Si hay algo que atrae de la mitología griega es su riqueza literaria, su apertura infinita para ser interpretada de distintas maneras. Si se la contrapone con aquella otra gran fuente cultural de la cual somos herederos, es decir, el catolicismo, vemos como primer diferencia relativa la irreductibilidad de la compleja tradición griega, rica en aristas, surcos y recovecos de distintas texturas y colores, y la pretensión absolutista y con ello forzosamente reducible a la unidad del catolicismo. En la tradición cristiana, ese principio absoluto que es Dios no logra ser jamás matizado por la desagregación en la santa trinidad ni por la incorporación a la tradición de la joven María y los numerosos apóstoles. Uno se ve tentado a afirmar que lo que más valora y aquello que con mayor fuerza es perseguido por este sistema religioso de valores es, junto con la unidad, el Orden. Ese mismo que paradojalmente el Leviatán hobbesiano buscaba legitimar en desmedro de la religión. Un Dios concebido como el principio explicativo del universo y como el organizador, suerte de arquitecto omnipotente de la creación, remite siempre al orden y con ello a un grado de certeza absoluto respecto de lo que es y de lo que debe hacerse.
Sin embargo, la mitología griega, rica en poesía y pletórica en significaciones, responde a una lógica distinta. No es de extrañar que justamente cuando los hombres dejaron de negar todo aquel legado histórico cultural allende la biblia y los relatos y discursos dejados de lado volvieron a ver la luz y fueron releídos se introdujera en Europa el cuestionamiento del dogmatismo religioso en forma de guerras de religión impulsadas por el protestantismo.
Los distintos relatos de los mitos corresponden a tradiciones distintas. Fueron gestados en tiempos y lugares diversos y no brotaban de una fuente única como las sagradas escrituras sino que los mismos fueron progresivamente construidos por el imaginario social griego, en un proceso de sedimentación continua, abierto a los nuevos giros y elementos que el colectivo pudiera ir aportando. No era poco frecuente que a las deidades autóctonas les fueran sumadas algunas importadas desde las orillas del Nilo o que procedieran de Persia, ni tampoco que distintos poblados abrazaran explicaciones distintas respecto de los hechos relatados y los atributos de los actores involucrados. Así, por ejemplo, algunas fuentes indican que Paris luego de ser abandonado a muerte por sus padres fue criado por una osa mientras que otras dicen que lo fue por una pareja de pastores. Tampoco es clara la etimología de los nombres de muchos dioses, héroes y vocablos. A este hecho un gran número de filólogos, historiadores y filósofos deben muchas páginas escritas. Saludan agradecidos.
Vista a la distancia que nos permiten los siglos transcurridos, la ambigüedad presente en los objetos culturales griegos (hombres, dioses, instituciones y las manifestaciones artísticas en general), que también debe ser entendida como multivocidad pues estos significantes intencionalmente disparaban a una multitud de significantes disociados en tradiciones posteriores, no sólo hacía de los dioses seres que podían tanto el bien como el mal, la sabia templanza como la ira arrebatada, sino que además establecía una fluctuación en las relaciones de parentesco o afinidad que unía a unos con otros, y a estos con los mortales.
Permítaseme, brevemente, traer otro elemento que me ayudará llegar al punto al cual deseo llegar. La armonía de los contrarios era, para Heráclito, la razón del devenir. Según el filósofo de la antigüedad, fuerzas antagónicas sostienen el universo, pero no lo hacen en el estatismo, sino en el movimiento, en la historicidad. La dialéctica, como quiera que la queramos comprender o concebir, nos remite siempre en justa medida a aquel cuyo grito de un ¡todo fluye! aún repiquetea como un persistente y obstinado eco sobre el río del tiempo. Y creo que esta dialéctica abierta de fuerzas antagónicas explica de manera de alto grado satisfactoria la historia de nuestros valores, de nuestra cultura y de nuestra identidad.
Accedemos a ese mundo de significados en el cual cada uno de nosotros vive a través de la experiencia fenoménica. Cada uno de los episodios que vivimos y cada uno de los objetos (y sujetos) con los cuales interactuamos nos remiten a un universo paralelo, el de los significados a los cuales ellos sirven de significantes. Aquel individuo frente mío producirá estímulos distintos en mí dependiendo de los significados a los cuales me remite. Estar expuesto a una escena particular significará pasiones distintas en mí dependiendo de qué logra significar para mí. Por tanto, nuestra vida frente y dentro del mundo exterior es un puro remitir a significados. Estos, por exponerlo de alguna manera, albergados en ese mundo propio y relativamente autónomo que cargamos en nuestro interior, se rigen por una jerarquía de valores heredados y transmutados en la (feliz) experiencia individual. Es decir, ese mundo de significados en el cual se define quienes somos y qué significa lo que el mundo nos ofrece, se rige por una aristocracia de valores, los cuales a su vez, lejos de ser algo dado, son a su vez significados. Cuando, por ejemplo, la utilidad es entendida como un valor superior a otros, aquellos objetos que nos remiten al goce y el placer pueden ser, llegado el caso, menospreciados. En cambio, cuando la gallardía es entendida como un valor superior a otros, las actitudes conciliadoras o los objetos que remiten al cálculo prudente pueden resultar repulsivos y degradantes.
Esto, que se antoja una digresión más en un texto cargado de ellas, busca un propósito que trataré de explicitar a continuación. Creo que en distintos momentos de nuestras vidas nos pasa que el mundo de semánticas en el cual vivimos se repliega, resistiéndose a modificaciones que le quieran ser impuestas o entra en crisis por la introducción de elementos desarmonizantes. Creo que esa es una tensión que nunca se resuelve de forma definitiva. Más bien, creo que la vida consiste en atravesar esas transmutaciones. De alguna manera busqué mostrar la tensión mencionada al hacer aquella interpretación un tanto forzada de lo que pueden representar la mitología griega y el catolicismo como tradiciones opuestas en el sentido de que una es multívoca y abierta y la otra unívoca y reductible. Pero más importante aún, me interesa que quede evidente que a la lógica de lo expuesto una resigna el orden y la consistencia para obtener un cuadro vivo y rico en matices mientras que la otra resigna los matices para alcanzar la reconciliación de todas las esferas y con ello el orden y la consistencia.
A veces me siento como Paris al momento de realizar su famoso juicio. Forzado a escoger una diosa, un valor, para de esta forma excluir a las otras diosas, símbolos de otros valores. Forzado a cometer necesariamente un crimen. Ignorante protagonista de una tragedia que, en la búsqueda de la respuesta que dé por finalizada la contienda interna que significa la deliberación, persiguiendo con ello el mayor beneficio, sufre luego las consecuencias de la elección de un valor en desmedro de otros sin entender totalmente que el favor de una diosa puede significar el desprecio de dos.
2 comentarios:
Hola
Es un gusto pasar y leerte de esta manera tan interesante.
Saludos
No entendí a "mi otro yo": ¿el gusto es leerlo de una manera interesante o leer lo que tan interesantemente escribe?
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