20.11.07

Épica de la identidad

Hay al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Previamente, no está de más aclarar lo que ya está de implícito en la anterior afirmación. Por un lado, la identidad es algo que no está dado, no es algo que se adquiere al nacimiento ni tiene existencia concreta en el "allá afuera" de nosotros. O por lo menos, no se agota con la herencia ni es un producto terminado que nos es colado por la cultura en la cual estamos insertos para que lo asimilemos o lo adoptemos. Pero además, la identidad no es ahistórica, no está cerrada, sino que es algo que se gesta, algo que creamos y que se desarrolla en nosotros. Mejor aún, es nuestro propio desarrollo, en el sentido de que la identidad es el lugar en el cual vivimos y a la vez es aquello que somos. Somos depositarios de nuestra identidad y a la vez tenemos una cuota parte de la capacidad (y la responsabilidad) de moldearla.
Pero volviendo a la oración inicial, decíamos que se pueden identificar al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Estas dos vías, que parecieran antagónicas unas veces, complementarias y codependientes otras, son las de la crítica y la imaginación creadora. Independientemente de la intención que podamos asignarle a la crítica, es decir, ya sea que la misma fuere aguda y profunda o despreocupada y superficial, sin importar que la misma se manifieste partidaria de la defensa reaccionaria o constructiva, o lo haga atacando de forma anarquizante o superadora, la misma siempre tiene por objeto la identificación de elementos que definen la fortaleza y las debilidades de la identidad analizada, lo beneficioso o perjudicial de ciertos aspectos de la misma.
La imaginación creadora, a mi entender, consiste en una vía un tanto más despreocupada de los modelos identitarios de la cultura (en el allá afuera) y de la sucesión de identidades atravesadas por uno mismo (en el acá adentro). Esta vía busca crear un valor agregado, aportar elementos novedosos, arrojar una semántica distinta de las que se perciben como dadas. No procura una nueva síntesis, un híbrido, un colorido y llamativo collage de elementos preexistentes. Su pretensión es lograr la novedad ex nihilo, desde la nada, como un pequeño acto de creación divina, aunque sin lograrlo nunca seguramente. Porque aquello que se rumia y moviliza en las profundidades, allende la ya de por sí compleja conciencia, es inaccesible a otra cosa que no sea lo liberado a la superficie. Lo oculto no nos es permitido conocer sino conjeturalmente y a través sus consecuencias, es decir, a través de la impronta que le concede a lo que producimos. Con esto digo que la imaginación creadora se percibe, tal y como el inocente artista, autora de su obra desde la nada, y por ello deudora o instrumento de nadie/nada. Sin embargo, si bien es ella quien da a luz a una nueva criatura, queda en evidencia que ésta se ha gestado en ella previo ser preñada por un algo masculino, oscuro, escurridizo e inasible.
Se puede observar una diferencia clara entre la crítica y la imaginación creadora. Mientras que la primera centra su atención en la discriminación valorativa de elementos relativos a una identidad o cultura particular, ya sea para desacreditarla o para construir algo valorado superior a ésta, la segunda es relativamente autónoma de las identidades dadas y desde dicho alejamiento busca construir. Es decir, mientras que la crítica puede ser destructiva o constructiva y con ello puede adoptar alternativamente una faz negativa o positiva, la imaginación creadora sólo se expresa de forma positiva, en el aporte de lo distinto, de lo novedoso. Lo dicho no le garantiza, a priori, ninguna superioridad respecto de la crítica, pues la imaginación puede crear tanto lo posible como lo imposible, lo oportuno como disparatado, lo eficiente como la excentricidad que condena a la extinción.
Es fácil observar en el día a día ejemplos de sujetos que practican la crítica destructiva. Quizás en nuestro país esa práctica le dispute al fútbol el mote de deporte nacional (lo cómico es que diciendo esto, cometo el pecado que estoy condenando). La reiteración sistemática de este tipo de crítica a instituciones culturales, más allá de señalar un disconformismo respecto de lo que se observa y de pasar por discurso moralizante, pareciera indicar la intención de quién critica de distanciarse de lo criticado. Algo así como afirmar discursivamente "yo no soy ni quiero ser eso". Cuando la crítica destructiva no es volcada fuera sino que recae sobre uno mismo atestiguamos sujetos paralizados y fracturados, incapaces de producir, en definitiva, sujetos infelices.
La crítica constructiva significa dar un paso más allá en pos de la conciliación, en pos de un objetivo. Quizás signifique un grado de inteligencia superior. Quizás sea tan sólo que no vislumbra ningún provecho en la destrucción de lo dado. Esta crítica pareciera afirmar "yo creo y quiero eso porque sus fines me son caros, pero lo quiero mejor, más puro, más beneficioso, consistente". La crítica constructiva es la forma en que los perfeccionistas del espíritu aspiran a una mejor identidad, a desarrollarse y acercarse más a los propios ideales.
Finalmente, la imaginación creadora, previamente asociada al artista, hace al arte de vivir. Es el arma de los románticos, de los que se embarcan en la aventura épica de ir modelándose a sí mismos, es decir, ir dando lugar a una nueva forma de ser, una nueva identidad. Quienes practican la imaginación creadora parecieran gritar a viva voz "Freedom!". Corren graves riesgos, están dispuestos a morir por un ideal. Son los artistas de la identidad, los artistas de la vida.
No quiero dejar de mencionar un último tipo de comportamiento respecto a la definición de la propia identidad y éste es el de quienes practican la apatía, los débiles que no ejercen con suficiencia ni la crítica ni la imaginación creadora. Estos son aquellos que van improvisando alternativamente las identidades que más violentamente les impresionan, cuando no se aferran dogmática y desesperadamente a una sin interesarles jamás cuestionarla.
No niego que los esquemas son simplistas y éste en forma de tipología quizás lo sea más que otros. Está fuera de discusión que todos alternamos estas distintas formas de definir quienes somos en distintos momentos de nuestras vidas, incluso en el transcurso del mismo día. Pero mi convicción es firme al afirmar que creo que en algún lugar entre la crítica constructiva y la imaginación creadora se encuentra la experiencia humana más plena y gratificante.


17.11.07

El juicio, esa tragedia


Si hay algo que atrae de la mitología griega es su riqueza literaria, su apertura infinita para ser interpretada de distintas maneras. Si se la contrapone con aquella otra gran fuente cultural de la cual somos herederos, es decir, el catolicismo, vemos como primer diferencia relativa la irreductibilidad de la compleja tradición griega, rica en aristas, surcos y recovecos de distintas texturas y colores, y la pretensión absolutista y con ello forzosamente reducible a la unidad del catolicismo. En la tradición cristiana, ese principio absoluto que es Dios no logra ser jamás matizado por la desagregación en la santa trinidad ni por la incorporación a la tradición de la joven María y los numerosos apóstoles. Uno se ve tentado a afirmar que lo que más valora y aquello que con mayor fuerza es perseguido por este sistema religioso de valores es, junto con la unidad, el Orden. Ese mismo que paradojalmente el Leviatán hobbesiano buscaba legitimar en desmedro de la religión. Un Dios concebido como el principio explicativo del universo y como el organizador, suerte de arquitecto omnipotente de la creación, remite siempre al orden y con ello a un grado de certeza absoluto respecto de lo que es y de lo que debe hacerse.

Sin embargo, la mitología griega, rica en poesía y pletórica en significaciones, responde a una lógica distinta. No es de extrañar que justamente cuando los hombres dejaron de negar todo aquel legado histórico cultural allende la biblia y los relatos y discursos dejados de lado volvieron a ver la luz y fueron releídos se introdujera en Europa el cuestionamiento del dogmatismo religioso en forma de guerras de religión impulsadas por el protestantismo.

Los distintos relatos de los mitos corresponden a tradiciones distintas. Fueron gestados en tiempos y lugares diversos y no brotaban de una fuente única como las sagradas escrituras sino que los mismos fueron progresivamente construidos por el imaginario social griego, en un proceso de sedimentación continua, abierto a los nuevos giros y elementos que el colectivo pudiera ir aportando. No era poco frecuente que a las deidades autóctonas les fueran sumadas algunas importadas desde las orillas del Nilo o que procedieran de Persia, ni tampoco que distintos poblados abrazaran explicaciones distintas respecto de los hechos relatados y los atributos de los actores involucrados. Así, por ejemplo, algunas fuentes indican que Paris luego de ser abandonado a muerte por sus padres fue criado por una osa mientras que otras dicen que lo fue por una pareja de pastores. Tampoco es clara la etimología de los nombres de muchos dioses, héroes y vocablos. A este hecho un gran número de filólogos, historiadores y filósofos deben muchas páginas escritas. Saludan agradecidos.

Vista a la distancia que nos permiten los siglos transcurridos, la ambigüedad presente en los objetos culturales griegos (hombres, dioses, instituciones y las manifestaciones artísticas en general), que también debe ser entendida como multivocidad pues estos significantes intencionalmente disparaban a una multitud de significantes disociados en tradiciones posteriores, no sólo hacía de los dioses seres que podían tanto el bien como el mal, la sabia templanza como la ira arrebatada, sino que además establecía una fluctuación en las relaciones de parentesco o afinidad que unía a unos con otros, y a estos con los mortales.

Permítaseme, brevemente, traer otro elemento que me ayudará llegar al punto al cual deseo llegar. La armonía de los contrarios era, para Heráclito, la razón del devenir. Según el filósofo de la antigüedad, fuerzas antagónicas sostienen el universo, pero no lo hacen en el estatismo, sino en el movimiento, en la historicidad. La dialéctica, como quiera que la queramos comprender o concebir, nos remite siempre en justa medida a aquel cuyo grito de un ¡todo fluye! aún repiquetea como un persistente y obstinado eco sobre el río del tiempo. Y creo que esta dialéctica abierta de fuerzas antagónicas explica de manera de alto grado satisfactoria la historia de nuestros valores, de nuestra cultura y de nuestra identidad.

Accedemos a ese mundo de significados en el cual cada uno de nosotros vive a través de la experiencia fenoménica. Cada uno de los episodios que vivimos y cada uno de los objetos (y sujetos) con los cuales interactuamos nos remiten a un universo paralelo, el de los significados a los cuales ellos sirven de significantes. Aquel individuo frente mío producirá estímulos distintos en mí dependiendo de los significados a los cuales me remite. Estar expuesto a una escena particular significará pasiones distintas en mí dependiendo de qué logra significar para mí. Por tanto, nuestra vida frente y dentro del mundo exterior es un puro remitir a significados. Estos, por exponerlo de alguna manera, albergados en ese mundo propio y relativamente autónomo que cargamos en nuestro interior, se rigen por una jerarquía de valores heredados y transmutados en la (feliz) experiencia individual. Es decir, ese mundo de significados en el cual se define quienes somos y qué significa lo que el mundo nos ofrece, se rige por una aristocracia de valores, los cuales a su vez, lejos de ser algo dado, son a su vez significados. Cuando, por ejemplo, la utilidad es entendida como un valor superior a otros, aquellos objetos que nos remiten al goce y el placer pueden ser, llegado el caso, menospreciados. En cambio, cuando la gallardía es entendida como un valor superior a otros, las actitudes conciliadoras o los objetos que remiten al cálculo prudente pueden resultar repulsivos y degradantes.

Esto, que se antoja una digresión más en un texto cargado de ellas, busca un propósito que trataré de explicitar a continuación. Creo que en distintos momentos de nuestras vidas nos pasa que el mundo de semánticas en el cual vivimos se repliega, resistiéndose a modificaciones que le quieran ser impuestas o entra en crisis por la introducción de elementos desarmonizantes. Creo que esa es una tensión que nunca se resuelve de forma definitiva. Más bien, creo que la vida consiste en atravesar esas transmutaciones. De alguna manera busqué mostrar la tensión mencionada al hacer aquella interpretación un tanto forzada de lo que pueden representar la mitología griega y el catolicismo como tradiciones opuestas en el sentido de que una es multívoca y abierta y la otra unívoca y reductible. Pero más importante aún, me interesa que quede evidente que a la lógica de lo expuesto una resigna el orden y la consistencia para obtener un cuadro vivo y rico en matices mientras que la otra resigna los matices para alcanzar la reconciliación de todas las esferas y con ello el orden y la consistencia.

A veces me siento como Paris al momento de realizar su famoso juicio. Forzado a escoger una diosa, un valor, para de esta forma excluir a las otras diosas, símbolos de otros valores. Forzado a cometer necesariamente un crimen. Ignorante protagonista de una tragedia que, en la búsqueda de la respuesta que dé por finalizada la contienda interna que significa la deliberación, persiguiendo con ello el mayor beneficio, sufre luego las consecuencias de la elección de un valor en desmedro de otros sin entender totalmente que el favor de una diosa puede significar el desprecio de dos.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...