5.12.07

Apología de la discriminación

Entre los muchos carteles publicitarios que empapelan las calles de Buenos Aires pude hoy identificar una serie que promociona unos recitales que se están organizando con gran cantidad de artistas de renombre y que tiene por título una leyenda similar a "contra la discriminación". Es sabido que el marketing responde a lógicas propias, marcadas a su vez por los costos de mercado, la psicología humana, el grado de exposición de los canales en los cuales el mensaje es transmitido, el grado en que una estética en particular pueda atraer a un segmento específico de acuerdo, a su vez, a las tendencias imperantes del momento, entre otras cosas. Sabemos, entonces, que los mensajes deben ser llamativos, sencillos de ser interpretados y deben quedar grabados en nuestro inconsciente. Quizás por todas estas razones sea injusto que me valga de esa leyenda para criticar un prejuicio arraigado en contra de la discriminación y me sirva de ella para emular a Nietzsche o a la reacción modernista de fines del XIX y haga una apología de dicho término. No obstante, aquí voy. Y lo hago porque abrazo una convicción: en nuestra sociedad en particular, donde a consecuencia de las heridas contraídas tras los distintos gobiernos de facto y las tristes experiencias democráticas subsiguientes, vemos que se dan en paralelo dos tendencias patológicas en los discursos sociales. Por un lado, la obsesión por no caer en los errores del pasado obligan a adoptar y practicar un discurso que tiene por objeto la "tolerancia", el cual no siempre pero sí muchas más veces de las que uno quisiera parece ser más apatía y una excusa para no expresar ni defender los propios valores que una muestra de madurez y respeto por la alteridad. Por otro lado, la supresión de la ciudadanía política unas veces, la corrupción, el discurso vacío y populista de quienes ostentan cargos políticos y la impresión en el denominador común de que las dinámicas políticas son autónomas de la participación democrática otras, han traído como consecuencia un desinterés respecto de la participación política a través de la discusión de ideas, de proyectos y de valores, desinterés que por otro lado puede ser comprendido como la consecuencia natural a la impotencia y desengaño consecutivos. El cuerpo social, alienado, se excusa de discutir política y ética. Y creo que, la excusa por un lado, y la intención subrepticia de evadir la discusión por el otro, son dos consecuencias palpables de esas patologías mencionadas.
Todos conocemos las injusticias a las cuales la discriminación como práctica puede dar lugar. Seguramente este es el objetivo de la campaña en cuestión. Pero olvidémonos de ella y centremos la atención en la discriminación como práctica, sin precipitarnos a juicio valorativo alguno aún. Observaremos inmediatamente, que tal como desde la antigüedad se argumentaba, la Naturaleza es la primera en discriminar. En la supervivencia del más apto, supervivencia garantizada por la provisión de recursos. Respecto de otros seres vivos, el hombre cuenta con una ventaja que implica a su vez nuevas dificultades, y esta es su capacidad de prever los riesgos y las necesidades futuras para obrar hoy en pos de objetivos que podrán ser alcanzados con el tiempo. Aquí nos encontramos con una proposición incuestionable: independientemente de lo que suceda en la naturaleza allende el hombre, para vivir y con ello, para subsistir, necesita al menos la más rudimentaria de las planificaciones. La experiencia le sirve para ir reconociendo una economía de esfuerzos, e impulsado a la eficacia y la eficiencia, necesariamente habrá de discriminar medios y, más aún, fines también. Ahora, tanto para la elección de fines como de medios, el sujeto que discrimina debe sopesar no solo esfuerzos y recursos, sino también costes. Estos costes no sólo significan la disminución de los recursos acumulados o disponibles, sino que, dado que vivimos en sociedad y nuestras acciones tienen impacto no sólo sobre otras personas (individuos, cuerpo social, generaciones futuras) sino también sobre nuestro medio ambiente (en forma extensiva, la Naturaleza toda), los mismos pueden significar la degradación de "objetos" que podríamos jerarquizar como más importantes que los fines perseguidos. Estos "objetos", según la fórmula kantiana, fines en sí y no sólo medios, son en esta definición discriminados. ¿Cómo? Jerarquizándolos, ubicándolos por encima de los simples medios, otorgándoles un valor superior al de otros objetos. Vemos entonces las siguientes relaciones. Primeramente, la discriminación necesaria para cualquier planificación, y no sólo ello, sino aún antes para escoger cualquier acción por sobre otra, implica inmediatamente (o a priori al gusto de un Lévinas) la presencia de un cuestionamiento ético. Luego, deducimos que la discriminación no es sólo respecto de los fines, de los medios y de los recursos necesarios para llevarlos a cabo, sino que además deben discriminarse cuáles son los valores que serán jerarquizados, elevados en forma de principios que regirán, autorizarán y juzgarán nuestras decisiones. ¿Qué deducimos de lo expuesto? Lo que está claro: tanto la política, la economía como también la ética se valen de la discriminación. Toda experiencia humana sería imposible sin hacer uso de la misma.
Preguntémonos entonces, ¿cuáles son los factores que determinarán la naturaleza y la pertinencia de nuestra capacidad y habilidad para discriminar? Rápidamente a uno le asalta la respuesta bien aprendida y propagada gracias al iluminismo. El bagage de conocimientos engrosa el abanico de opciones de entre las cuales podremos escoger la nuestra. Los afectos a un pensamiento más "duro" nos recordarán inmediatamente de la vital importancia de disponer de gran cantidad de recursos y de ser autónomos respecto de ellos, pues así es como debe medirse el verdadero poder, como independencia y competencia. Sin embargo, y sin desmerecer al conocimiento y al poder, hay una tercera instancia, una suerte de híbrido de estos dos pero que sin embargo les supera. Si bien parecerá tautológico que diga que la capacidad de definir cuales son los valores que perseguimos nos permitirá discriminar con mayor pertinencia, lo cierto es que para definir un valor, para consensuarlo en el foro interno o en el espacio público, debemos diferenciar los matices inherentes de los mismos de los que son contingentes. Pero además, un valor, en su misma definición y por su propia naturaleza, implica la jerarquización respecto a otros valores. Lo bueno se define simultáneamente con lo malo, en altitudes antagónicas, tal y como sucede con lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto, lo perdonable y lo imperdonable, lo triste y lo alegre, lo patético y lo apático. Entonces, para discriminar en las esferas de lo económico y de lo político, debemos primero discriminar en la esfera de lo ético, definiendo así cuales son los criterios posteriores para toda crítica.
Enseñarles a nuestros vehementes y dogmáticos jóvenes que la discriminación es una práctica detestable, sin descuido de que el mensaje busca procurar estimularlos para que no toleren atropellos sobre sí mismos o sobre terceros, puede provocarles una asociación poco feliz. El problema no es la discriminación. Todo lo contrario. El problema es que a la hora de discriminar imperan sobre unos y otros la falta de compromiso, el desinterés, el egoísmo, en los mejores de los casos. Lo cierto es que, otras veces, el problema es la pretensión de romper con las asimetrías y así ajusticiar al que no sufre tanto como uno mismo, conduciéndolo a la propia condición, como si se tratara de romper con cualquier posibilidad de jerarquía entre uno y el otro, imposibilitando la discriminación. Otras, todo lo contrario. La embestida busca colocar al otro por debajo de uno, para que de esta manera se inviertan los extremos valorativos percibidos.
Nos falta capacidad de discriminación. Nos falta el suelo sobre el cual germina dicha capacidad, el diálogo crítico, abierto, dialéctico, empático. Es injusto acusar al marketing de arma peligrosa para comunicar la pertinencia de adoptar ciertos valores. Quizás sea que su función se limita justamente a comunicar, a difundir, propagar y poner sobre la mesa una cuestión para su discusión. Quizás sólo sirva de catalizadora. Cierto es que, de ser así, el resto es responsabilidad nuestra.


2 comentarios:

Cinthia Dimitri dijo...

Querido, habilitame un punto y aparte de tanto en tanto! :P

Aye dijo...

Creo que en la última frase tenés mucha razón. Si una publicidad te lleva a un debate, a una discusión, es un catalizador muy interesante y muy bueno. El problema es que la mayor parte de las veces el lema "contra la discriminación" suele ser entendido en un único sentido, se piensa sólo en las personas con capacidades diferentes, se piensa, a lo sumo, en diferencias raciales o religiosas. Pero se olvidan de que discriminar tiene un significado negativo y uno positivo. Y que el negativo sigue usandose dia tras dia, no sólo por diferencias físicas o religiosas, sino tambien por características personales de la gente, por su forma de vestir, por su sexualidad, por la música que escucha, por el equipo de fútbol que sigue, por el lugar donde vive, por el apellido o los lugares que frecuenta. No sugiero tampoco que se haga de todo una misma cosa, una masa amorfa sin diferencias, porque ya sabemos que la belleza radica en la variedad. Sí sugiero que antes de discriminar, en el sentido positivo, no se haga uso del prejuicio, sino del conocimiento.
Igual ya creo que sólo estoy diciendo con otras palabras algo que ya dijiste..; pero a lo que iba es que ese catalizador que encontraste en la propaganda es, muchas veces, responsabilidad de uno que surja o no... [ y si pienso un poquito más me daré cuenta que no siempre es asi, pero eso da para otro debate aún más extenso...]

Un gusto haber leido este post,
besos!!


pd: coincido con dimitri, manda algún punto y aparte cada tanto que nos perdemos =P

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