29.7.14

Le Petite Mort

¿Será acaso cierto que cada orgasmo es una pequeña muerte? ¿Será que quizás el sexo abre abismos entre hombres y mujeres? ¿Abismos insondables, vacíos inescrutables? ¿Será acaso que se trata de la constatación efectiva de que la promesa de completitud no se cumple y quedamos allí, suspendidos, con una soledad más definitiva, más concreta, más tangible? ¿Será acaso que el sexo sea esa fuerza que atrae a dos cuerpos suspendidos en el vacío pero que sólo logra estrellarlos, destruyéndolos en añicos y repeliendo a uno del otro justo a continuación? ¿Será acaso que amor y sexo sean, contra toda enseñanza fabulezca, finalmente incompatibles?


26.4.14

Curtain falls

Las luces se apagan, se cierra el telón y el mundo se calla. Entonces, silencio. Un silencio ensordecedor que tiene tanto de pacífico como de vacío sucede a las declaraciones sentidas pero teñidas de espectacularidad, pergeñadas para cerrar un acto, para complacer el sentido de teatralidad. Pero sólo por un momento, porque suspendido el espectáculo, fuera de la vista de terceros, lejanas y acercándose, desde profundidades insondeables, brotan emociones sin voz pero lo mismo estruendosas.
Ellos, lo mismo que vos, carecen de lucidez, inteligencia o gallardía suficientes para poder concebir a una historia por fuera de las categorías de comedia o tragedia. Comprenden, también como vos, que la variable que definirá que esta o aquella historia sea una tragedia o una comedia es el telón. Cuándo se abre, cuándo se cierra. La más feliz de las comedias eventualmente puede adquir tonalidad sombría y angustiante si el telón se rehusa a caer. La más trágica de las historias, de suceder lo mismo, será donde eventualmente florecezcan sonrisas y lagrimas, sí pero de emoción y alegría. Pero... ¿qué sucede cuando el telón se cierra y uno queda solo, cuando cesan los esfuerzos por revestir a ese material esencialmente neutro que es una vida sin la mirada intencionada y expectante de un otro o de uno mismo? ¿Qué sucede cuando se interrumpe el espectáculo y ya no hay intenciones ni fuerzas para montarlo? ¿Qué sucede cuando sólo queda silencio, cuando la palabra es extraditada y sólo hay lugar para lo inmoldeado, para las emociones profundas y ambiguas que escapan a la voluntad intencionada de un alguien que relata, de un alguien que interpreta?
Silencio allá afuera. Un rumor ininteligible aquí, detrás.


20.3.14

Amor propio

A ver. Está claro que no es fácil. Está claro que si las cosas fuesen como uno quisiera los dolores serían menores (como cosquillas), que las angustias serían ridículas y el desaliento se reduciría a una emoción extraña, prácticamente desconocida. Pero también está claro que la vida es maravillosa y que siempre hay revancha, que siempre hay motivos para pelear, que el amor sigue siendo un objetivo hermoso, un combustible incansable. ¿Realmente es tan difícil aceptar que bien vale las penas atravezadas sentirte un sujeto más pleno, cada vez? Pleno desde la aceptación de lo que no sos y te falta, pero también desde la celebración de lo que sí sos y tenés para dar. Ser padre, poeta, fanático, sensible, pasional, idealista... ¿Te parece poco? Y no me mires con esa cara. No reniegues de tu egolatría, de los destellos ocasionales de narcisismo. Los necesitás. Y no está mal que suenen tus alarmas, no está mal que con cautela comprendas que son indicios de un amor propio conflictuado y torpe. Pero es que justamente es ahí donde estás parado, ¿entendés?. Te debés a la tarea de erguirte y difícilmente puedas hacerlo de otra manera. Dejalo ser. 

Sabés lo importante. Durante años renegaste de la angustia de no encontrar sentido. Querías encontrar un sentido que atravesara tu vida y la confiriere de epicidad. Querías ser el héroe de una historia imposible y significativa, de una historia que estuviere signada por la pétrea imposibilidad y los obstáculos por un lado, y el más obstinado afán de trascendencia y de entrega por otro. Querías ser héroe. Querías ser príncipe. Querías ser padre. Querías que tu presencia no fuese vacía, que tu aporte a este mundo fuese celebrado, imprescindible, necesario, que arrojara como saldo justicia, belleza y dignidad. Lo rogabas. Rogabas esa posibilidad. Y te sentías miserable al entender que sentido y sentido del deber no son lo mismo. Que el primero atraviesa todo impulsado por el amor, que el segundo es tan sólo un gesto mecánico y poco osado que persigue una idealización, que no un ideal. Te sentías miserable porque te reconocías como un soldado con sentido del deber, pero un rōnin, una suerte de mercenario, un cuerpo sin alma. Ahora, decime... ¿te sentís así hoy? ¿No sentís que te sobran los motivos? Y no me refiero tan sólo a la deuda moral contraída por lo que has recibido en una vida que desde el principio te tuvo por beneficiario del amor de unos padres gigantes y mucha gente hermosa. Me refiero además por el hecho de haber hecho piel el derecho a un futuro pleno y feliz, a un camino digno y vibrante. 

Querido, no me mires así. Lo sé. Te falta un montón. Seguís rebelándote al mandato de categorías arraigadas, esas que te condicionan a cuestionar ciertas alegrías como si se trataran de premios consuelo y fueres la decadencia que trata de contentarse con lo que le toca, por el simple afán de sobrevivir. Pero no le aflojes. Creeme que no venís mal. Creeme que es cuestión de que te liberes de una vez por todas de la culpa, la propia y la ajena. Que dejes de castigarte por haber elegido la vida. Que logres perdonarte ser humano, loco y delirante. Que te permitas celebrar con plenitud tus alegrías, más allá de la mirada y el juicio de terceros. Que te salgas del mandato de ser modelo de nada que no sea de vos mismo, del genuino y sencillo hombre que sueña en grande, sí, pero que no es esclavo de esos sueños. Que logres ser el hombre que no vive al amor como una cruz sino aquel que vive porque ama. 

9.3.14

Un álamo

Todos quieren ser poderosos y nadie dueño de sí mismo.

- Tenés opción. Podés preservarte. No entiendo por qué elegís exponerte de esta manera. Sos libre de pensar y sentir lo que quieras pero no ganás nada parado acá, enarbolando una bandera que invita a que te golpeen. Tu discurso es confuso, pone sobre la mesa cuestiones polémicas y no logra sino efervescer prejuicios muy instalados. 
- Que haga un elogio del pragmatismo no me hace pragmático.
- Eso mismo es lo que digo. Es muy adolescente comportarse como si fuese necesario defender tu dignidad ante el mundo mediante el enunciado abierto de cuestiones que quizás te ganen el aplauso de unos pocos, si es que los hay, pero también la censura de las mayorías. Sos dueño de pensar lo que quieras, no tenés por qué refregárselo en la cara a nadie.
- Es justamente eso, una cuestión de dignidad y me sorprendo sin poder escapar de ello. Pero la cuestión está clara. Siento que en el transcurso de mi vida he atravesado un proceso dialéctico que tuvo por primer momento, un momento que he calificado de ingenuo pero que sería más prudente o correcto denominar como taxativo, en el cual la Objetividad era ley, las cosas eran o no eran, independientemente de cualquier subjetividad. Fue un momento marcado por la imposibilidad del consenso. El dialogo se terminaba reduciendo a un juego en el que una u otra parte se imponía sobre la otra. El vencedor era dueño de la verdad, era el vehículo del conocimiento, era un santo guerrero que cumplía su misión, arrojando luz sobre la oscuridad, proveyendo Justicia. En un segundo momento, ante un fracaso estrepitoso, la Objetividad se mostró como una quimera, como un imposible, como un supuesto inocente que sólo la imbecilidad podía defender. La conversión a la religión de la Subjetividad fue un proceso doloroso pero redentor. Los pecados de otrora se lavaban desde el respeto y la comprensión de la finitud y precariedad de todo sujeto cognoscente. La intersubjetividad era la única manera digna y eficiente de construir una escalera que nos permitiera arribar a la Verdad, pero verdad ya no como una entidad autónoma, sino como algo que era imposible de ser sin aquel que la piense. El Conocimiento dejó de existir. Sólo existían sujetos que "conocían", que construían algo que llamaban conocimiento para poder tomar decisiones, para poder interpretar las variables que les conducirían a optar por tal o cual curso de acción, que les conducían a esperar tal o cual escenario. Claro que el reinado de la Subjetividad también encerraba en sí mismo, como un cáncer, el agente que traería aparejado su fracaso. Porque así como la Objetividad imposibilitaba el consenso puertas afuera, la Subjetividad, en sus consecuencias más extrapoladas, terminaba imposibilitando el consenso interno. Cómo defender tal o cual posición, cómo pararse y defender nada si el relativismo, que consecuente consigo mismo implicaba someter a juicio crítico todo deseo, todo pensamiento, toda convicción, hacía de uno una entidad sensible, con una empatía hipertofiada, con una voluntad excesivamente cauta. Cómo arribar a seguridad alguna, cómo evitar que el Ego no se sienta eventualmente ultrajado y obre según pasiones irresistibles y destructivas, cuando el esfuerzo por contenerlas fuere infructuoso. Cómo no sufrir ante cada batalla perdida a manos de aquellos que carecían de empatía y estaban sobrados de ambición
- ¿Entonces? Si entiendo lo que estás manifestando correctamente justificás el hecho de estar exponiéndote como lo hacés como un acto de rebeldía no sólo ante los que considerás prejuicios instalados con los cuales no comulgás, sino además cómo un acto revolucionario ante el reinado hoy ilegítimo de la Subjetividad. ¿Eso no te devuelve al punto de partida? ¿Acaso pensás que el resultado de tu "dialéctica" te ubica fuera de esa disyuntiva? ¿Vas a recurrir a esas explicaciones confusas y débiles que plantean la reconciliación entre Objetividad y Subjetividad pero que terminan ocultando el bando para el cuál juega cada uno? Supongamos que resolviste tu dilema. Sigo sin entender cuál es la necesidad de ir por la vida generándote obstáculos y resistencias.
- Bueno, precisamente, no puedo resolver la disyuntiva. No me convencen las respuestas ensayadas. Según lo veo, es imposible resolverlo. El relativismo sigue siendo el escenario de base. Es en sí la razón por la cual es imposible resolver nada. Prima el reinado de la Subjetividad que llegó para quedarse, más allá de cualquier revolución que queramos llevar a cabo. Creo que el problema deja de ser epistemológico y pasa a ser sólo ético. Ya no se trata de cuestionarse si la Verdad y la Justicia son entidades reales y autónomas, se trata de tomar partido respecto de qué intereses se sirven. El problema es ético porque el problema es el Poder. He comprendido que más real que la Verdad y la Justicia es el Poder. Estar al servicio de qué y por qué. Ajustar mi discurso y mis filiaciones en función de incrementar mi caudal de poder o exponerme al castigo del poder de otros. Me convenzo día a día de que el Poder es como un fuego que no puede ser dominado por nadie. El poder tiene voluntad propia. Quienes lo acumulan, si bien participan de la ilusión de que el mismo es un atributo propio por ser, a ojos propios y extraños, la causa eficiente de que suceda tal o cual cosa, son en realidad tan sólo vehículos del mismo. El poder no es un atributo del poderoso. El poderoso es un vehículo del poder. El poder esclaviza, condiciona. El poder vacía al individuo de su individualidad. Sólo persisten su voluntad de autopreservarse y de acumular más poder. Una mayor cuota de poder es interpretada como una mayor fuente de satisfacciones, de placer, pero también como una necesidad ante un hecho trágico: mayor poder implica mayor cantidad de amenazas, mayor peligro. De ahí que el más inteligente y poderoso de los poderes busque pasar desapercibido. De ahí que el pragmatismo conduzca al poderoso a entender que si bien la ostentación del poder suele inhibir y desalentar la voluntad de confrontación de los sometidos, nunca es tan eficiente como el hecho de su efectiva ocultación. 
- Te estás contradiciendo, querido. Sostener vivaz una pancarta que dice "Péguenme" es lo opuesto de lo que estás sugiriendo como cauto o como eficiente.
- No me estás entendiendo. Esa es precisamente la cuestión. Mi disyuntiva es hoy ética. No pretendo acumular poder. Pretendo reconciliarme. Pretendo fortalecerme. Pretendo dejar atrás esta sensación horrible de estar conflictuado. Quiero ser yo y estar orgulloso de eso.
- ¿A costa de martirizarte? ¿No te das cuenta de la vanidad que hay detrás de un acto semejante? ¿No está acaso también escrito que el mártir es un artista del poder? ¿No está presente en él la voluntad de incinerarse y hacer de su combustión un mensaje? ¿No es acaso él el vehículo del poder por antonomasia...? ¿...quien permite que su propio cuerpo sea sacrificado al servicio de aquél? No se puede escapar al Poder. Somos efectivamente vehículos de él, independientemente de si elegimos someter o ser sometidos.
- Bien. Estamos de acuerdo. Somos vehículos del poder. Y yo me encuentro muy por debajo del común de los normales. No soy lo suficientemente "bueno" como para proponerme acumular poder. No estoy lo suficientemente entero. Sufro estar conflictuado. Sufro el ser consciente de mis carencias y angustiarme enormemente por ello. No puedo dejar de ser consciente de ello. Esa es mi angustia, ese es mi centro. No pretendo evangelizar a nadie. No pretendo aplausos. No se trata de eso. Quiero estar en paz conmigo mismo. Me quiero en exceso.
- Pero... ¿por qué enunciar nada, imbécil? ¡Estúpido! ¿Por qué exponerte? Me estás exasperando.
- Porque siento que si no lo hiciere, me estaría mintiendo.
- Eso es una estupidez y lo sabés. Lo tuyo es narcisismo.
- Quizás tengas razón. Ahora mismo, poco me importa. No hace mucho enuncié que era una reivindicación narcisista, censurable por ser tal, pero que de igual manera me debía a ella: "por más que mi copa se sacuda violentamente ante el viento, soy un árbol de raíces profundas y madera flexible. Soy un álamo." Y no se trata tanto de lo que soy o no soy. Se trata de lo que quiero ser.

6.3.14

Será cuestión de desearlo lo suficiente

Quiero escaparme de mis categorías e interpretar el mundo desde otro lugar, cargarlo de sentido utilizando otras herramientas.
Quiero reírme más. Cagarme un poco más en todo, incluso en mí mismo y mis putos condicionamientos. Quiero ser libre y no cuestionarme inmediatamente lo estúpido de hacer una afirmación tal, retrotrayéndome a la noción de Libertad que he construido, como ese "allá afuera" de los propios límites y condicionamientos, ficticio y absurdo.
Quiero amar livianamente, como el viento.
Quiero abrazarme a la magia que aún siento y que se sofoca por desinterés y apatías que no me son propias. Quiero no anhelar nada ni renegar de mis carencias. Quiero convivir cordialmente con ellas como otrora. Quiero sofocar el angustiante deseo de esconderme de mis miserias y de escapar de mi soledad dentro de una vagina. Quiero no tener que mendigar jamás otra vez un beso o un abrazo.
Quiero ser lo suficientemente valiente como para decir que no cuando el deseo no es genuino, cuando es más reivindicación que el resultado de un movimiento que busca alcanzar la felicidad.
Quiero ser lo suficientemente valiente como para ir y tomar lo que quiero, con gracia y audacia, y no sentir a los fracasos como fracasos.
Quiero encontrar a Dios en las pequeñas y en las grandes cosas.
Quiero que la esperanza sea siempre un optimista ¡Sí! sin objeto.
Quiero escapar a la fuerza transformadora de los juegos de poder, que envilecen y convierten a los hombres en mierda. Quiero nunca jamás ser como ellos, vacíos, cínicos y perversos.
Quiero ser generoso.
Quiero escaparle al resentimiento, que no es otra cosa que un mecanismo endeble que busca defender una autoestima también endeble.
Quiero que muchas cosas más me chupen un huevo.
Quiero estimular mi sensibilidad sin caer en la soberbia ni en la martirización. Quiero que ella sea un vehículo para vivir más plenamente.
Quiero convencerme, pero en serio, de que la caída del mito del destino manifiesto ha sido mi mayor bendición.
Quiero ser fuente de confort y de alegría, quiero ser luz cálida, descanso de mis afectos, aliento de sus sueños.
Quiero ser un nuevo hombre.
Quiero ser mejor.
Quiero ser libre.
Quiero ser feliz.

Será cuestión de desearlo lo suficiente

23.1.14

Pigmalión

Then the bird said "Nevermore"

En un principio lo vivió con culpa, como algo que debía ser ocultado, y en consecuencia procuraba la mayor reserva posible al respecto. Se encerraba regularmente en su estudio bajo el pretexto de que las presiones económicas así lo exigían y poco le importaba que su compañera sintiera lástima al pensar que su verdadero móvil era su obsesión a cuenta del agravio que significaba para su amor propio el hecho de haber pasado a ser, a los ojos del mundo, un artista en franca decadencia. De alguna manera, en él mismo habitaba la certeza de que el escándalo suscitado por sus últimos aportes al mundo artístico eran bien fundados. Renegaba de su obra y podía reconocerse plenamente responsable de sus defectos, por más doloroso y conflictivo que le resultase. A esta altura, consideraba que era inútil derrochar energías tratando de reivindicar lo que sencillamente había sido un humillante fracaso y se centraba en comprender, pero de veras, que él no era ninguna de sus obras particulares, ni las excelsas ni las paupérrimas. Medir su valía en función de ésta o aquella era simplista, ridículo, un intento reduccionista y descontextualizado de someter a análisis crítico algo que de ser sometido a juicio, si ello fuera efectivamente necesario, incluso si fuese realizado por un tribunal digno de ser considerado, sólo podría ser hecho de forma retrospectiva, al momento de su perecimiento. "Juzguenmé sólo en mi lecho de muerte, no juzguen parcialidades!" habría gritado a los fantasmas que lo asediaban una noche, cuando todavía parecía ahogada y a punto de extinguirse la hoy vigorosa llama de su esperanza.

Ahora, la totalidad de sus energías vitales estaban centradas en una nueva escultura. Pero claro, él no se engañaba. No era sino la misma escultura de siempre, la misma inspiración y el mismo mensaje, sólo que nacida de manos no tan joviales, ya curtidas y ajadas. Difería de anteriores además en su significancia, en aquello que representaba, aquello a lo que remitía y por lo que valía, que era distinto, tan distinto como lo es un fruto maduro - con sombras, texturas y otras sutilezas que revisten de complejidad al todo - respecto del fruto inocente de quien peca por no haber aún transitado caminos y no conocer dolor alguno. 
Habría pasado horas frente a la escultura y se regocijaba trabajando en pequeños detalles. Cada vez parecía más perfecta. Tenía la férrea certeza de que la misma era más valiosa que él mismo y lejos de sentirse afligido, ello le producía gran sensación de trascendencia. Al contrario de lo que uno podría suponer, su verdadero orgullo no radicaba en ser la causa eficiente de su existencia. No que ello fuera irrelevante, por el contrario. Las horas de esfuerzo y sufrimiento artístico le impulsaron a convencerse de que el único y verdadero límite de un hombre es el que le imponen sus motivaciones y que a partir de ellos había dado luz a lo excelso en la expresión más acabada que jamás hubiese atestiguado. Sin embargo, su verdadero motivo de orgullo era en cambio la profunda fascinación que sentía por aquella escultura, fascinación que sólo podía ser concebida como profundo e incondicional amor. Su verdadera dicha era amar. Ese amor lo definía, lo dignificaba.
Como todo enamorado, en especial aquellos que conocen el carácter polémico de su vinculación para con su objeto de amor, procuró defender su dicha del sabotaje que la incomprensión, la ignorancia o la envidia pudieren propiciar. Fue así como a fuerza de encerrarse emergieron una tras otra las rencillas con su compañera. Fue cuestión de poco tiempo para que entendiera que tenía que deshacerse de ella, no sólo porque no le satisfacía en nada, mucho menos cuando lo intentara con generosa entrega, sino también a cuenta de que era evidente que no había en él nada que pudiere ofrecerle. Esa suerte de abandono, de renuncia a una vinculación con seguridad más real pero lamentablemente imperfecta, le significó cierta sensación de alivio, pero también atizó profundamente su alienación en torno de su obra, una obra que era perfecta en belleza y simetría, en virtud y gracia, pero que al mismo tiempo más que una entidad era algo así como una promesa, una promesa arrojada al futuro, como velas que se izan festivas al llamado de un esperanzado viaje a un horizonte rosáceo, como una mirada luminosa que cómplice y feliz se posa sobre un corazón que cohibido y vulnerado vuelve a nacer al amor. 
Con el tiempo comprendió que su amor no era tan etéreo y sublime como hubiese querido. Si su objeto de amor era más que objeto una promesa, su carácter de augurio respecto de un bien que habría de llegar pero aún ausente hacía imposible que su amor se consumara. Se trataba de una promesa de amor, no de un objeto de amor. Intentaba sortear sus crisis afirmándose que una vida plena probablemente fuera esa superposición incesante de emociones antagónicas, esa alternancia de desafíos y de tedio, de victorias y abatimiento. O que quizás sencillamente fuera el resultado de ese romántico coqueteo con la esperanza, que le seducía y le postergaba, que hermosa le sonreía e inasible se escabullía.

Pasaron los meses y se abandonó a si mismo. Su dicha, la cual en un principio le hubiere parecido incorruptible, impasible a la degradación de cualquier agente por sustentarse en nada que no fuere si misma, comenzó a ser vehículo de una ansiedad creciente, imposible de extinguir o satisfacer. Como un cáncer silencioso, comenzó a embargarlo la certeza de que su condición de artista no podría nunca suprimir totalmente su condición de hombre, salvo por lapsus cortos y extraordinarios como en el frenesí de aquellos primeros meses, y que cada vez sería más creciente la angustia por desoír el llamado de su virilidad, ajena totalmente a los derroteros románticos de lo etéreo y casto. Cada vez en más franco conflicto, sentía a la imposición biológica en tensión con su incapacidad de atenderla emocionalmente. Corrían los silencios y las agonías de horas vacías y más se convencía de que amaba una ficción y se frustraba. Le fue pareciendo cada vez más ridícula su obstinación al sostener que ello era más digno que confrontar el vacío, su vacío, aquel que le aterraba y al cual le escapaba. 
"No todo es negativo, estoy en paz, si bien infeliz." Pero como rocas sus palabras se resquebrajaban.
"¡No amo lo suficiente como para dejar ir! ¡No puedo amar si no hay promesa! No puedo amar entregado enteramente a la pasión, ajeno al mandato utilitario y egoísta de una inteligencia que reclama para sí la posesión. Mi amor es un amor coartado, preso al mandato de un Ego que reclama para sí lo inexistente." Y entonces, luego de cientos de intentos desesperados e infructuosos, luego de reclamos inútiles e infundados, algunos dichos a viva voz, otros sólo pronunciados para sí, decidió dar la espalda a su escultura, aunque fuera imposible sostener su decisión e indecorosamente, a veces con soltura, otras veces con culpa, se volteara para contemplarla y acariciarla.
Cansado de revestirla de una vivacidad, de un candor y de una generosidad que le eran absolutamente ajenas, decidió un fatídico día librarse de ella. Pensó reiteradamente en abocarse a nuevos proyectos, pero le fue imposible. Procuró abandonarla a su suerte en algún anónimo lugar de la ciudad, pero el maltrato que un alma poco digna y sensible le pudiera dispensar le resultó insoportable. Enredado en pensamientos de esta naturaleza pasaba sus horas, afligido, cada vez más ansioso, cada vez más desavenido.
Luego de días de pensarlo, eventualmente sucedió. Tomó su maza con decisión y se abalanzó sobre ella para golpearla con violencia, con ira, directamente sobre la cabeza. La escultura no se deterioró en lo más mínimo pero, su cráneo, por el contrario, se fracturó en diez mil pedazos.


11.1.14

Wanderwall

If you are going through hell...

¿Me estás echando? ¿Me estás echando? ¿Sí? ¿No me respondés? ¿Significa eso que sí? Entonces me voy.
No soporto más este dolor.

Cruzo el umbral y lo hago llorando. Enojado por el desprecio inmerecido. Paradójicamente, lo hago alojando la certeza de mi insuficiencia cual cáncer en mi pecho. Si alguna vez viví la dicha de sentir que yo era para vos tan trascendental y axiomático como vos para mí, si alguna vez gocé de la divina fortuna de sentir que yo era para vos tan fundamental como vos para mí, la actual revelación me priva de fundamento, de dicha, de sentido. No me sentís digno de vos. Soy desecho. Me siento deshecho. Y que vos no me sientas digno de vos, que mi presencia te irrite, que mi ausencia sea la extirpación de un agente inhibidor, que sobrevengan a mi partida la liberación y el suspiro optimista, me conflictúan profundamente. Te amo tanto que es lo que me define como persona. Te quiero dichosa, feliz, desarrollándote según tus necesidades, según tus deseos. Tu desamor, sin embargo, que para mí no es otra cosa sino la voluntad homicida de quien hiere espuria y mortalmente con una desaprensiva estocada a aquél órgano donde se aloja la dignidad, me obliga a sentirme agraviado, despierta en mi pasiones horribles que me hacen sentir miserable. Ira y culpa se trenzan y serpentean dentro mío como un bestial demonio maléfico.
No soporto más este dolor.

De cara a la puerta, en el umbral de ingreso a nuestro hogar, lugar por el que dije salir decidido pero del cual me es imposible alejarme, lloro, blasfemo, me yergo como un fantasma que pide misericordia y amenaza indistintamente. Busco respuestas y sólo escucho el frío silencio primero, las también fantasmales risas, secretas y extrañas, desde dentro después. Llueve y hace frío. El sol se clava sobre mi cabeza y me asa inclemente después. El tiempo parece haberse suspendido, denso, en esta horrible sensación de abandono. El mundo parece haberse convertido en un cráter estéril, un desierto hostil. ¿Cómo puede ser que esta puerta esté sellada? ¿En qué momento esta costra de óxido la inutilizó? La puerta no es más puerta, es un muro.
No soporto más este dolor.

Decido dar la vuelta y caminar. Tengo ganas de morirme y me avergüenzo de mi mismo. Soy un discurso doliente y reivindicativo, soy el discurso del odio, y me avergüenzo de mi mismo. Estoy desesperado y no me basta conmigo mismo y me avergüenzo de mi mismo: ¡si hasta yo mismo me abandono!
No soporto más este dolor.

El primer paso es titubeante. Mis piernas parecen querer fallarme y renunciar al mandato de sostener el peso del resto de mi cuerpo. Que sirvan las emociones negativas como combustible, me digo, y avanzo decidido. Entro en crisis. Lloro como jamás lloré en mi vida. Soy un feto que yace en el sucio y frío suelo de una cocina. Que sirvan las emociones positivas como combustible, entonces. Vuelvo a entrar en crisis. Caen lágrimas ácidas y ardientes sobre el rostro duro de un cadáver de piedra. Tengo que moverme. Para nacer hay que romper un mundo. Para nacer hay que matar a la muerte. No puedo quedarme quieto. Debo caminar.
No soporto más este dolor.

Me abro. Trato de volver a confiar. Me reencuentro conmigo mismo, como hombre, como sujeto digno de amor. Hago lo que puedo. Parezco un torpe y temeroso principiante, trato de convencer a todo el mundo de lo contrario. Probablemente las acusaciones sean reales. No doy todo lo que debería. Soy mezquino. Tengo miedo, ¿está mal? ¿Sabés qué? Es verdad, no estoy listo para esto. No quiero esto. Basta.
No merezco este dolor.

Sigo caminando. Deben ser ya muchos kilómetros. Mis piernas parecen ahora vigorosas y decididas. La apatía cede. Me siento mejor, quizás por ello decido darme vuelta y observar el camino recorrido. Cierro los ojos, inspiro profundamente y junto valor. El camino por delante es especialmente empinado y peligroso. Estoy llamado a salir del cráter y al parecer no hay manera de hacerlo sino cuesta arriba. Uno, dos, tres... Doy media vuelta y me sobresalto. ¡Me encuentro parado aún en el umbral! ¿¡Patético caracol, será el final allí donde partiste!? ¡La puerta está abierta y sosteniéndola me mirás! Me mirás con ojos que reconozco. La costra dura que reviste mi piel se cae, me descascaro y transmuto en etérea pasión. La emoción me nubla la vista y a vos te asalta la angustia y el desconcierto. Sin mayor violencia y con aire ceremonial la puerta se vuelve a cerrar. Trato de digerir lo sucedido, me tomo un tiempo. Observo la puerta cerrada a un lado, observo las rocas porosas y cortantes en la escarpada e invisible senda del otro. Qué derrota lastimosa la de las causas hermosas, qué nostalgia obstinada la del amor suspendido, qué conflictiva revelación la del abrazo que quedará eternamente postergado, la de la espera incierta en el umbral. Me sigas o no, permanecer inmóvil no es una opción.
No merezco este dolor.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...