Regresar a la estepa es para mí, desde que ha dejado de ser el escenario normal de mi cotidianeidad, una experiencia intensa. Con sus doradas y agrestes sinuosidades contrastando con el más nítido de los cielos, escondiendo en su presunta aridez un cúmulo de vida tan rico como el de cualquier otro bioma, se me antoja uno de los paisajes más bellos que jamás haya visto, en particular a la hora del ocaso.
Ni siquiera como patagónico - o a pesar de serlo - pude escapar al prejuicio según el cual la Patagonia es bella en su cordillera y es salvaje en su costa, pero desértica entre sus dos extremos longitudinales. Desde pequeño somos inducidos a asociar colores como el verde y el azul con naturaleza y vida, a la vez que nos enteramos que en el imaginario popular desierto es sinónimo de nada, y allí donde hay arbustos achaparrados y no frondosos bosques nos encontramos con un valiente intento, merecidamente digno de reconocimiento, pero que no escapa de ser, sin eufemismos mediante, naturaleza atrofiada.
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Tuvieron que pasar los años, tuvo que interponerse entre nosotros la distancia y con ella la experiencia de lo distinto, tuvo quien observa que trocar en otro, para poder hoy discernir e identificar las particularidades que si bien antes no eran desconocidas, si eran ponderadas con cierta injusticia. A diferencia de lo que podría haber pasado años atrás, en los días en los cuales culpaba a los Andes por egoístamente acaparar el grueso de las lluvias que provienen del frente húmedo del Pacífico y excusaba a mi Patagonia en un relato afectado, dando cuenta de los enormes bosques de araucarias que vistieron lo que hoy es estepa, petróleo, gas y bosques petrificados, sin olvidar la enorme biodiversidad con la que contaban esas tierras en el jurásico, hoy me encuentro más proclive a señalar que una de las razones por las cuales la Patagonia es facilmente percibida como una tierra mítica es por la inmensidad que alberga su horizonte, por la exagerada proporción de esa bóveda que tiene por cielo y por como la estepa corta violentamente en bahías, acantalidados y ensenadas habitados por miles de llamativos mamíferos y peculiares aves, o por como con símil violencia se alza en granito hasta el cielo como si lo tocara. La Patagonia es agreste, virgen y bella porque es la diosa estepa, aquella quien tiene por pies dos océanos y por cabello bosques de araucarias, lengas y ñires.
Tengo por patria mi infancia me dijo hace unos días un buen amigo que atesoraba esas palabras. No distan de decir, a lo que también adhiero, llevo por patria mis afectos. Y así como mi viejo huele a álamos en otoño o mi vieja es la caricia calurosa una tarde fría de invierno, las risas con mis hermanos suenan como el viento que barre la estepa. Conozco pocas formas de paz como observarla teñirse de los colores del ocaso, pocas maneras de conciliar mejor el sueño que al arrullo de su viento, pocas formas de templar mejor el espíritu que caminándola con frío, viento y nieve, pocos silencios más profundos que los que uno pueda disfrutar en ella un día sin Céfiros ni Eolos.
3 comentarios:
Me gusta tu blog!
Y deberías leer Adan Buenosayres...
sisi
Oh, sí!
Pablito:
Hola hijo, un beso desde casa en el invernal Río Gallegos.
Te leía y comprendí al poeta salteño Roberto Ternán en "Canción de las simples cosas", cuando en un pasaje dice:
"Uno siempre vuelve a aquellos lugares donde amó la vida"...
y prestos a la discusión, indudablemente cuando más firme es el amor a la vida, es en la niñéz.
Besos hijito.
papá.-
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