Como ahora mismo, en ocasiones me siento muy triste.
Siento la tristeza apoderarse de todo mi cuerpo con la presteza del más violento de los escalofríos. Entonces, se hiela mi espíritu y me siento totalmente indefenso.
Odio sentirme como un nene asustado, pero por otro lado, permitírmelo me alivia... es una suerte de amargo gozo que libera una horrible pulsión, que tanto más horrible, más gozosa su extinción. Ahora, por ejemplo, permitirme extrañarte, aún sin estar seguro de si te extraño a vos o a la seguridad que sentía por sentirme tu dios, me hace sentir despreciable, porque me transformo en este ser que no sabe sino necesitar y llorar ausencias.
Sé que la vida es más que vos. Me han tocado en suerte cosas maravillosas. He logrado cosas maravillosas. Sin embargo...
¡Claro que quería compartir todo con vos! ¡Claro que duele ya no ser tu Dios! ¡Claro que duele saberte orgullosa de ser la diosa de otro! Claro que detesto no poder superar y aceptar, entender y respetar, alegrarme por tu alegría, tomar distancia de aquello que fue y centrarme en lo que es. Detesto estar pendiente de idioteces, cosas que no hacen sino envilecerme y denigrarme. Yo puedo ser mejor que esto. Lo sé. Y lloro porque alguna vez lo fui. Y me doy asco en este darme asco. Pues todo es tan sencillo como dejar de relamerse la herida y centrar la atención en otros lugares, nuevos rostros, nuevos desafíos.
Sin embargo me abrazo a mis fantasmas, y entonces elijo la paranoia, elijo las excusas para odiar sin culpas por razones vanas. Erijo castillos en el aire, y tan bonitos que son. Allí decido ubicarte, hermosa y elegante observándome desde una torre, o esperándome en profunda excitación a la vez que un baño te das, o te acurrucas en una enorme cama de suaves telas.
¿No es acaso lo que quiero? ¿Saberte mía? ¡Cuánta vanidad en necesitar que me necesites! ¡Cuánta inseguridad en necesitar que me necesites! En un principio buscaba una mujer idéntica a vos, y la encontré. Su rostro y su cuerpo eran tal y como los tuyos. Por suerte vivía lejos, y fácil fue inventar una excusa para no verla más. Luego busqué a alguna mujer que no cayera tan rápido a mis pies, una mujer que al igual que vos, representara un desafío. Ella tenía novio, como vos. Con cuánta alegría bebí besos de sus labios. La alegría de recuperar lo propio. La alegría de contaminar aquello que a mí me habían contaminado. Tanto asco di que ella pudo, para mi fortuna, deshacerse de mí fácilmente. Finalmente, logré encontrar a alguien que cómo vos, nunca habría en el futuro de poseer, y a ella destiné horas y horas de amargo deseo. La odie por eso. Me odie por eso. Tal y como me sucede con nosotros, ¿verdad?
Odio saberme tan bajo. Odio extrañarte. Odio temer que quizás te extraño porque te necesito. Odio pensar que te necesito porque me diste seguridad. Odio pensar que me diste seguridad no porque me ayudaste a crecer, sino porque me convertiste en tu Dios. Odio temer que toda esta construcción racional sea producto de mi cobardía por no reconocer que aún te sigo amando.
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