Hacen linda pareja dijo y se fue del café dando un portazo. Con desdén la observó cruzar la calle a la vez que revolvía dentro de la cartera buscando no sé qué y luego tomó la botella, observó la etiqueta con una concentración aparente y sonriendo irónicamente, con los insultos contenidos, se sirvió una vez más. La señora de la mesa de enfrente, quién sin dejar de torturar al santo de su silencioso marido con su chillido monótono había prestado especial atención a la discusión que él y Anabella habían tenido desde el momento en que ella le tiró el anillo sobre la mesa con lágrimas furiosas y le exigió las llaves de su departamento, lo miraba con desaprobación, como espantada. Levantó la copa de vino mirándola a los ojos y le sonrió con una mueca de desprecio. Ella apartó su vista rápidamente, fijándola primero en su marido y luego en su tacita de café, y entonces dijo con manifiesta alteración, pues le temblaba la voz, ¿te parece a vos? Qué tipo descarado. Marcos volvió su vista a la calle y mientras se llevaba la copa a la boca y dijo en voz baja, como hablándose a sí mismo, vieja de mierda.
Del otro lado de la sala, detrás de la caja registradora, el encargado del bar le dijo al más corpulento de los mozos, un morocho grandote, medio gordo y canoso con el rostro feo, los dientes muy blancos y los granos muy rojos, que invitara al fulano ese a marcharse.
- Le parece Gerardo, mire que es cliente de la casa, es rara la tarde en que no lo tenemos por acá.
Lo cierto es que poco le importaba al grandote el respeto a la asiduidad de cliente alguno. Sí, en cambio, las importantes propinas que le dejaba el beodo una vez el alcohol hubiese hecho el efecto necesario como para que se desinhiba y le dieran aires de magnanimidad.
- Ya lleva casi un litro de vino y son las cinco de la tarde. Además, su estado ya era lamentable cuando entró por esa puerta. No son pocos los clientes que me han llamado la atención por su desubicación en reiteradas ocasiones. A esta hora el café se llena de jubiladas y sus nietos, lo que sale son submarinos, cafés con leche, tostadas y medialunas. Si quiere emborracharse que venga después de las nueve y lo haga a la hora que lo hace todo el mundo, y si no le gusta que lo haga en otro lado. No voy a perder a los mocosos del colegio religioso de la esquina porque sus abuelos se espanten por un borrachín de cuarta. Si me dijeras que al menos gasta en compensación de los dolores de cabeza que puede llegar a provocar, pero ni siquiera, con el vino berreta que pide.
Resignado, al morocho no le quedó otra. Se acercó al tipo y lo tuvo que llamar dos o tres veces, pues miraba ausente hacia afuera y con una mueca de dolor. Cuando finalmente viró al escucharlo, notó que tenia los ojos llorosos y rojos, pero que aún así hacia un esfuerzo por sonreirle despreocupadamente.
- Sí, dígame...
Ya intuía de que se trataba.
- Señor, con todo el respeto que le tengo, no me queda otra que pedirle que se retire.
Detrás del grandote de camisa blanca que de tan percudida parecía amarilla, la señora del episodio anterior se limpiaba las comisuras de los labios con una servilleta y sonreía vengativa. Luego, como si se tratara de un secreto, le susurró algo a su marido. Sus ojos brillaban.
- Está bien Roberto, ya me iba. Termino la copa y me voy. Vaya nomas.
- Bien, le ruego que no se demore o voy a tener que volver y quisiera evitarnos a los dos ese feo momento.
Marcos hizo una mueca como diciéndole entendido, esperó que diera media vuelta y volvió a mirar hacia afuera. Una estampida de guardapolvos blancos le hizo recordar su infancia, sus travesuras y con ello a su padre, a quién ya no odiaba. Recordó una paliza que recibió sin merecerla, por defender a su hermano. Los mocosos con guardapolvos blancos siempre lograban retrotraerlo a aquellos días. Hoy hubiese sido el cumpleaños del viejo pensó y brindó tragándose de una lo que quedaba en la copa. Cierto es que no lo extrañaba o al menos no creía hacerlo. Cierto es también que su recuerdo era como aquella pieza del rompecabezas que termina dando sentido al resto de las piezas, aquel que uno descubre como la clave para entender el orden de cada una y el significado final del mismo.
Tomó sus cigarrillos y los metió en la campera. Sin mirar a nadie en particular, se la puso y la abrochó, dejó 4 pesos de propina, encaró hacia la puerta, regresó, dejó dos o tres moneditas más que encontró en los bolsillos del pantalón de corderoy al meter allí sus manos y finalmente partió.
Al cerrar la puerta del bar a sus espaldas, inspiró profundamente el aire húmedo de la tarde y acomodándose la bufanda pensó: ella volverá, como siempre. Lo curioso es que ya nunca lo hizo.
Del otro lado de la sala, detrás de la caja registradora, el encargado del bar le dijo al más corpulento de los mozos, un morocho grandote, medio gordo y canoso con el rostro feo, los dientes muy blancos y los granos muy rojos, que invitara al fulano ese a marcharse.
- Le parece Gerardo, mire que es cliente de la casa, es rara la tarde en que no lo tenemos por acá.
Lo cierto es que poco le importaba al grandote el respeto a la asiduidad de cliente alguno. Sí, en cambio, las importantes propinas que le dejaba el beodo una vez el alcohol hubiese hecho el efecto necesario como para que se desinhiba y le dieran aires de magnanimidad.
- Ya lleva casi un litro de vino y son las cinco de la tarde. Además, su estado ya era lamentable cuando entró por esa puerta. No son pocos los clientes que me han llamado la atención por su desubicación en reiteradas ocasiones. A esta hora el café se llena de jubiladas y sus nietos, lo que sale son submarinos, cafés con leche, tostadas y medialunas. Si quiere emborracharse que venga después de las nueve y lo haga a la hora que lo hace todo el mundo, y si no le gusta que lo haga en otro lado. No voy a perder a los mocosos del colegio religioso de la esquina porque sus abuelos se espanten por un borrachín de cuarta. Si me dijeras que al menos gasta en compensación de los dolores de cabeza que puede llegar a provocar, pero ni siquiera, con el vino berreta que pide.
Resignado, al morocho no le quedó otra. Se acercó al tipo y lo tuvo que llamar dos o tres veces, pues miraba ausente hacia afuera y con una mueca de dolor. Cuando finalmente viró al escucharlo, notó que tenia los ojos llorosos y rojos, pero que aún así hacia un esfuerzo por sonreirle despreocupadamente.
- Sí, dígame...
Ya intuía de que se trataba.
- Señor, con todo el respeto que le tengo, no me queda otra que pedirle que se retire.
Detrás del grandote de camisa blanca que de tan percudida parecía amarilla, la señora del episodio anterior se limpiaba las comisuras de los labios con una servilleta y sonreía vengativa. Luego, como si se tratara de un secreto, le susurró algo a su marido. Sus ojos brillaban.
- Está bien Roberto, ya me iba. Termino la copa y me voy. Vaya nomas.
- Bien, le ruego que no se demore o voy a tener que volver y quisiera evitarnos a los dos ese feo momento.
Marcos hizo una mueca como diciéndole entendido, esperó que diera media vuelta y volvió a mirar hacia afuera. Una estampida de guardapolvos blancos le hizo recordar su infancia, sus travesuras y con ello a su padre, a quién ya no odiaba. Recordó una paliza que recibió sin merecerla, por defender a su hermano. Los mocosos con guardapolvos blancos siempre lograban retrotraerlo a aquellos días. Hoy hubiese sido el cumpleaños del viejo pensó y brindó tragándose de una lo que quedaba en la copa. Cierto es que no lo extrañaba o al menos no creía hacerlo. Cierto es también que su recuerdo era como aquella pieza del rompecabezas que termina dando sentido al resto de las piezas, aquel que uno descubre como la clave para entender el orden de cada una y el significado final del mismo.
Tomó sus cigarrillos y los metió en la campera. Sin mirar a nadie en particular, se la puso y la abrochó, dejó 4 pesos de propina, encaró hacia la puerta, regresó, dejó dos o tres moneditas más que encontró en los bolsillos del pantalón de corderoy al meter allí sus manos y finalmente partió.
Al cerrar la puerta del bar a sus espaldas, inspiró profundamente el aire húmedo de la tarde y acomodándose la bufanda pensó: ella volverá, como siempre. Lo curioso es que ya nunca lo hizo.
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