8.5.24

La inteligencia que siente

Nuestra más profunda inteligencia no piensa. Siente. 

No por primitiva es menos noble, sagaz, valiosa o certera.

La inteligencia que siente es ciega a condicionamientos sociales, a nuestra opinión de nosotros mismos, a escenificaciones, cosméticas y fines utilitaristas. Es nuestra racionalidad y nuestra condición de seres racionales la causa por la que caemos en tantas trampas. La causa por la que nos perdemos, nos confundimos. Lejos de obrar como una luz que todo lo aclara y hace evidente, como rezaban el iluminismo, el rescindirlo o el positivismo, la razón tiende a confundirnos, enredarnos, hacernos obrar con vehemencia en contra de nuestros verderos intereses, en contra de la verdad. 

Paradojalmente, hemos convenido en acusar a las pasiones y sus pulsiones, caracterizadas como "irracionales", de ser responsables de nuestros desvaríos y sinsentidos. Una cobardía y un error de comprensión total. Las pasiones son inclinaciones que surgen del procesamiento racional (aunque no consciente) que hacemos de información que recibimos de estimulos externos e internos. Las pasiones no son estrictamente irracionales. Y poco tienen que ver con la inteligencia que siente.

La inteligencia que siente no es práctica. Es meramente contemplativa. Es el vehículo más perfecto a la verdad. Verdad que es simplificada y vaciada de contenido cada vez que tratamos de convertirla en algo maleable, transaccionable, moral y positivo, a través del lenguaje, la ciencia y sus decálogos.

La inteligencia que siente es metahumana. Es inaprehensible como tal. Sólo podemos sentir su calor. Sólo podemos intuirla a fogonazos. La inteligencia que siente no es un mérito nuestro como individuos. Nos trasciende. Es universal. Es divina. Su calor y su constatación subjetiva quizás sea el indicio más concreto y más perfecto de que hay una fuerza innombrable que nos une con el todo, de la que poco podemos saber y entender, porque sería como querer sentirle el sabor o el color a un sonido.

La inteligencia que siente se lleva mejor con el arte que con la ciencia. Se lleva mejor con la parábola y la metáfora que con la teoría y los axiomas.

La inteligencia que siente es un vehículo y una fuerza ciega. Tiene un hambre insaciable. Tiene hambre de verdad.

Sólo hace poco tomé verdadera dimensión de lo que si antes era una idea celebrada, es ahora para mí un mantra:

Nos merecemos la verdad.

Todo lo demás es accesorio y complementario. Y si nos negamos la verdad, o nos extraviamos, o erramos el rumbo, la verdad nos atrae con su fuerza irresistible. Porque resistirla es resistir lo irresistible. Un acto inútil, un desencuentro. 

5.5.24

El silencio y la autocontemplación

Silencio en la calle. 
Finalmente. 
Parece absurdo que los vehiculos transiten la noche como bestias que estruendosas y apuradas buscan embestir a un enemigo allí abajo y que sólo ahora, al salir el sol, en la penumbra preñada de neblina, sea cuando la calle está en silencio. 
La pava de aluminio anuncia a través de su sutil silvido que ya es momento. La yerba es vertida sobre el mate y el agua caliente ingresa en el termo. Balcón. Inspiración profunda mirando al horizonte y a las copas difusas tras el velo de neblina, allende los techos y tejados y los pocos edificios. Linda mañana.
Es curioso que el silencio y la compañía de nadie sino de uno mismo signifique cosas tan distintas dependiendo de las circunstancias. A veces un tesoro, apreciado. Otras, una carga pesada y asfixiante, como un tesoro, sí, pero presionando sobre el pecho cansado. 
¿Será cuestión de tiempo? 
El sentido. El para qué. El por qué hago lo que hago, por qué transito lo que transito. Esa clave que condiciona la interpretación y significación de lo que transitamos. La soledad, fugaz o como estado, pasible de ser vivida de tantas maneras. Y la clave es siempre uno mismo. El sentido que nos atraviesa, el horizonte que perseguimos, el lugar en que nos percibimos parados dentro de un relato que nos tiene ora por héroes, villanos, personajes de reparto, o estrategia literaria para dar lugar a desarrollos que poco o nada tienen que ver con nosotros.

- Tercer mate. - Sacale una foto. - El agua quedó un toque tibia.

El enriedo en reflexiones metafísicas, existencialistas. ¿Es el cerebro que se despereza, como cuando bostezamos y extendemos los brazos hacia arriba al estirar el torso? ¿Tiene sentido caer en el vicio olvidado de la construcción de estos abstractos castillos de arena en la propia mente? 

Me imagino a mi mismo como uno de esos personajes en las pantallas de carga, perfectamente definidos y de espalda flotando en la nada, pero incapaces de ver donde están situados, y en consecuencia, de entender perfectamente quiénes son, qué es lo que tienen que hacer, en qué mundo se encuentran situados, cuál es el argumento de su historia. Porque no hay identidad ni ética ni sentido sin pasado, presente y futuro, sin entorno, sin contexto, sin interlocutores. Y nuestras cabecitas, adaptativamente diseñadas para comprender la vida sólo desde la causalidad, desde el "si esto, entonces esto", construyen su relato desde un presente que se teje con dos agujas, una llamada pasado, otra llamada futuro. Pero también construye el pasado desde el presente y el futuro, como construye el futuro desde el pasado y el presente.
- Vengo de allí y voy para allá, por tanto soy este
- Soy este y voy para allá, por tanto mi pasado fue aquél
- Vengo de allí y soy este, por tanto voy para allá
Como un escalador que ancla piernas y un brazo en distintos puntos, para desde allí definir el próximo paso. Porque no hay cómo saber cuál será próximo punto de agarre sino desde la definición previa de esos tres puntos de apoyo, que no es otra cosa que significado y valoración.

Es en la contemplación en silencio con uno mismo que este proceso de reescritura de nuestra propia historia puede darse con mayor facilidad. Es en esa pausa que podemos resignificar las piezas. O no. Depende de si hay un sentido fuerte y definido que nos atraviesa, o si por el contrario, nos sentimos incómodos o inciertos.

Una recurrente cita de Kierkegaard sentencia que la vida sólo puede ser vivida hacia adelante pero también sólo puede ser entendida hacia atrás. Esto es cierto. Pero no agota el fenómeno. Porque si bien es cierto que somos esencialmente sujetos que entienden su entorno y su propia vida desde la construcción de narrativas, de historias, el futuro y el presente son también claves para entender el pasado, para elegir una versión del pasado que nos permite arribar a cierta consistencia literaria.

Lo sugerido es que somos eso, sujetos literarios, hermeneutas en busca de sentido. Y la soledad es la oportunidad que tenemos de resignificar las hojas escritas en tinta cambiante, echando mano a los fragmentos dispersos en distintas hojas, algunos olvidados, otros dificilmente legibles o hasta absurdos y por ello mismo descartados.
¡Cuánto poder en la posibilidad de cambiar el pasado, el presente y el futuro! Genera vértigo saber que la comedia puede convertirse en drama tan fácil como el drama puede convertirse en comedia. Quien entendíamos por héroe puede pasar a convertirse en villano o en un error, un intrascendente actor de reparto, tan fácil como escogemos distintas piezas con los cuales armar nuestro rompecabezas, piezas asimétricas y de diversos tamaños, que sólo adoptan color y tono cuando las miramos en conjunto, condicionadas por nuestra intención, todo hay que decirlo.
Hay otras variables que introducen caos en el relato, y quizás de mayor peso sean las condicionadas por la mirada del otro, de los otros, de los propios afectos, de nuestros referentes, de aquellos de quienes queremos distanciarnos. La validación de nuestra propia historia por otros sujetos puede pesarnos más o menos, dependiendo de nuestro humor, nuestras seguridades, nuestro interés. Pero es su condición de narradores, tal y como lo somos nosotros, la que les confiere un peso dificilmente omitible y peligrosamente condicionante.
¡Si tan sólo lograramos dominar el arte de asignar sentido, de constuir los relatos que queremos transitar, de ponernos como personajes de la historia que queremos vivir! 

Por supuesto que no simpre podemos darnos el lujo de resignificar el relato, de resignificarnos. Es agotador. Poco eficiente. Es en las crisis en que esto ocurre con mayor vehemencia. Y si bien somos en parte una sucesión de crisis que vamos resolviendo como podemos, creo que en mayor medida aspiramos a vivir vidas llenas de sentido, cargadas de dignidad, gloria, para nosotros y para los demás, en un marco de continuidad. Si Spinoza tenía razón y la alegría es la constatación de que somos más poderosos, de que estamos más cerca de lograr nuestras metas, no basta con tomar las riendas del sueño que transitamos y redefinir sus condiciones... El sueño hay que transitarlo, hay que perseguirlo, hay que disfrutarlo.


4.5.24

La espera

Los duelos son embarazos que se gestan en la mente. Son procesos inabortables.

Prolijamente vestido, perfumado, con un saco abrigado en tonos marrones y beige, y una gorra escocesa, aguardaba en el umbral de la puerta luego de haber llamado con suave firmeza en la mañana otoñal. La calle se vestía de tonos aureos al atravesar el sol los árboles y sus copas doradas. El frescor de la mañana mordía su rostro y sus manos, pero esa generalmente era una sensación bienvenida. 

Se oyen pasos dentro, que se arriman a la puerta. Finalmente se abre.

- No.

Es lo que oye. Esas mismas palabras expresan un rostro contrariado.

- Hoy no es.

Un texto de Kafka que viene a la cabeza. La del hombre que aguardaba en la recepción frente a la puerta de "El Proceso". Esa puerta que nunca se abrió para él, quizás porque él nunca decidió abrirla, o quizás fue eso lo que le dijeran sobre el final para hacer más absurda la resignificación de toda su espera.

Una tras otras, puertas cerradas, expectativas, esperas en balde.

Una tras otras, instancias en las que se interpretan ridiculas ceremonias en las que se asiste a horario, con un aura de paciencia y buena predisposición, para nada y por error propio.

El proceso es el comienzo del duelo, aquel en el que el afán de jugar bien las propias cartas, interpretar con displicencia y elegancia el propio rol de individuo que aguarda el reconocimiento por parte de terceros de la dignidad que considera que objetivamente merece. Pero la dignidad es otra cosa. No es al algo que nace del reconocimiento de terceros.

Allende el absurdo, la farsa develada, no hay enojos, no hay reproches, no hay llanto por el tiempo perdido. Quizás sí, un poco, malestar por no haber aprendido la lección anteriormente. Por exponerse.

En fin. A cambiarse con prendas más cómodas y a salir a transitar las calles.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...