30.1.06

Masquerade

La masa
-¿quién lo diría al ver su aspecto compacto y multitudinario?-
no desea la convivencia con lo que no es ella.
Odia a muerte lo que no es ella.
Ortega y Gasset
La rebelión de las masas

Luego de un par de años de chat he vivido una gran cantidad de citas a ciegas. Tantas que ya podría hacer un manual operativo de las mismas. Y claro, el grado de ceguera de estas citas se ve mermado en aquellos casos en los cuales hubo fotografías, webcam o charla telefónica de por medio, pero aún así, esos primeros momentos suelen ser ricos en movimientos exagerados que pretenden ser naturales a la vez que uno a otro de los sujetos involucrados dispensa miradas escrutiñadoras, agudas y críticas. Cada movimiento, cada gesto, la cadencia al hablar, el uso de lo paralingüístico, la manera de dirigirse a terceros. Entre estas cosas, una muy importante suele ser la vestimenta y los accesorios.
Podría asegurar que alguna vez leí algún artículo que versaba sobre la historia de la moda, seguramente con enfoque de tipo antropológico, pero por más que hago esfuerzos por acceder al recuerdo no puedo estar seguro. Quizás ni siquiera leí tal nota, sino simplemente el título. Sin embargo sé, vaya a saber uno de donde, que el hombre comenzó a vestirse, allí cuando se erguía sobre su tren inferior, no para protegerse de las inclemencias del clima, sino para distinguirse, para diferenciarse, para recordarles a los otros el propio status social. Claramente esto en un principio habrá sido manifestado con lo que hoy se denominan accesorios pero que entonces habrán sido la vestimenta en sí: collares, aros y demás etcéteras. Recién posteriormente con la vestimenta. Esta función básica de la moda y la vestimenta sigue inalterada y persistirá seguramente: denota a quienes nos observan ya no solo nuestro status social, sino que más extensivo su significado hoy aún, busca también definir y proyectar nuestra identidad en su totalidad.
Pensaba, en el colectivo al volver a casa, luego de leer un cartel publicitario de no sé qué cuya leyenda rezaba "30% pensado, 70% casual" o viceversa, que de alguna forma es gracioso como los significantes se condicen con el contexto espacio temporal en el cual se encuentran insertos. Pues al retrotraernos a principios del siglo pasado, época en que el influjo del positivismo y en la que la fe en el progreso habían elevado a la ciencia a Divinidad reemplazando a Dios mismo, observamos la obsesión por el traje, el frac, los zapatos impecables y lustrados, el pelo prolijamente peinado o engominado, los sombreros carteras y zapatos que hacían juego en las damas, por nombrar algunos elementos que recuerdo. Más atrás en el tiempo, también en nuestro país, allá en la segunda mitad del XIX, el largo de pelo era importante pues de llegar casi hasta los hombros nos daría fe de la procedencia étnica de una persona. Un Mitre, por ejemplo, con su pelo ondulado, podía felizmente enorgullecerme de no tener sangre indígena o negra en su ascendencia. Un Avellaneda, en cambio, difícilmente podía disimular su pelo mota.
Hoy, sin embargo, está dicho que uno debe verse relajado, casual, despreocupado, simular no darle mayor importancia a su aspecto físico, cuando en realidad me consta que mucha gente pasa horas buscando esa pilcha que se proyecta casual, o pasa de 5 a 10 minutos despeinándose ese mechón de pelo en particular, las camisas vienen arrugadas. Jé. Y yo que soy un desastre, que me esmero en vestirme prolijo o en peinarme bien y jamás lo logro ni lo he logrado, un par de veces me he merecido la desaprobación de aquellos que tienen un 100% pensado el verse casuales.
Sin dudas es irónico, no?

23.1.06

Cadena de extrañezas

Habiéndo aceptado la invitación de Crub me dispongo entonces a enumerar 5 hábitos extraños o distintivos personales.

Extraño hábito Nº 1: No sé por qué razón sino por pereza, pero aceptada ya como una tradición ancestral o un dogma, un mate dura lo que un termo. Jamás cambio la yerba antes de que se termine el termo, y si el precio de eso son unos mates horriblemente lavados, ese es el castigo por no haberlos hecho durar lo que corresponde. Es algo así como un hábito pedagógico.

Extraño hábito Nº 2: Éste es más bien un hábito negativo, pues es un hábito que consiste en un no hacer; y este omitir una acción se refiere a mi no-mirar televisión. Sí, ya lo sé. Pensarás "que trucho tu hábito". Pero bueno, es real. Es un hábito en mi el no mirar televisión. Y hasta donde tengo entendido, eso es extraño. Es más, ni siquiera tengo uno. Podemos sumar a la lista mi aprehensión por el celular, al cual hasta el día de hoy me he resistido.

Extraño hábito Nº 3: Ya para esta altura habrás de suponerte que suelo estar sentado frente a la mesa de la cocina escuchando a José Larralde, vestido con las alpargatas, la bombacha y la camisa o la remera polo mateando todo el día, procurando que no se me lave el mate o sufriendo mi impericia. Sorpresa, pero eso no es regularmente lo que sucede. Mi extraño hábito número tres es mi habilidad olímpica para desubicarme. Mi ciclotimia facilita las cosas, y en aquellos momentos en los cuales estoy cansado o con sueño, suelo convertirme en un payasito o en el mayor de los caraculicos, no olvidandome nunca de ser denso. Por suerte suelo rodearme de gente paciente.

Extraño hábito Nº 4: En mi infancia solía partir las galletitas y arrojarlas en el café con leche, para luego comerlas con cucharita. Evolucioné, y hoy, cada vez que me llevo un alimento a la boca, especialmente en la merienda o el desayuno, lo humedezco inmediatamente con el café o el té, para facilitar así la masticación. Sí, soy un vago. Pero juro que así es más rico.

Extraño hábito Nº 5: Tengo una conducta compulsiva que consiste en la compra de libros y adquisición de música en mp3 en cantidades tales que dificilmente puedo llegar a dedicarles el tiempo que se merecen. No poco tiene que ver en esto mi ansiedad. Sin embargo, es un hábito que si bien no tan extraño, quizás si un poco en el grado en que lo llevo a cabo. Soy un consumista más. Comprar libros no me hace más sabio, pero algo en mi inconsciente cree que con eso alcanza.

Habiendo cumplido con lo pedido, invito a 5 personas a realizar el inventario de 5 hábitos extraños, para que ellos sirvan de un nuevo eslabón a la cadena: los invitados son Alicia, Casandra, el ausente (seguramente vacacionando) Sergio, la estimada Principio y finalmente Renata.

12.1.06

Sobre el amor y sus demonios

Leopoldo trataba de contar el chiste de forma graciosa. Aitor le había dicho ya que lo único graciosamente triste en esos momentos era él mismo. No obstante, no escarmentaba. Mientras, Aitor jugaba con su zippo y Mariana cebaba mates.
.
Leopoldo - ... y cuál es la moraleja del cuentito? Qué cuanto más duro se pone el pajarito, más se moja la cotorrita. Jé!
Mariana - Mhm. Bastante boludo tu chiste, la verdad.
Aitor - Nietzsche decía, en realidad, qué cuanto más se abandona uno, menos le abandonan los demás. Y en lo personal creo que tenía mucha razón.
Leopoldo - Pará. ¿Qué tiene que ver? No entiendo... ¿No les gustó el chiste? ¡Está bueno...!
Mariana - ¿Cuanto más se abandona uno, menos le abandonan los demás? ¡Claro! ¡Se refiere a la incondicionalidad de los amigos! A no dejarte caer. A como te apoyan y te estimulan cuando estás en cualquiera.
Aitor - No boludita. Todo lo contrario. Nietzsche no era tan romántico. No al menos de esa forma. Él sugería exactamente lo opuesto. Para hacértela sencilla, te la planteo al revés. Si uno no se abandona, es decir, se hace responsable de lo que le toca y es autónomo, para lo cual no desarrolla grandes dependencias de nadie, entonces todos habrán de abandonarle. Fijate que esa es exactamente la descripción perfecta de aquello que sucede.
Mariana - Me parece cualquiera en realidad.
Leopoldo - No, a mi no me parece. En realidad algo de eso me pasó con mi ex creo.
Aitor - No es cualquiera. Fijate cuan mezquino es el ser humano, o cuan mediocre, según el análisis del bigotudo, qué la autonomía del otro atenta contra uno mismo. Es decir, la autonomía del otro nos pone en una posición en la cual somos prescindibles y por tanto la misma se convierte en una agresión.
Leopoldo - Es exactamente lo que pasó en mi caso, posta.
Mariana - No seas ridículo. Já. ¿Vas a decirme acaso que tu ex te dejó porque sos autónomo? ¡Justo vos! Esa no se la cree nadie.

Aitor río rápida e irónicamente. Esto molestó a Leopoldo.

Leopoldo - Sería una estupidez sugerir que soy autónomo. Nadie lo es. Sólo digo que ella sintió que mis objetivos no la incluían, que ella estaba afuera, que ella era prescindible, que yo no la necesitaba a ella tanto como ella a mí. Eso fue real. Ella obró por lo que entendía, no por aquello que podrías llamar objetivamente real. Una vez me dijo que tenía "celos" de que siempre me fuera bien.
Mariana - Ah, yo pensé que vos habías...
Aitor - Esa historia ya la conocemos. No importa. ¿Pero se dan cuenta qué real que es eso? Elegir a alguien porque genera una falsa seguridad, seguridad que nace de su necesidad a nuestra persona. Si no es así, te rechazo para siempre. ¿No es eso mediocre? Yo te elijo a vos porque vos me sentís especial. Qué idiotez.
Leopoldo - Vanity, we´ll celebrate my favourite of sins.
Mariana - ¡Pero no siempre es así! No niego que algunas veces pasa eso, pero no sean tan extremistas. Mis viejos se separaron y no conozco a nadie más necesitado que ellos. De ser como decís no se hubiesen separado nunca.
Aitor - Qué ilusa que sos... ¡Qué tendrá que ver!

Hubiese querido agregar que sus viejos se habían separado porque él es un boludo cornudo y su vieja una flor de puta, pero no había necesidad de ser tan agresivo. En realidad no habían ganas de tener que pedir perdón después.
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Mariana - Bue, sí, quizás no es el mejor ejemplo. Pero estoy segura que no siempre sucede eso que decís.
Aitor - No lo digo yo. Lo dice el bigotudo. Yo sólo digo que está en lo cierto. Cuanto uno más se autoabastece, más se cierra, más se aleja del montón, más se diferencia, más se autogratifica, en fin, cuanto uno más se esmera en ser mejor que el contexto, más lo castiga a uno ese mismo contexto. Por pura envidia.
Leopoldo - O por sentirse amenazados, o dolidos.
Aitor - Puede ser, pero principalmente por ser mediocres. Esencialmente por ser mediocres.
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Mariana miró el suelo con desdén mientras Leopoldo parecía recordar algo. Aitor satisfecho agarró el atado de Parisiennes y exclamó sentencioso.

Aitor - Tan sencillo como eso.

8.1.06

Enfermo incurable

Incurable. El idealista es incorregible: si se le arroja del cielo compone en el infierno otro ideal. Creadle una decepción y veréis como pone tanto ardor en abrazar su decepción, como lo había puesto antes en enlutar su esperanza. En la medida en que su inclinación pertenece a las grandes inclinaciones incurables de la naturaleza humana, puede provocar destinos trágicos y convertirse más tarde en objeto de tragedias: en esto obedece a lo que hay de incurable, de inevitable, de irremisible en el destino y carácter humanos.

Sentencia Nº 23
Genealogía de la moral
Frederick Nietzsche

5.1.06

El eterno retorno

Numerosas veces me ha llegado el mensaje, a través de disímiles voces, de que la vida nos lleva a sorprender en nosotros mismos, con el devenir de los años, inclusive a aquellas cosas que nos molestaban de nuestros viejos. Por tanto, no me sorprenderá que algún día en tono burlón - en el tono de «Pá, qué pesado!!» - me llamen la atención por contar recurrentemente la misma anécdota, el mismo chiste, utilizar las mismas estructuras para contar algo que viene vestido en pilchas de espontáneo pero que en realidad ha sido tantas veces utilizado que los receptores del mensaje podrían interpretar mis lineas con una calidad de detalle increible. Tanta frescura como una flor de plástico, pero sin embargo un objeto que no debe ser acusado cruelmente pues no busca otra cosa que procurarnos una alegría o recocijo a los sentidos, pero de tipo económico eficiente (por eso de buscar el menor costo a largo plazo).
Un poco de eso hay en lo que copiaré a continuación: un texto que escribí ya hace unos años, que acabo de releer, y cuya "vigencia" - en términos estrictamente subjetivos, es decir, en términos de mi vida - me ha sorprendido.

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Nietzsche y su maldita doctrina, a la cual, aún tiempo antes de conocerla, intentaba ajustarme. Porque deseaba ser un superhombre. Me sentía con derecho a ser tal. Me regocijaba el saber tener el potencial para serlo. Estar más allá de los ordinarios. Voluntad, espiritualidad e inteligencia alistados y conjugados para encontrar el equilibrio. Ese equilibrio que tan ausente está en todos, y que por ausente justifica la confusión y polaridad histérica que nos caracteriza como especie. Presente en todos, presente en mí.
Porque para mi vergüenza y desgracia, soy tan humano que me duele. Pendulo constantemente entre todos los polos posibles. Guardo cierta línea lógica pero poseo cierta predisposición hacia alguno de los polos en cada uno de sus matices. Intento fatigosamente el anhelado punto medio, pero mi humanísima sensibilidad hace de cada nuevo estimulo externo un elemento desbalanceador, y el impacto, que obliga a considerar lo utópico de mi deseado equilibrio, sacude las aguas que jamás habrán de reposar estáticas, inertes, tranquilas.
¡Cómo desearía estar más allá de las cosas! Me abrazaría satisfecho a mi existencia y podría observar objetivamente el mundo. ¡Qué regocijo estar más allá de la frivolidad, del rencor, de la indiferencia, de la necedad y la hipocresía! Abandonar para siempre ese caprichoso ir y venir entre la sensación vana y ladina de omnipotencia y autosuficiencia; y ese sentimiento horrible que comprime mi pecho al sentirme patéticamente pequeño e insignificante. Renunciar al abuso de mi cínico análisis, que cada día, como en la mía, más se arraiga en las mentes resignadas. Saberme digno pleno de admiración, y orientar mi superioridad a solucionar problemas que me angustian, los cuales se desprenden de esa maldita impotencia que en pocas pero desesperantes situaciones se hace presente.
Quisiera destrozar a hachazos la coronilla de la vieja usurera sin ser víctima de la culpa. No flaquear como Rodion Romanovich Raskolnicov. Así me demostraría ser uno de esos seres con autoridad suficiente para cometer cualquier tipo de exceso amparado en el hecho no poco desdeñable de tener mis propios motivos (motivos superiores), que siempre habrán de resultar positivos, justos y acertados. "Oye chaval, que si el vasco lo dice debe de ser lo correcto"
Pero me toco ser igual a ustedes. Tan solo soy uno más. Sueño, y me angustio. Amo y sufro. Me acompaña mucha gente, pero por momentos no puedo sino sentirme solo. Porque Sabato y su metafórico túnel describen en parte lo que muchas veces he de sentir. Mi cuerpo cansado y dolido caminando a través de las húmedas paredes. La obscuridad alternándose por momentos con esos tramos en los cuales observo lo que afuera del túnel se encuentra. Y entonces atónito miro los bellos jardines que, junto a alguna cara conocida, que me busca y camina junto a mi, pero siempre del otro lado, son razones que en ocasiones me llenan de esperanza, pero en otras tan solo de impotencia. Igualmente, mejor eso a estar solo en la obscuridad. Y prosigo caminando, muchas veces con la ilusión de encontrar la salida, de abrazarme al mundo exterior, pero en general sencillamente camino porque seria demasiado doloroso y angustiante quedarse quieto.
¿Debo conformarme con lo que me toca? Por suerte no es poco. En realidad es mucho. Tan solo soy ambicioso. Quisiera todo. Poder, seguridad absoluta, amor infinito. Nada que me hiera. Pero de última, hay que ser lo suficientemente inteligente para disfrutar de cada una de las cosas que nos toca vivir, incluso el dolor. Debo aprender a gozar de mi humanidad.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...