Uno a fuerza de desilusiones ha aprendido que con los grados de felicidad pasa lo que con los pecados en la Divina Comedia: hay un círculo cada vez más temible y horroroso en el infierno de acuerdo al grado de perjuicio cometido por alguien a los valores establecidos por el creador que impone las leyes que signan el acontecer humano. ¿Será realmente éste un mundo donde la felicidad es injuriosa, pretenciosa y lasciva?
Una felicidad como ésta, que irrumpe violenta, inesperada y abrumadora tal y como es, generará siempre y naturalmente muchísima ansiedad. En todos los casos, como ahora, vencerá a los incrédulos, y les confirmará que sus certezas esperanzadas y sus escepticismos desesperanzados siempre fueron y serán relativos y perecederos.
Allí como ahora, cuando la felicidad sea tan superlativa que el propio dominio del lenguaje o quizás el lenguaje mismo se presenten como inexpertos duplicadores cuyas obras son poco fidedignas y raramente fieles a aquello que buscan duplicar, tan inexactas e incoherentes como la crónica de un testigo intoxicado y delirante. Allí cuando lo que se viva sea tan intenso que uno sienta como lo desborda y lo tensiona. Allí cuando la felicidad sea confusión e inutilice todo intento racional por comprender y obrar de acuerdo a ello. Allí cuando la misma genere dependencia física y sepamos - ¡con horror! - que su continuidad depende de factores ajenos a uno. Allí cuando la continuidad dependa de factores propios de los caprichosos dominios irracionales de uno mismo. En todos aquellos casos en que la felicidad sea tan grande que ingrese en la categoría de lo absurdo e irrepresentable, allí será natural que uno sea invadido por miedos y tema a la presencia de las sombras.
Cuando colosal, la felicidad es una embarcación de cristal surcando mares, estrechos y costas inexploradas sin timonel. Pero también, cuando se presenta como ahora, uno es omnipotente, es un dios. ¡Y cómo embriaga la ambrosía, señores, cómo embriaga!
Se me presenta otra vez una cadena de preguntas conocidas: ¿Es la felicidad un abusivo crédito que uno debe pagar en coutas de dolor con intereses de escándalo? ¿Es la felicidad no el fin de la vida, sino un desequilibrio en la misma? ¿Es lo más sabio descomprometerse de la vida y sus reglas de juego?
Es claro a esta altura, amor, que como vos, tengo miedos. Ojalá coíncidamos en que finalmente, la razón de ser de los mismos no es otra que la de ser superados.

Una felicidad como ésta, que irrumpe violenta, inesperada y abrumadora tal y como es, generará siempre y naturalmente muchísima ansiedad. En todos los casos, como ahora, vencerá a los incrédulos, y les confirmará que sus certezas esperanzadas y sus escepticismos desesperanzados siempre fueron y serán relativos y perecederos.
Allí como ahora, cuando la felicidad sea tan superlativa que el propio dominio del lenguaje o quizás el lenguaje mismo se presenten como inexpertos duplicadores cuyas obras son poco fidedignas y raramente fieles a aquello que buscan duplicar, tan inexactas e incoherentes como la crónica de un testigo intoxicado y delirante. Allí cuando lo que se viva sea tan intenso que uno sienta como lo desborda y lo tensiona. Allí cuando la felicidad sea confusión e inutilice todo intento racional por comprender y obrar de acuerdo a ello. Allí cuando la misma genere dependencia física y sepamos - ¡con horror! - que su continuidad depende de factores ajenos a uno. Allí cuando la continuidad dependa de factores propios de los caprichosos dominios irracionales de uno mismo. En todos aquellos casos en que la felicidad sea tan grande que ingrese en la categoría de lo absurdo e irrepresentable, allí será natural que uno sea invadido por miedos y tema a la presencia de las sombras.
Cuando colosal, la felicidad es una embarcación de cristal surcando mares, estrechos y costas inexploradas sin timonel. Pero también, cuando se presenta como ahora, uno es omnipotente, es un dios. ¡Y cómo embriaga la ambrosía, señores, cómo embriaga!
Se me presenta otra vez una cadena de preguntas conocidas: ¿Es la felicidad un abusivo crédito que uno debe pagar en coutas de dolor con intereses de escándalo? ¿Es la felicidad no el fin de la vida, sino un desequilibrio en la misma? ¿Es lo más sabio descomprometerse de la vida y sus reglas de juego?
Es claro a esta altura, amor, que como vos, tengo miedos. Ojalá coíncidamos en que finalmente, la razón de ser de los mismos no es otra que la de ser superados.
