16.12.13

Amor, vida, muerte y cambio

Teniendo al Amor como espacio en el cual se ha expresado la dicotomía que ha signado durante el último año mi vida, se me hace evidente que en tanto tal ha estado marcado por la presencia de dos polos antagónicos: las ideas de Vida y Muerte. Mis duelos, mis decisiones, mi idea de mi mismo, mi esperanza, mi aceptación y mi resignación, mis nostalgias y sueños truncos, mis anhelos y mis negaciones... Todo ha remitido finalmente al Amor, como si fuese la materia misma de la que se ha compuesto la totalidad de los objetos, ideas y entidades frente a mí; todo expresado como el resultado de complejos e intrincados juegos entre la Vida y la Muerte, que como dos laboriosas y neutrales deidades se han esmerado en dar forma a aquello que configura mi mundo y se expresa en él, sin intencionalidad manifiesta ni de perjudicarme ni de beneficiarme.
Caídas las seguridades desde las cuales había hallado mi lugar en el mundo, desde las cuales emitía mi voz y desde la cuales intervenía en el mismo, fue todo perplejidad. Hube de urgar dentro de mí. Hube de limpiar la costra ajada y polvorienta que estéril ocultaba un nuevo ser. Hube de necesitar de tiempo y esfuerzo para reconciliarme con el nuevo mundo. Pero si hay un hecho significativo, un emergente claro y definitorio de la experiencia vital atravesada en la actualidad, es la imposibilidad de encuadrar mi nueva situación y a mi mismo en ella en los moldes que responden a las idealizaciones de antaño, a las fantasías de futuros manifiestos, a la pureza cristalina de los arquetipos, práctica que me resultaba tan cómoda, tan segura, tan natural. De repente no soy inmaculado ni arquetípico como un ideal. De improviso paso a ser mortal, un ser que yerra y paga las consecuencias de sus actos, un ser que para reivindicarse deberá asumir la responsabilidad que ello implica y sostener esa decisión día tras día o, en caso contrario, sencillamente dejar de ser, perecer, o transmutar a otra cosa.
Y como si se tratase de la constatación de la teoría que pregona la capacidad de los seres de adaptarse funcionalmente a los desafíos y las variables que imperan en el ambiente en el que se desarrollan, he comprobado para mi satisfacción que aquella predisposición a la hipocondría, a melodramatizar las situaciones, a enredarme y sobrestimar obstáculos y problemas, quizás como parte de una odiosa estrategia adquirida a fin de garantizarme el éxito en mis empresas, hoy por el contrario, cuando la tormenta interna se inserta en el contexto de una emergencia climática constante en el exterior, cuando desde hace meses no hay un día en el que llegue a digerir lo ocurrido en el mismo, siento que he desarrollado la capacidad opuesta. Con naturalidad, desdramatizo, centro mi atención en hechos positivos, me aferro con fruición a cada a uno de los pequeños destellos de felicidad que pululan un día, encuentro en el afecto de mis afectos gran seguridad. Sin querer pecar de soberbio, siento que todo esto me para fuerte de cara a lo que viene, me permite soportar los miedos, me habilita a disfrutar de una esperanza que no siento infundada.
Es éste un tiempo de cambios como el que nunca atravesé en mi vida. Siento la necesidad de aferrarme a los afectos incondicionales y tenerlos como referencia. Pero también sucede que replegarme, cerrándome en actitud conservadora a suponer que lo conocido es lo bueno y lo deseable y que lo incierto no lo es, implicaría condenarme a una parálisis que traería aparejado que la vida me pase por encima, ya no sólo perdiendo control incluso de mi mismo, sino también condenándome a una infelicidad inmerecida. En consecuencia, estoy convencido de que me debo a la legítima necesidad de conocer lo desconocido, de explorar lo nuevo, de arriesgarme a perderme, de aventurarme por senderos inseguros y confiar plenamente en mi, a sabiendas ya a esta altura de que mi capacidad de controlarlo todo es nula, que lo poco sobre lo que tengo algún grado de injerencia es en la importancia relativa que le doy a las cosas y en cómo gestiono mis pasiones, aquello que siento.
Si alguna utilidad puede alguna vez tener ese coqueteo que llevé a cabo en su momento con la Filosofía fue el de prepararme para la Vida, en particular para momentos como éste. De nada sirve una inteligencia que no está al servicio de propiciar que aquello que nos afecta nos potencie como seres humanos, nos permita crecer, ser cada vez más plenos, más felices, ya no en términos que se circunscriben a una pasión particular, que así como nos atraviesa también así sigue su camino, sino más felices en términos trascendentales. Una felicidad que sea un optimista y sonriente Sí a cada momento transitado. Una felicidad que se defina por un amor a la vida, a mi vida particular, un amor tan profundo y tan intenso como incondicional.

19.11.13

Crimen y castigo

Me siento como Rodia sin tener en claro cual fue mi crimen. 
Bah, miento. Lo sé. 
Negar, negar desesperado. Negar y forzar las cosas. 
Claro que es un crimen de lo más trivial y no creo que ello me haga particularmente peligroso. No creo merecer mayor censura por ello. Efectivamente, es de lo más básico. Era evidente. El mundo y yo simulábamos que no era así, sólo por condescendencia, sólo por la certeza de que era una estrategia más sana y más digna que reducirme a un ser agonizante y morir, tal y como venía haciendo hasta entonces. ¿Acaso es censurable que el naufrago, al borde del delirio tras días de asarse al sol, aferrándose abatido a una balsa improvisada, decida renunciar al mandato racional y beba imbécil y desesperadamente el agua salada ante la ausencia de cualquier dejo de esperanza? En fin. Siempre es más fácil con el diario del Lunes, lo sabemos.
Lo cierto es que siento que llegó la hora. Estoy lo suficientemente entero para poder hacer frente a mis fantasmas. Cuando el ruido de mis días cesa, cuando en la quietud de mi intimidad el mundo pareciera ser un artificio al cual se le acabó el combustible, allí es cuando aparecen. Meses atrás, cuando ello sucedía, me sentía una jovencita con ataques de pánico. Sola, solísima. En esos momentos pasaba algo muy triste. Lejos de poder afirmar que me costaba pensar con claridad, lo hacía con una agudeza extraordinaria. Cedía el sopor y de repente era como si una fuerza inverosímil se hiciera de mi mente y le permitiera realizar piruetas y proezas sobrehumanas. Mis pensamientos volaban a velocidades siderales y laceraban el aire con un zumbido agudo y pernicioso. Era un viaje de espanto, innegablemente. Pero la sensación de poder era brutal. Y el vértigo era la certeza de saber que si había alguna hora en la que estuviere vivo, era precisamente entonces, cuando el dolor era insoportable y perdía el control frente a pasiones oscuras. El resto del tiempo dormía, nulo, apático y atrofiado. Hoy el escenario es distinto. Pero a no confundirse. No se trata de que ahora no sienta dolor alguno, de que no haya ansiedad y angustia cuando uno a otro se presentan temibles los espectros. Se trata de que cuando ello sucede, los espero con el rostro duro y sin pánico alguno. No me asalta el deseo de huir. Ya he comprendido que ello es inútil, infructuoso. Y entonces, por el contrario a lo que otrora, sostengo mi mirada en sus rostros todo lo que me es posible. En mi foro interno me aliento, me recuerdo que es cuestión de un momento, o de un par de horas, que poco importa que no concilie el sueño o que me asalte el deseo cobarde de encontrar un alguien que sirva de objeto que llene vacíos. 
Esos vacíos son y negarlos es negar las condiciones de posibilidad para que suceda lo que de alguna manera está sucediendo. No hay manera de erradicar el amor que siento. No es posible. Prendió tan fuerte a mi corazón, se arraigó tan tercamente, que extirpar ese amor es destrozarlo. Y no es que se trate de algo que me acabo de dar cuenta ahora. No, por el contrario, estaba clarísimo desde el principio. Aún así lo intenté, lo juro. Y no. Imposible. Sin embargo, sucede que ahora, en estos últimos días, caí en un hecho que arroja algo de luz frente a mí. En ningún momento estaba llamado a sacrificar a esa criatura que resultó ser mi amor por ella. La mejor estrategia, probablemente la única salida a este laberinto infernal, es fecundar una forma de amor que he dejado relegada por mucho tiempo y que se vió brutalmente agraviada con el devenir de los acontecimientos: mi amor propio. En esa senda creo ir. Eso es lo que siento cada vez que hago frente a mis fantasmas y salgo ileso, que no son todas las veces pero sí cada vez más.

13.11.13

Codicia y frustración

Dame todo lo que tengas, gritó lleno de odio a la vez que el cañón del arma se presionaba contra sus sienes. ¡No me mirés con esa cara de idiota, hijo de puta, y dame todo lo que tengas te dije!, gritó una vez más, esta vez presionando con cizaña el cañón del arma, como si apagara nerviosa y violentamente un cigarrillo sobre un cenicero.
Y vaya que algo de justicia había en sus dichos y que podía afirmarse que la expresión en su rostro era la de un idiota sorprendido e irreverente, por lo menos hasta que comenzó a hablar. En ese momento, en un tono que parecía entre resignado y paternal, comenzó la que parecía una respuesta largamente rumiada, quizás hasta ensayada.
Darte todo lo que tengo significaría darte lo más valioso que tengo pero también darte mis miserias. Lejos de hacerte un favor o sacar provecho alguno de la situación, probablemente te sorprenderías víctima del estupor y con ello, lejos de sentir que tomaste ventaja de mí a través de este acto, seguramente me odiarías aún más de lo que tus ojos dicen odiarme ahora mismo. Darte todo lo que tengo significaría entregarte una colección de sueños rotos, de fracasos. Cargar sobre vos las frustraciones resultantes del desengaño, consecuencia del convencimiento de un destino próspero y digno frente a mí que con el discurrir de mis yerros y pasiones se tradujo en una inmisericordiosa y cruenta guerra, la guerra de amarme más allá de cualquier ideal de mi mismo que haya alguna vez entronado.
Darte todo lo que tengo es darte a mis amigos y dudo que quisieras eso. Son mis mayores críticos, son los primeros en reírse de mis defectos, son los primeros en enojarse de mis desaciertos y desinteligencias, pero también son mi guardia real y no te perdonarían nunca lo que estás haciendo.
Darte todo lo que tengo sería confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos y sinceramente dudo que tu corazón soporte la violencia que eso significaría. No creas que te subestimo, que no lo hago. Pero la sinceridad es mi motor y me debo a la verdad. Nadie lo discute: confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos es confiarte mi dicha, mi verdadera fortuna. Pero no son pocas las veces en que este corazón, que se ha ido forjando en un músculo superdesarrollado y gigantezco a través de los años gracias a ellos, aún así experimenta una vez cada tanto serios problemas para soportar el esfuerzo y en esas ocasiones se para el tiempo; entre embriagado y aplastado soporto la sobrecarga, me falta el aire, me mareo, mis ojos se humedecen y siento una pequeña escisión, una pequeña herida, una pequeña muerte que no entristece ni a la que temo, porque sólo es momentánea, una interrupción a la que da fin la misma fuerza que la causa. Insisto en el hecho de que no quiero ofenderte ni subestimarte, pero me invade la convicción de que esa violencia, tiernito como te encontraría, te haría estallar por dentro y morirías desangrado.
Darte todo lo que tengo es darte aplomo, darte angustia, darte una terca llama de esperanza, darte un cementerio de sueños, darte alegrías que no comprenderías, darte amor...y esas palabras permanecieron suspendidas en el aire, al tiempo que sus ojos se humedecían en una expresión indescifrable.
Antes de salir corriendo presa de una fría y sudorosa taquicardia, antes de tropezar, caer imbécil e incorporarse como quien huye del espanto, quien ahora parece una bestia ciega que huye por su vida, en un ademán lleno de odio, sintiéndose de alguna manera timado y agraviado, jaló resoluto el gatillo y baño de sangre y sesos el rancio y oscuro pasillo.

13.4.13

Otro eslabón en la cadena

Quisiera ser digno de mis padres,
no serlo sería imperdonable,
que como el cándido Sol que ofrece en guía su luz
y como la incansable Luna regentea el equilibrio de mis mareas
son la condición de posibilidad de mi existencia,
son el amor que siento, mi esperanza, mi recursos, mi referencia.

Y para Elena, mi reina, mi hija hermosa y tierna
quisiera ser por antonomasia el amor.
Proporcionarle, para sentirse plena, mil herramientas.
Ser axioma, fundamento, ser en su pecho calor.

Y si algún día asaltara alguien mi trono en su horizonte afectivo,
si la vida y sus leyes liberaran a mi Antígona,
quisiera que le cueste y mucho al atrevido usurpador,
que epopéyica deba ser su gesta, un logro sin parangón.
Que para vencerme, para desplazarme,
para ser para ella lo que ella es para mí,
mis actos, mi amor y mi entrega le exijan:
incansable, ser un gladiador de la vida,
inspirado, ser un artista de las relaciones,
brillante, ser inteligencia al servicio de sus pasiones,
libre de mácula, ser un alma superlativa.

20.2.13

Soy sucesivos, soy discurrir


Cuántas vidas encierra una vida, cuántas revoluciones se atraviesa al andar. Cuán distantes e impropios los sucesivos, cuán familiares y autónomos los ancestros del yo. Uno sobre otro yacen apilados, en una fosa común en la que superpuestos, adyacentes y colindantes, se entraman los retraídos y los vivaces, los soñadores y los apáticos, los pasionales y los racionales, los inseguros y los templados. Solidarios y complices, como en un juego de reflejos invertidos infinito, como incontables antítesis secuenciadas, en coloridos juegos se amalgaman.
A la distancia, ajenos a la lógica de las crónicas, en un gesto que observa imparcial, esa danza, la alternancia, movimiento en espiral. Aquí adentro, en el centro, inercia y gravedad. ¡Violenta cada curva, inclemente su fatalidad! En giros ascendentes y descendentes, con la gracia de un rulo, así se desenvuelve la historia, así se manifiesta, somos esa complejidad.
Un camello, un león, un niño y un eterno retornar. Me construyo con afán lúdico a mí mismo. A continuación, cargo obstinado y orgulloso mi cuerpo. Y luego, necesariamente, con la ferocidad de una bestia amenazada, con el goce de quien siente detentar un poder que sólo es placentero al ser ejercido, me urge la necesidad de aquel cuerpo derrocar. De liberarme de su mandato obsoleto, de renunciar a su forma de andar.
Y uno tras otro, los cadáveres se resisten. Agonizan, parturientos, dando a luz a quien la vida les quita. Se retuercen, se lamentan y lloran una canción dolosa y resentida,  pues no justo ser desecho, nadie quiere no ser más. Y cada vez a aquel que nace, inseguro, cuerpecito frágil y doliente, la vida se le presenta un desafío imposible. Y cada vez, aquel que llora, indefenso, criaturita inmadura e inocente, se sorprende abandonado a su suerte, como el protagonista de una brutal desventura.
Sucesivos, recurrentes y en sentido ascendente nacen los nuevos niños, crecen y luego perecen. Uno sobre otro, sedimentados, tornan inexorablemente en vestigios de un camino transitado, se acumulan los cuerpos pasados, inertes y cristalizados.
Y yo aquí, testigo necesario, imposibilitado de excusarse, soy vehículo, soy continente, soy universo de polvo y fuego, soy pasiones, soy envase, soy el cosmos, quien contempla, alteridad y semejanza, soy quien es y quien no es, soy ciclos, soy dialéctica, soy entramado. Y pendulo desde la soberbia de creer saber lo que hay que saber a la inseguridad acuciante de sentir que no sé como ser. Soy forma que contiene pero que no puede contener. Soy vida que trasciende, movimiento, soy muerte y soy nacer. Soy futuro, soy ayer.
Soy ese flujo que se solidifica, que en su superficie se endurece, revistiéndose de una corteza, de un exoesqueleto, como el magma que al entrar en contacto con el frío aire se endurece, pero que en su constante emerger, en su brotar optimista, resquebraja lo solidificado y vuelve a discurrir, vuelve a expandirse, vuelve a mostrarse incontenible, candente e indomable.
Es en el umbral, al momento de tener que recrearme, ahora que tengo la necesidad de reinventarme, cuando más frecuentes se hacen las visitas al múseo de los ancestros del yo. Los observo con ternura, les reprocho cosas injustas, los admiro y les envidio cierta frescura, cierta inocencia, virtudes cercenadas o amainadas. Pero también me siento en deuda con ellos. Les debo la trascendencia. En un gesto respetuoso, me debo a la necesidad de lograr que todos sus esfuerzos y todos sus padecimientos no sean en balde y den lugar a una nueva pieza, más justa, con mayor templanza, más feliz. Pero también me invade una indecible ansiedad, un tímido frenesí, que viene acompañado de cierta resistencia, claro está, pues si crecer es gozar y sufrir y si uno se agobia ante la perspectiva del vértigo del movimiento, es natural que nos seduzca la quietud, el silencio, el quiebre divino y escapista a las leyes del tiempo y del espacio. Aún así, me regocijo pensando en los numerosos Yo aún por venir. Los imagino, héroes del futuro, amantes de sus amores, íntimos y paternales, mirándome con nostalgia, leyéndome con aprobación, reprochándome, otra vez, cosas injustas. Los imagino, otra vez, amándome.
Será cuestión de ser artista cuando haya que serlo, ser caballero templario cuando las batallas lo ameriten y ser aún más audaz cuando el espíritu necesite liberarse y alegre danzar, una y otra vez. Será cuestión de transitar esta eterna dialéctica bailando, feliz. Será cuestión de entender que la más digna forma de rendir culto es construyendo mejores versiones sucesivas de mí. Será cuestión de, efectivamente, transitar el camino que me conduce a ser ese que estoy llamado a ser aún sin serlo.

25.1.13

Juego de luces


Si bien el jardín era lo suficientemente grande y la fiesta estaba lo suficientemente concurrida como para que no tuvieren que cruzarse más que para decir hola y sonreir cordialmente un par de veces, y si bien había pasado ya un tiempo prudencial como para que cada uno aceptara su parte y pudiere seguir adelante sin más que un vago sentimiento de nostalgia y el recuerdo difuso de un fracaso y de un cariño, Mauro decidió afrontar momentaneamente el tumulto interno y ausentarse a un lugar apartado. La luna llena brillaba serena en un profundo, limpio y azulado cielo. Complices se agrupaban cientas o miles de estrellas, mucho más intensas y vívidas en aquel lugar, apartado de los asentamientos urbanos y su contaminación lumínica. Se dirigió a un punto cercano al arroyo, a aquella pendiente donde imperaban los sauces llorones y el canto amatorio de una cantidad indecible de insectos, allí donde la magia de la luna preñaba todo de un regio argento.
Con las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza levemente alzada, observaba a la luna y pensaba en Endimión, aquel mortal, nieto de Eólo, que enamorado de Selene dormía durante el día para amarla furtivamente, de noche, como un ladrón. O por lo menos así eligió recordarlo. 
Se resistió a renegar de su suerte. Era natural y hasta necesario que se cruzaran en fiestas como esa. Era natural y necesario que enfrentara su frustración y que volviera a urgar en su propio corazón. La sanación solo sería posible y fructífera a base de enfrentar esas situaciones, con madurez, con integridad, con aplomo y valentía.
Era una hermosa noche de Febrero. El calor intenso del día había cedido y ahora se estaba a gusto. El aire en el campo siempre había sido de su agrado y esa noche aún más. Inspiraba profundamente y sus pensamientos parecían deslizarse como si respondieran a una nostálgica canción, la balada del amor que no fue pero que aún es.
En un momento se sintió observado desde atrás y se puso tenso. Marina había dudado largamente si acercarse a hablar con él o respetar su momento. También había considerado que esa irrupción podía llegar a confundirlo. Peor aún, podría dar que hablar al resto de los invitados y a quienes la acompañaban. Finalmente había respondido al llamado, con una osadía no propia de ella, no en este tipo de circunstancias. Hacía ya un tiempo que se sentía dueña de sí y hacía gala de su valentía. Antes de que él se diera vuelta, con un tono que buscaba ser tranquilo y amistoso, objetivos que logró exitosamente al punto que Mauro hubiese jurado que tras ella Eólo suspiraba tiernamente una bocanada cargada de sedosos pétalos, Marina le dijo Hola.
Mauro viró sin mover sus piernas para devolver el saludo e inmediatamente volvió sobre sí, sus ojos guarecidos en el tibio resplandor de la luna. Ella estaba hermosa, con el pelo parcialmente suelto que caía ondulado sobre sus hombros, vistiendo un hermoso y holgado vestido que permitía gozar de la desnudez de sus hombros. Trató de contener el estrimecimiento que le generaba su belleza, indivorciable hoy de la prohibición de la caricia, del abrazo amoroso. ¿Cómo andás? le preguntó él, anticipadamente, tratando de tener algo de control o procurando evitar dejar en evidencia cuánto le había perturbado que se hubiese acercado, algo que de alguna manera no se había atrevido a desear más por cobardía y por voluntad de autopreservación que por no hacerlo con cuerpo y alma.

Ella se acercó y se puso a su lado, de cara a la luna y su reflejo en el arroyo. Encendió un cigarrillo y cruzó su brazo izquierdo sobre su pecho, de forma tal que con él sostenía su codo derecho para que dicho brazo permaneciera erguido, alto en el cielo, sosteniendo una estrella roja y humeante. Mauro acababa de apagar uno pero decidió encender otro. Un poco porque seguramente disfrutaría más de este, el compartido, con ella. Otro poco para esconderse tras él.

Conversaron un par de minutos, sobre cuestiones triviales, sobre las familias y los afectos de uno y otro lado, sobre lo concurrida que estaba la fiesta y cuán ideal era la noche para una celebración de esas características. Eventualmente comenzaron a conversar sobre el duelo, sobre los propios proyectos, sobre las dificultades que uno y otro tenían. Mauro confesó extrañarla. Y lo confesó tanto para ella como para sí. Ella no supo que responder. Tan solo sonrió.

Sus ojos se humedecieron y comenzaron a brillar como dos voluminosas y tiritantes estrellas en el firmamento. Ella se acercó y le acarició el rostro, limpiando maternalmente sus lagrimas tan pronto desbordaron. Tomó una de sus manos y le sonrió. Le dijo algo. Palabras de aliento, una pequeña humorada de la cual rieron los dos, descomprimiendo la seriedad propia de la congoja. Luego de un hermoso silencio compartido que duró sólo unos segundos pero que fue más intenso que los últimos cinco o seis meses vividos ella dijo Me tengo que ir.  
Entiendo, dijo él, concediendo. Andá, agregó.

Marina tomó ahora también su otra mano y acercó ambas a su rostro. Las besó tiernamente y sin soltarlas aún lo miró a los ojos. Te amo, le dijo. Luego las soltó y sonrió, más bella que nunca, como Artemisa. A continuación, viró y comenzó el ascenso, el camino de regreso. Él, suspiró. Lo sé, pensó. Como también sabía que el amor que uno y otro se profesaban era de naturalezas absolutamente disímiles. Volvió a introducir sus manos en sus bolsillos, volvió a guarecerse en la platinada y vívida luna, sus ojos se cargaron de candente humedad otra vez. Y a viva voz, en un tono profundo y sincero, dijo finalmente Yo también te amo, bebé.

24.1.13

Juego de sombras



Desconfío del silencio interno. Me hace bien, me es placentero, me genera sosiego y finalmente puedo suspirar en paz. Pero luego de tanto dolor, luego de transitar durante tantos meses el infierno, con muchos duelos aún por delante, con la certeza de que el mismo tan sólo ha comenzado, pero además, con esa predisposición tan mía a la nostalgia, ese apego a las idealizaciones y, sí, mi romanticismo autoindulgente por estandarte, siento que cuento con los atributos de personalidad que van a condicionar la regurgitación de las pequeñas muertes y agonías. En función de todo ello, el silencio interno podría ser, francamente, tan solo un recurso literario al que ha hechado mano el autor del guión, para generar atmósfera, para propiciar la emergencia de la tensión que exaspera a quién atestigua y a quién viste, por el gozo de quién dispone a voluntad de los elementos que habrán de dar lugar al momentum, aquel en el que el dolor se recicla y aparece maduro, como una flor sombría y bella, irresistible, como una caprichosa manifestación de la vida que se yergue orgullosa y perfecta sobre las agonías pretéritas de las cuales se nutre. ¡Cuántas muertes debieron ser soportadas para que esta hermosa flor sea!, podría decir cualquier testigo imparcial al embelezado observarla. Y qué importa que la misma se alce al cielo a costa de dolor, muerte y descomposición. Poco importa que insectos ciegos y viscosos, lo mismo que el amargo moho, sean condición necesaria de su existencia. Sólo sé que esta flor es un milagro. Y el mérito de su belleza bien vale cualquier precio, cualquier sufrimiento.

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Comienza el nuevo día. 
El sol asciende impostergable y su halo áureo todo lo ilumina; el manto oscuro, furtivo, retrocede y se encienden los colores, se despereza la vida. El húmedo y frío rocío, a cuenta del calor, lentamente se disipa y en onduladas olas ascendentes se da a la fuga. 
De pie, orgulloso y vulnerable, enciendo un cigarrillo de cara a Amateratsu. Le ofrendo el primer te amo del día. Inspiro profundamente y observo con placer el tono dorado de las nubes más difusas ubicadas en naciente. Expiro vigorosamente y me mentalizo por hacer de este también otro día menos, otro paso más.

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¿Qué sentido regresar el tiempo cuando aún nos queda el mañana? ¿Cuán astuto desenmarañar el pasado si no al servicio de la alegría por venir? ¿Quién quisiera anclarse al pasado y despreciar a los vientos y a la mar y refrenar al ímpetu viajero, privándole de sensualidad, despreciando la oportunidad, la del encuentro, la del afecto, la de los besos, cuando es claro que la tormenta y la tiesa bóveda celeste no son sino una y la misma cosa, variables impuestas y veleidosas que el espíritu alegre habrá siempre de saber amar?

¿Qué sentido llorar un llanto si no se llora con afán telúrico, si no se lo llora para regar el cuerpo que se aferra a la esperanza, aceptando con templanza, comprendiendo que el esfuerzo no es en balde, no es estéril, no es un transe penitente? Por el contrario, resulta evidente que se trata de una chance, de un umbral, de tan solo un estadio más para que germinen nuevos frutos, nuevas flores, para transitar nuevos aprendizajes, para agradecer por lo vivido, para reconocer lo por vivir.  El llanto es oportunidad, es fertilizante, es lechosidad que brota y que alimenta al corazón, que si lo digiere, si lo acepta, habrá de crecer fuerte, habrá de latir macho, habrá de amar aún más. 
  

21.1.13

Raíz

Violencia es mentir

No sin sorpresa, identifico un elemento común, un paralelismo entre la ex pareja y el progenitor, en la ontología del vínculo que une. Un paralelismo algo forzado, quizás. Un paralelismo que responde a este momento en particular, quizás. Un paralelismo que se ve enraizado en traumas lejanos y deformados por los avatares de mi vida y que sirve de resorte a través del cual busco evadir responsabilidad, quizás. Y digo quizás, porque es probable que dicho paralelismo responda a la necesidad de externalizar culpas. Pero incluso si fuese así, es pertinente preguntarse hasta qué punto no hay coraje detrás de un estratagema semejante. Porque es verdad que el mismo intenta, con torpeza y no exento de cierta nobleza, ser un mecanismo de defensa, un artilugio ideado para sobrevivir, para hacer asible lo inasible, para que el espanto tome forma, se materialice y finalmente pueda ser atacado, enfrentado, comprendido, digerido.
El elemento común denunciado, aquel que se hace inteligible y más evidente a medida que lo pienso, es el abandono.
¿Cómo se quiere a sí mismo el sujeto abandonado? ¿A qué recursos hecha mano un ser humano para sobrevivir a la convivencia con el abandono? ¿A la soberbia, a la introspección, a la consecución de méritos que simbolicen la limosna de la aprobación o de la propia reivindicación? 
Probablemente a todos ellos, por lo menos en mi caso.

Mi autoestima está destrozada.

- Los pies sobre la tierra! Los pies sobre la tierra!
Y aparentemente desconectado, desvinculado, una incongruencia, o quizás no, el astronauta continúa:
- Eso ya se terminó!

Y a continuación, el reclamo, lícito:
- Hacete cargo, boludo, treinta años. Hacete cargo.

Los mazazos en la cabeza no vienen desprovistos de efectos que, en función del escenario y sólo a posteriori, pueden ser concebidos como beneficiosos. Es verdad que a los reclamos los intuía. Es verdad que para mí la farsa condescendiente venía preñada de un zumbido, de un rumor insoportable. Es verdad que en algún punto la sinceridad brutal me dignificó. Si me preguntasen ahora, afirmaría sin titubear que es preferible una verdad inmisericordiosa a la condescendencia que dificilmente se sostiene de sí y que en consecuencia es rica en dudas y miedos, ya que la misma, en definitiva, conlleva a una mayor alienación, a una mayor desconexión, a una sensación más definitiva de soledad.
Un mazazo en mi cabeza y estoy en shock.
Un mazazo en mi cabeza y no discuto su sentido de la oportunidad ni tampoco su necesidad. Quizás sirva mucho. Me encantaría que fuese así.

El dolor sigue siendo indecible. Pero por primera vez en algún tiempo me siento protegido, acá adentro, por algo. Siento que hay paredes que protegen.

Este texto quizás sea injusto. Es probable que me arrepienta de haberme desnudado hasta estas profundidades, las profundidades amorfas y caprichosas de lo evanescente, de lo incomprensible, de lo que de ninguna manera puede ser expresado en términos taxativos, los únicos que existen. Pero también es verdad que responde a la belleza poética del acto de justicia que acabo de exaltar, el acto digno de la verdad cruda y arrepentible.

Si me preguntan hoy, prefiero que me insulten genuinamente a que me ignoren, a que me abandonen. Hay más violencia en la mentira o en la falsa piedad que en el puente que se alza entre los dos sujetos que se agravian movidos por la sinceridad, ese acto de amor.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...