Otra vez corriendo bajo la lluvia. Mas ahora, la ansiedad y el pánico se enredaban torpemente en risas nerviosas, en un placer lúdico, pero sólo por momentos. Jamás un hombre corrió tan rápido. Jamás alguien, abrazando como él con su brazo izquierdo un paquete envuelto en papel madera, atado éste con un grueso y resquebrajado cordel marrón, supo correr así, en fuga y sin hilvanados pensamientos.
O tal vez sí, una y mil veces.
Las gotas densas y frías corrían pesadas entre su piel y la ropa. La maleza entorpecía su huir, preñando de humedad sus pies. El suelo arcilloso y chapotero, inestable, dificultaba su equilibrio. Y cada brinco era un riesgo temerosamente aceptado, cada viraje escapando a un arbusto, una osada temeridad.
Los alamos se batían a causa del viento en concertado ánimo y allá atrás, a unos metros, seguramente divisaría la vieja casona de madera y techo de chapa. De entre la maleza, el olor putrefacto daba cuenta de algún pequeño cadáver, el cuál ahora sospechaba detrás de las aves carroñeras que impasibles bajo la lluvia le observaban a la vez que desperezaban las alas. La más pequeña y vigorosa le miró directamente a los ojos. Su mirada oscura y lasciva parecía más amenazadora cuanto una pequeña víscera aún colgaba del punzante pico del animal. La carrera angustiada puso a las aves a sus espaldas y un lozano graznido pareció darle caza por detrás.
El agua se agitaba ruidosamente entre las suelas y los pies, molestando. El barro había cubierto al calzado en su manto y el frío insensibilizó a sus moradores, anulando la existencia de aquellos que ahora le conducían por entre los árboles, qué aún más violentamente parecían sacurdirse al aproximarse. Alzó los brazos junto al paquete a la altura de la cabeza, pero ni esto pudo evitar que las ramas le azotaran y arañaran su rostro y espalda. Una rama larga y elástica le dió un agresivo latigazo a la altura de los riñones justo después de soltarla. El agudo dolor casi lo tumba. Trastabilló, haciendo enorme esfuerzo por lograr respirar y no ahogarse en su propia y espesa saliva en el grito ahogado de dolor.
Trás la alameda, sabía se encontraba la huella. Entre los surcos erosionados por cubiertas de camionetas pesadas y pretéritas encontró suelo estable sobre el cual correr, sin obstáculos, hasta el viejo y sombrío casco de estancia abandonado. Corrió los últimos metros con el ardor en la espalda que crecía y crecía, a la vez que un seco dolor ya se había depositado punzante en su garganta hinchada, lugar por donde el enmohecido aire de la tarde lluviosa transitaba. Su angustia creció al aproximarse a la puerta, la cual cerrada, no soportó la embestida de su hombro izquierdo. El rechinar de la madera le provocó un escalofrío intenso y expedito cerró y atracó a la misma con un pequeño y pesado modular. Sobre la mesa depositó el paquete, junto a un florero vacío sobre un mantel polvoriento. La estufa de carbón aún estaba tibia y desde la misma brotaba la oscura luz rojiza de algunas brazas agonizantes. Introdujo en la misma, sin sacarse aún ninguna de las pesadas prendas húmedas tercamente pegadas a su cuerpo, un par de maderas que arrancó de un enclenque cajón traído otrora de alguna proveeduría de algún pueblo cercano, y separó inmediatamente luego dos o tres tronquitos de carbón. Con mucho esfuerzo comenzó a sacarse la campera, tarea dificultosa, pues las fuerzas parecían abandonarle del cuerpo. Viró para cerciorarse que el paquete aún permanecía sobre la mesa cuando escuchó a la madera del suelo rechinar a su izquierda. Al observar en dirección a la habitación, con la puerta entreabierta, no le sorprendió el grisaceo azúl que teñía todo. La cama con la pesada colcha se le antojaba su próximo e inmediato destino, si bien lamentó que se encontrara tan lejos de la estufa. Otro ruido, siempre presente hasta entonces pero que ahora le parecía poderosamente amenazador, se escuchaba a sus espaldas. La ventana de los vidrios sucios por el polvo acumulado tras las sucesivas tormentas de viento se encontraba abierta. A través de la misma el viento empapaba las cortinas y permitía que un chiflete helado penetrara en la vivienda. Fue hartamente dificultoso lograr cerrar la placas hinchadas de la ventana. Pero el determinado empeño, junto a un par de golpes, a veces sobre el ángulo superior, muchas otras sobre el inferior, permitieron dar por terminada la tarea.
Se quitó la campera y lo mismo hacía con la camisa, desabrochada en sus tres botones superiores y en sus mangas, cuando tomó los leños de carbón y los introdujo en la tímida llama dentro de la estufa. Renegó por haberlos humedecido al sujetarlos, y otra vez, ansioso, volteó para cerciorarse que el paquete se encontraba donde lo había dejado. ¡Azorada su expresión al no verlo sobre la mesa! Confundido, histérico, corrío rápidamente su vista por toda la habitación. Gritó angustiado un «pero... cómo?» y casi corriendo, no sin dudarlo varias veces entre paso y paso, se adentró violento en la habitación. Dío un portazo y gritó tirando de sus cabellos. Miró a través de la ventana y nada. Corrió hacia la otra. Sólo lluvia, viento y los álamos que se estremecían al unísono, allá, a unos 60 metros.
Ingreso temblando a la sala principal, se acercó a la mesa, miró en derredor, y nuevamente el crujir de la madera lo obligó a rotar sobre sí violentamente.
Su rostro se puso pálido. Sintió que la sangre dejaba de palpitar a través de sus venas y que su corazón se estremecía de un gélido golpe. Ella era tan solo una niña, si bien milenaria mujer. Sus ojos fosforescentes le presaron la mirada, y su andar contundente y suave le acercaban más y más a él. La pared a sus espaldas, luego de golpear la mesa y tumbar el florero, que rodando se estrelló finalmente en el suelo para hacerse añicos, le impidió proseguir su espantada huída. La jovencita en su camisola, con sus pies preciosos y límpidamente descalzos, se aproximó más y más. La exigua tela que cubría su vigorosa y virgen femeneidad permitía adivinar la más bella de las vedadas promesas. Su cabello rojizo y pletórico, vagamente ensortijado, parecía unas veces fuego, otras sanguíneo caoba. Su rostro argüía un maléfico propósito detrás de una sonrisa en apariencia abandonada y apacible. Su piel, singular pétalo lunar, se le presentaba la más bella jamás concebida, si bien denunciaba una espectral y platinada naturaleza. Sin dejar de clavarle hipnóticos sus ojos fosforecentes, acercó sus brazos angelicales al pecho del hombre, pozándolos sobre el mismo, a la hora que entre sus manos tomaba el rostro de quién se convulsionaba nervioso, con los ojos desorbitados. El frío de su cuerpo atestiguó lo imposible. El contacto con la piel de la jovencita significó el abraso gélido sobre la superficie por sus extremidades alcanzada. El escalofrío violento, las convulsiones, el vértigo y la vista que se nublaba, salvo sus ojos, fosforecentes y lozanos.
Los brazos de quién hasta hace poco había huído colgaban junto a su cuerpo. La pared evitó que el mismo se derrumbara. Su mirada, nublada, nada podía distinguir, salvos esos ojos de otro mundo.
«Permíteme que te bese» ella suspiró con una voz lejana y profunda, acompañada de un aliento ártico. Y acercó su boca a la de él, que ya nunca jamás pudo atestiguar dicho beso.
O tal vez sí, una y mil veces.
Las gotas densas y frías corrían pesadas entre su piel y la ropa. La maleza entorpecía su huir, preñando de humedad sus pies. El suelo arcilloso y chapotero, inestable, dificultaba su equilibrio. Y cada brinco era un riesgo temerosamente aceptado, cada viraje escapando a un arbusto, una osada temeridad.
Los alamos se batían a causa del viento en concertado ánimo y allá atrás, a unos metros, seguramente divisaría la vieja casona de madera y techo de chapa. De entre la maleza, el olor putrefacto daba cuenta de algún pequeño cadáver, el cuál ahora sospechaba detrás de las aves carroñeras que impasibles bajo la lluvia le observaban a la vez que desperezaban las alas. La más pequeña y vigorosa le miró directamente a los ojos. Su mirada oscura y lasciva parecía más amenazadora cuanto una pequeña víscera aún colgaba del punzante pico del animal. La carrera angustiada puso a las aves a sus espaldas y un lozano graznido pareció darle caza por detrás.
El agua se agitaba ruidosamente entre las suelas y los pies, molestando. El barro había cubierto al calzado en su manto y el frío insensibilizó a sus moradores, anulando la existencia de aquellos que ahora le conducían por entre los árboles, qué aún más violentamente parecían sacurdirse al aproximarse. Alzó los brazos junto al paquete a la altura de la cabeza, pero ni esto pudo evitar que las ramas le azotaran y arañaran su rostro y espalda. Una rama larga y elástica le dió un agresivo latigazo a la altura de los riñones justo después de soltarla. El agudo dolor casi lo tumba. Trastabilló, haciendo enorme esfuerzo por lograr respirar y no ahogarse en su propia y espesa saliva en el grito ahogado de dolor.
Trás la alameda, sabía se encontraba la huella. Entre los surcos erosionados por cubiertas de camionetas pesadas y pretéritas encontró suelo estable sobre el cual correr, sin obstáculos, hasta el viejo y sombrío casco de estancia abandonado. Corrió los últimos metros con el ardor en la espalda que crecía y crecía, a la vez que un seco dolor ya se había depositado punzante en su garganta hinchada, lugar por donde el enmohecido aire de la tarde lluviosa transitaba. Su angustia creció al aproximarse a la puerta, la cual cerrada, no soportó la embestida de su hombro izquierdo. El rechinar de la madera le provocó un escalofrío intenso y expedito cerró y atracó a la misma con un pequeño y pesado modular. Sobre la mesa depositó el paquete, junto a un florero vacío sobre un mantel polvoriento. La estufa de carbón aún estaba tibia y desde la misma brotaba la oscura luz rojiza de algunas brazas agonizantes. Introdujo en la misma, sin sacarse aún ninguna de las pesadas prendas húmedas tercamente pegadas a su cuerpo, un par de maderas que arrancó de un enclenque cajón traído otrora de alguna proveeduría de algún pueblo cercano, y separó inmediatamente luego dos o tres tronquitos de carbón. Con mucho esfuerzo comenzó a sacarse la campera, tarea dificultosa, pues las fuerzas parecían abandonarle del cuerpo. Viró para cerciorarse que el paquete aún permanecía sobre la mesa cuando escuchó a la madera del suelo rechinar a su izquierda. Al observar en dirección a la habitación, con la puerta entreabierta, no le sorprendió el grisaceo azúl que teñía todo. La cama con la pesada colcha se le antojaba su próximo e inmediato destino, si bien lamentó que se encontrara tan lejos de la estufa. Otro ruido, siempre presente hasta entonces pero que ahora le parecía poderosamente amenazador, se escuchaba a sus espaldas. La ventana de los vidrios sucios por el polvo acumulado tras las sucesivas tormentas de viento se encontraba abierta. A través de la misma el viento empapaba las cortinas y permitía que un chiflete helado penetrara en la vivienda. Fue hartamente dificultoso lograr cerrar la placas hinchadas de la ventana. Pero el determinado empeño, junto a un par de golpes, a veces sobre el ángulo superior, muchas otras sobre el inferior, permitieron dar por terminada la tarea.
Se quitó la campera y lo mismo hacía con la camisa, desabrochada en sus tres botones superiores y en sus mangas, cuando tomó los leños de carbón y los introdujo en la tímida llama dentro de la estufa. Renegó por haberlos humedecido al sujetarlos, y otra vez, ansioso, volteó para cerciorarse que el paquete se encontraba donde lo había dejado. ¡Azorada su expresión al no verlo sobre la mesa! Confundido, histérico, corrío rápidamente su vista por toda la habitación. Gritó angustiado un «pero... cómo?» y casi corriendo, no sin dudarlo varias veces entre paso y paso, se adentró violento en la habitación. Dío un portazo y gritó tirando de sus cabellos. Miró a través de la ventana y nada. Corrió hacia la otra. Sólo lluvia, viento y los álamos que se estremecían al unísono, allá, a unos 60 metros.
Ingreso temblando a la sala principal, se acercó a la mesa, miró en derredor, y nuevamente el crujir de la madera lo obligó a rotar sobre sí violentamente.
Su rostro se puso pálido. Sintió que la sangre dejaba de palpitar a través de sus venas y que su corazón se estremecía de un gélido golpe. Ella era tan solo una niña, si bien milenaria mujer. Sus ojos fosforescentes le presaron la mirada, y su andar contundente y suave le acercaban más y más a él. La pared a sus espaldas, luego de golpear la mesa y tumbar el florero, que rodando se estrelló finalmente en el suelo para hacerse añicos, le impidió proseguir su espantada huída. La jovencita en su camisola, con sus pies preciosos y límpidamente descalzos, se aproximó más y más. La exigua tela que cubría su vigorosa y virgen femeneidad permitía adivinar la más bella de las vedadas promesas. Su cabello rojizo y pletórico, vagamente ensortijado, parecía unas veces fuego, otras sanguíneo caoba. Su rostro argüía un maléfico propósito detrás de una sonrisa en apariencia abandonada y apacible. Su piel, singular pétalo lunar, se le presentaba la más bella jamás concebida, si bien denunciaba una espectral y platinada naturaleza. Sin dejar de clavarle hipnóticos sus ojos fosforecentes, acercó sus brazos angelicales al pecho del hombre, pozándolos sobre el mismo, a la hora que entre sus manos tomaba el rostro de quién se convulsionaba nervioso, con los ojos desorbitados. El frío de su cuerpo atestiguó lo imposible. El contacto con la piel de la jovencita significó el abraso gélido sobre la superficie por sus extremidades alcanzada. El escalofrío violento, las convulsiones, el vértigo y la vista que se nublaba, salvo sus ojos, fosforecentes y lozanos.
Los brazos de quién hasta hace poco había huído colgaban junto a su cuerpo. La pared evitó que el mismo se derrumbara. Su mirada, nublada, nada podía distinguir, salvos esos ojos de otro mundo.
«Permíteme que te bese» ella suspiró con una voz lejana y profunda, acompañada de un aliento ártico. Y acercó su boca a la de él, que ya nunca jamás pudo atestiguar dicho beso.
Inspirado en la escena de la muerte de Iván Savélievich Verenuja
en El maestro y Margarita
de Mijaíl Bulgakov
en El maestro y Margarita
de Mijaíl Bulgakov
2 comentarios:
Hermoso lo que aquí contás hijo. Solo el conocimiento en tu alma/vivencias de observador/nativo de estas misteriosas y mágicas tierras de la patagonia. No en vano has nacido en estas australis terra, has sentido la nieve en tu carita de bebé, sus vientos, tus juegos con varios grados bajo cero. los trineos, los ríos, tu bagabundear en bici desde Lago del Desierto en la cordillera y siguiendo las aguas del río Santa Cruz desde su nacimiento en el Lago Argentino hasta su desembocadura en Pto. Santa Cruz, más de 700 km y con tan solo 17 añitos.
Vagabundo, filósofo, excelente persona y mejor hijo. Un buen tipo.
Bello lo tuyo. Pobre el solitario en hallar la muerte en un páramo de casita de chapa, con la incógnita de una estufa prendida, alimentada con carbón de Río Turbio.
Bello, triste, bien patagónico...
Como bien sabés hermosos hijo, BUCÉFALO, era el único ser que atemperaba los ánimos de Alejandro. Bucéfalo era su caballo, él que lo llevó por toda la mesopotamia desde su Grecia natal hasta las puertas de Asia.
Asimismo se llama mi bicicleta.
Besos Pablito.
Papá.-
Entre tu relato y las palabras de tu papá, me quedo sin decir.
Te dejo un beso enorme
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