadamente presuntuoso.