10.7.07

Relato heraclíteo del Antiguo Testamento

En el principio era sólo Él y fuera de Él, ni siquiera la nada. Situado fuera del tiempo y del espacio, no hallaba manera de conocer. ¿Conocer qué cosa? Sólo podría haberse conocido a sí mismo, y como queda expuesto, eso le resultaba imposible. Por ello, no podía adjetivarse; ¿cómo hacerlo sin contar con algún otro con el cual compararse? Cosa sabida es que el adjetivo remite siempre, una vez aplicado, a otros cuyas propiedades, al contrastar con la señalada, definen el significado de la primera. Queda claro entonces que sin un otro menos poderoso, Él no podía ser más poderoso que nada. Peor aún, no podía representarse el poder ni tampoco qué habría de ser éste. Tampoco podía conocerse respecto de lo bueno, de lo bello, de lo malo, de lo importante, de lo irrelevante, de lo insignificante. Pensarse a sí mismo era imposible. Pensar algo fuera de sí también. Siendo, no era de ninguna manera. Su existencia, si se puede hablar de ella, no tenia sentido, pues no había un antes ni un después, un más o un menos, un fin o un principio.
Sin embargo y sin ser claro cual fuere la causa que lo motivara (quizás sea ese el misterio por antonomasia), se haya tratado sencillamente de angustia o quizás de aburrimiento, lo haya ocasionado la voluntad de liberarse de sus límites o lo haya hecho la necesidad de concebir un sentido articulador que respondiere a vaya a saber uno qué inquietud, sucedió el milagro. La duda emergió espontáneamente y finalmente intentó pensarse a sí mismo. Para hacerlo, sin embargo, no tuvo otra opción que tomar distancia de sí, alienarse, objetivarse. Fuera de sí pudo Él construir progresivamente complejas geografías.
Duda y pensamiento nacieron hermanas. También lo hicieron, siguiéndolas inmediatamente la belleza y la insatisfacción, que como caras antagónicas de los mismos fenómenos fueron siempre intentando diferenciarse más y más la una de la otra, pero que en la progresiva autonomización nunca dejaron de remitirse mutuamente.
Desde un principio, además, conocer y construir fueron caras distintas de la misma acción. Construyó y conoció polvo, sedimentación y rocas. Conoció al construir oceános de aire y agua. Iluminó y al hacerlo dio nacimiento a la oscuridad, a las sombras, los tonos y los colores. Conoció el calor y con ello construyó el frío. Pensó la vida y con ello la antagonizó a la ausencia de ella. Pensó en la génesis y con ello dio lugar al desenvolvimiento y a los ciclos, a los eslabones en que se irían propagando de forma multiplicada y cada vez más compleja las distintas formas de las cosas.
Sin embargo, y luego de su prodigioso accionar, se sintió abatido. Lejos de satisfacerse, se percató de que todo lo pensado, todo lo construido, le agradaba por cuanto era su obra pero, simultáneamente, le era ajeno y como tal le excluía. "Eran" fuera de él y tenían sentido por sí solos. Él ya no era más parte de aquello. No podía observar su creación desde adentro siendo en el seno de ella, ni tampoco aún conocerse a sí mismo. Aquello parecía, paradojicamente, una suerte de una traición autoejercida. Pero por el contrario, lo que por el momento se experimentaba como un problema habría de resultarle beneficioso y funcional puesto que ahora sí tomaba forma y se hacia clara una necesidad hasta entonces desconocida y por ello mismo también de alguna forma inexistente: pues ahora era evidente que deseaba, deseaba con angustiosa necesidad conocerse a sí mismo, reencontrarse, entenderse. Y como conocer fue construir, decíamos, desde un principio, con ello presente entendió que para conocer qué era, tendría que "crearse": para tenerse por objeto debería poder conocer aquello que un "otro" viese en él. Sin poder crearse a sí mismo, ideó a un objeto que pudiera representarse al mundo, y con él, a Él. Un objeto capaz de representación pero también, un objeto capaz de emoción, puesto que el conocimiento sólo es tal cuando crea y sólo crea cuando lo resultante produce un efecto emocional: emoción y sentido son ineluctablemente fenómenos hermanos, como ya lo había entendido Él por propia experiencia. Y ello porque se había percatado que dudarse fue angustiarse. Consecuentemente, conocerse sería gozoso. Dudar significaba aún no haber creado, conocer significaba haberlo hecho.
Pero ese objeto, que ahora también sería sujeto dado que podría representarse objetos y entre ellos, a Él, debería significar algún tipo de perfección. Procuró entonces, por pura vanidad, pues a esta altura su deseo de sí ya era un quererse a sí mismo, que este sujeto se le pareciera lo suficiente como para no ser superior a Él. Mejor aún, debía ser lo suficientemente diferente como para que este nuevo sujeto se obnubilara ante su presencia y no pudiere otra cosa que considerarlo magnánimo, divino e insatisfecho siempre que no se sintiere en dirección a él. Pero, además, debía ser bello, bello como nada jamás creado, bello como la más sublime utopía. Si habré de crear un sujeto, pensó, pues que su presencia sea un goce.
Ella abrió sus enormes ojos café y el paraíso cantó para ella. Las aves volaron una detrás de la otra en estrambóticas persecuciones, la brisa fresca se cargó de los perfumes de las flores en el despertar de la mañana, el agua que corría murmuró en un tono muy alegre y solemne. Desperezándose, arqueo su espalda hacia atrás y estiró los brazos. Inspiró profundo y sonrió. Sus cabellos castaño caían graciosos sobre sus hombros y espalda. El impacto fue inmediato. Él, embelesado, experimentó una alegría violenta, una emoción desconocida. Largo rato la observó azorado mientras estudiaba sus movimientos. Haciéndolo aprendió a reír, a gozar con cada movimiento, a disfrutar de lo imprevisto. Las geografías antes creadas, y con ellas todo lo que cabía allí, iban tomando un valor desconocido al ser para ella. De repente una simple roca del montón se tornaba un lugar de descanso o el punto último de la ágil carrera que culminaba en el salto y la zambullida al agua. Una curiosa mariposa era aquello que la hacía sonreír o aquello por lo cual viraba la cabeza de repente y sin previo aviso. Un árbol era el lugar elegido para jugar o recoger frutos. El cielo era el espectáculo más bello, el que le permitía ver sus ojos grandes y taciturnos, brillosos y conmovidos. Nada antes había tenido sentido. No al menos de esta forma.
Fue así como Él conoció el amor. A través de sus ojos, gracias a su presencia, todo resultó ser magnífico, todo comenzó a ser plenitud. No tardaron en reír juntos, tampoco en inventar un lenguaje para comunicarse, para ofrecerse versos, para jugar poniéndole nombres a las cosas, para discutir y para poner, en definitiva, algo entre ellos que los uniera pero sin cometer el oprobioso error de eliminarla, es decir, cuidando bien de no fusionarlos. Horas y horas hablaban y luego muchas otras callaban. Su felicidad era excelsa, dado que ahora sí el mundo entero tenía matices y tanto más maravillosos eran a cuenta del amor.
Luego de haber inventado mil formas de divertirse, luego de haber observado todo, luego de tanta emoción creciente, sobrevino la decadencia, que se expresó en una insatisfacción que llegó para invadirlo, tal y como cuando al haber inventado un mundo fuera de él aquella vez. Ahora sí sabía mejor qué era. El amor de ella, sus palabras, su risa se lo habían permitido saber. El amor, tan fuerte hasta entonces, tornó primero en insatisfacción y casi simultáneamente en hambre de ella. Ella era ahora un vacío en él, un objeto que necesitaba sofocantemente deglutir, un objeto que corría peligros de, una vez saciado ese hambre, ya no ser fuera de él. Fue así como una silenciosa noche ideó la sexualidad: la penumbra platinada hizo de sus curvas seducción, la caricia insistente e inocente de sus manos que lenta y pacientemente su cuerpo recorrían fueron azuzando la pulsión. Nunca la había visto así, jamás había tomado el deseo esa forma. Sus pechos sedosos y argentos, erguidos y punzantes, captaron su atención. A distancia poco considerable estaban su cuello, los carnosos pétalos que tenia por labios, el prístino paisaje de su espalda y las generosas caderas servidas en flor. En un hambre fulguroso y violento tornó el amor. El fulgoroso deseo así fue como nació. Descendió de las nubes y la cargó por sorpresa. Confundida, jadeante, transpirada, se resistió abrazándolo, le cuestionó besándolo, y con la respiración entrecortada, con sus ojos cerrados y la boca entreabierta, finalmente cedió, obediente y complacida. Como involuntariamente, se contorneó una y otra vez mientras Él como una fiera la tomaba hasta que en un punto, como en una erupción volcánica, sació su hambre expulsando el ardor de su deseo.
El llanto de la criatura recién nacida fue acompañado de mucho orgullo por parte de Él. Ella, incrédula, se sentía fuera de sí. Hasta que lo abrazó, lo besó, río, lloró, todo de una alegría indecible. Los motivos de la alegría compartida eran distintos: Él, por su parte, había logrado evitar satisfactoriamente perderla, pero por otro lado, se había proporcionado de un nuevo ser con el cual embelesarse, y además, había dado lugar a otro ser que le adorara, tal y como ella. Ella, a quién ahora Él había decidido llamar Mujer para evitar confusiones, veía en el Hombre, en su Hombre, muchos motivos para emocionarse, pues en él lo veía a Él, pero también se veía a si misma. Veía al fruto del amor incomprensible y fogoso de una noche de consumación, mas también a un nuevo ser, similar a ella, con quién compartir. Cuanto más tiempo compartían, cuanto más se desarrollaba la criatura y por ello más se parecía a ella, más comprendía que se había sentido, de alguna manera, sola o incompleta sin él.
La intensidad del amor entre el Hombre y la Mujer era tal que Él conoció un mar de sensaciones desconocidas. Sentía ahora celos del amor que se profesaban, a raíz primeramente del miedo de que el vínculo entre ellos fuere a sus ojos aún más significativo que el que sentían por Él. Sentía además envidia de que compartieran una misma condición (cosa que Él jamás con nadie) y al mismo tiempo, ira de sentirse así respecto de seres menos divinos que Él. Por esta razón, herido en su amor propio, ideó la mentira.
Son libres de hacer lo que gusten salvo una prohibición categórica, la de incurrir en el Mal. Para evitar que lo hagan y con ello os provoquéis mucho dolor, jamás habrán de probar el fruto prohibido. Mujer, tu eres para él, el fruto prohibido. Tu, Hombre, eres para ella, el fruto prohibido. El único fruto vedado a ustedes, él único que es patrimonio mío exclusivo por mi naturaleza superior, es el de la consumación del amor.
Iracundo, miserable, fue perdiéndose en sus violentas pasiones. Ellos, sin comprenderle, comenzaron a temerle. Le amaban, le amaban vigorosamente. Por ello procuraban complacerle siempre en la medida de sus posibilidades. Esta empresa los acercó más y más, y cuanto más esto pasaba, mayor temor Él les generaba, más los distanciaba de sí, más los unía el uno al otro.
La prohibición, desde entonces, fue acompañada del deseo. Y el deseo que uno sentía por otro, que se confundía con un profundísimo amor, era un deseo acompañado de culpa, elemento éste que disfuncionalmente más avivaba el fuego aún. Una noche en la cual Él estaba perdido, embriagado en las violentas pasiones que le turbaban, una noche fecunda en tormentas, el frío les obligó a recostarse juntos. El Hombre y la Mujer temblaban insoportablemente mas no precisamente de frío. Sintiéndose invitado por una caricia, la besó. Sin demoras, estrecharon sus cuerpos con ansiedad y se amaron torpemente, liberándose con angustia y placer de las cadenas que forzosamente se habían aplicado a sí mismos. Se amaron apasionadamente. Y lo hicieron resignados, aceptando lo que fuere que sucediese.
El castigo, ejercido con la violencia impía propia de quién está cegado por el dolor, fue desearles la corrupción. Por mandato divino, nacieron la muerte, las enfermedades, el silencio y el dolor. La fragilidad les cayó al hombre y la mujer como una condena que buscaba erradicarlos, eliminar la traición, hacerlos desaparecer y sufrir a cuenta de lo que Él mismo lo hacía. Sin embargo, desde ese día, Él se quebró y con ello su voluntad. Generación y corrupción son las consecuencias del amor que llama a permanecer y gozar a sus hijos, tanto como a perecer y sufrir. Son las consecuencias paradójicas de quién busca olvidar al Amor pero que al centrar sus fuerzas en ello, le recuerda más y con ello obra en contra de su intención.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...