22.2.07

(Mal) Elogio a la crítica

¿Existirá verdaderamente la maldad? Uno podría sentirse tentado a dar presuroso una respuesta pero, momento. ¿Tiene existencia real el Mal, fuerza antagónica del Bien? En algún punto, la existencia de uno implica necesariamente la existencia del otro, al menos como mera probabilidad. Una cosa es oscura en relación a otra tanto como algo frío lo es en comparación a algo que lo es menos. En realidad no habría necesidad de ningún adjetivo en un mundo donde no existiesen ni el otro ni lo otro - la otredad - pues resulta claro que cualquiera fuere éste no sumaría ni definiría nada. Sería falaz, ambiguo, vacío. Por otro lado, la mera existencia de un adjetivo implica previamente la existencia de quién lo aplica, de un "otro" que se erige tal al adjetivizar, así lo haga sobre sí mismo. Al conocerse, todo sujeto se sale de sí, se aliena, y es por ello que nunca la Unidad puede conocerse. Sólo lo hace al dividirse, al duplicarse, al introducir la existencia de lo otro. No hay sujeto sin objeto ni objeto sin sujeto.
Sin embargo no era mi intención enredarme, enredarte ni enredarnos con esto.
Me motiva la reflexión sobre la existencia o inexistencia del mal: esa fuerza que vemos expresarse a través de los más variopintos vehículos y a la cual todos juraríamos conocer. Como sucede con respecto a tantas instituciones o valores de la cosmovisión subjetiva, a lo largo de la vida uno va ensayando respuestas, algunas veces más convincentes y firmes, otras más inocentes o delirantes. En ocasiones hasta las conocemos desesperadas o débiles, obstinadas o titubeantes. Sin embargo, lo cierto es que siempre e inagotablemente, allí cuando nos refiramos a un individuo que goce de buena salud, las respuestas serán temporarias, transitorias, criticables. La salud no sabe de dogmas como en cambio sí lo hace la rígida muerte. Y ante el concepto de Mal, como ante otros, experimentamos la revelación de su continua transformación, la fluctuante definición de su naturaleza y límites. ¿Cómo conocer lo que siempre fluye? ¿Cómo identificar los elementos que lo constituyen? ¿Cómo explicar dicho movimiento y con esto su génesis, pasado, presente y futuro?
Para eludir el titubeo, para hacernos de la seguridad que nos permita ocuparnos de las empresas del día a día, pero preponderantemente para evitar el eterno grito angustiado, tomamos parte otra vez en los juegos infantiles y como entonces teorizamos sobre el mundo. Triste es sentir que muchas veces pareciera que a la curiosidad infantil la abandonamos años atrás, confundiendo a la misma con alguna prenda o indumentaria que dejó de corresponderse con las subsiguientes ubicaciones de la estratificación etaria. Lo curioso del caso es que cuando ello acontece, el ser humano da pruebas de que hay prácticas de aquella misma etapa de su vida que ya no puede superar; entonces comienza a recibir pasivamente definiciones, valores, conceptos y razones. Abre la boca, se babea, patalea, engulle ansioso, se atora, balbucea, mueve nerviosa y torpemente los brazos y vuelve a abrir la boca. ¡Pero cuán segura y tranquila es la vida de ese modo! Abriendo bien grande para que ingrese el avioncito cargado de banana pisada con miel, encendiendo el televisor para registrar meticulosamente las opiniones que serán expresadas como propias ante otros individuos, siendo nuevo vehículo de un discurso que discurre, eludiendo la propia responsabilidad y cuidando el mal habido amor propio detrás de modelos, pautas de conducta y referentes atestiguados en la infancia y adolescencia. Por suerte algunos seres logran lo que las nínfulas de Humbert Humbert no y conservan algo de inocente curiosidad, derecho adquirido no sin esfuerzo, haciéndose a la tarea de obtener bosquejos de aquello "allá afuera", por más que el éxito de dicha misión sea imposible, sin importar que la ilusión de seguridad - propia de la verdad - sea efímera.
Toda definición es pasible de crítica. Todo intento es pretencioso, insuficiente, una exageración, pero también necesario. Y el Mal... ¿existe acaso el Mal? ¿No será acaso tan solo nacido del horroroso intento por dar entidad (calidad de ente, de algo que existe y puede ser conocido) a una impresión que al ser percibida nos inquieta, alerta y perturba hondamente? Sugiero que quizás el Mal sea una suerte de personificación de una cualidad que percibimos en las cosas. Una cualidad que no existe por sí misma sino con relación a nosotros y en relación con otras cosas. Una suerte de antropomorfismo que no es tal, porque aquí no se dota de cualidades antrópicas aquello que se estudia, pero, por qué no, un entemorfismo. Insisto. Por qué no plantearnos si acaso no dotamos de entidad a aquello que no lo tiene, para comprenderlo, confundiéndonos en el camino. Que cuando no somos egocéntricos, somos antropocéntricos; luego entecéntricos. Las cualidades, relativas, tienen su razón de ser en nuestra subjetividad. Son para nosotros. Y jamás son por sí mismas.
Y si entonces hablamos tan solo de cualidades debemos preguntarnos procurando toda sinceridad si existe o no la maldad en las cosas, hombres y dioses, no sea cosa que la misma, al igual que lo bueno, sólo exista producto de una simplificación que busca comprender la insuficiente información capturada como consecuencia de subjetivas percepciones. Quizás lo divino no supo ni sabrá nunca de Mal ni de Bien algunos.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...