8.3.07

Mi vida es bella

¿Carne viva? No precisamente.
La herida no se muestra vulgarmente. Pareciera querer evitar ser evidente a los sentidos.
Este dolor podría asemejarse más a una hemorragia interna, pero me temo que la analogía tampoco le hace justicia a la verdad. Más bien pareciera ser una malformación inmanente, propia de mi esencia, de aquello que subyace a lo que en este mundo de velos y sombras aparento ser. Me convence la idea de que ésta es la consecuencia inevitable de la consciencia de mi impotencia.
Hay seres que sufren la castración y hacen del objeto del cual son privados el causal de todos sus lamentos, la materialización conceptual de la razón de su sufrimiento. Otros, como yo, experimentan la angustia como una responsabilidad nunca subsanable. No puedo maldecir un abandono como aquellos porque en realidad, me pesa más mi impotencia. La misma no es sino mi cruz. Y miserables de aquellos que alguna vez abrazaron la convicción de que la cruz que les tocó soportar ha sido toda su compañía.
¡Sea esa la condena de los seres orgullosos! Porque aquellos que reivindican incansablemente su Yo deberán sufrir a costa de sus limitaciones, de los abismos que se abren más allá del propio entendimiento, de la consternación que implica sentir el llamado de lo absoluto sin disponer de los medios para hacerse con ello, viviendo la eterna y frustrante imposibilidad de penetrarlo para luego en ello fundirse, de tomarlo para trascender sin renunciar jamás a la propia identidad, sin renunciar a la facultad de la propia consciencia. Pues, ¿cómo pretender ser más que uno sin dejar de ser uno mismo?. Superarse es suicidarse en cuanto la superación implica la supresión del superado. ¡Oprobiosa situación, oh, Vanidad! ¿Pero qué eres tú sino acaso aquel pestilente artificio llamado a garantizar la evasión del Nirvana, ya nunca fin de vida alguna, condicionándonos a entender a la rueda inmóvil como algo perteneciente al género de lo fantástico y en alguna medida de lo aborrecible?. Quién se ame a sí mismo habrá de sufrir profundamente su amor. Y quién no se ame, habrá de sufrir igualmente a costa de su propio abandono sin perder ocasión de responsabilizar a un tercero.
La vida es dolorosamente bella. Abrirse a la vida es abrirse al sufrimiento y semejante locura encuentra por única pero preciada recompensa a la belleza. Mas como las emociones fuertes no son para todos puesto que algunos no están dispuestos a las impetuosidades que ellas implican y los otros sencillamente adolecen de la incapacidad de recibir en magnitudes que rebasen estrechos límites, no todos persiguen una experiencia vital profunda. Dificil extrañarse entonces por cuán frescas resultan las sonrisas de los inocentes y cuan ligada la inocencia se encuentra a la necedad.
¿Transitarán belleza y felicidad sendas opuestas?
Cuánto más lejana mi infancia, cuánto más doloroso y nostálgico su recuerdo, más se tiñen sus juegos y risas de intensa belleza, más preciosas las tardes de otoño sin viento.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hijito. Desde la distancia solo quiero recordarte que te amo Pablito y que sos mi luz al igual que tus hermanitos.
Papá

Anónimo dijo...

che, Pablo..sos (eras) IGUAl al hijo de mi primo en estos momentos. Wow. Un dia te muestro una foto..y veras.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...