4.8.08

Recurrencia

María aguardaba con impaciencia en el pasillo al doctor. Por más desagradable que siempre le hubiese parecido, había estado masticando el borde externo de las uñas de sus dedos producto de la ansiedad y, por primera vez en su vida, odió no haber desarrollado nunca el hábito de fumar.
Finalmente el doctor apareció. No pudo sostenerle la vista y ella interpretó aquello como un augurio nefasto. Se estremeció y justo cuando el médico se disponía a hablarle, ella lo interrumpió.
- ¿Cómo está doctor? ¿Está muy grave? Digame por favor que se va a recuperar. Pero, ¿qué es lo que le pasa? Hable hombre, por amor de Dios.
- Tranquilicese, señora Trujillo. Su marido se encuentra estable y en poco tiempo lo tendrá con usted en su casa.
María suspiró, su cuerpo temblando, y con las lágrimas rebosantes en sus ojos rió histéricamente. Su euforía no obstante sería aplacada con precisión de cirujano.
- Sin embargo, señora, debe saber qué la condición de su esposo es delicada y no hay mucho que podamos hacer. Lo derivaré inmediatamente a un psiquiatra para que lo trate y lo acompañe, pero no creo que su condición sea modificada por el uso de narcóticos. A lo sumo se lo podrá sedar.
- Pero doctor... ¿qué me dice? ¿Qué es lo que tiene mi marido?
- Me temo que su marido sufre de misantropía, señora. Ello explica la excesiva irritabilidad de la cual nos habló y también da cuenta de la razón por la cual se cometió esas lesiones a sí mismo. Verá usted. Generalmente quienes se odian a sí mismo suelen destrozar los espejos que les devuelven su propia imagen. Eso hacen por lo menos los criminales con sus víctimas, a quienes ven como tales. Por ello, además, hay quienes tienen una gran propensión a irritarse por el desprecio de los otros. Algunos colegas míos sostendrían que en un caso de autovejamiento como el de su marido el paciente infiere sobre sí mismo el odio que por distintas razones no se atreve a inferir sobre otros. Estas razones pueden ser sentimiento de culpa, miedo a ser reprendido, imposibilidad material o cualquier otra cosa que los conduzca a afirmar que dentro de un corset social al individuo no le queda otra opción más que permitir que su violencia se exprese sobre aquel pequeño espacio de libertad y soberanía del que dispone. Por el contrario, yo sostengo que su marido se ha inflinjido daño a sí mismo por el odio que tiene para con los demás, por reconocerse uno de ellos. En algún sentido - debemos reconocercelo al hombre, claro - no ha incurrido en el necio y cobarde estratagema del aspirante a misántropo que consiste en negar su propia pertenencia al grupo que aborrece. Diría yo que sería más fácil odiar a los otros y practicar el discurso beligerante del héroe herido en la tierra de los infames. Es lo que hacen el marxista, el peronista, el energumeno prepotente de la camioneta 4x4, el colectivero, la viuda de barrio norte, el rockerito, el chupasirios, el pequeño empresario, el oligarca, el sindicalista, el chorro y el empleado público. Son resentidos que se aferran a los chivos expiatorios que les eximen de culpa, porque si hay algo que todos sentimos por el sólo hecho de existir, señora, es culpa. Sólo hay un mayor resentido que aquél que no goza de los beneficios del sistema, y es aquél que los goza.
María no entendía nada. ¿De qué carajo le hablaba ese hombre y de dónde salió toda esa mierda? Ella tan sólo quería saber cómo estaría su marido y sentía que el tipo se estaba perdiendo en un monólogo narcisista.
- ¿Puedo verlo? Necesito ver a mi Eustabio.
- Sí señora, puede verlo, pero no creo que pueda hablarle. En estos momentos deben haberle hecho total efecto los sedantes que le aplicamos. Pero si insiste, acompañemé. Por aquí por favor.

María tomó su mano con las suyas y lo miró en silencio. En el pasillo se escuchaba a dos enfermeras susurrar y reir esporádicamente. La grisasea luz invernal que se colaba a través de las polvorientas cortinas le imprimían un aspecto más frío a la habitación. Independientemente de las drogas que hubiesen utilizado y en las cantidades que las hubieren suministrado, Eustabio aún gemía, aunque no con la intensidad de hace unas horas atrás, y sus extremidades se ponían rígadas alternadamente, aunque sin la frecuencia anterior. Confundida e impotente, María lloró. Sintió nuevamente la vulnerabilidad que sólo antes de conocerle, al pelearse y cortar relación de forma definitiva con su padre por sus accesos violentos.
Al despertar al día siguiente, Eustabio se mostró primeramente confundido y con posterioridad abiertamente molesto. Insistía en que lo que le había sucedido había sido un accidente e intentó infructuosamente agilizar su alta médica. Si bien hizo caso omiso, se percató de la distancia y la frialdad extraños con los que su mujer le había tratado. Luego de una serie de discusiones y de la intervención de distintos profesionales médicos, logró el alta con el compromiso de someterse a un tratamiento y de no cortar con las drogas recetadas.
La gris monotonía preñó los días sucesivos y entre los Trujillo cada vez se hizo más extraño el intercambio de palabras. Las visitas al terapeuta fueron prontamente abandonadas pero de alguna manera Eustabio se las ingenió para conseguir muchas dosis de los sedantes que le habían recetado. Esa situación de aislamiento y ostracismo, ese retiro recetado, sumado a la si bien inevitable compañía de su mujer, ahora por lo menos silenciosa y distante, le sentaban muy cómodas. Comenzó a gozar cierta satisfacción. Descubrió que hacía mucho tiempo que no sentía la paz que ahora sí. María no había expresado malestar alguno con la situación, pero sin embargo no se la veía conforme con la misma tampoco. En algún punto era inquietante su comportamiento, pero Eustabio no quería arruinar la dicha conquistada a fuerza de drogas y silencio. La sabía frágil y prefería disfrutarla mientras durara.
Sumidos en ese claustro que anteriormente habría aspirado a ser un hogar, los ritos fueron perdiendo razón de ser y el único reloj que terminó imperando sobre la pareja fue el biológico. Eventualmente, María comenzó a pasar mucho tiempo en la cama. Con el pasar del tiempo prefirió ya no levantarse. Eustabio vió así como su alegría se veía progresivamente asaltada por una rara y molesta ansiedad.
Poco antes de que María falleciera en la aquella clínica donde meses atrás se había mordido las uñas, el mismo hombre que en aquella ocasión le diagnosticare misantropía a su marido ahora le daba su parte médico a éste.
- Ciertamente es ésta una situación trágica, señor Trujillo. Debería saber usted que cuando conocí a su mujer en aquellas horas tan angustiosas para ella causó en mí tan honda impresión que desde entonces no he podido olvidarla. Su lealtad hacía usted, ese amor úfano que le profesaba, tan evidente hasta para el más despistado y que debo reconocer me causó no poca envidia, parecían propios de una tragedia isabelina. Y es ahora el momento en el que comprendo que aquel turbulento presentimiento tenía su razón de ser, pues ella, como Romeo fue hasta su catacumba a buscar a su amor, y como Julieta, quiso morir junto al cadáver de su amado. Su estado es actualmente muy delicado y el desenlace inevitable no se hará esperar. Me temo que ahogada en la desesperación, decidió montarse sobre ese pegaso oscuro que es la depresión y que en su afán de llegar hasta donde usted se encontraba tuvo que permitir a cambio que su espíritu sea consumido por el cáncer de la apatía. Pero no se ponga mal hombre, yo en su lugar estaría orgulloso. Ya casi no se ven estrellas en el firmamento, mucho menos tan brillantes como la del sentimiento radical de amor que su mujer le profesaba. Junto con mis disculpas, acepte mi humilde y franca envidia.
Habiendo tenido por bautismo de fuego el funeral de su mujer, desde entonces Eustabio se comprometió religiosamente a la bebida, y, en más de una ocasión, en alguna de sus tristes borracheras, lloró a carcajadas su humillante secreto: la muerte de María, su martirización, además de ser lo más bello que jamás nadie pudiera haber hecho por él - y si bien significó un diestro y certero martillazo que resquebrajó la consistente certeza de su misantropía - le confirió de sentido a su vida, pero un sentido que más que haberla hecho valiosa de ser vivida, la hizo valiosa de ser sufrida.

17.5.08

Lolita

Golpeó la puerta de madera suavemente y luego lo hizo con un poco más de determinación. Cuando finalmente le abrieron, Federico ingresó con la misma sonrisa tímida de siempre, excusándose por haber llegado diez minutos temprano a la que sería la primer sesión que atendería la psicóloga ese lunes. La secretaria, una señora de fácil sonrisa y pocas palabras, le explicó que tendría que esperar unos minutos y le señaló un banquito de madera en la recepción donde podría hacerlo. Le preguntó si había traído la información pendiente de su ficha personal, aquella que no había traído consigo en la primer entrevista, a lo que Federico respondió orgulloso que sí. Bien, espere entonces allí que la Licenciada lo llamará en breve, yo ya vuelvo, dijo la pequeña y ancha señora y cerró la puerta de entrada tras de sí.
Federico caminó lentamente por el pasillo y se sintió un poco como en la casa de sus abuelos. La ocasión anterior, por los nervios y también por despistado, no había reparado en las paredes cubiertas de madera hasta la altura del hombro ni en el tapiz verde oscuro con pequeños ribetes, razón por la cual, en conjunción con el amueblamiento de roble, podía percibir esa atmósfera oscura, ordenada y apacible tan asociada a las tardes de su infancia. Una vez sentado en el banquito de madera, algo angosto para un hombre de su estatura, se sorprendió al observar no sólo que la puerta del consultorio estaba entreabierta, sino además que se escuchaba como hablaba una paciente desde adentro. No debía tener más que 8 o 9 años de edad, si bien hablaba con una fluidez poco común para alguien de su edad. Desde su ubicación se inclinó un poco hacia la izquierda y la pudo ver perfecta e impunemente. Se encontraba recostada sobre el diván con comodidad, vistiendo un amplio y pesado vestido azul oscuro y sobre él un chalequito rojo de hilo. Su cabello, cuidadosamente arreglado, lucía unas colitas también rojas que la hacían ver más pequeña aún.
Al principio pensó en acercarse y cerrar la puerta, excusándose al hacerlo o en total anonimato, pero la indecisión se apoderó de él al considerar que ello podía ser leído como una de esas acciones llamadas a señalar la propia presencia y ejercer cierta presión para que den por concluída la entrevista con la hermosa criatura. Además, por regla general evitaba la exposición. Y como tampoco tenía mucha prisa y agradecía unos minutos menos de sesión, sumado al hecho de que le provocaba algo de curiosidad y admiración la elocuencia con la cual la pequeña se refería a su vida personal utilizando para ello un alto registro, decidió quedarse muy quieto en su ubicación y pretender que no oía nada, cuando en realidad las características acústicas del consultorio facilitaban que ocurriera exactamente lo contrario.

No estoy segura de que sea su culpa. Él siempre se comportó así, fue educado para ser así. Sin lugar a dudas, Graciela, a Aitor le satisfacería enormemente saber que desde que comencé a venir a tratarme con vos el 90 % de nuestras conversaciones lo tienen a él por objeto. Justamente a eso es a lo que me refiero, es su entorno el que le ratifica constantemente que él es centro, que el mundo gira en torno a él.
Es un tipo muy astuto. Juega constantemente con las culpas que uno pueda llegar a sentir y las aprovecha a su favor. Generalmente lo hace desde un discurso rigidamente moralista y emplea en él unas formas totalmente violentas. Se cree un Zeus que truena y al cual los mortales debemos temer, hecho que queda patente cuando alguien osa desafiar su voluntad o sus formas. En esas ocasiones puede ser decididamente impío. No he conocido a nadie tan vengativo. Claro que como tampoco es mala persona sino tan sólo un déspota que personifica la persistencia del patriarcado en nuestros días, también es capaz de sentir culpa y reconsiderar sus hechos, cosa que sucede generalmente unos pocos metros antes del límite y que pasa por lo regular desapercibida porque su orgullo impide que sea de otra forma. Entre él y yo se han sucedido varias veces estas situaciones, pero obviamente muchas más entre él y mi madre.
Creo yo que ella no se da del todo cuenta de esto. Tiene tanto miedo de perderlo como a mi padre, siente tanta culpa de que él nos haya dejado aunque se jacte de que ese fue su gran logro, que es algo así como un juguete ciego, víctima de las pasiones y humores de Aitor. Y yo que ya lo he pensado mucho, se lo planteé de dos o tres maneras diferentes, haciendo para ello un esfuerzo porque me molesta que me subestimen por mi edad, cosa que ella hace generalmente, como si yo no tuviese la oportunidad de tener mis propias opiniones y perspectivas, pero siempre fue inútil. No quiere escuchar. No quiere entender que las cosas podrían ser mucho mejor y que no hay necesidad de que viva con miedos, llorando en silencio, en un mundo de fragilidad en el cual no puede moverse por miedo a que se derrumbe todo. Pero es una necia, y como dice Aitor, no hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Estas son las razones por las cuales con el correr del tiempo me convencí de que ella se merece lo que le toca. Al principio me angustiaba su ceguera, me desesperaba ver cómo ella perpetuaba su esclavitud, pero luego de mucho sufrir decidí que si bien la quiero mucho, yo no soy como ella. Si ella no se ayuda, nadie lo hará, y aceptar eso me ha resultado difícil pero también muy liberador.
Es cómico, ¿sabés?, pero es un poco la filosofía de vida de Aitor la que he adoptado. Los otros dias discutiendo de política le dijo a un señor algo así como "el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que se merece". Terrible, ¿no?. Mamá enseguida se mostró en desacuerdo, diciendo "mirá la barbaridad que decís", "vos querés que vuelvan los milicos" y qué se yo cuanta otra cosa. La discusión se puso acalorada y me perdí el final porque me mandaron a la cama. Pero me quedé pensando y creo que es muy interesante plantearse las cosas así. Creo también que Aitor hablaba de mucho más que de política y que mi mamá no se dió cuenta otra vez. Y sabés qué, Graciela, creo que mi mamá se merece lo que vive hasta tanto no haga méritos para merecer otra cosa. Aitor es insoportable, eso no dejo de cuestionarlo, pero me parece que no es tan distinto a mi hermanito o tantos otros nenes que buscan que les presten más atención poniéndoles límites. Creo que Aitor avasalla y se impone esperando chocar con otra voluntad, con alguien que le ponga un límite, justo aquello que desde chico no ha tenido y que creo tiene asociado con la ausencia de su propio padre en su casa. Y estoy convencida de esto por lo siguiente. Como yo le pongo límites, como yo cuestiono aquellas decisiones que considero arbitrarias hasta el punto que perdemos horas discutiendo, estoy segura que él me quiere más a mi que a mi mamá. Mucho más si consideramos al respeto como una forma sofisticada de amor en Aitor. Lo que me han terminado de confirmar esto han sido los celos y las pequeñas maldades que mamá ha tenido para conmigo ultimamente, en especial por las claras diferencias que hace con mi hermanito.


Desde una habitación contigua al consultorio se escuchaba la voz de Graciela llamando a Dolores. Cuando ingresó desde una puerta lateral a la pequeña habitación en que se encontraba Federico se mostró sorprendida porque no sabía que él ya estaba allí esperando su turno y algo molesta por el hecho de que cuestiones cotidianas y hogareñas quedaran expuestas ante un nuevo paciente, pero ya sabía que ese era el precio de tener el consultorio en el propio domicilio.
Hola Federico, buenos días, dijo ella con soltura. Buenos días Graciela dijo Federico saliendo de su estupor. En eso, la pequeña se incorporó de un salto y corriendo desde el consultorio fue al encuentro de su madre. ¿Dónde estabas Dolores? Te dije mil veces que no quiero que juegues en el consultorio. Aitor y tu hermano te están esperando en el auto. Apurate por favor.
La pequeña sonrió, se despidió de su madre y del desconocido, corrió en busca de sus útiles escolares y tan pronto como los levantó, corrió hacia la puerta que daba a la calle y salió a través de ella cerrándola con violencia.
Pasá al consultorio Federico, por favor, enseguida estoy con vos, dijo Graciela dirigiéndose nuevamente a la puerta que daba a su hogar y por la cual había ingresado buscando a su hija.


9.5.08

Soy estepario

Quizás no sea así siempre, pero me permito la licencia: tomar distancia implicará algún día el regreso fresco y con los sentidos avivados al lugar u objeto del cual nos alejamos. Tomar distancia es zarpar para algún día retornar y embriagado reconocer el propio terruño, en sus particulares texturas, colores y aromas, en su constante evocar mistificante. Porque cuando se regresa, la experiencia es más compleja que cuando se conoce por primera vez. Con el regreso se asiste al diálogo entre el asombro y la inocente alegría del ayer, y la madura excitación, la nostalgia feliz del hoy. Con el reencuentro asistimos no sólo a la renovada presencia del objeto ausente, sino además a una suerte de perfección, que no es otra que aquella que consiste en la voluble, fugaz e inequívocamente inasible conjunción de juventud y sabiduría. Los ojos entonces brillan extraños, porque el niño que descubre es ahora sabio y ya conoce lo descubierto, porque el anciano que añora es joven y se sorprende ante lo ya conocido. Aceptar altivo el desafío del éxodo reditua en odisea. Hacer del propio relato una épica es quererse a sí mismo un poeta abierto a la belleza.
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Regresar a la estepa es para mí, desde que ha dejado de ser el escenario normal de mi cotidianeidad, una experiencia intensa. Con sus doradas y agrestes sinuosidades contrastando con el más nítido de los cielos, escondiendo en su presunta aridez un cúmulo de vida tan rico como el de cualquier otro bioma, se me antoja uno de los paisajes más bellos que jamás haya visto, en particular a la hora del ocaso.
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Ni siquiera como patagónico - o a pesar de serlo - pude escapar al prejuicio según el cual la Patagonia es bella en su cordillera y es salvaje en su costa, pero desértica entre sus dos extremos longitudinales. Desde pequeño somos inducidos a asociar colores como el verde y el azul con naturaleza y vida, a la vez que nos enteramos que en el imaginario popular desierto es sinónimo de nada, y allí donde hay arbustos achaparrados y no frondosos bosques nos encontramos con un valiente intento, merecidamente digno de reconocimiento, pero que no escapa de ser, sin eufemismos mediante, naturaleza atrofiada.

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Tuvieron que pasar los años, tuvo que interponerse entre nosotros la distancia y con ella la experiencia de lo distinto, tuvo quien observa que trocar en otro, para poder hoy discernir e identificar las particularidades que si bien antes no eran desconocidas, si eran ponderadas con cierta injusticia. A diferencia de lo que podría haber pasado años atrás, en los días en los cuales culpaba a los Andes por egoístamente acaparar el grueso de las lluvias que provienen del frente húmedo del Pacífico y excusaba a mi Patagonia en un relato afectado, dando cuenta de los enormes bosques de araucarias que vistieron lo que hoy es estepa, petróleo, gas y bosques petrificados, sin olvidar la enorme biodiversidad con la que contaban esas tierras en el jurásico, hoy me encuentro más proclive a señalar que una de las razones por las cuales la Patagonia es facilmente percibida como una tierra mítica es por la inmensidad que alberga su horizonte, por la exagerada proporción de esa bóveda que tiene por cielo y por como la estepa corta violentamente en bahías, acantalidados y ensenadas habitados por miles de llamativos mamíferos y peculiares aves, o por como con símil violencia se alza en granito hasta el cielo como si lo tocara. La Patagonia es agreste, virgen y bella porque es la diosa estepa, aquella quien tiene por pies dos océanos y por cabello bosques de araucarias, lengas y ñires.

Tengo por patria mi infancia me dijo hace unos días un buen amigo que atesoraba esas palabras. No distan de decir, a lo que también adhiero, llevo por patria mis afectos. Y así como mi viejo huele a álamos en otoño o mi vieja es la caricia calurosa una tarde fría de invierno, las risas con mis hermanos suenan como el viento que barre la estepa. Conozco pocas formas de paz como observarla teñirse de los colores del ocaso, pocas maneras de conciliar mejor el sueño que al arrullo de su viento, pocas formas de templar mejor el espíritu que caminándola con frío, viento y nieve, pocos silencios más profundos que los que uno pueda disfrutar en ella un día sin Céfiros ni Eolos.


2.4.08

Desprendimientos

Hay una estética discursiva que ya no me es propia ni me es lícito utilizar. Por eso mismo me cuesta tanto sentarme a escribir sobre estas cosas, como si determinadas estéticas sólo pudiesen estar ligadas a ciertos contenidos sin perder credibilidad. Porque escrito este testimonio me veo a mi mismo como aquel que busca forzosamente repetir el éxito de ayer para sortear la crisis de hoy. Algo así como lo que pasa a los artistas decadentes que cargan con el peso de su propia obra y ahora, en la competencia consigo mismos, parecieran caricaturas de lo que alguna vez fueron. Porque con la expresión espontánea que lograron ayer, con ese volcarse hacia el afuera de sí mismos, fueron madre parturienta, criatura recién nacida y partera al mismo tiempo, los gestores de su propia identidad, consecuencia del eficaz esfuerzo por dotar de sentido al sinsentido, una entidad que luego hizo pasibles de ser comparados a sus antecesores y predecesores.
Creo que una majestuosa forma de éxito es encontrarse a sí mismo. Cuando ello apareja simultáneamente una intervención en el mundo, como la del artista o el sujeto ético, confundo al éxito con la belleza. Escapar de las crisis es alcanzar la belleza, un premio divino que excede la sensación de paz o la satisfacción de saberse en armonía con el cosmos. Entonces, así como ayer mi espontaneidad significó en cierto sentido una armonía, una consistencia y poética reciprocidad entre mi discurso, mi comportamiento y mi sentir, así como ayer mi identidad logró ser unidad sintetizadora, hoy me paro ante aquella versión monolítica de mi mismo y me descubro muy distinto. Diferente ya no sólo por los fines perseguidos, sino también diferente en las sensibilidades detentadas, en las tradiciones percibidas. Otro es el propio relato, pues no se trata de la misma historia un par de capítulos más adelante sino que, lejos de ello, ha habido un quiebre y el que se narra ahora es otro libro, escrito por otro autor, en el contexto de un mundo diferente.
Quería decir que albergo en mí un sin fin de cadáveres, como capas geológicas que sirven de evidencia de la existencia de mundos sucesivos. Y si bien me parece una proposición precisa y hasta de cierto valor poético, siento que esa forma de exponerlo no me es propia, no es fresca e incluso peca de forzada, porque quien la piensa, inmediatamente después de hacerlo sonríe; quiso escribirla muchas veces y todas menos esta se aburrió antes de hacerlo; al rumiarla ya no siente ni tristeza ni melancolía, no piensa qué desperdicio ni se entretiene murmurando condicionales frente a un espejo. No llegué a ninguna meta e incluso es probable que haya perdido algo en el camino. Sin embargo me siento más libre.

20.2.08

Intuiciones puras

La vida me recompensa con bellos momentos de plenitud. En ellos, una felicidad tibia y perfumada se adueña progresivamente de mí y milagrosamente necesito de nada. No me pesa la necesidad de alcanzar esmerados objetivos, no me abaten las culpas por heridas propias o ajenas. No ansío angustiosamente un futuro que no llega ni un pasado que la memoria se esmera en embellecer. Tampoco escapo de un futuro al que temo ni de un pasado que me condena. Mis ideas no se estructuran en formas condicionales ni se atan a vanas ilusiones.
En esos bellos momentos de plenitud me siento muy conforme conmigo mismo, con lo que vivo, con lo que veo. Una infundada armonía parece regir sobre todo. El caos se me antoja una impresión imperfecta e inocente, un error de apreciación del cual felizmente escapo al menos por poco tiempo.
En esos bellos momentos de plenitud soy nuevamente Tom Sawyer aventurándome a un río, el amigo de mis amigos, el infante feliz. Me pierdo a mí mismo en una sonrisa, en un sentido festivo y apacible, en la dignidad del que ama y acepta. Planeo las corrientes musicales preñándome de los colores vívidos del firmamento. Respiro la frescura de la sabia inocencia. Me libero de la libertad vertiginosa del vacío. Y me pregunto, ¿Será que tanto me enceguecen el miedo y el resentimiento?
¡Qué bellos los bellos momentos de plenitud! ¡Qué alegría la alegría de ser y aceptar! ¡Qué tierno es el abrazo reconciliador con las certezas de la niñez! ¡Qué justicia mirar a los ojos a la belleza, la alegría y al amor...!
¡...y qué difícil perfección es la justicia, la puta que lo parió!


10.2.08

Romanticismo apolíneo

Temo conocer el secreto pero no me atrevo a revelarlo. Creo saber cuál es la razón por la cual me pierdo absorto contemplando su luz cansina las noches despejadas o me invade la nostalgia cuando luego de una jornada de ansia difícilmente contenida descubro que ella ha faltado a la cita. En esas ocasiones me turbo y no emito palabra. Me llamo al ostracismo y me irrita que cualquiera se acerque a preguntarme qué me pasa. Quizás esa sea la razón por la cual sólo estoy verdaderamente relajado cuando estoy solo, dado que como buen romántico, en cuanto me asaltan las emociones pierdo total control de mi mismo, justo aquello que es primordial para relacionarse decentemente con cualquiera, mucho más si se trata de alguien a quién uno quiere. Es claro entonces por qué me entusiasmó siempre tanto la idea de vivir en una ciudad como Buenos Aires. Lejos del folklore pueblerino, ese en el cual los chimentos condenan y donde la gente se interesa descaradamente por lo que sucede en la vida de unos y otros, interés que viene seguido de juicios y prejuicios muchas veces estúpidos, en una ciudad donde las carreras de una punta a la otra son la nota común, las personas son más bien un decorado o un obstáculo entre la propia persona y el trabajo, la facultad o la casa de uno. Y sí, quienes habitan Buenos Aires te pueden mirar y pensar alguna estupidez también, pero ello es algo mucho menos normal que en un pequeño pueblo, pues por lo general la gente se acostumbra a no prestar mayor atención a nada que no sean sus propios pensamientos y problemas. Y no es que por decir esto adhiera a que la gente es menos estúpida en Buenos Aires que en un pueblito perdido. No me refiero a ello. Digo en cambio que no hacen caso de los menesterosos, ni siquiera cuando son niños, mucho menos van observar atentamente en un subte hacinado, en el cual para ingresar hay que empujar y pisotear gente, a un joven que crispa sus manos o se come las uñas porque está nervioso, enojado o taciturno.
Lo más significativo de lo que se pierde al abrazar el anonimato citadino es la posibilidad de observar con facilidad el cielo, sus estrellas y la redonda luna. En algún sentido es cómico, porque si para estar tranquilo con mis emociones necesito estar solo, se me ocurren dos extremos, dos maneras de lograrlo. Una es siendo un ciudadano cosmopolita. La otra, es viviendo en el campo, en ese desierto de humanidad y cultura, ese paraíso de la naturaleza. Es decir que la soledad, y con ella la tranquilidad, las encuentro en la megápolis o en la naturaleza más agreste y cruda. En la abundancia o la carencia extremas. Esa es la razón por la cual a veces fantaseo que tengo una pequeña granja en el medio de un valle recóndito, que dispongo de una huerta y que muchos animales pululan alrededor, y que de esa forma puedo sobrevivir y no sólo eso, sino vivir una vida apacible y agradable, en mi intimidad, que así es como se logra. De vivir en un lugar así subiría por las noches a algún lugar elevado, con abrigo y algo para beber, y acudiría feliz a mi cita con la Luna. Sin embargo, por mucho que lo quiera, no estoy en condiciones de comprar un lugar así, ni de mantener una huerta, y si bien me creo capaz de ser un excelente cazador, no me imagino limpiando una presa, cueréandola, sacándole las vísceras, esas cosas.
Como Harry Haller se sentía un lobo aburguesado, así me siento yo una Artemisa venida a menos. O mejor dicho, un Endimión acobardado, inconsecuente. Es cómico. O quizás no lo sea, mi sentido del humor deja mucho que desear. Pero al pensar en mi destino, en mi vida y mi futuro, mi razón de ser y cual será el contenido del obituario imaginario que alguien pudiera alguna vez dedicarme, me veo como un Agustín pagano, que después de una vida de placeres angustiosos y de confusa libertad, busca en la naturaleza la respuesta, ésta le induce a buscar dentro de sí mismo y desde allí se siente impulsado a saltar a lo supraterrenal. Claro que mi concepción de lo supraterrenal en este caso sería un tanto acotada y muchos me tendrían por estúpido, porque lo supraterrenal en mi concepción sería muy fenoménica y percibible, porque lo supraterrenal para mí sería algo distinto y más allá de lo terrenal, algo que gravita en torno a lo terrenal y que no por esto es inferior a la ello, sino que por el contrario, lo hace motivado por intereses muy específicos y define y moldea los destinos de lo que sucede en la tierra de forma casi imperceptible, rigiendo sobre la fecundidad y con ello la posibilidad de la vida en los mares y fuera de ellos. Lo supraterrenal es para mí la diosa platinada que me hipnotiza noche a noche, la que eriza el bello de mi cuerpo y me baña de misticismo; la diosa que me habla en un lenguaje inarticulado pero más consistente, más fluido, más profundo que cualquier lengua humana; la diosa que con su luz sedosa y sus curvas cóncavas y convexas me rescata del anonimato y de la necesidad de ser alguien, la diosa que me convierte en emoción y aviva la desidia tanto como la excitación más salvaje, la que me permite transitar por caminos vedados y me transporta al estado donde el sin sentido se torna convincente a costa de lo que durante la jornada diurna parecía real, camuflado por la cosmética macabra de Apolo y su luz.
Nuestra condición de seres racionales, proclives al cálculo utilitario, a la argumentación lógica, a la reflexión sintetizadora y a la abstracción de las características inherentes de lo percibido, aquella condición que nos diferencia del resto de la vida conocida, es decir, nuestra condición de portadores y detentadores del logos como puerta que nos comunica con lo que se encuentra fuera de nosotros en dos direcciones, aquella condición que posibilita nuestra religiosidad y nuestra fe, es también lo que nos obliga a la rebelión y la desesperanza, pues todo tiene un costo. La razón, la inteligencia, tan sobrevaloradas, no son sino la causa de nuestra animalidad más humillante, la animalidad alienante, la animalidad amoral. Nuestra trágica condición es irrenunciable. No podemos extirpar nuestros cerebros, si bien muchos buscan conseguir algo similar abusando de sustancias y experiencias que cuando no atentan contra la propia y saludable composición cerebral lo hacen contra la propia vida. Cuánto mayor la inteligencia, cuanto mayor es el conocimiento de la naturaleza de los objetos que nos rodean y mayor facilidad tenemos para imaginarnos una linea causal de eventos y con ello nos sentimos capacitados para preveer el beneficio o el perjuicio que pueden resultar de nuestras acciones o palabras, más proclives somos a la mentira, a la mezquindad, al miedo, a la desesperanza, a la confusión y al espanto. ¿Cuándo se vio a un animal sufrir dolores morales? ¿Cuándo se lo vio sufrir por la muerte o el dolor que significa su supervivencia a otros como él, o peor aún, sufrir por el dolor que su supervivencia le ocasiona a seres muy poco similares a él? ¿Cuándo el miedo, la desesperanza y espanto impidieron a un ser no racional disfrutar de un bello día? Los seres que con insuficientes capacidades racionales, no pueden construir una maraña de causas y efectos, que mayor es cuánto mayor es la inteligencia y que por eso, paradójicamente, más expuesta está al error. Por eso los niños que aún no han conocido el dolor manifiestan una sabiduría irracional superior a la de muchos intelectuales, políticos y figuras notables. Porque entienden sin rodeos el qué y el para qué en el acotado mundo en el cual habitan. En cambio, aquellos expuestos al dolor tempranamente y por ello al poco tiempo ya no más virginianos, son niños a los cuales las circunstancias los ha obligado a la reflexión, al calculo utilitario, a la representación de la amenaza que tanto dolor les ha causado, al miedo y el resentimiento. La frescura del sentimiento del enamorado está también expuesta al nefasto influjo de la razón, que por algo Apolo se llevó siempre tan mal con Eros. Porque la razón actúa como el vino que al beodo le trabuca los límites y la naturaleza de los objetos sobre los que opera su pensar, le convierte en un ser huraño y despersonaliza, le aleja de su verdadero yo, el de los sentimientos sinceros e irreflexivos, el yo que vive plenamente y sin rodeos la alegría y el pesar.
Somos hijos de Apolo y Artemisa. No podemos negar la racionalidad constitutiva a nuestro ser, esa racionalidad que somos nosotros. Pero se comprende que la misma no es plena, es imperfecta, parece atrofiada si la comparamos con la de nuestro padre. Simultánea y trágicamente somos hijos imperfectos de nuestra madre. La conciliación de los contrarios es nuestra única paz, nuestra única esperanza de plenitud. Los más apolíneos buscarán el regreso al vientre materno, los más artemisios buscarán el reencuentro con el padre.

11.1.08

Equívocos

La oscura noche estrellada encontró a los fuertes y felices reunidos junto al fuego. Sus rostros hubieren parecido graves y solemnes por causa del juego de luces y sombras que la combustión de los maderos provocaba si no fuere porque cada tanto estallaba en el aire una carcajada que se propagaba en todas direcciones y posibilitaba ver el brillo de dentaduras, aquí y allá. Como si hubiere estado esperando la atmósfera propicia, uno de ellos ahogó lo que aún persistía como una risa y dijo un poco más serio.
- Dirán que poco les importan la envidia y el resentimiento de los débiles. Sin embargo, la transfiguración de los valores puede llegar a ser una amenaza para cada uno de nosotros...
- ¡Bienvenida sea! - interrumpió alegre uno y alzó su copa, dando lugar a una nueva carcajada compartida por varios.
- Me parece que lo que el amigo sugiere es algo que no debemos tomarnos tan a la ligera. - dijo otro en tono taxativo - Creo que lo que está en peligro es nuestra propia integridad. Hemos observado como muchos de nosotros, convencidos de la superioridad del intelecto en desmedro de las pasiones, se convirtieron en fanáticos defensores de la debilidad.
- A eso mismo apuntaba, señores. - dijo el que dió origen a la discusión. - No sé qué opinarán ustedes, pero en lo que a mí respecta estoy convencido de que de ahora en más voy a procurar azuzar a todos los débiles a mi alcance, ¡para despabilarlos!. ¡Hay que hacer fuertes a los débiles, señores, hay que hacer de ellos seres integros y coherentes!
- ¿¡Qué es ese sentimentalismo cobarde!? - río uno hasta atorarse. Tuvieron que palmearle la espalda, razón por la cual las carcajadas otra vez se alzaban al cielo con estruendosa fuerza.
De entre ellos, un viejito algo harapiento y con la mirada perdida se dirigió hacia el fuego, alzó el puño cerrado sobre su cabeza y dijo con voz rasposa y tranquila - A quién no le enseñéis a volar, enseñadle ¡a caer más deprisa! - y dejó caer el puño cerrado y lo estrelló sobre la palma de su otra mano.
Las voces animadas prosiguieron discutiendo por horas. Se superponían los tonos acalorados, los ademanes vehementes y las risas alegres e histéricas. A cierta distancia, sentado sobre una piedra y con tenue desdén, un joven observaba el cielo. Había presenciado el comienzo de la discusión pero pronto entendió que la misma no conduciría a ninguna parte. Toda nueva intervención era precisamente eso, novedosa, y el consenso jamás aparecía en el horizonte. Se repetían las voces francas, estallaban las risas, se interrumpían los unos a los otros, todos parecían tener algo que objetar, algo original para decir. El joven miraba el cielo y reflexionaba sobre la necesidad del caos para la posterior existencia de las más bellas estrellas. Se preguntaba también si las estrellas elegirían ser como son, una y otra vez, por toda la eternidad o si en cambio elegirían una existencia en la cual no tuvieren que actuar ciegamente sino, en lugar de ello, contemplar pasivamente, como un Dios cristiano.

Desde el fogón, dos observaban al joven sobre la roca, adivinaban sus pensamientos y se confiaban entre sí.
- Mira, aquél es un débil. No asiste a la fiesta de los fuertes. Con toda seguridad huye porque tanto enfrentamiento le abruma.
- O le aburre, que para el caso es lo mismo. Deberemos vigilarlo de cerca y acusarlo de traición al espíritu de la fuerza y la alegría de ser necesario. La corrupción de la que todos hablan como patrimonio esencial de los débiles quizás esté calando entre los nuestros y aquél allí sea un claro representante de lo que digo. Le atravesaré el pecho de una estocada si estoy en lo cierto.
Dicho esto, se miraron el uno al otro y rieron estrepitosamente, hasta caer de espaldas.


8.1.08

Eterna dialéctica

Entre las muchas razones que dieron nacimiento a este blog, una de ellas fue la necesidad de satisfacer mis ansias por encontrar un espejo en el cual mirarme para reconocerme, o mejor aún, para conocer quién es aquel que soy yo. Claro que al igual que frente a un espejo, uno ensaya muecas, rostros serios, expresiones que procuran vestirnos de belleza o interés, monólogos que procuran ser diálogos y otros que no se gastan en aparentar ser otra cosa más que aquello que son. Uno se detiene por momentos en el brillo lloroso de la mirada, en las imperfecciones y asimetrías, en la luminosidad que da una sonrisa, y entonces juega a reconocer qué aspectos remiten a un padre, un hermano, un tío, un abuelo, para luego, en un juego recurrente, buscar encarnizadamente aquellos elementos propios y particulares, aquellos originales y que justifican nuestra existencia como un valor distinto que no se reduce a una fusión de otros ya existentes, sino que dan fe de que nuestra presencia enriquece de alguna forma el mundo. Todo esto, creo, es una necesidad natural, muy humana.
Este espejo, que no es tampoco tal, ha sido un espacio lúdico en el cual he podido jugar a lo que entendí desde un principio como la dialéctica de mi propio ser, de mi identidad. La lógica discursiva tampoco fue original. Acusar con un solemne enunciado aquello de lo cual busco distanciarme, para con ello, manifestar de alguna forma quién soy. Esta estrategia argüida para romper con la confusión y la desorientación, efectiva en un primer momento, en el transcurrir del tiempo me evidenciaría que lo sostenido con firmeza en un principio, luego se me antojaría inocente, dogmático, patético, sagaz, pretencioso, brillante, aburrido. Y así fue. Con el tiempo he ido - no siempre inconscientemente, no siempre voluntariamente - discurriendo en movimientos positivos y negativos, en los cuales decía A, para luego decir no-A, movimiento pendular incesante que en una reconstrucción que anhela escapar a la contradicción afirmaría luego cosas como B + (A o no A) y con ello sonreiría creyéndome, otra vez, más listo que yo. ¡Qué necesaria la dialéctica de la construcción de mi identidad! ¡Qué juego divertido, por otro lado! Porque, sin dudas, hay tanto de lúdico como de egocéntrico en este mirarme al espejo. No sólo busco escaparle a las angustias éticas a las que conduce el propio desconocimiento, la recurrente cuasi amorfidad de nuestra identidad (y con ella, el impreciso conocimiento del peso de los valores que rigen nuestros actos), sino que además busco escaparle al nefasto tedio que uno siente cuando percibe que en su vida todo transcurre sin tener que enfrentarse a verdaderas decisiones, a verdaderos retos, como un pasivo espectador en un viaje a ninguna épica. Mi búsqueda, otra vez muy humana, no sólo pretende encontrar a ese yo que soy en el espejo, sino que juega, y no carente de angustia por momentos, a encontrar el Sentido que explique la necesidad de mi existir. Es el mío, narcisista, un escape hacia mí, pero que, paralelamente, busca reconciliarme con el mundo en el que vivo.
Por los testimonios que recojo a diario, mis metamorfosis, mis violentos cambios de vestimenta y de horizontes, no sólo son parte de la vida, sino que quizás sean ellos la esencia de la vida misma. Por mucho tiempo me creí impulsado irresistiblemente a un futuro promisorio, de tranquila prosperidad, sin verdaderas penas, sin verdaderas dudas. Pensé que tendría que representar siempre el papel de aquel a quién las cosas se le dan con esfuerzo y sacrificio, pero sin sentir verdadera desesperación salvo por la urgencia de satisfacer mi necesidad de amor y compañía, algo así como un actor que conoce el final de la comedia de la cual es protagonista pero que interpreta respetuosamente los gestos y ademanes serios que le corresponden por amor al arte y respeto a los espectadores. Esa fue mi niñez y se extendió hasta no hace mucho. Sinceramente, siempre seré en alguna medida un niño. No obstante, me es innegable que he mordido el fruto prohibido y se me ha develado como complejo y lastimoso no sólo el mundo, sino principalmente mi propio ser. Conozco ya y experimento recurrentemente no sólo lo que significa no tener suelo firme sobre el cual erguirse, flotando en una nada ingrávida, sino también lo que significa no reconocer las propias piernas ni el propio cuerpo para saber a través de ellos sí uno puede sujetarse de algo, nadar, flotar o alzarse sobre el suelo. Ahora sé que no unicamente el mundo puede ser difuso. Uno también puede serlo. Mi vehemencia por la filosofía nació justo en el momento en el cual se me presentaban violentamente mis limitaciones, otra vez, a la salud de Nietzsche, demasiado humanas. Amor y certera estocada, como una filosa flecha de cupido. Nada que no pocos filósofos que admiro no hubiesen aprobado con paternal y compasiva sonrisa: la filosofía como la puerta de entrada a los propios límites, a las propias dudas y cuestionamientos, y no a mayores certezas, sino a mejores preguntas. La filosofía como pedregoso camino y no como oasis o exclusivo paraíso.
Mi fanática lectura de la obra de Schopenhauer, suerte de amorosa seducción, tuvo en mí la contundencia que puede tener en una niña su menarca: se me hizo patente que las cosas ya no serían como antes. Fue algo así como el certificado que me invitaba a un nuevo estadio de mi vida. Lo que en un principio pareció ser una brillante y convincente revelación de los secretos de la vida, luego, cosa que en un primer momento me hubiese parecido imposible, fue derribada por nuevos escepticismos, por un nuevo alejarme de mí. Pues lo relevante no fue que había sangrado, sino que, de ahora en más, lo haría períodicamente. Soy consciente de una cosa: criticar el pensamiento de un genial y original crítico, de un constructor de universos explicativos, es, para quién admira su obra, casi una obligación. Sin embargo, no creo haber tomado distancia sólo por la necesidad de emularle, actitud propia del niño que admira al padre. Creo, más bien, que fue justamente por "amarle", por haberme sentido íntimamente ligado a él, por haberme transformado en el proceso de leerlo azorado, que me fue necesario alejarme de su ética del renunciamiento, del enaltecimiento de la vida contemplativa. Quizás sea necio tomar posición. Ambas razones explican simultanea y suficientemente lo sucedido. Aunque también quizás sea cobarde no tomar posición alguna. No importa, pues en definitiva, lo he hecho. Cierto es que, cada uno en su medida, Nietzsche, Simmel, Aristóteles, Arendt, Ricoeur y Taylor han ido facilitándome de nuevas revelaciones, de nuevas preguntas, de nuevos estandartes que defender.
Toda esta reflexión no es gratuita. Me encuentro en un punto en el cual siento que es justamente la filosofía la cual me aleja de la filosofía, para volver a ella, como un movimiento que me aleja del objeto a alcanzar para luego de tomar impulso asirlo con mayor ímpetu. O para ser menos equívoco, será mejor decir que estoy en un punto en cual la filosofía (todo lo que de ella he conocido y que en mí ha prendido) me aleja de la filosofía (y con ello me refiero a la vida de ostracismo, ascetismo y dedicación absoluta que pareciera implicar, es decir, la filosofía no como una simpatía sino como "forma de vida"), para volver a ella (ya no como un mero conjunto de prácticas sistemáticas que implican sesudas lecturas, sacrificios duros mas gratificantes, como una atrofia de distintos aspectos de nuestras vidas para hiperdesarrollar la vida contemplativa, sino la filosofía como una forma de pararse ante la vida y los desafíos que ella nos antepone o, mejor aún, que nosotros elegimos anteponernos). Otra vez siento la nauseabunda alegría del desconcierto. Otra vez me doy cuenta que no soy el nuevo ideal de mí que erigí esta vez para contemplar gozoso y perezosamente.


Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...