31.12.05

El culto obsesivo por lo absoluto

Ya me estoy aburriendo a mí mismo de la línea de escritos del tipo "mea culpa" o cataratas de lagrimas disfrazadas de palabras. Sin embargo, heme aquí nuevamente. El exceso de tiempo libre trae como consecuencia desagradable el hecho de que tenemos más tiempo para pensar.
Recurrentemente me planteo que en gran parte mis angustias encuentran su nacimiento en mi obsesión por el Ideal, el «deber ser», la manifestación más excelsa de una cosa. Mi ansiedad limita el goce de cualquier logro. En aquellos momentos en los cuales no logro proveer a mi ansiedad de un objeto sobre el cual centrar su atención, es justo cuando más desorientado, más perdido, más solo me siento.
Al lograr encontrar un objeto - y digo lograr porque esto ya casi se ha convertido en un proceso consciente - que de alguna forma sirva de fin hacia el cual canalizar y dar cauce a toda obsesión, entonces sí por lo menos no experimento la angustia horrible de sentirme vacío, intrascendente. Claro que elegir esclavizarse a la persecución de un objetivo, no parece a simple vista la solución más apropiada a largo plazo. Marcuse, al referirse al «Hombre unidimensional», señalaba que "su esclavitud no está determinada ni por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de cosa, sin importar si este instrumento no siente su «ser cosa»." ¿Qué sucede cuando uno elige, es decir, hace ejercicio de su libertad, y decide esclavizarse a algo? ¿No implica en sí la libertad la sumisión a nuestras propias decisiones, y la responsabilidad ante éstas? Claro que puede decirse, en ese caso, que a diferencia de otros tipos de esclavitud, uno no da lugar a ese tipo de vinculo con un agente externo, sino que lo establece con uno mismo. Uno es su propio amo y esclavo.
Cierto es, no obstante, que autoesclavizarse es un tipo de comportamiento muy usual entre aquellos individuos bien considerados por los cánones de critica sociales del comportamiento o las conductas. Un tipo laborioso, un tipo sacrificado, un tipo que se exige al máximo no obstante el contexto, seguramente es un ejemplo moral. ¿Hasta qué punto es eso así? En el transcurso, en el devenir de los días, de las horas, de cada segundo que se detiene y pareciera ser eterno, ¿Está ese alguien realmente seguro de algo? Ya ni siquiera me atrevo a preguntar de ser feliz, sino al menos de trascender de alguna manera, de ser útil, de haberle encontrado realmente una razón de ser a su existencia.
Es ley universal que uno necesita razones para vivir. Sartre nos señalaba que al hombre racional no le basta con el instinto de autopreservación y supervivencia, pues siempre es consciente que la puerta de la autoextinsión existe y se encuentra a su disposición. Ante esto, mecanismos psicológicos se encargan de encontrar ese "something to die for", esa razón por la cual luchar, e incluso dar la vida, porque responde a algo superior a nosotros, a algo que nos trasciende, pero que conecta nuestra finita existencia con algo jerárquicamente superior. Es la puerta a no sentirnos solos, ni vacíos. Algunos en este afán se abrazan a la religión, otros al propio desarrollo económico, espiritual, cultural, etc. Hay quienes se abrazan con talante vehemente a sus seres queridos, especialmente aquellos familiares cercanos que por alguna razón han de necesitarnos, como menores o ancianos. La bandera de la "patria" suele también eregirse como aquello superior. En casos extremos de gran desorientación, el individuo suele abrazarse a aquello que le ofrece un goce físico inmediato, especialmente cuando el mismo suele desvincularlo de cualquier otra realidad.
¿En qué tiene que ver esto conmigo? En que, como todos, no soy ajeno a estos mecanismos. Muchas veces me asusta mi necesidad por "absolutos". Por eso mi propensión a lo épico: al héroe que se alza contra un desafío descomunal y siempre, no obstante cuan oscuras se presentas sus posibilidades, logra encontrar dentro de sí mismo la motivación para continuar. ¡Cuánto más me gusta - aunque no sin cierta vergüenza infantil - saber que generalmente la misión del héroe, viva él o no, es cumplida exitosamente!
El culto a lo épico y la persecución de un Ideal no es lo mismo que el abrazo desesperado a los absolutos. La desesperación es mala consejera. La radicalización, ciega. Y a largo plazo, ningún logro, ni los más modestos y pequeños, mucho menos aquellos que implican años de renuncias, logran despertar con permanencia la más mínima alegría.

29.12.05

La mentira del inconsciente

Como ahora mismo, en ocasiones me siento muy triste.
Siento la tristeza apoderarse de todo mi cuerpo con la presteza del más violento de los escalofríos. Entonces, se hiela mi espíritu y me siento totalmente indefenso.
Odio sentirme como un nene asustado, pero por otro lado, permitírmelo me alivia... es una suerte de amargo gozo que libera una horrible pulsión, que tanto más horrible, más gozosa su extinción. Ahora, por ejemplo, permitirme extrañarte, aún sin estar seguro de si te extraño a vos o a la seguridad que sentía por sentirme tu dios, me hace sentir despreciable, porque me transformo en este ser que no sabe sino necesitar y llorar ausencias.
Sé que la vida es más que vos. Me han tocado en suerte cosas maravillosas. He logrado cosas maravillosas. Sin embargo...
¡Claro que quería compartir todo con vos! ¡Claro que duele ya no ser tu Dios! ¡Claro que duele saberte orgullosa de ser la diosa de otro! Claro que detesto no poder superar y aceptar, entender y respetar, alegrarme por tu alegría, tomar distancia de aquello que fue y centrarme en lo que es. Detesto estar pendiente de idioteces, cosas que no hacen sino envilecerme y denigrarme. Yo puedo ser mejor que esto. Lo sé. Y lloro porque alguna vez lo fui. Y me doy asco en este darme asco. Pues todo es tan sencillo como dejar de relamerse la herida y centrar la atención en otros lugares, nuevos rostros, nuevos desafíos.
Sin embargo me abrazo a mis fantasmas, y entonces elijo la paranoia, elijo las excusas para odiar sin culpas por razones vanas. Erijo castillos en el aire, y tan bonitos que son. Allí decido ubicarte, hermosa y elegante observándome desde una torre, o esperándome en profunda excitación a la vez que un baño te das, o te acurrucas en una enorme cama de suaves telas.
¿No es acaso lo que quiero? ¿Saberte mía? ¡Cuánta vanidad en necesitar que me necesites! ¡Cuánta inseguridad en necesitar que me necesites! En un principio buscaba una mujer idéntica a vos, y la encontré. Su rostro y su cuerpo eran tal y como los tuyos. Por suerte vivía lejos, y fácil fue inventar una excusa para no verla más. Luego busqué a alguna mujer que no cayera tan rápido a mis pies, una mujer que al igual que vos, representara un desafío. Ella tenía novio, como vos. Con cuánta alegría bebí besos de sus labios. La alegría de recuperar lo propio. La alegría de contaminar aquello que a mí me habían contaminado. Tanto asco di que ella pudo, para mi fortuna, deshacerse de mí fácilmente. Finalmente, logré encontrar a alguien que cómo vos, nunca habría en el futuro de poseer, y a ella destiné horas y horas de amargo deseo. La odie por eso. Me odie por eso. Tal y como me sucede con nosotros, ¿verdad?
Odio saberme tan bajo. Odio extrañarte. Odio temer que quizás te extraño porque te necesito. Odio pensar que te necesito porque me diste seguridad. Odio pensar que me diste seguridad no porque me ayudaste a crecer, sino porque me convertiste en tu Dios. Odio temer que toda esta construcción racional sea producto de mi cobardía por no reconocer que aún te sigo amando.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...