29.12.06
Ardorosa pasión
25.12.06
Artemisa de la estepa
O tal vez sí, una y mil veces.
Las gotas densas y frías corrían pesadas entre su piel y la ropa. La maleza entorpecía su huir, preñando de humedad sus pies. El suelo arcilloso y chapotero, inestable, dificultaba su equilibrio. Y cada brinco era un riesgo temerosamente aceptado, cada viraje escapando a un arbusto, una osada temeridad.
Los alamos se batían a causa del viento en concertado ánimo y allá atrás, a unos metros, seguramente divisaría la vieja casona de madera y techo de chapa. De entre la maleza, el olor putrefacto daba cuenta de algún pequeño cadáver, el cuál ahora sospechaba detrás de las aves carroñeras que impasibles bajo la lluvia le observaban a la vez que desperezaban las alas. La más pequeña y vigorosa le miró directamente a los ojos. Su mirada oscura y lasciva parecía más amenazadora cuanto una pequeña víscera aún colgaba del punzante pico del animal. La carrera angustiada puso a las aves a sus espaldas y un lozano graznido pareció darle caza por detrás.
El agua se agitaba ruidosamente entre las suelas y los pies, molestando. El barro había cubierto al calzado en su manto y el frío insensibilizó a sus moradores, anulando la existencia de aquellos que ahora le conducían por entre los árboles, qué aún más violentamente parecían sacurdirse al aproximarse. Alzó los brazos junto al paquete a la altura de la cabeza, pero ni esto pudo evitar que las ramas le azotaran y arañaran su rostro y espalda. Una rama larga y elástica le dió un agresivo latigazo a la altura de los riñones justo después de soltarla. El agudo dolor casi lo tumba. Trastabilló, haciendo enorme esfuerzo por lograr respirar y no ahogarse en su propia y espesa saliva en el grito ahogado de dolor.
Trás la alameda, sabía se encontraba la huella. Entre los surcos erosionados por cubiertas de camionetas pesadas y pretéritas encontró suelo estable sobre el cual correr, sin obstáculos, hasta el viejo y sombrío casco de estancia abandonado. Corrió los últimos metros con el ardor en la espalda que crecía y crecía, a la vez que un seco dolor ya se había depositado punzante en su garganta hinchada, lugar por donde el enmohecido aire de la tarde lluviosa transitaba. Su angustia creció al aproximarse a la puerta, la cual cerrada, no soportó la embestida de su hombro izquierdo. El rechinar de la madera le provocó un escalofrío intenso y expedito cerró y atracó a la misma con un pequeño y pesado modular. Sobre la mesa depositó el paquete, junto a un florero vacío sobre un mantel polvoriento. La estufa de carbón aún estaba tibia y desde la misma brotaba la oscura luz rojiza de algunas brazas agonizantes. Introdujo en la misma, sin sacarse aún ninguna de las pesadas prendas húmedas tercamente pegadas a su cuerpo, un par de maderas que arrancó de un enclenque cajón traído otrora de alguna proveeduría de algún pueblo cercano, y separó inmediatamente luego dos o tres tronquitos de carbón. Con mucho esfuerzo comenzó a sacarse la campera, tarea dificultosa, pues las fuerzas parecían abandonarle del cuerpo. Viró para cerciorarse que el paquete aún permanecía sobre la mesa cuando escuchó a la madera del suelo rechinar a su izquierda. Al observar en dirección a la habitación, con la puerta entreabierta, no le sorprendió el grisaceo azúl que teñía todo. La cama con la pesada colcha se le antojaba su próximo e inmediato destino, si bien lamentó que se encontrara tan lejos de la estufa. Otro ruido, siempre presente hasta entonces pero que ahora le parecía poderosamente amenazador, se escuchaba a sus espaldas. La ventana de los vidrios sucios por el polvo acumulado tras las sucesivas tormentas de viento se encontraba abierta. A través de la misma el viento empapaba las cortinas y permitía que un chiflete helado penetrara en la vivienda. Fue hartamente dificultoso lograr cerrar la placas hinchadas de la ventana. Pero el determinado empeño, junto a un par de golpes, a veces sobre el ángulo superior, muchas otras sobre el inferior, permitieron dar por terminada la tarea.
Se quitó la campera y lo mismo hacía con la camisa, desabrochada en sus tres botones superiores y en sus mangas, cuando tomó los leños de carbón y los introdujo en la tímida llama dentro de la estufa. Renegó por haberlos humedecido al sujetarlos, y otra vez, ansioso, volteó para cerciorarse que el paquete se encontraba donde lo había dejado. ¡Azorada su expresión al no verlo sobre la mesa! Confundido, histérico, corrío rápidamente su vista por toda la habitación. Gritó angustiado un «pero... cómo?» y casi corriendo, no sin dudarlo varias veces entre paso y paso, se adentró violento en la habitación. Dío un portazo y gritó tirando de sus cabellos. Miró a través de la ventana y nada. Corrió hacia la otra. Sólo lluvia, viento y los álamos que se estremecían al unísono, allá, a unos 60 metros.
Ingreso temblando a la sala principal, se acercó a la mesa, miró en derredor, y nuevamente el crujir de la madera lo obligó a rotar sobre sí violentamente.
Su rostro se puso pálido. Sintió que la sangre dejaba de palpitar a través de sus venas y que su corazón se estremecía de un gélido golpe. Ella era tan solo una niña, si bien milenaria mujer. Sus ojos fosforescentes le presaron la mirada, y su andar contundente y suave le acercaban más y más a él. La pared a sus espaldas, luego de golpear la mesa y tumbar el florero, que rodando se estrelló finalmente en el suelo para hacerse añicos, le impidió proseguir su espantada huída. La jovencita en su camisola, con sus pies preciosos y límpidamente descalzos, se aproximó más y más. La exigua tela que cubría su vigorosa y virgen femeneidad permitía adivinar la más bella de las vedadas promesas. Su cabello rojizo y pletórico, vagamente ensortijado, parecía unas veces fuego, otras sanguíneo caoba. Su rostro argüía un maléfico propósito detrás de una sonrisa en apariencia abandonada y apacible. Su piel, singular pétalo lunar, se le presentaba la más bella jamás concebida, si bien denunciaba una espectral y platinada naturaleza. Sin dejar de clavarle hipnóticos sus ojos fosforecentes, acercó sus brazos angelicales al pecho del hombre, pozándolos sobre el mismo, a la hora que entre sus manos tomaba el rostro de quién se convulsionaba nervioso, con los ojos desorbitados. El frío de su cuerpo atestiguó lo imposible. El contacto con la piel de la jovencita significó el abraso gélido sobre la superficie por sus extremidades alcanzada. El escalofrío violento, las convulsiones, el vértigo y la vista que se nublaba, salvo sus ojos, fosforecentes y lozanos.
Los brazos de quién hasta hace poco había huído colgaban junto a su cuerpo. La pared evitó que el mismo se derrumbara. Su mirada, nublada, nada podía distinguir, salvos esos ojos de otro mundo.
«Permíteme que te bese» ella suspiró con una voz lejana y profunda, acompañada de un aliento ártico. Y acercó su boca a la de él, que ya nunca jamás pudo atestiguar dicho beso.
en El maestro y Margarita
de Mijaíl Bulgakov
9.12.06
Reencuentros
Una distinción muy aguda, ya realizada por los griegos, me ayuda a entender el por qué de ciertas cosas. Siempre se es antes de ser. Pues siempre la ontología subordina a la cronología.
Así, en crudo, no digo nada. Es verdad.
Se es antes de ser. Y con esto significo que hay verdades y esencias que son tales con antelación a que la concatenación de los hechos las hagan existentes a nuestros ojos. Desde esta perspectiva, el tiempo no es más que el escenario donde finalmente se manifestará aquello que necesariamente ha de ser. Pues lo que es, lo es antes del tiempo, más allá del mismo e independientemente de él. En realidad, es el tiempo el que es posterior a lo que es, quién está más acá y quién depende de lo que existe. Por eso no erran quienes aseguran que todo está escrito. Some things are meant to be. O en realidad, everything is meant to be.
Esta verdad no nos resulta del todo evidente debido a nuestras limitaciones, consecuencia lógica de nuestra finitud como sujetos cognocentes. Estamos condenados al conocimiento imperfecto, relativo, teñido de emociones. Por esta razón la experiencia humana es tan bella y angustiante, digna y dolorosa. Nuestra finitud es tragedia. Y las comedias no son sino fraccionamientos conscientes y deliberados de ésta.
Sin embargo, lo que busco señalar es lo siguiente. Muchas veces reprochamos el sinsentido que como un sopor avanza sobre las cosas. La anarquía que impera, el nihilismo que adviene. Situaciones que duelen, ausencias que angustian, el fuego interno que mengua con esporádicos estallidos que sacuden y abrasan pero no alimentan la llama, todo en el tránsito de un hambriento sin fin de deseos renovados. ¿Y qué no implica un deseo sino una insatisfacción de algún tipo?
Mi experiencia me llevó a buscar paz y armonía dentro de mí. Jugué a imitar a Dios y cual una pequeña versión de él, lograr en mi la perfección. Al no alcanzarla jamás, pretencioso de mi, entendí que quizás la perfección como tal era sencillamente perseguir a la misma de forma sostenida. Quise explorar la infinitud dentro de mi mismo para de esa forma romper con la finitud humana. Busqué cerrarme para ordenarme. Porque, ¿cómo acercarme a otros sin estar preparado? ¿Cómo acercarme a otros siendo imperfecto? Siempre los intentos fueron grandes desilusiones, perniciosos desencuentros. Y el historial de los mismos indicaba claramente que hay cosas que no se fuerzan, que las buenas intenciones no vinculan y que quizás el problema habría de radicar en mi interior. Otra vez, más profundo urgaba y con mayor ansiedad procurando dar solución al eterno problema, resolver el viejo enigma. Everything that you need is inside of you. Frase de cabecera. Pero en mi vanidad o en mi desesperación muchas veces me ví tentado a velar por mi estabilidad en el retiro del mundo, en la autosuficiencia, tomando dicha frase literalmente. Todo lo que necesito está dentro de mí. Claro, pero, ¿para qué? ¿Todo lo que necesito para qué? Para estar bien seguramente. Pero olvidé preguntarme cómo estoy bien, asumiendo lo evidente de la respuesta. ¿Estoy bien en la soledad? ¿Estoy bien con el otro? ¿Estoy bien en el otro? A veces me sentía inclinado a pensar que en la soledad todo dependía de mí y las desestabilizaciones o desencuentros eran por ello menos probables pero, ¿puedo estar bien en la soledad? Everything that you need is inside of you repetía la voz monóacorde y porfíada. Y algo en mí sabía que eso era cierto. Sin embargo...
Hay cosas que son antes de ser, decía. ¿Pero qué hacer cuando percibís que el tiempo se te consume y sentís trágicamente que no sos? ¿Cómo excusarse ante uno mismo cuando uno no sabe realmente quién o qué es? ¿Cómo lograr ser? ¿Cómo lograr encontrarse con uno mismo?
Las cosas son antes de ser. Las cosas son antes de ser en el tiempo. Experimentan siempre una tensión hacia su perfección. Y hacía allí irresistiblemente son conducidas. Entonces, al reconocer esos ojos hacia los cuales te sentís con celeridad impulsado a sumergirte, al desear con contundente e irrevocable afán la fusión con ellos, para ser en ellos, entonces entendés que lo divino no está en vos, sino que lo divino está entre vos y ella. Entendés que sos para el otro o no sos. Sos en tu vinculación con lo externo a vos, o no sos. Sos en el amor, en el afecto, en la concertación de las voluntades, o no sos. Sos en tus roles, en tus relaciones, en tu diálogo, o no sos. Everything that you need is inside of you. Y estar bien es posible cuando destinás todo eso en tu interior para vincularte con el otro. Cuando apostas por abrirte. Cuando renuncias un poco a tu individualidad para dar nacimiento a una individualidad compartida. Sos al ser hijo, padre, novio, amigo, hermano, anfitrión, artista, laburante, compañero. Sos al ser para el otro, responsablemente, con amor. Sos al amar.
Se es antes de ser. La chispa divina es y está en todo. La chispa divina está entre vos y yo. Por eso nos reconocemos. Por eso nos despersonalizamos en el amor y a la vez, somos heroes, cual un dios griego. Por eso uno puede amar desde siempre y para siempre. Por eso uno es multitudes, en sus vinculos con el mundo. Por eso la aceptación es sabia y el amor irresistible. Por eso amarte es reencontrarnos, reencontrarme. Somos antes de ser y ya no podremos nunca no ser.
Que febril la mirada
Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...
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"...siempre las flores vigilaron la muerte, porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos que su existir dormido y gracioso es...
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La falta de entendimiento se denomina en sentido estricto estupidez y equivale a la torpeza al aplicar la ley de causalidad , la ineptitud ...
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Seguramente hay tantas formas de amar como individuos. Por otro lado, teorizar sobre las relaciones de pareja, sobre relaciones que (en teor...