Pesquiso mi pasado, me asombro y sobresalto en el aquí y ahora, me confundo en los horizontes en dirección a los cuales transito. Todo se mueve. Como figuras de joven acuarela, tan pronto como parecieran adoptar forma alguna se ven violentadas por una nueva explosión de color líquido que redefine sus formas, los espacios entre ellas, el sentido que las atraviesa.
Me siento perplejo. ¿Realmente todo se mueve? Con cierto desdén, en un reproche sin destinatario, me pregunto si realmente vez alguna al menos fui yo el que se movió, si puedo dar crédito de mis recuerdos. Pues creo haber caminado largas horas, deteniéndome muchas veces a descansar, platicar o lo que fuere que haya hecho, pero siempre para volver a caminar. La génesis de mi aquí y ahora me indica que sí, es cierto, ¡he transitado tantos caminos! No pocos a través de seguras huellas, otros tantos inexistentes hasta que los forjara mi excitado andar. Sin embargo, no sé, qué se yo. Si no le presto atención al hecho de que el pasado cambia cada vez que se sedimenta el tiempo o sucede algo significativo, darle crédito a mis impresiones no parece una cobardía ni tampoco propio de un haragán. Pero evitar percatarse de la ebullición de tonos acuarela es ya una tarea titánica.
Sirve de algún consuelo saber que nadie escapa a mi condición. Hablo del miserable consuelo de no sentirse tan solo a causa de nuestra intima igualdad. Lo perjudicial del caso es que esto dificulta más aún la tarea de las manos que se buscan las unas a las otras. Compartimos una misma condición. Somos soñadores navegando océanos de significados, significados cambiantes, multívocos, con alguna cuota de misterio intrigante, pero por sobre todas las cosas, océanos de significados que se alían tan pronto como se enemistan con múltiples significantes a los cuales hacen referencia, significados que conocemos imperfectamente pero que gravitan sobre nosotros y nos sirven de mar.
Padre, Madre, Amor, Seguridad, Libertad, Privación, Dolor, Límite, Hermano, Hijo. Generación y corrupción, luego, Trascendencia. ¡Cuánta tela para cortar! Nuestra relación con ciertas esferas de significados pareciera siempre una y solo una, no en desmedro de las mil máscaras con las cuales se nos presentan danzando. Sírvame de apoyo la célebre frase shakespeariana, pues al igual que Próspero y tantos otros, me convenzo de que somos del material del que están hechos los sueños.
¿Cuántas vidas caben en una vida? ¿Cuántas veces fui héroe, cuántas otras fui villano? Qué excitante se me presenta la idea de sentar a dialogar a tres o cuatro de mis anteriores vidas, no sólo por el goce estético que ello supondría en una suerte de vouyerismo, sino principalmente para responder una vez más a la pregunta ética por excelencia. ¿Qué hacer? Y por añadidura, ¿quién soy? Pero realmente. ¿Quién soy?
La pregunta mil veces respondida. Sólida respuesta que jamás soporta la crítica embestida del tiempo y sus propuestas. Eterno mármol cincelado por la contingencia.
Me siento perplejo. ¿Realmente todo se mueve? Con cierto desdén, en un reproche sin destinatario, me pregunto si realmente vez alguna al menos fui yo el que se movió, si puedo dar crédito de mis recuerdos. Pues creo haber caminado largas horas, deteniéndome muchas veces a descansar, platicar o lo que fuere que haya hecho, pero siempre para volver a caminar. La génesis de mi aquí y ahora me indica que sí, es cierto, ¡he transitado tantos caminos! No pocos a través de seguras huellas, otros tantos inexistentes hasta que los forjara mi excitado andar. Sin embargo, no sé, qué se yo. Si no le presto atención al hecho de que el pasado cambia cada vez que se sedimenta el tiempo o sucede algo significativo, darle crédito a mis impresiones no parece una cobardía ni tampoco propio de un haragán. Pero evitar percatarse de la ebullición de tonos acuarela es ya una tarea titánica.
Sirve de algún consuelo saber que nadie escapa a mi condición. Hablo del miserable consuelo de no sentirse tan solo a causa de nuestra intima igualdad. Lo perjudicial del caso es que esto dificulta más aún la tarea de las manos que se buscan las unas a las otras. Compartimos una misma condición. Somos soñadores navegando océanos de significados, significados cambiantes, multívocos, con alguna cuota de misterio intrigante, pero por sobre todas las cosas, océanos de significados que se alían tan pronto como se enemistan con múltiples significantes a los cuales hacen referencia, significados que conocemos imperfectamente pero que gravitan sobre nosotros y nos sirven de mar.
Padre, Madre, Amor, Seguridad, Libertad, Privación, Dolor, Límite, Hermano, Hijo. Generación y corrupción, luego, Trascendencia. ¡Cuánta tela para cortar! Nuestra relación con ciertas esferas de significados pareciera siempre una y solo una, no en desmedro de las mil máscaras con las cuales se nos presentan danzando. Sírvame de apoyo la célebre frase shakespeariana, pues al igual que Próspero y tantos otros, me convenzo de que somos del material del que están hechos los sueños.
¿Cuántas vidas caben en una vida? ¿Cuántas veces fui héroe, cuántas otras fui villano? Qué excitante se me presenta la idea de sentar a dialogar a tres o cuatro de mis anteriores vidas, no sólo por el goce estético que ello supondría en una suerte de vouyerismo, sino principalmente para responder una vez más a la pregunta ética por excelencia. ¿Qué hacer? Y por añadidura, ¿quién soy? Pero realmente. ¿Quién soy?
La pregunta mil veces respondida. Sólida respuesta que jamás soporta la crítica embestida del tiempo y sus propuestas. Eterno mármol cincelado por la contingencia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario