La masa
-¿quién lo diría al ver su aspecto compacto y multitudinario?-
no desea la convivencia con lo que no es ella.
Odia a muerte lo que no es ella.
Ortega y Gasset
La rebelión de las masas
Luego de un par de años de chat he vivido una gran cantidad de citas a ciegas. Tantas que ya podría hacer un manual operativo de las mismas. Y claro, el grado de ceguera de estas citas se ve mermado en aquellos casos en los cuales hubo fotografías, webcam o charla telefónica de por medio, pero aún así, esos primeros momentos suelen ser ricos en movimientos exagerados que pretenden ser naturales a la vez que uno a otro de los sujetos involucrados dispensa miradas escrutiñadoras, agudas y críticas. Cada movimiento, cada gesto, la cadencia al hablar, el uso de lo paralingüístico, la manera de dirigirse a terceros. Entre estas cosas, una muy importante suele ser la vestimenta y los accesorios.
Podría asegurar que alguna vez leí algún artículo que versaba sobre la historia de la moda, seguramente con enfoque de tipo antropológico, pero por más que hago esfuerzos por acceder al recuerdo no puedo estar seguro. Quizás ni siquiera leí tal nota, sino simplemente el título. Sin embargo sé, vaya a saber uno de donde, que el hombre comenzó a vestirse, allí cuando se erguía sobre su tren inferior, no para protegerse de las inclemencias del clima, sino para distinguirse, para diferenciarse, para recordarles a los otros el propio status social. Claramente esto en un principio habrá sido manifestado con lo que hoy se denominan accesorios pero que entonces habrán sido la vestimenta en sí: collares, aros y demás etcéteras. Recién posteriormente con la vestimenta. Esta función básica de la moda y la vestimenta sigue inalterada y persistirá seguramente: denota a quienes nos observan ya no solo nuestro status social, sino que más extensivo su significado hoy aún, busca también definir y proyectar nuestra identidad en su totalidad.
Pensaba, en el colectivo al volver a casa, luego de leer un cartel publicitario de no sé qué cuya leyenda rezaba "30% pensado, 70% casual" o viceversa, que de alguna forma es gracioso como los significantes se condicen con el contexto espacio temporal en el cual se encuentran insertos. Pues al retrotraernos a principios del siglo pasado, época en que el influjo del positivismo y en la que la fe en el progreso habían elevado a la ciencia a Divinidad reemplazando a Dios mismo, observamos la obsesión por el traje, el frac, los zapatos impecables y lustrados, el pelo prolijamente peinado o engominado, los sombreros carteras y zapatos que hacían juego en las damas, por nombrar algunos elementos que recuerdo. Más atrás en el tiempo, también en nuestro país, allá en la segunda mitad del XIX, el largo de pelo era importante pues de llegar casi hasta los hombros nos daría fe de la procedencia étnica de una persona. Un Mitre, por ejemplo, con su pelo ondulado, podía felizmente enorgullecerme de no tener sangre indígena o negra en su ascendencia. Un Avellaneda, en cambio, difícilmente podía disimular su pelo mota.
Hoy, sin embargo, está dicho que uno debe verse relajado, casual, despreocupado, simular no darle mayor importancia a su aspecto físico, cuando en realidad me consta que mucha gente pasa horas buscando esa pilcha que se proyecta casual, o pasa de 5 a 10 minutos despeinándose ese mechón de pelo en particular, las camisas vienen arrugadas. Jé. Y yo que soy un desastre, que me esmero en vestirme prolijo o en peinarme bien y jamás lo logro ni lo he logrado, un par de veces me he merecido la desaprobación de aquellos que tienen un 100% pensado el verse casuales.
Sin dudas es irónico, no?