11.1.08

Equívocos

La oscura noche estrellada encontró a los fuertes y felices reunidos junto al fuego. Sus rostros hubieren parecido graves y solemnes por causa del juego de luces y sombras que la combustión de los maderos provocaba si no fuere porque cada tanto estallaba en el aire una carcajada que se propagaba en todas direcciones y posibilitaba ver el brillo de dentaduras, aquí y allá. Como si hubiere estado esperando la atmósfera propicia, uno de ellos ahogó lo que aún persistía como una risa y dijo un poco más serio.
- Dirán que poco les importan la envidia y el resentimiento de los débiles. Sin embargo, la transfiguración de los valores puede llegar a ser una amenaza para cada uno de nosotros...
- ¡Bienvenida sea! - interrumpió alegre uno y alzó su copa, dando lugar a una nueva carcajada compartida por varios.
- Me parece que lo que el amigo sugiere es algo que no debemos tomarnos tan a la ligera. - dijo otro en tono taxativo - Creo que lo que está en peligro es nuestra propia integridad. Hemos observado como muchos de nosotros, convencidos de la superioridad del intelecto en desmedro de las pasiones, se convirtieron en fanáticos defensores de la debilidad.
- A eso mismo apuntaba, señores. - dijo el que dió origen a la discusión. - No sé qué opinarán ustedes, pero en lo que a mí respecta estoy convencido de que de ahora en más voy a procurar azuzar a todos los débiles a mi alcance, ¡para despabilarlos!. ¡Hay que hacer fuertes a los débiles, señores, hay que hacer de ellos seres integros y coherentes!
- ¿¡Qué es ese sentimentalismo cobarde!? - río uno hasta atorarse. Tuvieron que palmearle la espalda, razón por la cual las carcajadas otra vez se alzaban al cielo con estruendosa fuerza.
De entre ellos, un viejito algo harapiento y con la mirada perdida se dirigió hacia el fuego, alzó el puño cerrado sobre su cabeza y dijo con voz rasposa y tranquila - A quién no le enseñéis a volar, enseñadle ¡a caer más deprisa! - y dejó caer el puño cerrado y lo estrelló sobre la palma de su otra mano.
Las voces animadas prosiguieron discutiendo por horas. Se superponían los tonos acalorados, los ademanes vehementes y las risas alegres e histéricas. A cierta distancia, sentado sobre una piedra y con tenue desdén, un joven observaba el cielo. Había presenciado el comienzo de la discusión pero pronto entendió que la misma no conduciría a ninguna parte. Toda nueva intervención era precisamente eso, novedosa, y el consenso jamás aparecía en el horizonte. Se repetían las voces francas, estallaban las risas, se interrumpían los unos a los otros, todos parecían tener algo que objetar, algo original para decir. El joven miraba el cielo y reflexionaba sobre la necesidad del caos para la posterior existencia de las más bellas estrellas. Se preguntaba también si las estrellas elegirían ser como son, una y otra vez, por toda la eternidad o si en cambio elegirían una existencia en la cual no tuvieren que actuar ciegamente sino, en lugar de ello, contemplar pasivamente, como un Dios cristiano.

Desde el fogón, dos observaban al joven sobre la roca, adivinaban sus pensamientos y se confiaban entre sí.
- Mira, aquél es un débil. No asiste a la fiesta de los fuertes. Con toda seguridad huye porque tanto enfrentamiento le abruma.
- O le aburre, que para el caso es lo mismo. Deberemos vigilarlo de cerca y acusarlo de traición al espíritu de la fuerza y la alegría de ser necesario. La corrupción de la que todos hablan como patrimonio esencial de los débiles quizás esté calando entre los nuestros y aquél allí sea un claro representante de lo que digo. Le atravesaré el pecho de una estocada si estoy en lo cierto.
Dicho esto, se miraron el uno al otro y rieron estrepitosamente, hasta caer de espaldas.


2 comentarios:

Yo dijo...

Excelente relato!

mi otro yo dijo...

Siempre es un gusto leerte, siempre.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...