12.4.07

Un Pariz para la eterna Helena

Toda explicación del mundo con pretensiones de verdad me resulta atractiva. Cada una cuenta con un conjunto de leyes y categorías propias y, en definitiva, podría considerársela también como una obra arquitectónica o, al capricho de muchos filósofos modernos, geométrica. Ensayo constantemente una labor de ese tipo y creo que, salvando las distancias que nos separan a unos de otros, todos lo hacemos. Algunos abrazan rápidamente una serie de axiomas, en algunos casos contradictorios, y con ello encuentran sosiego. El compromiso con la vida a veces así lo demanda, mas otras veces, no es esto lo demandante sino justamente lo contrario, aquello que parafraseando y forzando a Sartre podríamos llamar mala fe.
Me obsesiono procurando no dejar cabos sueltos y es por ello que la sorpresa, la duda y la angustia, sin orden definido, me asaltan ante las lagunas o falacias de mi sistema y su estructura.
Teniendo en claro esto, es deducible la naturaleza de la atracción que siento por la obra schopenhaueriana en particular, y por la de muchos intelectuales en general, tanto como aquella que sentiré en distinta medida por todos los aportes que pueda ir acumulando a lo largo de mis días.
Que esta tendencia a las explicaciones de tipo lógico esquemáticas es una característica universal arroja prueba la mera existencia de todas las ciencias y disciplinas religiosas, e incluso la existencia de los mitos, el esoterismo y otros discursos explicativos del mundo. Sin embargo, pocas veces me sentí más empático y mejor representado que con ciertos personajes de obras literarias propias de mi devoción.
El útimo tiempo me he asombrado en la construcción de una serie de asociaciones y paralelismos entre ficciones literarias y personalidades históricas que procuraré ir enumerando, asociaciones y paralelismos no detectados fortuitamente - esas cosas no existen - sino como consecuencia de aquello sobre lo cual he estado rumiando día y noche los últimos tiempos o, quizás y en distintos grados, desde siempre: la dicotomía entre idealización - construcción de un abstracto, deificación y utopización - y el más concreto realismo - impresión inmediata producto de la experiencia, contexto en el cual nos vemos inmersos y sobre el cual procuramos tener poder -. Contextualizarse o no contextualizarse, renunciar o no renunciar (y a qué), aceptar o no aceptar... esa es la cuestión.
El narrador en primera persona de esa agitadora de las pasiones que es Lolita, (Nabókov, 1955) no describe de buenas a primeras la naturaleza de su pasión por la nínfula como así tampoco comienza la crónica sin el pertinente prolegómeno. Humbert Humbert, procurando la reconstrucción de la génesis de su obsesión, nos narra dos episodios significativos de su infancia y temprana adolescencia. Ambos guardan una serie de elementos en común que podrían resumirse en la síntesis o fusión realizadas a cuenta de lo experimentado por él entre el amor, la belleza y la finitud.
Su madre, símbolo originario del amor y la belleza, muerta a muy poco de su nacimiento, exactamente a sus tres años de edad, es la coprotagonista de uno de esos episodios. Dicha castración fue precipitada por partida doble al ser causa de la misma un relámpago en un día de campo. ¡Cuánto más evidentemente puede una alegoría expresar la finitud! La llamada a reemplazar a dicha mujer en el circulo familiar inmediato (triangulación padre - madre - hijo) fue una hermana de ella que, desabrida, seguro habrá proyectado ser sólo un fantasma de la fallecida, una réplica imperfecta.
El ansia por capturar lo efímero sería finalmente desarrollado de forma permanente con Annabel, predecesora de Lolita. Tanto Humbert como ella rondaban entonces los 12 o 14 años de edad. Tuvieron un amor fugaz, inocente, decididamente bello. El mismo se desarrolló en las vacaciones de Annabel junto a su familia en el Hotel del Sr. Humbert. Dos elementos más que anuncian fugacidad: vacaciones en contraposición a la cotidianeidad y no en cualquier lugar, sino en el lugar de paso por excelencia en contraposición a un hogar: un Hotel. Al poco tiempo de despedirse de Annabel, Humbert (hijo) se enteró de la precipitada muerte de ésta a causa de una violenta enfermedad.
Los trágicos designios del amor elevarían la apreciación por su parte de la inocencia que implica desconocerlos. El amor, para ser placentero, debía ser inocente. Y la juventud es la inocencia por antonomasia. Sin embargo, esto no resuelve nada. La fuerza vil del destino no se intimida por la adopción deliberada de la inocencia, como ya lo había comprobado en esas dos experiencias. He aquí cual sería su obsesión por el resto de su vida: librar a la belleza y al amor, asociados ya a la inocencia, de toda fugacidad. Atrapar un instante y hacerlo eterno. Eso o morir en el intento.
El abrupto amor por Lolita, símbolo de esos dos primeros conceptos asociados en su trilogía (amor y belleza), lo pondría dolorosamente en la agobiante necesidad de romper con el tercero de ellos: la finitud. Humbert Humbert y Dolores Haze se convierten en amantes a causa de una tragedia que esta vez parece ser el Destino saldando la deuda contraída con Humbert el día que se llevó a su madre como un rayo: la madre de Lola muere ridículamente a poco de que ella y Humbert se casen. El otrora joven huérfano ve en Lolita, su amor, su hijastra, la fusión de su propia orfandad con la belleza que le despertó ese enfermizo deseo que entendió, terco, por amor. ¿Podría aventurarse quizás que ese ya entonces intenso deseo encontró terreno fértil para mutar en amor, más no cualquier amor, sino el amor que busca reconciliar a uno con su propia historia? Durante gran parte de la obra, el amor entre ellos se desarrolla en moteles, uno tras otro a través de casi todo los Estados Unidos. ¿Quién no oye el eco testarudo de su experiencia con Annabel? He aquí un intento que termina por resultar inútil: convertir lo extraordinario en cotidiano.
El designio trágico del amor permanece irresistible. Humbert parece condenado a servirle de instrumento a través de sus propias pasiones y acciones. Sin embargo, en las últimas y emocionantes palabras de la obra, poco tiempo antes de morir, Humbert sonríe dolorido: ha logrado a través de un arte, a través de esa suerte de crónica literaria, hacer del amor entre él y su Lola algo eterno, y vaya que se vanagloria tristemente de ello. He allí la consumación de su ideal.

No obstante la decepción a la cual me conllevó la adaptación hollywoodense de Hannibal en la cual Clarice pierde el carácter transgresor que convierte a la suya con Lecter en una inquietante historia de amor (propia de la novela de Harris) para abrazar un nominalismo kantiano y con él el obstinado y dogmático mandato del (entendido por) deber ser, hubo algo que rescaté de la película - además de la siempre carismática interpretación de Hopkins - y ello fue un hermoso Aria representado en un teatro de la bella Florencia, oh augusta Vide cor meum. Durante la obra de Harris se lo menciona muchas veces a Dante para señalar como en el imaginario católico medieval la avaricia destinaba a un final trágico de ajusticiamiento cuyo instrumento era la horca. Pero no fue sino hasta hace muy poquito que me enteré que el aria estaba inspirado en un fragmento de La vita nuova de Dante, más precisamente en el sueño que tuvo luego de sucumbir, en su primer encuentro con Beatriz, a su graciosa belleza, teniendo ambos tan solo 9 años. Allende la potencia estética de dicho sueño - en el cual se le aparecía un hombre alto y misterioso, personificación del amor, sosteniendo de una mano a Beatriz y con la otra mostrándole a Dante su corazón, para luego dárselo a comer a ella y sollozar al tiempo que ambos se elevaban al cielo y lo dejaban a Alleghieri estupefacto - me interesa señalar una serie de elementos que sirven para trazar un paralelismo entre Dante y Humbert.
La madre de Dante falleció cuando él tenía 5 años. El padre se volvió a casar. Conoció a esa jovencita a la cual idealizó como arquetipo de belleza digno de ser amado - adorado - con ferviente locura. Volvió a encontrarla sólo en distintas etapas de su vida pero jamás logró intimar, quizás procurando evitar la ruptura de la perfección que tienen los objetos idealizados y por ello deificados. La bella Beatriz falleció joven y le sirvió a Dante de arquetipo contra el cual contraponer siempre sus imperfectas experiencias. A diferencia de Humbert, su idealización, tal y como el amor en su sueño, era personificada. Pero independientemente de algunas claras diferencias, podríamos identificar una serie de coincidencias que, por otra parte, me conducen a hipotetizar si el erudito y gigante Nabókov las ignoró o no.
Dante ubicó a Beatriz como su guía a través del purgatorio de su Divina Comedia. Y me resulta gozoso pensarlo persiguiendo a esa estrella, tal y como Humbert la suya, con la ansiedad propia de la veneración y la candorosa necesidad de la comunión con el ideal, comunión que en el caso de Humbert adopta el falaz disfraz de la posesión sin embargo. ¿Y quién otro persigue el ideal como ellos desgarrando la propia presencia en el mundo en el cual se ubica? ¿Quién por antonomasia sino el Fausto de Goethe? Nada dice Goethe sobre la infancia del viejo erudito, más es claro que al invitarle Mefisto a buscar sus respuestas en otros horizontes y al conocer Fausto a Margarita se convierte este último en una suerte de niño que da sus primeros e inseguros pasos. Niño que por otra parte, conserva la inocencia que le permite ser hondamente impresionado por el amor. La muerte de Margarita es como la de Beatriz y Annabel, irresistible, trágica, ridícula. En el segundo libro Fausto hará tal y como sus alteregos: buscará enfático el ideal, ese que nadie como Helena puede representar.
El final aquí es como en todos los casos anteriores. En él, la tragedia no es atributo exclusivo de la experiencia vital de los amantes, sino que se hace presente también en la obstinada persecución del imposible ideal. Ambos frentes son trágicos. ¿Cómo resolver la encrucijada?
Estamos destinados a ensayar respuestas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

---cuestion aparte:
Tengo una compañera que se llama Elena (sin H) y cada vez que habla me acuerdo de vos y tu adorado nombre. Jaja.
Besos !!

Anónimo dijo...

Buen post.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...