"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos. Pero a menudo, el viaje es una larga espera."
El sol se ponía una vez más.
Desconocía exactamente qué hora era, y los ecos del sonido de actividades puerta adentro eran cada vez menos recurrentes. En la calle, la gente volvía a sus hogares o realizaba las últimas tareas del día, como la compra de algún vituendo que permitiera resolver una cena o la busqueda de sus hijos al finalizar actividades extraescolares. Todos parecían resolutos, signados por un sentido. Algunos vivaces, otros taciturnos, pero todos en tránsito franco hacia un objetivo. Algunos iban acompañados y se los escuchaba platicar entre ellos. Otros, por cuenta propia, pero ni así parecían prestarle atención al desgarbado hombrecito que como tantos días antes había permanecido espectante, obediente, en el umbral de esa casa de piedra de persianas cerradas.
Algunos vecinos habían presenciado su llegada aquel día, corriendo detrás de ella pero llegando demasiado tarde, para sólo ser primer testigo del portazo elegante y sordo con el que dió por terminada la persecución. En aquel momento, Ernesto la llamó insistentemente por su nombre. Golpeó animosamente la puerta. Se tomó la cabeza, giró sobre sí con la mirada ciega y ansiosa, como buscando en su mente la mejor estrategia o tratando de sopesar lo ocurrido y sus consecuencias. Los minutos pasaron, el ocaso llegó como una sombra, y después nada. Silencio y espera.
Los primeros meses, ante la novedad, los vecinos lo miraban y conversaban entre sí, especulando las razones de su ruptura o de su obstinada intención de aguardar ante la puerta a que ella abriera y saliera a hacer las pases, o insultarlo, o siquiera a echarlo. Pero nada. La vieja casa de piedra con molduras y ribetes de madera permaneció cerrada, casi como abandonada, aunque bien se adivinaba actividad dentro de la misma. Si hay alguien que podía dar fe de ello era él mismo, que escuchaba pasos, murmullos y eventualmente sollozos y hasta risas. Al principio, aguardaba estoico. Unas pocas veces no pudo contenerse y detrás de dichos sonidos en el interior golpeaba con énfasis la puerta y volvía a llamarla, infructuosamente. Y cada vez que lo hacía, transeuntes y vecinos lo observaban, algunos con una mueca de desaprobación, otros con cierta desazón o peor aún, con atisbos de lástima. Eso bastaba para que él, entre avergonzado y ofendido, cesara en sus intentos y volviera a optar por el silencio y la espera.
Con el tiempo, la falta de novedad y el acostumbramiento llevaron a que cada vez menos gente le prestara atención. Hubo dos o tres instancias en las que alguna vecina se acercara a ofrecerle algo para tomar o le hablara del clima, o cualquier otro tema, pero las acartonadas interacciones ahogaron rapidamente a dichos gestos.
Llegaba la noche limpia, con muchas estrellas y una luna que si bien aún no era llena se mostraba radiante e intensa. En un juego sin sentido aparente, recorría con las yemas de sus dedos ribetes, cortes e irregularidades de la puerta al tiempo que balbuceaba para sí cosas ininteligibles. Como si se tratara de un paleógrafo leyendo jeroglíficos, o un curandero leyendo una mano. Era un proceso hipnótico, casi un desvarío.
Absorto en el proceso, la presión de su mano ejerció un leve movimiento en la puerta, y con él, un también leve sonido al ceder la presión. Pasos fuertes y decididos se escucharon desde dentro en dirección a la puerta. Y la misma se abrió, de par en par. No lo recibió nadie, por lo menos nadie tangible. Pero sí sintió su presencia, distinta a como la recordaba, pero su presencia de cualquier manera. Rapidamente metió un pie en el umbral, como para evitar que la misma se cierre, pero se sorprendió sin poder ingresar. Dubitó unos segundos, sin entender si había allí adentro alguien esperándolo. Por las dudas dijo "hola", y ante el silencio, ahora sí primero al apoyar el brazo en la puerta abierta, después con el restro del cuerpo, ingresó.
La casa olía rara.Una fragancia a flores flotaba en el polvo en suspensión. Parecía haber alguien en living. Arrimó la puerta con delicadeza, y decidió ingresar con movimientos predecibles. Confundido, no tenía muy en claro qué es lo que iba a decir. Había pasado tanto tiempo y todo esto parecía tan ridiculo. No dejaba de sentir que de alguna manera su presencia era un atrevimiento, una acción ilegítima. Nadie le había invitado a ingresar, nadie lo había recibido. De cualquier manera, avanzó hacia el living y constató que había allí al menos una persona, sentada en un sillón, con la mirada perdida, haciendo caso omiso a su presencia.
Se acercó un poco más y dijo nuevamente "hola", en un tono respetuoso y un poco más decidido. Nada. Quien se hallaba sentado no parecía verlo ni oirlo. Parecía en un transe autista, perdido en su propia cabeza.
Un poco más cerca en el penumbroso salón y entonces pudo confirmar, no sin pavor, lo que había intuido milésimas de segundo antes sin dar crédito a sus sentidos. Sentado sobre ese sillón, mascullando broncas, con la mirada furiosa clavada en la nada, se vió a si mismo. Su otra versión parecía perdido en una emoción sin objeto, una emoción doliente que le ofendía, con los ojos encendidos y los dedos crispados.
Hola dijo nuevamente, mientras sentía a su propio corazón palpitar con golpes anormales que parecían secos y lentos martillazos. Y la garganta que se le cerraba. Pero a esto, el Ernesto en el sillón no habría de registrarlo.
Se quedó parado allí un par de minutos, observándolo, esperando que eventualmente le respondiera o hiciera algún tipo de mueca, pero nada. Y era tanto el miedo y el sentido de confusión que tenía, que no podía decidir su próximo movimiento. Qué clase de pesadilla es ésta, finalmente se atrevió a preguntarse.
Portazo a sus espaldas. Leve carrera y portazo a sus espaldas. La puerta que daba a la calle. ¿Habrá sido ella? Corrió angustiado, para gritarle algo y al menos verla otra vez, así sea de espaldas y huyendo, esta vez no para esconderse dentro de la vieja casona, sino hacia la calle, con destino incierto. Pero en el fondo ya sabía lo que iba a suceder. Al intentar abrir la puerta no pudo hacerlo. La misma no cedía. Hizo fuerza. Luego más fuerza. Finalmente se colgó y empujó con una pierna contra la pared para hacer palanca mientras jalaba con todas sus fuerzas. Nada.
Se dió vuelta con prisa, con el objetivo de encontrar una ventana o alguna salida alternativa. Pero todas las ventanas estaban cerradas tras vencidas y pesadas persianas de madera. Ninguna parecía ceder, y la penumbra parecía ahora todavía más espesa. Pero no sólo eso. Sorpresa. Donde segundos antes se hubiese visto sentado a si mismo, masticando emociones negativas, ahora no había nadie. Un sudor frío le empapaba la frente y la nuca. El silencio se convirtió en un silvido hiriente y luego se apagó. Estaba encerrado. Estaba encerrado y solo allí dentro.
Primero buscó dentro de la casa para ver si efectivamente se encontraba solo, cosa que confirmó. Luego intentó encontrar la forma de salir. Llaves, algo para hacer palanca, patadas a la puerta, todo infructuoso.
Eventualmente el cansancio y el dolor de cabeza le vencieron.
Decidió sentarse, recuperar la compostura, pensar mejor. Se acercó al sillón donde anteriormente se había visto a sí mismo. Le pareció ligeramente cínico ocupar el mismo lugar en el que poco tiempo antes había visto a esa versión de sí que tanto disgusto y repulsión le había generado. Pero también sintió que ese cinismo podía ser entendido como un guiño, como una oportunidad, y decidió jugar su papel.
Se sentó lenta y pesadamente. Afuera de la casa escuchaba a alguien golpear y llamar. ¿Era su propia voz? Quizás. ¿Llamaban al nombre de ella o al suyo propio? Cómo saberlo.
Estaba abatido. No podía ni quería levantarse. Lentamente se apoderaba de él una emoción profunda e irresistible. Era tristeza. Era desesperanza. Y su mirada comenzó a perderse en dichas emociones, empantanándose en una piscina negra e infinita. Su energía vital lo abandonaba y su cuerpo vencido se anquilaba sobre dicho sillón.
En un último momento de lucidez lo comprendió.
No había cambiado nada. Otra vez le tocaba esperar.