Hay al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Previamente, no está de más aclarar lo que ya está de implícito en la anterior afirmación. Por un lado, la identidad es algo que no está dado, no es algo que se adquiere al nacimiento ni tiene existencia concreta en el "allá afuera" de nosotros. O por lo menos, no se agota con la herencia ni es un producto terminado que nos es colado por la cultura en la cual estamos insertos para que lo asimilemos o lo adoptemos. Pero además, la identidad no es ahistórica, no está cerrada, sino que es algo que se gesta, algo que creamos y que se desarrolla en nosotros. Mejor aún, es nuestro propio desarrollo, en el sentido de que la identidad es el lugar en el cual vivimos y a la vez es aquello que somos. Somos depositarios de nuestra identidad y a la vez tenemos una cuota parte de la capacidad (y la responsabilidad) de moldearla.
Pero volviendo a la oración inicial, decíamos que se pueden identificar al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Estas dos vías, que parecieran antagónicas unas veces, complementarias y codependientes otras, son las de la crítica y la imaginación creadora. Independientemente de la intención que podamos asignarle a la crítica, es decir, ya sea que la misma fuere aguda y profunda o despreocupada y superficial, sin importar que la misma se manifieste partidaria de la defensa reaccionaria o constructiva, o lo haga atacando de forma anarquizante o superadora, la misma siempre tiene por objeto la identificación de elementos que definen la fortaleza y las debilidades de la identidad analizada, lo beneficioso o perjudicial de ciertos aspectos de la misma.
La imaginación creadora, a mi entender, consiste en una vía un tanto más despreocupada de los modelos identitarios de la cultura (en el allá afuera) y de la sucesión de identidades atravesadas por uno mismo (en el acá adentro). Esta vía busca crear un valor agregado, aportar elementos novedosos, arrojar una semántica distinta de las que se perciben como dadas. No procura una nueva síntesis, un híbrido, un colorido y llamativo collage de elementos preexistentes. Su pretensión es lograr la novedad ex nihilo, desde la nada, como un pequeño acto de creación divina, aunque sin lograrlo nunca seguramente. Porque aquello que se rumia y moviliza en las profundidades, allende la ya de por sí compleja conciencia, es inaccesible a otra cosa que no sea lo liberado a la superficie. Lo oculto no nos es permitido conocer sino conjeturalmente y a través sus consecuencias, es decir, a través de la impronta que le concede a lo que producimos. Con esto digo que la imaginación creadora se percibe, tal y como el inocente artista, autora de su obra desde la nada, y por ello deudora o instrumento de nadie/nada. Sin embargo, si bien es ella quien da a luz a una nueva criatura, queda en evidencia que ésta se ha gestado en ella previo ser preñada por un algo masculino, oscuro, escurridizo e inasible.
Se puede observar una diferencia clara entre la crítica y la imaginación creadora. Mientras que la primera centra su atención en la discriminación valorativa de elementos relativos a una identidad o cultura particular, ya sea para desacreditarla o para construir algo valorado superior a ésta, la segunda es relativamente autónoma de las identidades dadas y desde dicho alejamiento busca construir. Es decir, mientras que la crítica puede ser destructiva o constructiva y con ello puede adoptar alternativamente una faz negativa o positiva, la imaginación creadora sólo se expresa de forma positiva, en el aporte de lo distinto, de lo novedoso. Lo dicho no le garantiza, a priori, ninguna superioridad respecto de la crítica, pues la imaginación puede crear tanto lo posible como lo imposible, lo oportuno como disparatado, lo eficiente como la excentricidad que condena a la extinción.
Es fácil observar en el día a día ejemplos de sujetos que practican la crítica destructiva. Quizás en nuestro país esa práctica le dispute al fútbol el mote de deporte nacional (lo cómico es que diciendo esto, cometo el pecado que estoy condenando). La reiteración sistemática de este tipo de crítica a instituciones culturales, más allá de señalar un disconformismo respecto de lo que se observa y de pasar por discurso moralizante, pareciera indicar la intención de quién critica de distanciarse de lo criticado. Algo así como afirmar discursivamente "yo no soy ni quiero ser eso". Cuando la crítica destructiva no es volcada fuera sino que recae sobre uno mismo atestiguamos sujetos paralizados y fracturados, incapaces de producir, en definitiva, sujetos infelices.
La crítica constructiva significa dar un paso más allá en pos de la conciliación, en pos de un objetivo. Quizás signifique un grado de inteligencia superior. Quizás sea tan sólo que no vislumbra ningún provecho en la destrucción de lo dado. Esta crítica pareciera afirmar "yo creo y quiero eso porque sus fines me son caros, pero lo quiero mejor, más puro, más beneficioso, consistente". La crítica constructiva es la forma en que los perfeccionistas del espíritu aspiran a una mejor identidad, a desarrollarse y acercarse más a los propios ideales.
Finalmente, la imaginación creadora, previamente asociada al artista, hace al arte de vivir. Es el arma de los románticos, de los que se embarcan en la aventura épica de ir modelándose a sí mismos, es decir, ir dando lugar a una nueva forma de ser, una nueva identidad. Quienes practican la imaginación creadora parecieran gritar a viva voz "Freedom!". Corren graves riesgos, están dispuestos a morir por un ideal. Son los artistas de la identidad, los artistas de la vida.
No quiero dejar de mencionar un último tipo de comportamiento respecto a la definición de la propia identidad y éste es el de quienes practican la apatía, los débiles que no ejercen con suficiencia ni la crítica ni la imaginación creadora. Estos son aquellos que van improvisando alternativamente las identidades que más violentamente les impresionan, cuando no se aferran dogmática y desesperadamente a una sin interesarles jamás cuestionarla.
No niego que los esquemas son simplistas y éste en forma de tipología quizás lo sea más que otros. Está fuera de discusión que todos alternamos estas distintas formas de definir quienes somos en distintos momentos de nuestras vidas, incluso en el transcurso del mismo día. Pero mi convicción es firme al afirmar que creo que en algún lugar entre la crítica constructiva y la imaginación creadora se encuentra la experiencia humana más plena y gratificante.
Pero volviendo a la oración inicial, decíamos que se pueden identificar al menos dos vías por las cuales la propia identidad puede ir gestándose. Estas dos vías, que parecieran antagónicas unas veces, complementarias y codependientes otras, son las de la crítica y la imaginación creadora. Independientemente de la intención que podamos asignarle a la crítica, es decir, ya sea que la misma fuere aguda y profunda o despreocupada y superficial, sin importar que la misma se manifieste partidaria de la defensa reaccionaria o constructiva, o lo haga atacando de forma anarquizante o superadora, la misma siempre tiene por objeto la identificación de elementos que definen la fortaleza y las debilidades de la identidad analizada, lo beneficioso o perjudicial de ciertos aspectos de la misma.
La imaginación creadora, a mi entender, consiste en una vía un tanto más despreocupada de los modelos identitarios de la cultura (en el allá afuera) y de la sucesión de identidades atravesadas por uno mismo (en el acá adentro). Esta vía busca crear un valor agregado, aportar elementos novedosos, arrojar una semántica distinta de las que se perciben como dadas. No procura una nueva síntesis, un híbrido, un colorido y llamativo collage de elementos preexistentes. Su pretensión es lograr la novedad ex nihilo, desde la nada, como un pequeño acto de creación divina, aunque sin lograrlo nunca seguramente. Porque aquello que se rumia y moviliza en las profundidades, allende la ya de por sí compleja conciencia, es inaccesible a otra cosa que no sea lo liberado a la superficie. Lo oculto no nos es permitido conocer sino conjeturalmente y a través sus consecuencias, es decir, a través de la impronta que le concede a lo que producimos. Con esto digo que la imaginación creadora se percibe, tal y como el inocente artista, autora de su obra desde la nada, y por ello deudora o instrumento de nadie/nada. Sin embargo, si bien es ella quien da a luz a una nueva criatura, queda en evidencia que ésta se ha gestado en ella previo ser preñada por un algo masculino, oscuro, escurridizo e inasible.
Se puede observar una diferencia clara entre la crítica y la imaginación creadora. Mientras que la primera centra su atención en la discriminación valorativa de elementos relativos a una identidad o cultura particular, ya sea para desacreditarla o para construir algo valorado superior a ésta, la segunda es relativamente autónoma de las identidades dadas y desde dicho alejamiento busca construir. Es decir, mientras que la crítica puede ser destructiva o constructiva y con ello puede adoptar alternativamente una faz negativa o positiva, la imaginación creadora sólo se expresa de forma positiva, en el aporte de lo distinto, de lo novedoso. Lo dicho no le garantiza, a priori, ninguna superioridad respecto de la crítica, pues la imaginación puede crear tanto lo posible como lo imposible, lo oportuno como disparatado, lo eficiente como la excentricidad que condena a la extinción.
Es fácil observar en el día a día ejemplos de sujetos que practican la crítica destructiva. Quizás en nuestro país esa práctica le dispute al fútbol el mote de deporte nacional (lo cómico es que diciendo esto, cometo el pecado que estoy condenando). La reiteración sistemática de este tipo de crítica a instituciones culturales, más allá de señalar un disconformismo respecto de lo que se observa y de pasar por discurso moralizante, pareciera indicar la intención de quién critica de distanciarse de lo criticado. Algo así como afirmar discursivamente "yo no soy ni quiero ser eso". Cuando la crítica destructiva no es volcada fuera sino que recae sobre uno mismo atestiguamos sujetos paralizados y fracturados, incapaces de producir, en definitiva, sujetos infelices.
La crítica constructiva significa dar un paso más allá en pos de la conciliación, en pos de un objetivo. Quizás signifique un grado de inteligencia superior. Quizás sea tan sólo que no vislumbra ningún provecho en la destrucción de lo dado. Esta crítica pareciera afirmar "yo creo y quiero eso porque sus fines me son caros, pero lo quiero mejor, más puro, más beneficioso, consistente". La crítica constructiva es la forma en que los perfeccionistas del espíritu aspiran a una mejor identidad, a desarrollarse y acercarse más a los propios ideales.
Finalmente, la imaginación creadora, previamente asociada al artista, hace al arte de vivir. Es el arma de los románticos, de los que se embarcan en la aventura épica de ir modelándose a sí mismos, es decir, ir dando lugar a una nueva forma de ser, una nueva identidad. Quienes practican la imaginación creadora parecieran gritar a viva voz "Freedom!". Corren graves riesgos, están dispuestos a morir por un ideal. Son los artistas de la identidad, los artistas de la vida.
No quiero dejar de mencionar un último tipo de comportamiento respecto a la definición de la propia identidad y éste es el de quienes practican la apatía, los débiles que no ejercen con suficiencia ni la crítica ni la imaginación creadora. Estos son aquellos que van improvisando alternativamente las identidades que más violentamente les impresionan, cuando no se aferran dogmática y desesperadamente a una sin interesarles jamás cuestionarla.
No niego que los esquemas son simplistas y éste en forma de tipología quizás lo sea más que otros. Está fuera de discusión que todos alternamos estas distintas formas de definir quienes somos en distintos momentos de nuestras vidas, incluso en el transcurso del mismo día. Pero mi convicción es firme al afirmar que creo que en algún lugar entre la crítica constructiva y la imaginación creadora se encuentra la experiencia humana más plena y gratificante.
1 comentario:
Te banco, otra vez.
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