30.4.06

Not fair

Aitor y Leopoldo discutían sus puntos de vista en lo atinente a las pretensiones iraníes de ejercer su derecho a llevar a cabo políticas de energía nuclear soberanas cuando Mariana entró sonriente con su bufanda jaspeada y rulitos castaño claro a la confitería. Luego de darle un beso a Aitor, giró entusiasta hacia Leopoldo y le ofreció algo con alegría.
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Mariana - Aca está. Tomá, lo que te prometí.
Leopoldo - Hola hermosa. ¿Qué es? ¡Ah! ¡Cierto! Muchas gracias. Me había olvidado que me lo ibas a traer. Hoy mismo empiezo a leerlo.
Mariana - Vas a ver que te va a encantar. Posta. Yo cada tanto lo releo porque es increíble.
Leopoldo - Uy, muchas gracias en serio che. Lo leo y te cuento que me pareció.
Aitor - ¿Qué es eso?
(Leopoldo le mostró la portada del libro a Aitor y luego se puso a leer la contratapa del libro)
Mariana - Es uno de mis libros preferidos. Bue, en realidad ella es una de mis poetizas favoritas.
Aitor (con un tono algo irritado) - Sí. Lo sé.
Mariana - ¡Ah! ¡Me olvidé de contarte! ¿Te acordás de la clínica de poesía de la que te había hablado? Bueno, hoy recibí un mail... ¡Y quedé! ¡Estoy feliz!
(Aitor sonrío ácidamente)
Aitor - Lo que faltaba. Que un grupito de loosers se junte para garabatear versos o en su defecto discutir sobre los versos que otro desequilibrado con tiempo al pedo escribió. Eso en nada va a solucionar el hambre de nadie, eh. Ni el de ustedes mismos.
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Leopoldo odió ese momento. La sonrisa de Mariana, tan fresca como estaba, se marchitó agresiva e irremediablemente. Su cara se puso pálida y luego erupciones coloradas sobre su cutis dejaron entrever que el agravio no mutó sólo en pena, sino también en un odio que crecía.
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Aitor - Jé. No te pongas así. Era un chiste nomás. ¿No tenés sentido del humor ahora? Era un chiste.
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Qué tipo de mierda que es este Aitor pensó Leopoldo. Ahora quería hacerle sentir rídicula o desubicada a Mariana su indignación. Qué cobarde manipulador.
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Mariana - ¿Sabés que es lo que más me jode, Aitor? Es el hecho de saber que si yo o cualquiera te hace algo como esto, sos el primero en indignarte y montarte en tu falso moralismo. ¿Sabés qué? Andate a la mismísima concha de tu reputísima madre, forro del orto.
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Acto seguido se levantó y se fue. Leopoldo quedó como hipnotizado mirándola cruzar la calle en dirección a ninguna parte y Aitor sólo dijo algo así como histérica de mierda. Y luego de un par de segundos dió fin al silencio incómodo con un voy al baño.
Leopoldo, angustíado por lo que había pasado y no sin pena, miró a su amigo subir la escalera con cara de "todo está bajo control" a la vez que le decía mentalmente Sos sorete, y ella tiene razón. Te hubieses vestido de sensiblón malherido en una situación donde se hubiesen invertido los roles, como tantas veces lo has hecho. La hubieses hecho sentir muy miserable por un comentario así. Y sin embargo pretendés que cuando se te antoja sea simplemente gracioso, un chiste, algo que hay que aceptar porque tu doble, triple o cuadruple estándar se ajusta a aquello que indican tus veleidades. Pues cuando sos el agredido, tus juicios y tu discurso se encargan de hacer sentir miserable al otro. Sin embargo cuando el agredido es aquel que vos querés que sea, exigís que el otro lo acepte con naturalidad, que se someta a lo que merece. Uno no deja de quererte. Pero andate a la mismísima concha de tu reputísima madre. Amén.

28.4.06

What is and what should never be

Mi mano torpe sobre la taza impactó y la vía de cafeina ante mis ojos abriose;
ociosos y vanos mis esfuerzos hubieren de ser si el oliva noventa y dos, en su andar ufanaso,
sabio y diligente hacia el Olimpo su periplo, no hubieseme hasta allí conducido...


Aitor - ¿Qué es esta mierda? ¿Para qué me pedís que la lea?
Leopoldo (sonrojándose) - Es algo que escribí. Trataba de imitar en plan cómico el estilo de Parménides y describir una rara ensoñación que me resultó graciosa. Esa de la que algo te conté, ¿te acordás? Pero ya veo que no gusta. Jé. Creeme que me esmeré en tratar de darle un dejo del tono poético que se supone que tienen los textos en verso de los antiguos griegos como él, Homero o Hesíodo.
Aitor - ¡Claro, y de puro resentimiento porque no te salió me lo encajás a mí para que lo lea! ¡Qué piola que sos! (Riéndose y devolviendole las hojas) Después lo leo, Leo.
Leopoldo (aún sonrojado pero ahora riéndose) - No, no hay necesidad, maricón. No debería habertelo mostrado desde un primer momento. Así y todo acepto que apesta. Pero la idea estaba buena. Lamento no poder llevarla a cabo.
Aitor - ¿Y cual era la idea? Te subías intoxicado en cafeina al 92 rumbo a Puán como Parménides sobre su carro rumbo a la Diosa que lo instruiría sobre como conocer aquello que es y la naturaleza de lo que no es, ¿y luego?
Leopoldo (entusiasmado como un nene) - Bueno, la idea era que el chofer del colectivo era hijo de italianos, el tano, ¡Parménides!. ¿Entendés? Entonces, con mala onda me decía que la única razón por la que me dejaba subir fuera de regla - estaba esperando que el semáforo cambiara - era porque le parecía un nene. Entonces Jesús, que estaba sentado en el primer y asiento, ese que está solito adelante junto a la puerta, comenzaba a decir autómata, como de memoria "Bienaventurados sean los niños pues de seres como ellos es el reino de los cielos". Pármenides sonreía con un dejo amargo, con las comisuras que parecían sostener cada una mil kilos, y me decía desaprobando en un gesto a Jesús: recordá pibe, vos no opinás, no sabés nada. Sólo tenés permitido preguntar, preguntar y querer saber. Ahorá andá y luego clavaba sus ojos en el culo de una piba particularmente fea pero ¡Qué culo! y le tocaba bocina, no sin cierto brillo pervertido encendido en esa sonrisa de su rostro.
Aitor - Y sí, hay culos que eximen de cualquier culpa o pecado.
Leopoldo - Bueno, la cosa es que a medida que avanzaba hacia atrás todo se tornaba totalmente surrealista, pues el 92 ya no parecía colectivo sino otra cosa, como el rincón oscuro y polvoriento de una casa abandonada con suelos de madera y gruesos cortinados púrpuras, objetos de mármol, el sónido de agua que caía de cierta altura... Aún viajabamos y buscaba un lugar donde ubicarme. Mi cara de piedra lograba disimular la sorpresa que las caras que veía me provocaban. Procuraba evitarme recibir una mirada de censura, pero no podía no mirar con los ojos enormes.
Aitor - ¿Qué veías? Contame.
Leopoldo - Parejas insólitas. ¡Situaciones insólitas! Imaginátelo a Jorge Luis Borges tomando del brazo a su compañero de asiento, Homero, y solicitándole que le avise el momento en el cual estuvieremos bordeando el Parque Centenario. Y detrás de ellos a Heráclito y Sábato cuchicheando, riéndose de los primeros con malicia. Ciegos de mierda: babosos y arrastrados. Las simpatías de Heráclito por Homero no eran mayores.
Aitor - ¿Eran todas parejas literatas grecoargentas?
Leopoldo - No che. En otro momento me los cruzaba a Calicles discutiendo avivadamente con Nietzsche. Por momentos reían y parecián coíncidir felizmente, pero luego alguno de los dos se irritaba y las venas de cuellos se hinchaban. Fogosos discutían. Luego ni se hablaban. Pero tan pronto como esto pasaba, encontraban otra excusa para fraternizar. Ahora que lo pienso, me extraña no haberte visto entre ellos.
Aitor - Já. ¿Y no andaba por ahí Platón? ¿Platons de albóndigas?
Leopoldo - Sí, creo que coincidían con Schopenhauer en su anmadversión por los sofistas. Platón parecía más moderado, pero Arthur no se molestaba en disimular. Le nombraba insistentemente y con toda clase de imaginativos insultos a gente de su época. Pero pronto el primero pareció aburrirse y creo que andaba con la cabeza por las nubes.
Aitor - ¿Sabés? Hay una cosa que me llama terriblemente la atención.
Leopoldo - Qué.
Aitor (cagándose de risa y palmeándole la espalda) - ¡Qué olor a pelotas debía haber en ese colectivo, papá!
Leopoldo - Es verdad, no recuerdo haber visto a ninguna mujer en él... ¡Pero sí a la más bella de las diosas en cuánto arribamos a Puán! Por dios, esa mina me puede tanto. ¿Sabés? Beyoncé era Venus. Venus era Beyoncé. Tan bella, tan sensual. Esa voz dulce, esas curvas generosamente femeninas, esa femineidad, ora inocente, ora agresiva. ¿Qué mejor Venus que ella? Te juro que la recuerdo y me estupidizo. Como amo a esa diosa mujer.
Aitor - Pasamelo así lo leo después. Quiero reirme un rato. Che, ¿y qué pasó al final?
Leopoldo - No te pienso contar. Ya vas a ver cuando accedí al 5to piso de Puán. Creo que te vas a reir... (luego de rumiarlo un rato) O quizás no.

18.4.06

La estupidez como ausencia de entendimiento

La falta de entendimiento se denomina en sentido estricto estupidez y equivale a la torpeza al aplicar la ley de causalidad, la ineptitud para captar inmediatamente las concatenaciones de causa y efecto, de motivo y acción. Un estúpido no ve la conexión de los efectos naturales, ni cuando esta conexión salta a la vista de suyo, ni tampoco cuando ha sido encauzada intencionalmente y se utiliza cual una máquina; por eso cree de buen grado en la magia y los milagros. Un estúpido no advierte que distintas personas, aparentemente independientes entre sí, actúan de hecho en connivencia, razón por la cual es presa fácil para las intrigas y las mistificaciones; no advierte los motivos encubiertos de lo que le aconsejan o de los juicios que oye, etc. Pero siempre le falta lo mismo: agudeza, prontitud, facilidad al aplicar la ley de causalidad, esto es, la fuerza del entendimiento. En este sentido el mayor y más instructivo ejemplo de estupidez que se me ha presentado jamás fue un muchacho totalmente imbécil, que tenía unos once años y estaba en un manicomio; desde luego, detentaba una razón, puesto que hablaba y escuchaba, pero su entendimiento no podía igualarse al de muchos animales; tan pronto como yo aparecía se quedaba embobado mirando una lente que yo llevaba colgada del cuello, en la que se reflejaban las ventanas del cuarto y la copa del árbol situado tras ellas; esto le producía tanto asombro y alegría que no se cansaba de mirarlo con estupefacción, al no comprender la causalidad inmediata del reflejo.
Fragmento extraído de
El mundo como voluntad y representación, Vol. 1, Libro 1, § 7
Arthur Schopenhauer

11.4.06

Imperativo categórico

Cuanto más me acosaban las tinieblas del mundo nocturno,
más me aferraba al universo platónico,
porque cuando más grande es el tumulto interior,
más nos sentimos inclinados a cerrarnos en un orden.
Ernesto Sábato

La Resistencia


Una tarde, en algún café de los tantos que hay en Buenos Aires, me encontraba con dos de mis amigas más queridas y en una charla que ellas llevaban a cabo y yo atestiguaba surgió como consigna la idea de verbalizar en primera persona del presente simple de forma tal que el resultado definiese sintéticamente las características de la persona de la que hablábamos. No recuerdo con respecto a quién dijeron un "yo quiero", luego un "yo tengo", y así nos íbamos riendo pues el juego se nos antojaba divertido. En un momento, cuando las dos clavaron sus ojos en mí, casi al unísono y en carcajada, como si fuese una verdad extremadamente obvia y cómica dijeron un "yo debo".
Me causó algo así como gracia que ambas estuviesen tan de acuerdo, sin previo acuerdo al parecer, en definirme así. Sentí una suerte de alegría tonta, indefinida. La misma que siento cuando reconocen aquello que considero un logro, un producto de mi esfuerzo. No porque el objetivo sea el reconocimiento, sino porque el mismo le da mayor sabor al logro. Largo rato medite al respecto. Pero esto fue hace tiempo ya.
Soy muy crítico de todo, especialmente de mí. Sin embargo, me he abrazado al estoicismo progresivamente como a un dogma religioso, sin cuestionarme en mucho tiempo el beneficio real de dicha renuncia a todo lo que implique un placer superficial y vano en comparación al placer a largo plazo, el placer del logro y del beneficio. Algo así como ver en el abuso de los placeres inmediatos un obstáculo en mi carrera hacia cosas cualitativamente superiores, hacia cualquier forma de trascendencia que potencialmente pueda alcanzar. El dogma entonces, el estoicismo. ¿Como fin? No. Obviamente que no. Como medio. Como medio para alcanzar mi mejor potencial de mí. Claro que abrazar abnegadamente el beneficio futuro y convertir todo presente en un sacrificio obtuso no es eficiente a largo plazo, por tanto he venido administrando los placeres inmediatos de forma tal que su disfrute, lejos de alejarme de dicho objetivo, es decir de mi potencial mejor yo, significaren por el contrario la clave para alcanzarlo en mayor grado.
El repudio a mi forma de comportarme se ha dejado oír especialmente cuando significó malestar entre gente cercana y querida. ¿Pues qué clase de amigo priva a sus amigos de su propia persona? ¿Qué afecto no se alerta al observar que el comportamiento obsesivo de ese por quién siente cariño o estima cuando cree que se está encerrando o enredando en una trampa que le asocializa? Luego, un par pero de forma muy significativa me han sugerido que en mi obsesión por las formas me privo de tener contenido, o que por mi búsqueda de equilibrio o armonía me privo de elementos que me distingan como individuo. Claro que esos planteos me parecen exagerados y faltos de verdad aunque procuro no subestimar los miedos que dan lugar a ellos, pero aún así. Es recién ahora que me planteo hasta donde mi "yo debo" significa algo sensato, algo beneficioso.
Hoy, en el colectivo, realizaba un inventario de aquellas cosas que me acercan al tipo kantiano, a ese funcionar como un relojito, a esa entrega absoluta a la disciplina. Festejaba muchos logros que he tenido en cuestión de años, como la renuncia al cigarrillo por ejemplo o terminar en tiempo y forma RR II. Entonces, el divague me llevó a encontrar una veta para interpretar mi apego a las estructuras: el despotismo después de la anarquía, ¿no?
El mío no fue un caso extremo por suerte. Sin embargo se puede decir que fui muy agresivo conmigo mismo. El abuso adolescente del alcohol y del cigarrillo quizás fueron algunas de las formas más materializadas de aquellas prácticas masoquistas, autopunitivas o autodestructivas. Sin embargo no fueron las únicas. Recuerdo como me angustiaba el vacío. Qué horrible sentirme perdido. Qué horrible estar como confundido, perdido, ausente. Sin saber hacia donde dirigirme, sin saber qué camino seguir, qué valores eran sólidos tanto como indestructibles. ¡Cuánto me impactó la lectura de Sábato! Podía el viejo expresar a la perfección todo aquello que yo sentía y no podía verbalizar. Leerlo fue entender y encontrar muchas claves para empezar a comprender.
Es hora de criticar el dogma y cuestionarme si no se me habrá ido la mano. Ni siquiera estoy seguro que de ser así pueda dar remedio, por lo menos en corto plazo, a una estructura psicológica fuertemente arraigada en mí. Tal y como Sábato, sin emularlo conscientemente pero de seguro por ejemplos como el suyo, me encerré en un orden. Y todo orden está constituido de unas leyes que hay que seguir; he ahí mi "yo debo". Sartre me enseñó que uno es su propio legislador. Veremos si como tal puedo hacer frente a las ambiciones despóticas respaldadas por el exitosísimo reinado de mi Superyo.

6.4.06

Resistencias reaccionarias conservadoras

Una vez más me impacto violentamente contra una realidad que no se ajusta a mis previas percepciones - idealizaciones - sobre mí, mi inserción en el mundo y las características del mismo. Es como si de repente la bruma transparente, embriagadora y alucinógena que constantemente me rodea fallare en su misión y me abandonase a un mundo desconocido y hostil. O quizás por el contrario, tanto más feliz mi angustiosa cobardía, fuese a la inversa. De esta forma el violento impacto se explicaría como producto de una bruma que me confunde. De la repentina aparición del genio maligno de Descartes.
¿El desagradable detonante de mi convulsivo lloriqueo? Veo que mi discurso, mis estructuras, mi concepción del mundo, poco o nada se ajustan al medio social en el que me toca desenvolverme. Como pocas veces me planteo que puede que en mi obstinadísima posición me privo de tender puentes a otros sujetos. Me privo de ser parte de una armonía, de sumar mi voz y danzar con alguien más que conmigo mismo. Por primera vez en mucho tiempo puedo concebir a la armonía no ya como algo peyorativo, algo degradante y limitativo, sino como una escalera que eleva. Sin embargo no me lamento de mi línea de conducta ni me planteo modificarla. Es ésta ahora y a diferencia de antes una decisión totalmente consciente: mantenerme al margen, en mi posición. No siento que me condicione un orgullo gigantesco si bien me planteo esa hipótesis porque parece racionalmente convincente.
Inmediatamente, necesariamente, me atraviesa la revelación de todos los días: lo que busco es magia. No me angustia no sociabilizar como otros. No me angustia que por mi naturaleza, por fidelidad a mi voluntad, caprichosa como es, me prive de disfrutar del dulce fraternizar. No ansío a cada momento liberarme de mis silencios, de mi propia compañía. ¡La disfruto! ¡Y mucho! Es decir, no me pesa, no me angustia. Es por esa razón que no me invaden las ganas de rodearme de gente. Por el contrario, quiero magia. Quiero el contacto mágico con individuos que no valen sino como transmisores de ésta. No hay otra pretensión más que esa. Qué lo inverosímil e irresistiblemente atractivo se empeñe en seducirme. Sí. Seducirme. Seducir al esclavo feliz de su racionalidad. Al obsesivamente estructurado. Al que se aburre de la literatura fantástica. Al que el esoterismo, por más que él no opuso ninguna resistencia, no logró apasionar. Al que se frustra de no sentir la poesía, no obstante entender el concepto que ella implica.
Paradojalmente, siento una alegría infantil, esa misma que pude haber sentido cuando veía algún truco con cartas a los 6 o 7 años, o la que me invadía a la misma edad con la proximidad de Navidad, justo cuando me sorprendo ante conceptos racionales que me iluminan sobre temas donde ni sospechaba que habían respuestas. O cuando descubro el código para leer los símbolos que me explican convincentemente una realidad interna o externa a mí cuyo desconocimiento me significaba una tensión, una suerte de dolor no sensorial ni plenamente consciente. Y en aquellos momentos donde, como hoy, esa realidad violenta que me impacta entre otras cosas da cuenta de mis limitaciones, mucho mayores que las que me gustaría, me siento humillado ante mi mismo. Ante el ideal que me he erigido de mí. Por suerte la sangre me determina. Ni bien tomo control sobre mi mismo, me propongo lograr elevar mi techo a fuerza de cabezazos. Y hasta ahora no he encontrado techo que se me resista mucho tiempo. Cierto es que sí llega el día en que un techo, impasible, se niegue a ceder, preferiré fracturarme el cráneo a vivir en la deshonrosa resignación.

En pos de la eficiencia

Nunca le di mucha bola al tema de los horóscopos, y en general, si bien siempre me pareció interesante en el sentido en que puede serlo un mito o una rara creencia popular sustentada en la tradición, nunca me interioricé mucho en el tema. Pero cada tanto, quizás porque significa para mí un vínculo con mi abuela materna, levanto la oreja y escucho algún comentario que se deja escuchar. Lo cierto es que éste año, justo antes de que se celebrase el año nuevo chino, alguien me comentó una vez acaecido el mismo, entraríamos en la fase del "perro", es decir, la mía, y que por lo tanto, sería un año muy beneficioso para mí.
Y así ha comenzado.
Pues comencé finalmente la licenciatura en Filosofía y me siento tan a gusto como nunca me sentí con respecto a nada. Claro, tanto entusiasmo quizás parezca natural cuando recién concluyo mi segunda semanita de los que serán mínimo cuatro años. Es natural pensar que hay mucha autosugestión, mucho anhelo e idealización que con el correr del tiempo y sin falta de decoro habrán de ir mermando, apagándose, atenuándose. No lo sabemos. Es más, suena a argumento convincente. Sin embargo cuando veo los sucesivos cerros y las mastodónticas montañas, entendiendo por estos a filósofos y disciplinas, hasta cuya cima debo intentar llegar, para luego descender en pos un nuevo y diferente desafío que superar, la excitación es tal que, considerando que habrá de avivarse cíclicamente, es difícil que no me encuentre siempre tan contento cursando una materia en Puán.
Esperaba que fuese sólo cuestión de un tiempo cursando para que en mí comenzaran revoluciones tales como la que me significaron leer algún texto de Sartre - allá un tiempo atrás - o Schopenhauer no hace mucho. Y en la voz de Graciela E. Marcos, a cargo de la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua, Heráclito develó ante mis ojos una crisis - sí, una más - que en mí viene agudizándose pero a la cual aún no lograba ver con total claridad. «El señor de quién hay en Delfos el oráculo no dice ni oculta nada, sólo da signos». Entonces, el análisis: Héraclito abrigaba la idea de que para llegar a la verdad nos vemos ante la necesidad de una labor interpretativa y en su convicción se expresa mediante metáforas sin siquiera nombrar a Apolo por su nombre, para en lugar de ello tan solo sugerirlo. Y esto quizás porque Héraclito haya visto la necesidad de un lenguaje oracular para que el esfuerzo intelectual de quienes eligieran ser destinatarios de su mensaje sean conducidos así al verdadero conocimiento. Pero, ¡qué hipótesis tan interesante! Claro, sí, ya sé, toda la Pedagogía habla sobre cosas por el estilo, es algo que siempre tuve presente, algo que siempre supe y sin embargo, de alguna u otra manera, ahora a ese concepto lo encuentro algo así como redefinido y asociado con mayor profundidad a cosas que me movilizan. Redescubrirlo significó algo así como toparme con un catalizador que me llevó a tejer redes donde se relacionan distintas ideas.
Muchas veces las verdades más obvias pasan por en frente nuestro y no logramos aprehenderlas. O peor aún, ni siquiera lo intentamos, pues no logran despertarnos el mínimo interés. Al reflexionar sobre esto es casi imposible no pensar en la literatura y en cómo la misma puede ser la mejor manera de recibir un mensaje, de internalizarlo, de hacerlo propio. No sé si con años de terapia hubiese obtenido mejores resultados que los que obtuve tras leer y vivir El Túnel o Rojo y Negro. El ligamen a verdades de obras como Fausto o Crimen y Castigo que de ser expuestas en tres o cuatro oraciones - cosa posible - podrían antojársele a alguien triviales, difícilmente lo sean luego que a uno lo ha unido a la obra enormes minutos de empatía con sus personajes y las tensiones surgidas de diálogos profundos hasta el hartazgo.
La literatura en sus metáforas e hipertextualidades logra crear el vínculo entre el individuo y la verdad. Logra la atracción, logra la fijación, logra la correcta y rica asimilación. Tan sencillo como decir que uno aprende más sobre la naturaleza de las cosas leyendo literatura que en un diccionario enciclopédico.
Es aquí donde llegamos al punto que al cual quería arribar. Pues muchas veces parezco ir brincando feliz en contra de la senda que podría bien conducirme a lograr un mejor eco a mi mensaje. Contento - o preso - de mi racionalismo y fiel a una obsesiva necesidad de identificar la lógica detrás de los fenómenos, es decir, lograr interpretar los aspectos formales y universales de una cosa, y no necesariamente por esto sino por mi manera de exponer aquellas conclusiones a las que llego, me condeno al fracaso al utilizar un estilo poco atractivo, más bien formal o que en todo caso procura serlo y que por ello es algo frío e impersonal y, para colmo de males, no siempre está del todo logrado.
Quizás con tiempo y no sin mucho esfuerzo pueda decidir superar mi conservadora fidelidad a mis propias costumbres y adoptar un estilo más eficiente para comunicar cualquiera sea mi mensaje.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...