Teniendo al Amor como espacio en el cual se ha expresado la dicotomía que ha signado durante el último año mi vida, se me hace evidente que en tanto tal ha estado marcado por la presencia de dos polos antagónicos: las ideas de Vida y Muerte. Mis duelos, mis decisiones, mi idea de mi mismo, mi esperanza, mi aceptación y mi resignación, mis nostalgias y sueños truncos, mis anhelos y mis negaciones... Todo ha remitido finalmente al Amor, como si fuese la materia misma de la que se ha compuesto la totalidad de los objetos, ideas y entidades frente a mí; todo expresado como el resultado de complejos e intrincados juegos entre la Vida y la Muerte, que como dos laboriosas y neutrales deidades se han esmerado en dar forma a aquello que configura mi mundo y se expresa en él, sin intencionalidad manifiesta ni de perjudicarme ni de beneficiarme.
Caídas las seguridades desde las cuales había hallado mi lugar en el mundo, desde las cuales emitía mi voz y desde la cuales intervenía en el mismo, fue todo perplejidad. Hube de urgar dentro de mí. Hube de limpiar la costra ajada y polvorienta que estéril ocultaba un nuevo ser. Hube de necesitar de tiempo y esfuerzo para reconciliarme con el nuevo mundo. Pero si hay un hecho significativo, un emergente claro y definitorio de la experiencia vital atravesada en la actualidad, es la imposibilidad de encuadrar mi nueva situación y a mi mismo en ella en los moldes que responden a las idealizaciones de antaño, a las fantasías de futuros manifiestos, a la pureza cristalina de los arquetipos, práctica que me resultaba tan cómoda, tan segura, tan natural. De repente no soy inmaculado ni arquetípico como un ideal. De improviso paso a ser mortal, un ser que yerra y paga las consecuencias de sus actos, un ser que para reivindicarse deberá asumir la responsabilidad que ello implica y sostener esa decisión día tras día o, en caso contrario, sencillamente dejar de ser, perecer, o transmutar a otra cosa.
Y como si se tratase de la constatación de la teoría que pregona la capacidad de los seres de adaptarse funcionalmente a los desafíos y las variables que imperan en el ambiente en el que se desarrollan, he comprobado para mi satisfacción que aquella predisposición a la hipocondría, a melodramatizar las situaciones, a enredarme y sobrestimar obstáculos y problemas, quizás como parte de una odiosa estrategia adquirida a fin de garantizarme el éxito en mis empresas, hoy por el contrario, cuando la tormenta interna se inserta en el contexto de una emergencia climática constante en el exterior, cuando desde hace meses no hay un día en el que llegue a digerir lo ocurrido en el mismo, siento que he desarrollado la capacidad opuesta. Con naturalidad, desdramatizo, centro mi atención en hechos positivos, me aferro con fruición a cada a uno de los pequeños destellos de felicidad que pululan un día, encuentro en el afecto de mis afectos gran seguridad. Sin querer pecar de soberbio, siento que todo esto me para fuerte de cara a lo que viene, me permite soportar los miedos, me habilita a disfrutar de una esperanza que no siento infundada.
Es éste un tiempo de cambios como el que nunca atravesé en mi vida. Siento la necesidad de aferrarme a los afectos incondicionales y tenerlos como referencia. Pero también sucede que replegarme, cerrándome en actitud conservadora a suponer que lo conocido es lo bueno y lo deseable y que lo incierto no lo es, implicaría condenarme a una parálisis que traería aparejado que la vida me pase por encima, ya no sólo perdiendo control incluso de mi mismo, sino también condenándome a una infelicidad inmerecida. En consecuencia, estoy convencido de que me debo a la legítima necesidad de conocer lo desconocido, de explorar lo nuevo, de arriesgarme a perderme, de aventurarme por senderos inseguros y confiar plenamente en mi, a sabiendas ya a esta altura de que mi capacidad de controlarlo todo es nula, que lo poco sobre lo que tengo algún grado de injerencia es en la importancia relativa que le doy a las cosas y en cómo gestiono mis pasiones, aquello que siento.
Si alguna utilidad puede alguna vez tener ese coqueteo que llevé a cabo en su momento con la Filosofía fue el de prepararme para la Vida, en particular para momentos como éste. De nada sirve una inteligencia que no está al servicio de propiciar que aquello que nos afecta nos potencie como seres humanos, nos permita crecer, ser cada vez más plenos, más felices, ya no en términos que se circunscriben a una pasión particular, que así como nos atraviesa también así sigue su camino, sino más felices en términos trascendentales. Una felicidad que sea un optimista y sonriente Sí a cada momento transitado. Una felicidad que se defina por un amor a la vida, a mi vida particular, un amor tan profundo y tan intenso como incondicional.