13.5.07

El árbol del bien y del mal

Hoy es nuevamente un bello día, no es verdad, dijo él con una sonrisa de plástico. Ella lo miró y sonrió cordialmente, pero sin poder evitar cierto hastío, y en alguna medida también una suerte de aprehensión a la interpretación una y otra vez de la misma escena, los mismos tonos, las mismas sonrisas, las mismas palabras. Tanto se reiteraban que perdían ineluctablemente todo sentido y por ello, a su juicio, convertíanse en una estructura desabrida y absurda. Sin embargo, no podía salirse de sus lineas. Efectivamente era un lindo día, igual que el día anterior y el anterior a ese. El agua fresca y los frutos abundaban y además sabían bien. El clima era cálido y el sol no violentaba la sensibilidad de la piel. Las noches eran bellamente iluminadas por una plétora de estrellas y una luna siempre augusta. Abundaban lugares en los cuales echarse, cascadas en las cuales bañarse, valles de los cuales azorarse, senderos por los cuales pasear y coloridas flores de penetrantes y dulces aromas allí donde se las buscase. ¿Cómo sublevarse entonces al mandato de sonreír cordialmente?
Quieres que nos refresquemos un momento en el agua, preguntó él con un ademán exagerado. Ella dudo, dudo y dudo, mil veces en un segundo. Luego dijo, como dando con las palabras inconscientemente, adelantate tú, yo iré luego, y ante la ceja de él que se levantaba y su mano que se extendía hacia la de ella no pudo sino insistir adelántate, yo iré a por alimento, se me antoja un fruto.
Con sonrisa de estatua, lo despidió hasta luego y viró para ir hasta los frutales. Sonrisa que fue atenuándose con los pasos a la vez que sus ojos brillaban, vacíos. Sin terminar de comprender la naturaleza de lo que sentía y no sin desconocer si estaba experimentando una suerte de ingratitud, fue acercándose a los frutos. Uno tras otro, ciruelos, perales, manzanos, olivos, bananos, limoneros, guindos y cerezos cual un bosque tutti frutti. También podría escoger de entre tomates, frutillas, frambuesas y otros frutos en árboles y arbustos. Pero la verdad era que no tenía hambre. Había enunciado, por primera vez, algo que no concordaba con lo que sentía ni pensaba hacer. Al percatarse de ello se sorprendió. Ese quiebre le resultó excitante y no pudo evitar reír y sentir como su cuerpo se estremecía por la sensación descubierta. Emocionada, regocijada y orgásmica, comenzó a cantar y bailar, suave y graciosamente. Encontró por interlocutores a los árboles y tomándolos de las ramas danzó con un par. Fueron momento de risas y simulación. El goce de la nueva experiencia le resultó mayor que cualquier otra conocida.

Despertó de una agradable siesta y disfrutó de otra manera el dulce aroma. Algo en ella se había renovado. Incorporándose melosa, refregó suavemente sus ojos, arqueó su espalda y acomodó su pelo. Un intenso entusiasmo la impulsaba a algo, cualquier cosa, menos a correr a refrescarse al arroyo. ¿Cuántas cosas desconocidas le quedarían por conocer? No podía saberlo, pero de repente comenzó a dar con un sentimiento que no supo definir, pues no conocía vocablo para expresarlo, pero que podríamos conjeturar que no era otra cosa sino esperanza. La existencia estaba puesta ahora en la expectativa de disfrutar cosas en el futuro sintiendo placer en el acto de la espera, pero también en la reproducción del goce pretérito a través de la evocación.
Se preguntó que cosas no había hecho jamás y en que orden las haría, si debería ir a buscarlas o ellas se presentarían solas en su camino, si debía o no compartir su experiencia con él. Ahora que lo pensaba, se daba cuenta que respecto a él se encontraba resentida pues era aquello que la obligaba a la farsa. Pero luego de una dicotómica deliberación se afirmó que quizás él precisaba una transformación como la de ella, es decir, un volver a nacer, tal y como ella. Contenta con su conclusión, avanzó lentamente con ninguna dirección prefijada a través de los árboles conocidos, hasta que dejaron de serlo. Entre ellos, uno en particular llamó poderosamente su atención. Sus frutos eran distintos a los conocidos y sus hojas azuladas y ensortijadas, con graciosas terminaciones agudas. La apariencia del fruto inspiraba cierto desconcierto e incluso un tímido temor. Cuando cercenaba la duda apreció la aparición de una simpática y colorida serpiente. Los tonos púrpuras y brillosos de su piel resultaban muy seductores y sus ojos ejercían en ella un hipnótico transe. ¡Que sorprendente criatura!
La serpiente giró a lo largo de una de las ramas del árbol, y luego de sacar reiteradamente su vivaz lengua, se aproximó a uno de los frutos y le propinó una mordida. Sus movimientos cargados de un ímpetu extraordinario junto con la aparición de los incisivos dientes provocaron en ella una reacción instintiva e irresistible: dio un grito agudo e histérico de tal magnitud, que la serpiente, aterrada, perdió el equilibrio, cayó del árbol y huyó con la presteza con la cual había aparecido.
Recobrada la templanza en el ánimo, se acercó al fruto mordido y lo tomó. Las incisiones eran prácticamente inidentificables y el mismo se veía jugosamente atractivo. Como si de una pequeña niña se tratara, corrió riendo de regreso a parajes mejor conocidos y en ocasión de haber encontrado una roca sobre la cual acurrucarse, se dispuso a experimentar lo que en breve dejaría de ser desconocido.

Extrañado por su ausencia y con motivo del propio aburrimiento, consideró que el sol ya le había secado lo suficiente y se adentró hasta los jardines en los cuales estaba seguro que la encontraría. Pensó en llamarla en voz alta pero luego de hacerlo un par de veces se cansó y prefirió proseguir sin mayores violencias. Su cobriza piel no aparecía por ninguna parte y luego de meditarlo un momento comenzó a buscarla en aquellos lugares donde podría haberse recostado hasta quedar dormida. Luego de dos o tres fracasos, pudo divisar su cuerpo sobre una roca.
Gentil posó un brazo sobre su hombro y procuró despertarla. Nada. Lo hizo con mayor violencia. Luego acompaño al movimiento con la orden enunciada de que despertase, cada vez con mayor efusividad. Pero nuevamente nada. Perplejo, se sintió tosco. Intentó tomándola del rostro, abriendo sus párpados a la fuerza, gritándole en el oído, sacudiéndola con violencia. Junto con la confusión comenzó a invadirle una impotencia desconocida. Buscó desesperado y con ojos llorosos respuestas hasta que su mirada dió con los restos de un fruto desconocido en su puño, del que poco más que semillas quedaban.
Con aspaviento dijo: ¿Qué es esto? ¿Una fruta apretada entre los dedos de mi amada? Veo que el veneno ha sido la causa de su muerte prematura. Ay, egoísta, ¿te la comiste toda sin dejar una amistosa porción que pudiera servirme para acompañarte? Besaré tus labios, con la esperanza de que un poco de veneno quede en ellos y me haga morir reconfortado. Tus labios están tibios.
Las lágrimas acaudalas en los ojos quebraron el dique de contención de sus pestañas a medida que el veneno comenzaba a endurecer su vientre y paralizar su cuerpo. Tuvo fuerzas aún para recostarse junto a ella y abrazarla. Sonrió levemente. Y ya nunca sabremos si debemos atribuirle esa mueca a su alegría por haberla seguido para reencontrarla y así librarse de un futuro grotesco y doloroso o si, en otro sentido, debemos hacerlo a la vanidosa satisfacción de haber dado nacimiento a esa belleza que es la tragedia.

4 comentarios:

!obucn̡ dijo...

Buenas tardes... emmm... me gustaría comentar este post pero ocurre que es muy largo, no lo leí y soy estoy muy desganado. ¿Podrá alguien decirme qué tengo que opinar?

Muchas gracias.

¿Cómo? Ah... no. Creí que me habían constestado.

principio de incertidumbre dijo...

vengo a decir que comentaré más seguido por acá.
Es que anduve ocupada, pero siempre recuerdo los blogs amigos.


:)

Anónimo dijo...

A ver... Romeo y Julieta en el Eden???? O es simplemento un toque "Shakespeareano" en la biblia???

Raro, pero me parecio entender q muestra a el pobre alma sensible q es el hombre junto a la ponsoñosa, engañadora q es la mujer desde el principio de los tiempos? No se, creo q estoy muy feminista.


En fin...te acordas de mi? mira si te extrañare q lei todo el texto!!!!!!!!!!!!!!!!!

Besos Aitor Leopoldo!!

Pariz dijo...

Mi bello sauce, todo lo contrario. Quise mostrar a la mujer como el agente originario de la transgresión, y con ello de la libertad. Una forma cosmética del mal se podría ver en el hombre, mártir por elección.

No te he olvidado, pero sí me cuesta recordar como era tu rostro. :P

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...