Temo conocer el secreto pero no me atrevo a revelarlo. Creo saber cuál es la razón por la cual me pierdo absorto contemplando su luz cansina las noches despejadas o me invade la nostalgia cuando luego de una jornada de ansia difícilmente contenida descubro que ella ha faltado a la cita. En esas ocasiones me turbo y no emito palabra. Me llamo al ostracismo y me irrita que cualquiera se acerque a preguntarme qué me pasa. Quizás esa sea la razón por la cual sólo estoy verdaderamente relajado cuando estoy solo, dado que como buen romántico, en cuanto me asaltan las emociones pierdo total control de mi mismo, justo aquello que es primordial para relacionarse decentemente con cualquiera, mucho más si se trata de alguien a quién uno quiere. Es claro entonces por qué me entusiasmó siempre tanto la idea de vivir en una ciudad como Buenos Aires. Lejos del folklore pueblerino, ese en el cual los chimentos condenan y donde la gente se interesa descaradamente por lo que sucede en la vida de unos y otros, interés que viene seguido de juicios y prejuicios muchas veces estúpidos, en una ciudad donde las carreras de una punta a la otra son la nota común, las personas son más bien un decorado o un obstáculo entre la propia persona y el trabajo, la facultad o la casa de uno. Y sí, quienes habitan Buenos Aires te pueden mirar y pensar alguna estupidez también, pero ello es algo mucho menos normal que en un pequeño pueblo, pues por lo general la gente se acostumbra a no prestar mayor atención a nada que no sean sus propios pensamientos y problemas. Y no es que por decir esto adhiera a que la gente es menos estúpida en Buenos Aires que en un pueblito perdido. No me refiero a ello. Digo en cambio que no hacen caso de los menesterosos, ni siquiera cuando son niños, mucho menos van observar atentamente en un subte hacinado, en el cual para ingresar hay que empujar y pisotear gente, a un joven que crispa sus manos o se come las uñas porque está nervioso, enojado o taciturno.
Lo más significativo de lo que se pierde al abrazar el anonimato citadino es la posibilidad de observar con facilidad el cielo, sus estrellas y la redonda luna. En algún sentido es cómico, porque si para estar tranquilo con mis emociones necesito estar solo, se me ocurren dos extremos, dos maneras de lograrlo. Una es siendo un ciudadano cosmopolita. La otra, es viviendo en el campo, en ese desierto de humanidad y cultura, ese paraíso de la naturaleza. Es decir que la soledad, y con ella la tranquilidad, las encuentro en la megápolis o en la naturaleza más agreste y cruda. En la abundancia o la carencia extremas. Esa es la razón por la cual a veces fantaseo que tengo una pequeña granja en el medio de un valle recóndito, que dispongo de una huerta y que muchos animales pululan alrededor, y que de esa forma puedo sobrevivir y no sólo eso, sino vivir una vida apacible y agradable, en mi intimidad, que así es como se logra. De vivir en un lugar así subiría por las noches a algún lugar elevado, con abrigo y algo para beber, y acudiría feliz a mi cita con la Luna. Sin embargo, por mucho que lo quiera, no estoy en condiciones de comprar un lugar así, ni de mantener una huerta, y si bien me creo capaz de ser un excelente cazador, no me imagino limpiando una presa, cueréandola, sacándole las vísceras, esas cosas.
Como Harry Haller se sentía un lobo aburguesado, así me siento yo una Artemisa venida a menos. O mejor dicho, un Endimión acobardado, inconsecuente. Es cómico. O quizás no lo sea, mi sentido del humor deja mucho que desear. Pero al pensar en mi destino, en mi vida y mi futuro, mi razón de ser y cual será el contenido del obituario imaginario que alguien pudiera alguna vez dedicarme, me veo como un Agustín pagano, que después de una vida de placeres angustiosos y de confusa libertad, busca en la naturaleza la respuesta, ésta le induce a buscar dentro de sí mismo y desde allí se siente impulsado a saltar a lo supraterrenal. Claro que mi concepción de lo supraterrenal en este caso sería un tanto acotada y muchos me tendrían por estúpido, porque lo supraterrenal en mi concepción sería muy fenoménica y percibible, porque lo supraterrenal para mí sería algo distinto y más allá de lo terrenal, algo que gravita en torno a lo terrenal y que no por esto es inferior a la ello, sino que por el contrario, lo hace motivado por intereses muy específicos y define y moldea los destinos de lo que sucede en la tierra de forma casi imperceptible, rigiendo sobre la fecundidad y con ello la posibilidad de la vida en los mares y fuera de ellos. Lo supraterrenal es para mí la diosa platinada que me hipnotiza noche a noche, la que eriza el bello de mi cuerpo y me baña de misticismo; la diosa que me habla en un lenguaje inarticulado pero más consistente, más fluido, más profundo que cualquier lengua humana; la diosa que con su luz sedosa y sus curvas cóncavas y convexas me rescata del anonimato y de la necesidad de ser alguien, la diosa que me convierte en emoción y aviva la desidia tanto como la excitación más salvaje, la que me permite transitar por caminos vedados y me transporta al estado donde el sin sentido se torna convincente a costa de lo que durante la jornada diurna parecía real, camuflado por la cosmética macabra de Apolo y su luz.
Nuestra condición de seres racionales, proclives al cálculo utilitario, a la argumentación lógica, a la reflexión sintetizadora y a la abstracción de las características inherentes de lo percibido, aquella condición que nos diferencia del resto de la vida conocida, es decir, nuestra condición de portadores y detentadores del logos como puerta que nos comunica con lo que se encuentra fuera de nosotros en dos direcciones, aquella condición que posibilita nuestra religiosidad y nuestra fe, es también lo que nos obliga a la rebelión y la desesperanza, pues todo tiene un costo. La razón, la inteligencia, tan sobrevaloradas, no son sino la causa de nuestra animalidad más humillante, la animalidad alienante, la animalidad amoral. Nuestra trágica condición es irrenunciable. No podemos extirpar nuestros cerebros, si bien muchos buscan conseguir algo similar abusando de sustancias y experiencias que cuando no atentan contra la propia y saludable composición cerebral lo hacen contra la propia vida. Cuánto mayor la inteligencia, cuanto mayor es el conocimiento de la naturaleza de los objetos que nos rodean y mayor facilidad tenemos para imaginarnos una linea causal de eventos y con ello nos sentimos capacitados para preveer el beneficio o el perjuicio que pueden resultar de nuestras acciones o palabras, más proclives somos a la mentira, a la mezquindad, al miedo, a la desesperanza, a la confusión y al espanto. ¿Cuándo se vio a un animal sufrir dolores morales? ¿Cuándo se lo vio sufrir por la muerte o el dolor que significa su supervivencia a otros como él, o peor aún, sufrir por el dolor que su supervivencia le ocasiona a seres muy poco similares a él? ¿Cuándo el miedo, la desesperanza y espanto impidieron a un ser no racional disfrutar de un bello día? Los seres que con insuficientes capacidades racionales, no pueden construir una maraña de causas y efectos, que mayor es cuánto mayor es la inteligencia y que por eso, paradójicamente, más expuesta está al error. Por eso los niños que aún no han conocido el dolor manifiestan una sabiduría irracional superior a la de muchos intelectuales, políticos y figuras notables. Porque entienden sin rodeos el qué y el para qué en el acotado mundo en el cual habitan. En cambio, aquellos expuestos al dolor tempranamente y por ello al poco tiempo ya no más virginianos, son niños a los cuales las circunstancias los ha obligado a la reflexión, al calculo utilitario, a la representación de la amenaza que tanto dolor les ha causado, al miedo y el resentimiento. La frescura del sentimiento del enamorado está también expuesta al nefasto influjo de la razón, que por algo Apolo se llevó siempre tan mal con Eros. Porque la razón actúa como el vino que al beodo le trabuca los límites y la naturaleza de los objetos sobre los que opera su pensar, le convierte en un ser huraño y despersonaliza, le aleja de su verdadero yo, el de los sentimientos sinceros e irreflexivos, el yo que vive plenamente y sin rodeos la alegría y el pesar.
Somos hijos de Apolo y Artemisa. No podemos negar la racionalidad constitutiva a nuestro ser, esa racionalidad que somos nosotros. Pero se comprende que la misma no es plena, es imperfecta, parece atrofiada si la comparamos con la de nuestro padre. Simultánea y trágicamente somos hijos imperfectos de nuestra madre. La conciliación de los contrarios es nuestra única paz, nuestra única esperanza de plenitud. Los más apolíneos buscarán el regreso al vientre materno, los más artemisios buscarán el reencuentro con el padre.